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Hoffmann, el espanto y la música I

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(Mantén fija la mirada en los ojos de este autorretrato…y quizá te llegue algo del alma del artista)

Al establecer la lista de los escritores de mi vida anuncié que irían ordenados por orden de aparición ante mis ojos de lector o de repentina asunción de importancia. Hoffmann es un ejemplo perfecto de este segundo caso.

Ya en la lejana juventud leí algunos de sus relatos, entre los que no faltaron El magnetizador y El hombre de la arena, ejemplos máximos de lo siniestro en literatura. Y con eso me había quedado, con la idea de un escritor que, como Poe, con todas las diferencias, sabía sembrar el espanto en el corazón del lector.

Pero, muchos años después, me dio por leer más. Y, además de algunos relatos del tipo de los mencionados, busqué y leí las novelas Los elixires del Diablo y Las opiniones del gato Murr (en ejemplares que conservo fechados por mi mano en el verano del año 2000). Es entonces cuando se produce la revelación de que Hoffmann no es un escritor más; sobre todo, que no es solo un escritor.

Su alter ego ocasional, el músico Kreisler, divide a las personas en dos grupos: los músicos y la buena gente. La buena gente, que a veces son también malos músicos, van por el mundo enamorándose de algunos objetos para apropiárselos y completar así su coja existencia; los músicos saben que esos objetos no son el cielo de la vida, por mucho que se los apropien y les pongan un anillo en el dedo, sino el símbolo de la luz que arde siempre en el corazón del artista donde, a la vista del objeto-símbolo, se puede desencadenar una íntima conflagración total. Esto, que puede parecer confuso y mal explicado, y que en efecto lo es, aparece magistralmente expuesto en el diálogo que mantiene Kreisler con la princesa Hedwiga en cierto pasaje de Opiniones del gato Murr, en mi opinión la novela más fascinante de la historia de la literatura.

Murr es un gato delicado, instruido y algo pedante que convive con el profesor Abraham, maestro en artes extrañas y amigo del músico Kreisler; está escribiendo sus propias experiencias al estilo de la típica Bildungsroman (novela de formación), que se desarrollan en el escenario formado por la propia casa y las azoteas vecinas, donde sopla el viento de la auténtica vida, con sus gatitas encantadoras y sus patrullas perrunas de represión. No se sabe cómo, hace que se imprima su obra, pero, comoquiera que la envía a la imprenta mezclada con otras hojas que contienen momentos de la vida de Kreisler, el resultado es el extraño libro que tiene en sus manos el lector, donde se van intercalando la autobiografía de Murr con la historia del músico Kreisler, la cual, además, no aparece en riguroso orden cronológico.

Kreisler es un músico un poco loco, maestro de capilla en la corte de un príncipe, cuyo principado, como tantos minúsculos estados alemanes de principios del siglo XIX, había dejado de existir (era tan pequeño que “se dice que el príncipe Irenäus había perdido su país en un paseo por la frontera”). Todos los personajes que se mueven por esa corte particular aparentan tener extraños pasados, a veces interrelacionados, que el lector no llega a descifrar, con lo que se mantiene siempre la intriga: el príncipe, que ha reproducido en su residencia la corte del principado perdido por un descuido; su hijo, el débil mental Ignaz; el maestro Abraham, con un pasado que también afecta a alguno de los otros personajes; la intrigante consejera Benzon, probable antigua amante de alguno de los mencionados; la joven princesa Hedwiga, con brotes histéricos, que quizá no es hija de quien se supone; su amiga íntima Julia, de juvenil encanto; el maestro de capilla Kreisler, a quien todos admiran pero también temen porque desde su posición de artista, pero sobre todo cuando se abandona a sus locuras y a su sarcástico humor, pone en evidencia la falsedad y vaciedad de aquella sociedad… La novela es complicada y confusa, sí, pero posee un encanto que lamento no poder trasmitir. Convertida en literatura, se contiene en ella el alma musical del autor.

El alma atormentada, siempre al borde de la locura, presa del espanto y del terror se contiene en Los elixires del Diablo, novela gótica donde la posesión diabólica o enajenación mental presiden un relato delirante y, por momentos, incomprensible, con la aparición, quizá por primera vez en la literatura, del inquietante doble de uno mismo (Doppelgänger). En mi opinión, ambas novelas (junto con El caldero de oro) ejemplifican a la perfección la dualidad esencial del escritor… Pero Hoffmann no quería ser escritor.

Ernest Theodor Wilhelm Hoffmann nació en Königsberg, Prusia, en 1776. Más tarde se cambió el Wilhelm por Amadeus, manifestando así su preferencia por Mozart frente a Shakespeare. Pero al destino no se le engaña tan fácilmente.

Educado entre mujeres – el padre había abandonado a la madre – convivía también con un tío que practicaba la música, aunque no pasaba de ser buena gente. De las dos tradiciones familiares, la musical y la jurídica, se vio empujado a seguir la “seria”, y así, aunque también estudió música e incluso empezó a componer muy joven, se formó en leyes con resultados brillantes. En la literatura, ni pensaba.

También se dedicó desde joven a la pintura y al dibujo. Precisamente esta afición, unida a su temperamento inquieto, humorístico y burlón, le procuró la primera contrariedad de su vida profesional. Y es que, en Posen, ciudad polaca donde ejerce, el juez Hoffmann se dedica a caricaturizar los rostros y figuras de aquella gente tan seria que le rodea, es decir, a poner de manifiesto en cuatro trazos la fealdad y vulgaridad de las fuerzas vivas del lugar. Descubierto, se le destina a un villorrio polaco sin más compañía que su reciente esposa Mischa (también polaca, y católica; no alemana y protestante como mandan los cánones) y los extraños personajes que empiezan a poblar su imaginación. Expiada la culpa, ocupa plaza en Varsovia, donde puede llevar una vida más acorde con sus aficiones artísticas: participa en tertulias, escribe reseñas musicales, compone e incluso dirige conciertos.

La segunda contrariedad tiene una causa tan ajena a su voluntad como es la guerra. En noviembre de 1806 las tropas francesas entran en Varsovia. Polonia ha sido ocupada por los vencedores del país ocupante. Todos los funcionarios prusianos son destituidos. Hoffmann marcha a Berlín, sin nada a la vista. Pocos meses después se le presenta una oportunidad: las autoridades francesas han decidido recuperar a los ex funcionarios prusianos siempre que juren fidelidad al nuevo régimen napoleónico. No se lo piensa dos veces. La lealtad está en él por encima de las preferencias políticas (si es que tiene alguna) e incluso de las necesidades vitales. Rechaza la oferta y permanece en Berlín, donde vivirá el año más duro y amargo de su existencia.

Gracias a la ayuda de algún amigo fiel, y a su propia e incesante búsqueda de una ocupación acorde con su vocación y experiencia, va superando el trance. A mediados de 1808 recibe una oferta para dirigir el teatro de Bamberg, ciudad católica y barroca del sur de Alemania.(continúa)

                    (De Los libros de mi vida)

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Kafka, el profeta inconsciente I

Saber que esto no es un tratado de literatura ni un intento de demostración de sabiduría crítica me tranquiliza enormemente. Saber que se trata solo de una recopilación de las impresiones que me han causado ciertas lecturas a lo largo de la vida me facilita mucho la tarea. De otro modo, ahora mismo quedaría paralizado ante la idea de tener que abordar a un escritor como Kafka.

Y es que Kafka es un escritor único. No quiero decir que sea el más grande, ni el que mejor escribe, ni el que más luz ha aportado al caminar del ser humano sobre la tierra. Quiero decir lo que he dicho: que es único.

Hace tiempo se me ocurrió, para mi uso particular, dividir a los escritores, a los artistas en general, en dos grandes grupos: los artesanos y los profetas. Los artesanos son aquellos que, juntando los materiales adecuados en el orden más conveniente, construyen una obra de valor estético; los profetas son los que, quietos en su rincón, esperan que la verdad se les revele y pacientemente tratan de expresar con palabras los signos siempre cifrados de esa revelación. Como se ve, no otorgo a la palabra “profeta” el significado vulgar de vidente del futuro – en este caso lo sería Verne, cuando es solo un artesano – sino el más correcto de persona que se comunica con la divinidad.

No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate completamente solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar, no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies.

Profeta es Shakespeare, que comparte con Dios la facultad de crear seres humanos auténticos; profeta es Hoffmann, testigo de cómo lo siniestro – y lo luminoso – aflora en sus páginas sin apenas esfuerzo o intención; profeta es Sabato que describe pasiones y obsesiones tan reales como los sueños. Son sólo tres ejemplos. De los artesanos no hace falta hablar: son mayoría.

¿Pero en qué sentido Kafka es un escritor-profeta único? Shakespeare sabe que está dando a luz toda una galería de caracteres tan vivos como los seres vivos; Hoffmann contempla asustado cómo se mueven, gesticulan ante él, los engendros de una fantasía incontenible; Sabato intuye que sus creaciones tienen el valor de sus sueños y que ambos responden a la manera de ser o estar del ser humano.

Kafka no sabe lo que tiene entre manos.

Todas las noches se encierra en su habitación. Y escribe.

Extraño, misterioso, tal vez peligroso, tal vez redentor consuelo de la actividad literaria: esta acción de salirse de las filas de los asesinos, la observación de los hechos. Observación de los hechos al crear una forma superior de observación…

Curiosa imagen: para dedicarse a la observación de los hechos y, sobre todo, para crear esa forma superior de observación hay que salirse de las filas de los asesinos. Imagino que los “asesinos” deben de ser la gente normal que se dedica a vivir (¿y a matar?), ajena a las obsesiones de los que escriben.

Y me pregunto – porque estoy discurriendo en primer término para mí – ¿en qué consiste esa forma superior de observación que Kafka crea y nos ofrece? ¿Cómo se consigue? ¿Qué clase de resultados da?

Uno de los momentos en que Kafka se sintió en la plenitud de su tarea o misión fue al escribir uno de sus primeros relatos: La condena. Fue una noche de setiembre de 1912. Tenía 29 años. Lo explica en su Diario (las negritas las he puesto yo):

Esta narración, La condena, la he escrito de un tirón, durante la noche del 22 al 23, entre las diez de la noche y las seis de la mañana. Apenas si podía sacar las piernas de debajo de la mesa, entumecidas por haber permanecido sentado tanto tiempo. La tensión y la alegría terribles con que la historia se iba desplegando ante mí, y cómo me iba abriendo paso entre las aguas. […] Cómo todas las cosas pueden decirse, cómo para todas, para las más extrañas ocurrencias, hay preparado un gran fuego en el que se consumen y renacen. […] Sólo así se puede escribir, sólo con esa cohesión, con esa apertura total de cuerpo y alma.

Es evidente que estas palabras no son las de un artesano de la literatura. Es evidente que son las de un profeta. Pero un profeta que ignora la naturaleza y el sentido del mensaje que trasmite; que está embriagado por el camino, y sabe que ese camino lo ha de conducir a alguna parte, pero ignora adonde. E incluso intuye que no le será dado llegar.

En Ante la ley, relato breve, cuenta la historia de un hombre que aspira a entrar en la “ley”. La puerta está abierta, pero hay junto a ella un guardián de aspecto temible, que no le autoriza la entrada. Las súplicas del hombre son continuamente rechazadas por el guardián. El hombre espera paciente meses y años ante la puerta. Ya anciano, pregunta al guardián cómo se explica que, habiendo tantos seres humanos que aspiran a la ley, sólo él esté ahí. El guardián le responde: “Nadie podía pretenderlo, porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla”.

Tengo la impresión de que, al término de su vida, Kafka se sintió como el hombre ante la entrada abierta pero infranqueable. La inseguridad sobre el valor de su obra, salvo alguna excepción, el perfeccionismo, la renuencia a que se publicase lo que no consideraba dignamente acabado – que para él era casi todo -, nos hablan de una actitud religiosa, de una fe en una revelación que no acaba de producirse, de un infinito trabajo de paciencia ante la entrada que no consigue finalmente traspasar. Aunque sabe que está abierta. Y que era solamente para él. (continúa)

 (De Los libros de mi vida)

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Otra vez agosto

Hace un año, este blog llevaba dos meses de existencia. Había nacido con brío, pero, adentrado el verano, tuve que ralentizarlo a fin de que mis breves apuntes no se perdiesen en el desierto. Y entonces, fui publicando una serie de encuentros entre famosos (histórico-literarios, se entiende) sacados de mis obras.

También ahora voy a reducir la marcha, y también ahora, para que el desierto no sea absoluto, voy a recurrir a mis propias obras. Pero esta vez no serán breves fragmentos. Tampoco obras completas, nadie se asuste. He elegido dos relatos de los ocho que componen (por ahora) el invento que lleva por título Fantasías a la manera de Hoffmann.

El primero, La máquina del doctor Kusev, trata de las extrañas y terribles relaciones  que pueden establecerse entre cierta quimera científica y la realidad. En el segundo, El Mosén, asistimos al curioso comportamiento de una persona sensible y delicada, que se sueña en un papel muy diferente del que le ha tocado vivir.

Aparecerán, divididos en cuatro entradas cada uno de ellos, a razón de dos entradas por semana, lo que da para dos quincenas…

¡Feliz agosto! 

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La memoria

Un escritor es alguien perfectamente ignorante que divaga sobre todo lo que desconoce. En mí tenéis un ejemplo. Si se repasa la lista de entradas de este blog se verá que casi todos los temas sobre los que he disertado requieren un conocimiento básico, en mi caso inexistente. El único que no requiere conocimiento alguno es el de la literatura. Ahí el campo es libre. Hasta el extremo de que, si alguien osa reprocharte tu desconocimiento de los grandes escritores de todos los tiempos siempre puedes alegar en tu descargo que «esos» precisamente no forman parte de tu canon personal.

Pero, ¿se puede hablar de la muerte o del tiempo sin ser un experto en física o en filosofía? ¿O de la injusticia o de la bondad o de la modestia sin poseer algún conocimiento de… psicología, por ejemplo? Me temo que no. Pues bien, como buen escritor que soy, yo me atrevo a todo y ahora mismo voy a disertar un poco sobre la memoria.

La memoria ha sido el gran hallazgo de bastantes escritores de la penúltima generación. Iluminados por ciertas corrientes de la psicología moderna, supongo, han tenido la revelación de que la memoria no es un ente compacto; que se puede modelar y manipular, consciente o inconscientemente, en todos los casos. Y así, han surgido memorias (recuerdos) deliberadamente falsas, o se han elaborado ficciones con retazos de recuerdos auténticos, o se ha mezclado memoria e imaginación para componer novelas (llamémoslas así todavía) de las que solo el escritor tiene la clave, mientras que el pobre lector está condenado a transitarlas sin que le sea dado acceder a los ocultos mecanismos del gran artefacto que se guarda  en la cabeza del autor.

Todo eso está muy bien y, como mínimo, nos da una idea de hasta donde puede llegar la sofistificación creadora. Lo malo (por llamarlo así) es que, ofreciéndose como un osado artificio literario, nos distrae de ver la terrible verdad. La verdad de que la memoria no existe.

Bueno, sí existe, pero de manera muy distinta a como suele considerarla el sentido común. El contenido de la memoria lo componemos nosotros en cada momento del presente. De manera que esta operación no es un simple (o complicado) artificio literario, sino que es el modo en que nuestra mente nos permite avanzar por la vida. Es difícil de explicar. Así que cedo la palabra al Doctor Kusev, personaje de un relato de una obra no publicada (como varias de las mías) que lleva por título Fantasías a la manera de Hoffmann :

– ¿Quiere decir que no podemos retener en la memoria algo que realmente sucedió? No le entiendo, doctor Kusev.

– A ver si me explico. La mente humana no es una cámara fotográfica que hace clic y guarda en la memoria un suceso determinado. No, lo que la mente guarda de ese suceso es una determinada impresión, autoelaborada en la forma que conviene al interés vital del individuo. La memoria no es un almacén de escenas o acontecimientos, es un mecanismo que tritura y prepara las experiencias vividas para que el sujeto pueda digerirlas y seguir adelante.

Y algo más tenía para añadir acerca de la memoria, pero ya no me acuerdo.

 

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Hoffmann III

En 1804 lo tenemos de juez en Varsovia. Parece que el castigo se ha levantado y que la carrera judicial puede proseguir sin trabas. Además de proporcionarle la seguridad necesaria para su nuevo estado familiar, esta situación le permite entregarse casi de lleno a su pasión musical. Y digo “casi” porque en ningún caso Hoffmann permite que se resientan sus deberes profesionales. En diversos momentos de su vida, esa actitud de estricto y honrado cumplidor del deber le había de situar ante dilemas dolorosos, que le obligarían a tomar decisiones de graves consecuencias.

Una actitud que, si bien puede no sorprender en un funcionario prusiano, sorprende, y mucho, en un artista. Y no un artista clásico precisamente, sino alguien que había de ser considerado el ejemplar típico del paradigma romántico: inquieto, fantasioso, bebedor, psíquicamente inestable, al borde a veces de la locura, que crea la figura romántica del doble (Doppelgänger) no por invención caprichosa, sino porque él mismo la ha experimentado. No hay duda de que Hoffmann es el trasunto de aquel personaje de su relato El caldero de oro, archivero y salamandra al mismo tiempo.

En Varsovia el juez-músico es feliz. Participa activamente en la vida cultural de la ciudad; compone, colabora con la Asociación Musical, donde dirige un concierto y estrena alguna de sus composiciones. Tiene una hija, que recibe el nombre de Cecilia, patrona de la música. Entabla amistad con Hitzig, que ha de ser uno de sus grandes amigos, y luego biógrafo, manteniendo la que, desde la infancia le une a Hippel, ya bien situado en la administración prusiana y que tanta ayuda le ha de prestar en los negros tiempos que se avecinan…

El 29 de noviembre de 1806 las tropas francesas entran en Varsovia. Polonia ha sido ocupada por los vencedores del país ocupante. Todos los funcionarios prusianos son destituidos. Hoffmann marcha a Berlín, sin nada a la vista. Pero, pocos meses después se le abre una oportunidad: las autoridades francesas han decidido recuperar a los ex funcionarios prusianos siempre que juren fidelidad al nuevo régimen napoleónico.

No se lo piensa dos veces. La lealtad está en él por encima de las preferencias políticas (si es que tiene alguna) e incluso de las necesidades vitales. Rechaza la oferta y permanece en Berlín, donde vivirá el año más duro y amargo de su existencia.

Solo en la ciudad (ha enviado a Posen a esposa e hija para que sean atendidas por la familia polaca), consume las horas entre trabajos precarios, sueños musicales y el alcohol de las tabernas. Pero es precisamente en ese año horrible cuando despunta el escritor. Hasta entonces, había publicado sobre todo reseñas de composiciones y estrenos para revistas musicales. Ahora abre un poco más la puerta de la imaginación y surge el relato que será como el punto de partida del Hoffmann escritor, El caballero Gluck, una extraña historia sobre el famoso músico, resucitado, o sobre un loco que se cree Gluck, no se sabe bien. 

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Hoffmann II

Lo que en ningún caso cabe esperar de un músico de nacimiento es que, además de dominar el mundo de las leyes con sus extraños vericuetos, asuma y respete las formas sociales de los pomposos juristas que no han nacido músicos.

Y así, coincidiendo con su traslado a Posen, Hoffmann rompe el compromiso matrimonial que su familia había acordado con una distinguida señorita, y entrega su corazón a una bella muchacha (Mischa) no tan socialmente distinguida. Y además polaca y católica, cuando los cánones mandaban que en todo caso habría de ser alemana y protestante.

Todos son indicios de que el músico que habita bajo la toga del juez no se siente muy cómodo con el ropaje. Y, entre otros juegos más o menos clandestinos, se dedica a dibujar los rostros y figuras de aquella gente tan seria que le rodea, es decir, a poner de manifiesto con cuatro trazos la vulgaridad y fealdad de las fuerzas vivas del lugar.

Hasta que un día de Carnaval estalla el escándalo. Las caricaturas pasan de mano en mano. Se busca y finalmente se identifica al culpable. Intolerable. Hoffmann es trasladado a un villorrio polaco, donde purgará su culpa sin más compañía que la de su ya esposa Mischa y la de algunos seres fantásticos que empiezan a poblar su imaginación.

Y es que la mente de Hoffmann es como un caldero siempre hirviendo, de donde se levantan vapores nebulosos, formas extrañas que pronto se convierten en los inquietantes personajes que han de quedarse para siempre en las páginas de la literatura universal: el magnetizador, el hombre de la arena, el monje Medardo… Y también, en la cara diurna del mismo planeta, las formas luminosas y etéreas, las musas, serpentinas y princesas, el amor, necesariamente imposible, que no aspira al anillo nupcial, sino al cielo prometido del artista. Y Kreisler, el loco Kreisler, el músico Kreisler, conciencia humorística del mismo Hoffmann y fustigador de los filisteos mercaderes del arte.      

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Hoffmann I

¿Puede alguien ser a la vez músico excelente, escritor fascinante, caricaturista chispeante y jurista honrado y competente? Sí, a condición de que se llame Ernst Theodor Wilhelm Hoffmann y haya nacido en Königsberg en 1776.

Creció entre mujeres: madre abandonada por el marido y mentalmente inestable, dos tías y una abuela. Una de las tías (Sophie) fue su primer amor. Infantil, por supuesto, pero imborrable. También había un tío en la casa.

Tío Otto era una persona muy seria, con esa seriedad que muy pronto aprendió a despreciar el sobrino. Y es que, aficionado y practicante de la música, Otto no era un músico de verdad. Años después, el ya célebre Hoffmann, había de distinguir con original criterio dos clases de personas: los músicos y los  no músicos. Y él quería sobre todo ser músico, pero no ya en el sentido amplio con que a veces usaba la palabra (que englobaba a todo artista) sino en el más estricto y común. Su pasión por la música determinó que cambiase el Wilhelm de sus nombres de pila por Amadeus. Es decir, que entre Shakespeare y Mozart no dudó un momento. Aún no sabía cómo las suele gastar el destino.

No obstante sus tempranos estudios musicales, por obediencia y por inercia tomó la senda que le marcaba la tradición familiar (y el buen sentido burgués). Estudió leyes. Y con cierta desgana y muy poca afición, a los veintiún años acabó la carrera con excelentes resultados. Tras un año de prácticas en el Tribunal Supremo de Prusia, en 1799 fue nombrado juez de primera instancia de Posen, ciudad polaca atribuída a Prusia en uno de aquellos  “repartos” que de vez en cuando sufría Polonia.

Parece que la seriedad de la vida se estaba imponiendo. Y sin embargo, ya por entonces había compuesto algunas piezas musicales, y varias novelas que no publicó y que pronto se perdieron. Pérdida que sin duda no lamentó demasiado, pues el joven Hoffmann, artista de nacimiento, solo se veía triunfando y entrando en la posteridad como inspirado sucesor de Mozart y de Gluck,  como compañero de Weber y de Beethoven. Pero, lo dicho, a veces el destino  se divierte jugando con las intenciones y expectativas de los individuos.

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