El llano de Barcelona a finales del siglo IV

[Inicio de descripción por Paulino, el coprotagonista de La ciudad y el reino, pág. 41]

Querido amigo, esta ciudad es casi más bella ahora que entra el verano que bajo las suaves luces del otoño. Y más que en la ciudad, aprisionada entre una murallas tan impresionantes como desproporcionadas para el tamaño de la población, la belleza estalla en los campos próximos, en los montes no lejanos y en el vecino mar, un mar de un azul tan intenso como el de las aguas que bañan las costas de Campania. El cielo, con ser muy azul, parece pálido sobre estas aguas, y en algunos lugares un verde deslumbrante baja a confundirse con el intenso color marino. Pero la ciudad, como te digo, está encerrada por unas espesas y sombrías murallas -sólo en los crepúsculos, resplandecientes de un rojo encendido-, y cuando llega este tiempo, sus habitantes sienten la necesidad de escapar. Unos se dedican a la pesca. Otros se instalan en sus huertas y tierras de cultivo, adonde el resto del año sólo acuden para las labores necesarias. Ya ves, sigo tu consejo. Me dedico a la descripción geográfica.

La ciudad está situada en el centro geométrico de una casi semicircunferencia de montañas, desde cuyas faldas el terreno, surcado por un número indefinible de riachuelos, va descendiendo suavemente hacia el mar…

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Los límites naturales del poder

[Según Ausonio, el personaje de La ciudad y el reino, pág. 148-149]

Siempre he pensado que no basta con que a uno le atraiga mucho el poder, ni siquiera con que se haga con el poder. Lo que cuenta es saber ejercerlo. Algunos, como Arbogasto y Eugenio, imaginan que dar una cuantas órdenes, promulgar unos edictos, cambiar unos funcionarios es suficiente para que los proyectos políticos se conviertan en realidad. ¡Qué inmenso error!

Para empezar, hay que tener en cuenta que el poder absoluto no existe. El más poderoso de los hombres no puede mandar más que aquello que se puede cumplir; no puede imponer otro orden a la naturaleza, del mismo modo que no puede imponer a la sociedad humana un orden distinto de aquel al que apunta su propio desarrollo natural. No se puede decretar que el Sol salga por occidente y se ponga por oriente, del mismo modo que no se puede decretar que los antiguos dioses vuelvan a ocupar la imaginación del pueblo cristianizado.

Esto lo digo yo, hombre, como sabes, dominado por la nostalgia de aquel mundo maravilloso que ni siquiera conocí. Pero ante todo, hombre realista. Y la realidad es que el cristianismo no tiene competencia; que los dioses y sus templos desaparecerán de la faz de la Tierra para buscar su último refugio en las palabras escritas de los poetas, y solo vivirán mientras vivan Homero y Virgilio y Ovidio, con lo cual, pienso ahora, tienen asegurada cierta forma de inmortalidad.

El que manda ha de conocer los límites de su poder y dominar los mecanismos que permiten que las decisiones posibles sean llevadas a la práctica. Y lo que ningún gobernante ha podido ni podrá nunca hacer es resucitar por decreto lo que el pueblo ha decidido enterrar. Ni lo consiguió Juliano, hombre noble y bien intencionado, ni mucho menos lo conseguirá Eugenio, estúpido títere del traidor Arbogasto.

(De LA CIUDAD Y EL REINO)

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Último paseo de Paulino por las calles de Barcino


[Pocos días antes de su partida hacia Nola, Paulino (el personaje de La ciudad y el reino, por supuesto), con un sentimiento de nostalgia anticipada, relata algunos detalles del que sería su último paseo por la Barcelona de la década final del siglo IV.]

Algunas tardes suelo – debería decir solía – caminar por la ciudad o sus alrededores. Conozco este lugar con la misma precisión con que conozco cada uno de los rincones de mi modesta casa. Uno de mis itinerarios preferidos incluye el recorrido de la vía principal, que atraviesa la ciudad de norte a sur, desde la puerta que mira al monte Ceres hasta la que se abre al mar.

Dada la especial ubicación de Barcino, levantada sobre toda la extensión de un promontorio, al principio hay que caminar cuesta arriba hasta que se llega a la gran plaza. A esas horas el foro tiene un aspecto muy distinto del que ofrece por la mañana, cuando la actividad de vendedores, compradores y tratantes de toda índole le presta un aspecto colorido y dinámico. Por la tarde llenan la plaza gran número de personas desocupadas: grupos de conversadores incansables, individuos solitarios que deambulan o permanecen estáticos, círculos de jóvenes sentados en el suelo, hablando, discutiendo, a veces cantando, niños que alborotan corriendo de un lado a otro entre las figuras impasibles de los mayores.

El antiguo templo de Augusto, situado en un extremo de la plaza, es el lugar preferido de los juegos de los niños, que se esconden y persiguen entre las altas columnas o se desafían a saltar los escalones de acceso al podio. En ninguna otra parte he visto tantos niños, tan activos y a veces tan violentos. Sin distinción de edades, que van desde los cinco hasta los catorce años, se organizan en bandas enemigas y, reproduciendo las gestas (que nunca han conocido) de sus mayores – les basta, Dios mío, pertenecer al género humano homicida – entablan auténticas batallas a pedradas. Hay zonas especialmente peligrosas, como el intervalo que corre junto al tramo norte de la muralla, por donde nadie en su sano juicio se atrevería a transitar a ciertas horas. Aunque los combates decisivos suelen librarse extramuros.

Cruzado el foro, asoma de pronto el mar sobre las murallas, aún lejanas, que cierran la ciudad por el sur. Entonces la calle empieza a descender, al principio suavemente y luego de forma más pronunciada. A medida que avanzo oigo el estrépito de algún portal que se cierra (el artesano ha concluido su tarea), las voces de las vecinas que se hablan de ventana a ventana, y nunca falta la de alguna mujer que a grandes gritos llama a sus pequeños, que no tardarán en llegar, sucios de polvo o barro, con las caras encendidas por el ardor del juego o del combate.

Sigo calle abajo hasta el final y, ya fuera del recinto amurallado, llego hasta los embarcaderos, donde los pescadores cumplen con el ritual necesario de dejarlo todo dispuesto para la próxima jornada. Contemplo un rato el mar plomizo de la tarde e invariablemente pienso que allá, al otro lado, el santo Félix hace tiempo que me espera. Le prometo acudir enseguida. Y antes que las grandes puertas se cierren, cuando el cielo ha perdido su color diurno y enciende sus primeras luces, reemprendo el camino de vuelta.


De  LA CIUDAD Y EL REINO

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Consciencia cristiana versus ingenuidad pagana,

según Paulino de Nola (el personaje de La ciudad y el reino, por supuesto, pág. 64-65)

El mundo ha cambiado, querido Ausonio, y tú no te has dado cuenta. Y no ha cambiado solo porque antes hubiera república y ahora gobierne el emperador; ni ha cambiado solo porque antes los cristianos fuesen perseguidos y ahora estén junto al poder. Ha cambiado porque ha dejado de ser niño. Llegó Cristo, el hijo del hombre, para abrir las puertas a la verdad, para enseñar que la humanidad estaba condenada.

A partir de ahí, querido Ausonio, ya no es posible la inocencia. A partir de ahí ya no es posible aquel hombre feliz, ajeno al problema del mal y del dolor de los otros hombres. De hecho, los que se oponen al cristianismo ya no lo hacen – excepto tú y algún otro nostálgico, como Símaco – desde el terreno de la antigua inocencia. De Manes a Jámblico todos, por extraños y errados caminos, buscan la salvación del hombre, al que saben caído.

Terminó el tiempo de la inocencia olímpica, la edad, para muchos dorada, en que los dioses, representaciones caprichosas de las fuerzas de la naturaleza, jugaban con los hombres y éstos con los dioses y entre sí a los juegos del amor y de la guerra, del placer y del dolor, siempre ajenos al pecado y a la culpa.

Hoy ya no son posibles los juegos inocentes. Hoy sabemos que llevamos el pecado en nuestra carne y en nuestro espíritu, y que sus frutos son el mal, el dolor, la enfermedad, la muerte. Y hoy podemos saber que el mismo Dios se hizo hombre para, por medio de su pasión y muerte, devolvernos a la vida eterna.

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Pero, qué es la ciudad, qué es el reino

Fragmento de una carta de Décimo Magno Ausonio a su amigo Poncio Meropio Paulino. Téngase en cuenta que su  autor no es el Ausonio histórico, sino el personaje de la novela La ciudad y el reino, aunque se parecen mucho. (He comprobado que hay que precisar estas cosas).

Para mí la ciudad es el espacio en que se organiza la razón; es el punto de encuentro de los seres que serían bestias si no se reuniesen para organizarse en sociedad. La ciudad es la forma perfecta de agrupación humana. Cualquiera otra forma de sociedad, creada al margen o por encima de la ciudad, será siempre una forma de barbarie o tiranía. […]

La ciudad es la razón, la claridad, la medida, los límites, la cordura. Los ciudadanos son personas que discuten proyectos, pactan y toman acuerdos y, como por encima de todo aman la libertad, establecen sistemas políticos que la garanticen (ése, como sabes, fue el origen de nuestro consulado, anual y dual). El reino es el misterio, la oscuridad, la desmesura, la inmensidad, la locura. Los súbditos se arrastran ante sus reyes y no tienen más proyecto que el que se les impone desde arriba.

Me dirás que no es ése el reino de que hablas. Lo concedo. Pero ocurre que yo sólo puedo hablar de lo que conozco, y ese reino tuyo nunca ha sido conocido ni creo que lo sea en este mundo. Lo que sí sé es que, hablando tanto de él, lo único que se consigue es que se entierre definitivamente el genio de la ciudad y que el espíritu de los reinos que todos conocemos se imponga cada vez más, acabando con los últimos vestigios de razón y libertad.

(De La ciudad y el reino, págs. 61 y 62)

   

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Inventar el enemigo

No me refiero a inventarlo de raíz, a construir su existencia, sino a vestirlo de todas las características necesarias para que no haya duda sobre su condición de enemigo. No importa que el enemigo sea blanco: si conviene, se le presenta como negro; no importa que alegue que tiene un problema y que desea resolverlo por medios democráticos: si conviene, se niega el problema y se le presenta como nazi. El recurso es muy antiguo. Ya se utilizaba en la última etapa del imperio romano, como denuncia el poeta Ausonio en esta carta, obviamente apócrifa, es decir, escrita por el Ausonio de la novela La ciudad y el reino (conviene siempre precisar esta circunstancia).

En todo escrito o sermón de los doctos polemistas cristianos nunca falta la acusación, dirigida a los seguidores de la antigua religión, de que rinden culto a imágenes fabricadas por los propios hombres, de que adoran objetos inanimados a los que toman por divinidades. ¿De dónde ha sacado eso? ¿Es posible que personas en apariencia cultas como Ambrosio, Jerónimo o Eusebio o tantos otros, piensen realmente que personas como Símaco o Pretextato (o como Plinio o Cicerón) adoran (o adoraban) estatuas de piedra o de metal? Yo no lo creo posible. Creo más bien que, en un alarde de audacia y de mala intención, se están fabricando un enemigo cómodo, un enemigo al que dotan de una serie de características absurdas y ridículas para combatirlo más fácilmente.

En todo caso, haya intención o no, luchan contra fantasmas. Porque ese enemigo al que combaten no existe ni ha existido nunca. Es decir, ha existido y existe al nivel del pueblo más bajo. Es ahí donde la religión, confundida con la superstición y la magia, se manifiesta en las creencias y prácticas más disparatadas y aberrantes, desde las defixiones hasta la misma creencia de que los dioses moran en el espacio de sus imágenes.

Pero a eso no aluden los polemistas cristianos ni, por lo visto, les preocupa. Sólo apuntan a lo alto, mintiendo para confundir, con la clara intención de que el dubitativo semiletrado se espante de las barbaridades (imaginarias) denunciadas y se eche en brazos de la nueva razón, curiosamente defendida por los obispos.

Y ahora me podría extender en toda clase de consideraciones sobre lo que nuestra vieja religión significa y sobre lo que representan sus dioses y sus ritos. Pero eso ha sido ya tratado multitud de veces, antes y después de la excelente obra de Cicerón. Y tú lo conoces tan bien como yo. Y Ambrosio, tan bien como nosotros dos. 

(De La ciudad y el reino, págs. 110-111 )

 

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Anacronía: Ausonio sobre Trump

A veces dudo que los hombres sean seres inteligentes. Y me pregunto qué es lo que empuja a tanto ilustre personaje a cometer las estupideces que no cometería un niño. ¿Es realmente el afán de poder tan fuerte en algunas personas que llega a nublarles la vista y todos los sentidos? Parece que sí. Yo, que he ejercido parcelas de poder con el mismo cuidado y entrega que he dedicado a la actividad profesoral o literaria, no he podido nunca comprender cómo, en lo que se relaciona con el poder, cualquier desalmado, necio o ignorante puede entrar a saco en esos dominios y desbaratar todo lo que espíritus inteligentes y preparados han ido edificando con paciencia y cordura. A nadie se le ocurre hacerse pasar por un gran profesor, si no lo es; o por un hombre de letras, si es analfabeto. Pero cualquiera, desde el soldado menos despierto, como Arbogasto, hasta el profesor más mediocre, como Eugenio, se cree capacitado para la dificilísima tarea de mandar y organizar. ¿Cuál es la sustancia del poder, capaz de obrar tales prodigios? Quizá esta pregunta no nos lleve a ninguna parte; quizá la clave del asunto haya que buscarla en otra dirección: en la falta de sustancia de cuantos, sin merecerlo, aspiran al poder; en la vaciedad de esas personas que, no consiguiendo llamar nuestra atención por ningún mérito propio, pretenden subirse a lo más alto para, por la fuerza, exigirnos adoración. Siempre acaban mal. Pero, mientras duran, pueden realizar una obra devastadora. 

De La ciudad y el reino

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A propósito de LA CIUDAD Y EL REINO

A propósito de la reciente publicación de mi novela LA CIUDAD Y EL REINO, he pensado que, para completar la información que se da en la contraportada del mismo libro, bien puede servir un fragmento de mi ensayo dialogado “Alter, Ego y el plan”, escrito hace años, cuando ya había perdido toda esperanza de que la novela se llegase a publicar. Aquí está

 

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Máximas y reflexiones petronianas

 

[En el último capítulo de las Conversaciones con Petronio, su autor, Lucio Antonio Turno, nos dice: “En algún lugar, que no recuerdo, debo de conservar la recopilación de las sentencias y reflexiones petronianas más brillantes y profundas”. Pues bien, parte de esa recopilación se ha encontrado; aquí está.]

Por lo general, vivimos demasiado implicados en nosotros mismos. Si nos acostumbrásemos a vernos desde fuera, como un objeto más de nuestra curiosidad, en vez de padecer, contemplaríamos. El sufrimiento se convertiría en espectáculo, en teatro, en pura representación.

*

El arte tiene a veces efectos prodigiosos: un tirano cruelísimo llora de pena ante las tribulaciones de un personaje de ficción. Pero no todo lo prodigiosos que sería de desear: concluida la lectura o la representación, el tirano reanuda el ejercicio cotidiano de la crueldad. El sentimentalismo, la lágrima fácil, nada tiene que ver con los buenos sentimientos.

*

Los buenos sentimientos con los demás nacen de la oscura convicción de que todos somos lo mismo; el sentimentalismo, de algún efecto no conocido de la digestión.

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Cuando la pasión nos inflama nos sentimos capaces de hacer grandes cosas; cuando nos abandona, a veces las hacemos.

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Contra lo que el vulgo opina, el dinero no da la felicidad. De lo contrario, los más ricos serían los más felices, cosa que sabemos que no es cierta. El dinero sólo sirve para solucionar problemas. Pero también puede crearlos. Y ésos no se solucionan con dinero.

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El placer pasa, de acuerdo. Pero su recuerdo permanece. ¿A quién le interesa el recuerdo del dolor?

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La mezcla de placer y de dolor es un vino exquisito que, en su variedad auténtica, solo se da en la adolescencia. Se habría de buscar la manera de conservarlo sin que perdiera su aroma y sabor originales.

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Solo hay una manera segura de pasar desapercibido por el mundo: no haciendo daño a nadie.

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Si nos conociésemos a nosotros mismos, conoceríamos a los demás.

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Razonar no es la mejor manera de convencer. Convencen los hechos, no las palabras.

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Dar muchas explicaciones confunde y no convence. Y si nadie las ha pedido, delata.

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Puesto que uno no puede gustar a todos, más vale que se dedique a gustarse a sí mismo.

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Debemos respetar el sueño de la ignorancia. Los hay que despiertan para enloquecer.

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Cuando volvemos la vista atrás comprendemos que aquello que elegimos no pudo ser de otra manera. La elección se revela destino.

La vida juega con nosotros como nosotros debemos jugar con la vida.

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La afirmación de Séneca de que los esclavos son seres humanos como nosotros no es todo lo provocadora que pretende ser. Debiera haber dicho que nosotros somos seres humanos como los esclavos. Al fin y al cabo, la situación del esclavo suele remediarse hacia los treinta años. La nuestra no tiene remedio.

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Dentro de un tiempo no existiré. «¿Por qué te preocupas?», dice el filósofo. «Tampoco existías hace un tiempo y eso nunca te ha preocupado». Ya, pero el filósofo escamotea un dato esencial: que entre la primera y la segunda inexistencia hay una explosión de deseos infinitos que acaban en nada, una aparente promesa rota.

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Todo el mundo se cree con derecho a ser feliz. Pero nadie sabe decir quién ha otorgado o reconocido ese derecho.

El éxito de las religiones orientales se debe a que ellas sí prometen la felicidad. En otro siglo, en otro mundo, naturalmente. Porque los de aquí y ahora, ya se sabe lo que pueden dar de sí.

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En el fondo, hasta el más lúcido piensa que mañana, su mañana, será mejor. Sin esta ilusión no soportaríamos la vida.

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A partir de cierto momento la vida es una caída. La caída física empieza a los cuarenta años, la intelectual mucho más tarde. Pero así como de la primera somos conscientes, la segunda ataca siempre a traición: deteriorado el órgano pensante, ¿cómo puede advertir su deterioro?

Así que, si hemos de terminar, el mejor momento será cuando, recién iniciada la caída física, la mente se mantiene en perfecto estado. Y habría de recordar que ya tengo 45 años.

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La Historia es una obra de ficción en la que los personajes vienen impuestos.

La filosofía es una parte de la literatura de ficción, cuyas obras tienen el mal gusto de querer convencernos de algo.

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Los que afirman que la literatura es sólo oficio merecen ser carpinteros.

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El objetivo verdadero de todo escritor es llegar a escribir aquel libro que le hubiese gustado leer en su juventud.

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El pensamiento de los grandes hombres es un fondo común que todos tenemos el derecho de utilizar y manipular, y la posibilidad de ampliar.

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Lo ideal sería que cada palabra que pronunciamos tuviese un significado y fuese dirigida a producir un efecto. En literatura es imprescindible.

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El artista da vida al personaje, aunque lo tome de la Historia. El Eneas de Virgilio está vivo; el de la Historia…ni siquiera se sabe si existió.

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Si escribes una obra dando vida al personaje Petronio, ése será el que vivirá. Mientras que el Petronio de carne y hueso que tienes delante…ni siquiera se sabrá si existió.

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Concluida la obra, en el momento de la revisión, el autor ha de preocuparse más de lo que sobra que de lo que falta. Expurgando, reduciendo, el escritor más novato puede lograr resultados aceptables. Por lo general, escribimos -y hablamos- demasiado.

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El poder se conquista, la justicia se compra.

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Leyendo la Historia de Roma de Tito Livio uno saca la impresión de que los romanos hemos conquistado el mundo actuando en legítima defensa.

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Construir y pleitear: los dos grandes vicios de los romanos. Y también guerrear y dominar; pero esto, si creemos a Livio, siempre obligados.

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Cada cual ve en ti una máscara distinta. Sólo quien te ama te ve como tú mismo te ves: único e imprescindible.

Amar a alguien significa rescatarlo de la masa gris de la humanidad para convertirlo en una persona única, imprescindible.

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El amor apasionado nace de la fuerte sospecha de que aquella persona, y no otra, es precisamente la mitad que nos falta. Dadas las características del amor apasionado, nunca tenemos la oportunidad de comprobarlo.

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Las vidas más felices acaban en la muerte. Si lo miras bien, todo es naufragio.

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Se mire como se mire la vida es una broma pesada. Pero es de mala educación no soportar las bromas. Y en este caso, además, resulta inútil. Así, que sigamos el juego con toda la paciencia, el ingenio y el buen humor de que seamos capaces.

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SILVINA OCAMPO. La nena terrible I

Aún no tiene diez años. Como tantas tardes de verano, ha escapado del sopor del mediodía que invade la gran casa rodeada de hectáreas de parque. Inquieta, oculta entre los árboles, espera la llegada de los seres maravillosos. Los mendigos. Aparecen, como siempre, en pequeños grupos. Algunos, lisiados. A uno lo falta un ojo, a otro un brazo. Los hay que cojean penosamente. Hay rostros que parecen de cera, cabelleras que se dirían de esparto. Cual valiente capitana, conduce a la tropa al establo próximo donde tiene preparado un refrigerio mínimo con lo que, a hurtadillas, ha podido recoger de cocina y despensas. Dos sirvientas la observan ocultas. Sonríen. ¡La han advertido tantas veces de que no se acerque a aquella gentuza! Saben que es inútil.

Inútil es establecer un retrato claro de la persona y escritora en que se convirtió aquella niña “rara”. Si hay algo que da continuidad a su vida es precisamente su fascinación por lo marginal, deforme y prohibido. Fascinación que no le impide llevar una existencia más o menos acorde con lo establecido por las normas de su mundo, de su clase. Ni siquiera esa inclinación por los pobres, por los desgraciados de la tierra, la impulsa a comprometerse en alguna especie de actividad social o política. Se diría que no advierte ninguna relación entre una cosa y la otra, que su atracción por ciertos aspectos del mundo subhumano o parahumano, es solo estética. Reflexión que, por supuesto, no podía hacerse la niña terrible, pero que tampoco habría de explicitar la mujer de larga vida. O tan solo en la forma retorcida y críptica de su literatura.

La clase a la que pertenecía la “nena terrible”, como la etiquetó un escritor, era la más alta que se movía en la civilización occidental. Puramente aristocrática, si no fuese porque el adjetivo, en su sentido estricto, no tiene aplicación en el continente americano. Don Manuel Ocampo, el padre, descendía en línea directa de uno de los primeros españoles que llegaron a América; se dice que era un paje de la reina Isabel la Católica. La familia se fue desplazando hacia el sur, ocupando siempre, los varones, altos cargos en la administración colonial. Establecida en la actual Argentina en el siglo XVIII, participó en el movimiento de independencia frente a España a principios del XIX, al igual, pero ésta en mayor grado, que la familia Aguirre, a la que pertenecía la esposa de Carlos Ocampo y madre de seis niñas. Silvina era la menor.

Victoria, la mayor, intelectual, escritora y animadora del mundo cultural, da cuenta de este protagonismo social, político y cultural de la familia durante todo el siglo XIX en un par de líneas:

San Martín, Puyrredón, Belgrano, Rosas, Urquiza, Sarmiento, Mitre, Roca, López. Todos eran parientes o amigos.

Y económico. La fortuna de los Ocampo era enorme, inamovible, inmune a los bandazos de la política de cualquier signo, como suele ocurrir con las fortunas enormes e inamovibles. Contaban con magníficas residencias en la ciudad (como la de calle Viamonte, donde nació Silvina) y espléndidas quintas en el campo, como la llamada Villa Ocampo, donde la niña terrible solía esperar a los mendigos encaramada a los árboles. Todavía en 1943 se permiten el lujo de trasladar su residencia a un edificio de pisos en el barrio Recoleta de Buenos Aires, que les había comprado el padre. Seis plantas, una para cada hija. Y ya a principios de siglo, es decir, durante la infancia de las niñas, todos los años viajaban a Europa. Embarcaban con todo: la familia, el servicio, y una o dos vacas para que a las niñas no le faltase la leche fresca.

El destino preferente era París, donde en uno de esos viaje los padres creyeron descubrir en la niña de seis años especiales capacidades para el dibujo y la pintura, y enseguida le asignaron un profesor. Ya mayor, pareció que Silvina iba a insistir en ese camino. Pero pronto el ambiente en que se movía, eminentemente literario, y los extraños monstruitos que se agitaban en su interior como buscando salida la pusieron en la vía correcta del destino.

Toda su vida estuvo condicionada, por lo menos en los aspectos externos, por la tríada que presidía (casi puede decirse) el mundo de las letras argentinas. De menor a mayor relevancia:

Adolfo Bioy Casares, el marido, once años menor que ella, refinado estanciero (terrateniente), amigo, más que de la vida social, del tenis y de las mujeres, de las que inevitablemente se enamoraba (y a las que inevitablemente enamoraba). Y que, sin que apenas nadie lo esperase, se reveló hacia la treintena como uno de los mejores escritores del país.

Jorge Luis Borges, escritor de reputación creciente hasta que alcanzó la categoría de eterno candidato al premio Nobel. Muy amigo de Adolfito y de Silvina. Durante años cenó todos los días en casa de la pareja.

Victoria Ocampo, voluntariosa, segura, liberal (en política), cosmopolita, que condujo sabiamente la revista y la editorial que ella misma había fundado y financiado: SUR. Ambas pusieron en lugar destacado el prestigio intelectual de Argentina en el mundo, con colaboradores de la talla de Octavio Paz, Ortega y Gasset, Virginia Woolf, Albert Camus, entre otros muchos.

En apariencia Silvina era, de los cuatro, la menos destacada. Algunos apuntan a que se sentía envidiosa y acomplejada ante el trabajo literario de Borges, y que vivió relegada y oculta a la potente luz del trío mencionado; otros biógrafos y comentaristas, más certeros, creo yo, afirman que el discreto segundo plano no fue impuesto por los tres ni autoinfligido por la modestia propia, sino que era el resultado de una opción lúcida y libremente elegida por ella, totalmente acorde con su modo de estar en el mundo: más atenta a los fantasmas de la imaginación que a los que circulaban a su alrededor.

Con cada uno de los tres mantenía Silvina una relación diferente. Con Bioy, el marido, un amor total y absolutamente dependiente que pasaba por encima – aún sufriéndolas – de las infidelidades públicas de él, del mismo modo que él pasaba por encima de las discretas – y quizá en algún caso lésbica – infidelidades de ella, y es que ella siempre fue lo más importante para él. Y viceversa.

Con Borges le unía un amistad fuerte y sincera, apenas enturbiada ocasionalmente por puntuales discrepancias literarias.

Con Victoria, la hermana, la historia era delicada y venía de antiguo. Aparte de la disparidad de caracteres, Silvina guardó siempre viva la herida que le infligiera Victoria en su infancia, al arrebatarle, cuando se casó, a la niñera a  quien la pequeña, de nueve años, amaba como a una madre, sin que de nada sirvieran sus ruegos ante la prepotencia de la mayor.

Tampoco Borges conectaba especialmente con Victoria, pero la conocía bien, la admiraba y, sobre todo, la acataba. Adolfito simplemente no la soportaba.

La labor semisecreta de Silvina no se empieza a conocer hasta sus treinta y cuatro años de edad, cuando publica la primera colección de cuentos, Viaje olvidado (1937), punto de partida de la constelación de historias increíbles, pobladas de personajes retorcidos, niños y niñas en muchos casos que dinamitan la idea la inocencia infantil. Como el cuento de la niña obsesionada por recordar el momento de su nacimiento, o el de la niña que odia a su institutriz hasta el extremo de querer transformarla en gato, o el de las siete niñas invitadas al cumpleaños de un niño quien, cuando ellas se van de la fiesta, «ya era un hombrecito». Y sean quienes sean los personajes – niños, mayores, poderosos, pobres -, el modo de narrar es tan novedoso y atrayente que solo se podría comparar al de su casi contemporáneo Cortázar. Y así, nos ofrece un mundo en el que el encadenado de la lógica a menudo se quiebra y en el que los hechos brincan directamente desde la profundidad del inconsciente. Se me ocurre que lo más parecido a los cuentos de Silvina son nuestros sueños.

(CONTINÚA)

(De ESCRITORAS)

    

 

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