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La política: gloria y miserias (sabiduría clásica III)

La actividad más noble a la que podía dedicarse un ciudadano romano de la época republicana era la política. En varios escritos insiste Cicerón en la superioridad moral de la dedicación a lo público sobre las demás actividades humanas. Él, que vivió los senatus populusqueúltimos años de aquella época, sabía muy bien que en un régimen despótico, por ilustrado que fuera – como sin duda lo hubiera sido el de César -, no cabía la política, y es que la política es el ejercicio de la negociación, el pacto y la seducción, actividades que no tienen sentido en un régimen de ordeno y mando. Y eso, teniendo en cuenta que la romana era una república aristocrática – con ciertos contrapesos – en la que solo participaban los ciudadanos con plenos derechos, que no eran la mayoría de la población.

Así que, además de moralmente superior a cualquiera otra actividad humana, la política es para Cicerón un deber, que un ciudadano solo puede rechazar por razones extremas, entre la que curiosamente incluye lo que podríamos llamar un exceso de talento.

No deben censurarse quizá porque no pongan empeño en conseguir el gobierno y la administración del Estado aquellos que, dotados de un gran talento, se consagraron al estudio, o quienes, impedidos por una salud precaria o por otras causas más lamentables, se apartan de los negocios públicos y dejan a otros el poder y la gloria de administrarlos. (Sobre los deberes, I, LXXI; trad. José Guillén Cabañero).

Por supuesto que el ejercicio de funciones públicas tiene sus riesgos tanto para la moral del que las ejerce como para el bien de los administrados. El principal, la avaricia:

No hay, pues, vicio más repugnante que la avaricia, sobre todo en la gente principal y en los que gobiernan la República. Desempeñar un cargo público para enriquecerse no es solamente vergonzoso, sino también impío contra la patria y sacrílego contra los dioses. (Sobre los deberes, II, LXXVII; trad José Guillén Cabañero).

Para erradicar el vicio de los gobernadores de los países sometidos de enriquecerse a toda costa se dictaron leyes contra la concusión, delito consistente en imponer tributos ilegales, en beneficio del gobernador de turno, por supuesto. Pero los efectos de esa normativa tan bien intencionada habían de ser contraproducentes. Al menos, eso es lo que expone Cicerón con su ironía característica:

... sucedería, pensaba yo, que las naciones extranjeras enviarían legados al pueblo romano para que se eliminasen las leyes y los procesos por concusión; pues consideran que, si no hay proceso alguno, cada cual se llevará cuanto piense que es suficiente para él y sus hijos; que ahora, puesto que las acciones judiciales son así, cada uno se lleva cuanto les será suficiente a él, a sus patronos, a sus abogados, al pretor y a los jueces; que ellos pueden satisfacer las ansias del hombre más codicioso, pero no la victoria (en juicio por concusión) de uno muy culpable.(Contra Verres, I, XIV; trad., José María Requejo Prieto)

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El tiempo que pasa (sabiduría clásica II)

La necesidad de aprovechar el tiempo es una de las principales preocupaciones de Séneca. Ya la primera carta a Lucilio la dedica a este tema:

El tiempo que hasta hoy te han estado tomando, te han estado robando o que te ha huido, recógelo y aprovéchalo. Persuádete de que es tal como te lo estoy escribiendo; unas horas nos han sido tomadas, otras nos han sido robadas, otras nos han huido. La pérdida más vergonzosa es, sin duda, la que acontece por negligencia. Y si te fijas bien, la mayor parte de la vida la pasamos entregados al mal; otra parte, y no menguada, sin hacer nada, y toda la vida haciendo lo que no deberíamos hacer. […] Asegura bien el contenido del día de hoy, y así será como dependerás menos del mañana. Aunque aplacemos las cosas, la vida nos huye. Todas las cosas, Lucilio, en realidad nos son extrañas, solo el tiempo es bien nuestro. (Cartas morales a Lucilio, I, trad. Jaume Bofill i Ferro)

En varias ocasiones sostiene Séneca que la vida no es breve, que somos nosotros los que no la sabemos aprovechar. ¿Y cómo la desaprovechamos? Dedicando nuestro tiempo a actividades absurdas que nos van alejando de la posibilidad del verdadero goce de la vida.

Larga es la vida si la sabemos aprovechar. A uno detiene la insaciable avaricia, a otro la cuidadosa diligencia de inútiles trabajos; uno se entrega al vino, otro con la ociosidad se entorpece; a otro fatiga la ambición pendiente siempre de ajenos pareceres, […] Hay otros que en veneración no agradecida de superiores consumen su edad en voluntaria servidumbre, […] Pequeña parte de la vida es lo que vivimos: porque lo demás es espacio, y no vida, sino tiempo. (De la brevedad de la vida, I ; trad. Pedro Fernández Navarrete).

En cierto momento, Cicerón, hablando por boca de su personaje Catón el Viejo, opina que la longitud del tiempo es indiferente; que, una vez transcurrido, no importa si fue largo o corto, porque, al pasar, da muerte por igual a todo lo que en su escenario ocurre:

No me parece duradero nada que tenga un término; en efecto, en el mismo momento de llegar éste, se desvanece todo lo que ha pasado. (Sobre la vejez, XIX, LXIX; trad. Eduardo Valentí Fiol).

Quizá quien con más acierto y contundencia expone el rasgo fundamental del tiempo que pasa sea un poeta, Publio Ovidio Nasón, y lo hace con solo tres palabras, que vale la pena recordar en su versión original: tempus edax rerum:

El tiempo, devorador de las cosas. (Metamorfosis, XV, 234)

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Sabiduría clásica

La antigüedad clásica – y me refiero a la romana, que es la que conozco un poco – contiene un cúmulo de tesoros hoy en día ignorados. Incluso aquellas personas que sienten cierta inclinación por ella, si no la han abordado mediante estudios mínimamente serios, pueden convertirse sin darse cuenta en víctimas de una de las muchas mixtificaciones o falsificaciones que hoy nos asedian.

Todo lo que el ciudadano medio – incluidos individuos supuestamente cultos – conoce de esa civilización y cultura es lo que se expone en películas, series televisivas y novelas “históricas”. No quiero decir que algunos de esos productos no sean dignos y hasta acertados, pero en general poseen unos rasgos o características que, a mi juicio, los inhabilita como honestos transmisores de las realidades y valores de aquella civilización.

Por ejemplo, el exotismo y su contrario el actualismo. Entiendo por exotismo la pretensión de presentar la antigua sociedad romana como algo muy alejado de la normalidad humana actual, como algo curioso, fantástico, increíble. Lamento que el único ejemplo que ahora recuerdo sea precisamente una película por otra parte admirable: Satiricón, de Fellini.

Por actualismo entiendo el intento de presentar aquella sociedad como un espejo malintencionado de la nuestra, es decir, de llevar al espectador a la idea de que nada ha cambiado en los seres humanos, de que todo es siempre lo mismo. Parte de verdad hay en ello. Lo malo es que se fuercen los parecidos y se trasluzca la intención, como tantas veces ocurre.

Pero el verdadero elemento distorsionador de una posible comprensión de la antigüedad romana a través de esos productos “artísticos” consiste en lo que podríamos llamar el morbo de la violencia y el sexo, la obsesión por estos aspectos, y no desinteresada por cierto, sino alentada por la conocida capacidad de convocatoria comercial de tales ingredientes. Tanto es así que en la imaginación de los consumidores de esos productos, la antigua Roma no es más que un conglomerado de violencia física y de actividad sexual de toda clase: incestos, violaciones, excesos sexuales. No puede haber Roma sin luchas sangrientas de gladiadores, espadas que traspasan cuerpos o seccionan cuellos, envenenamientos, cuerpos de todos los sexos que se amontonan en orgías sin fin, etcétera.

No pretendo acabar con esa visión “mediática”. Tampoco podría. Solo aspiro a dejar constancia – como contrapartida – de las cimas intelectuales y espirituales que aquella sociedad alcanzó por medio de sus mentes más preclaras. Unos cuantos escritores me acompañarán en el intento: Cicerón, Séneca, y alguno más.

  1. El cuidado del cuerpo
  2. El tiempo que pasa
  3. La política: gloria y miserias
  4. Religión, dioses, mente divina I y II
  5. Séneca, psicólogo
  6. El suicidio en Roma
  7. Cultura y poder  
  8. La vejez    

NOTA: Me había pasado por la cabeza incluir la versión original latina de cada cita. Pero luego he pensado que la exhibición interesaría a pocos y espantaría a muchos. Así que los muy interesados podrán encontrarla en el lugar correspondiente de este estupendo compendio de la literatura latina:  http://www.thelatinlibrary.com

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La letra o la vida (refundido)

Sin necesidad de consultar un tratado de gramática, creo estar en condiciones de afirmar que la partícula “o” puede tener, por lo menos, dos funciones distintas. Una, claramente disyuntiva, como cuando los antiguos bandoleros conminaban al viandante para que se decidiese por ¡la bolsa o la vida! sin más historias. Otra, explicativa de una equivalencia, como cuando, refiriéndose al idioma, se dice “castellano o español”.

Si he de ser sincero – y, sinceramente, creo que lo he de ser – confesaré que, después de pensarlo un rato, todavía no sé cuál de las mencionadas funciones ejerce la partícula “o” en el rótulo de este artículo.

Decantarse por la función disyuntiva del “o” supone aludir a aquel trágico dilema que algunas personas han sufrido y que muchas han magnificado: escribir o vivir; el arte o la vida. O, como lo decía Pirandello, la vita o si vive o si scrive. Y enseguida acuden a la mente los nombres de tantos creadores de los que se dice que crearon porque no sabían o no querían vivir; individuos encerrados en sus cubículos, que levantaban mundos fantasmagóricos o simplemente imaginarios mientras el mundo real no andaba lejos de sus zapatillas.

Pío Baroja, por ejemplo. Y el nombre se me ha aparecido a propósito de las zapatillas. Porque aquel genial constructor de relatos novelescos alardeaba de no saber escribir correctamente, y para corroborarlo afirmaba sin ningún pudor que él nunca sabía si estaba con zapatillas, de zapatillas o en zapatillas. Pero, a la vista de su obra, parece que esto del desaliño literario de Baroja es pura leyenda. Leyenda patrocinada por el mismo autor. Ya es raro. Como si un arquitecto propalase que no sabe bien su oficio. Y es que – como imagino que se irá viendo por aquí – los escritores suelen ser gente muy rara.

Nadie más raro que Kafka, al menos en la imaginación literaria-popular. Y aun en la popular a secas, que utiliza el adjetivo kafkiano con la alegría del que no sabe lo que tiene entre manos. También Kafka suele considerarse un ejemplo de creador que opta por la escritura frente a la vida. Consideración que tiene su base en la actitud huidiza que en más de una ocasión adopta en el momento en que va a formalizarse una relación amorosa. Aunque aquí el dilema no se da propiamente entre arte y vida, sino entre arte y matrimonio, que no es exactamente lo mismo.

La idea de la incompatibilidad entre la dedicación al arte y el estado matrimonial viene de muy antiguo. Pero, como es natural, se refuerza con el romanticismo, cuando el artista es considerado como una especie de sacerdote consagrado exclusivamente a la diosa Arte. En esta consideración late la misma idea que impulsó a la Iglesia católica a requerir el celibato de sus sacerdotes: que no se puede servir a dos señores. Y es que ni la entrega total al Arte ni la entrega total a Dios parecen compatibles con las mil y una preocupaciones que impone la vida de familia. Y esto es así, pese a todas las proclamas de los propagandistas de “la familia cristiana”, que ignoran (o pretenden contradecir) lo que el mismo Cristo dice al efecto en Mateo 12, 46-50 y en Lucas 2, 41-50 y 9, 59-62.

Bien, aunque sea de manera aproximada, como lo es todo en esta vida, se puede decir que Baroja y Kafka ilustran el significado que se desprende de la función disyuntiva del “o” situado a la mitad del título de este artículo.

La otra función, la explicativa de una equivalencia, vendría a aludir a todos aquellos escritores para los que el ejercicio de escribir no es algo aparte o separado de la vida, sino la expresión natural de las propias capacidades vitales. Y pienso en Goethe, naturalmente. Y en tantos otros, en general de raigambre clásica, que no sienten contradicción alguna entre la labor creadora y el normal desarrollo de la vida en sociedad. Desde Cicerón hasta Thomas Mann, pasando por Voltaire. Escritores en los que la letra, la escritura, forma parte de la vida (cuando menos, de su vida) de una manera natural y no conflictiva.

Pero la función explicativa del “o” podría también apuntar a algo muy distinto de lo que acabo de exponer. No se trataría ya de denotar una relación antagónica o armónica entre escribir y vivir, entre poesía y realidad, sino que contendría una proposición más bien metafísica, o fantasiosa (que viene a ser lo mismo), consistente en que la existencia humana no sería más que una ficción que tendría lugar a lo largo de la literatura universal. No es mala idea.

Ninguna idea es mala, si es fecunda. Y ésta lo es, al menos desde el punto de vista del escritor. La literatura, como realidad; la vida, como ficción literaria. Quién sabe. Al fin y al cabo, cuando dentro de miles de años se estudie nuestra civilización, al investigador de turno le costará Dios y ayuda establecer quién tuvo una vida real y quién ficticia, si Cervantes o Don Quijote, si Shakespeare o Hamlet. Del mismo modo que en nuestros días no sabemos si otorgar más realidad a Aquiles o a Homero. Aceptemos que la ficción es un producto de la vida, pero también que la vida es obra de la ficción, de la mente. “El mundo es mi representación”, dice el filósofo. Pero no me he asomado a esta ventana para filosofar, sino para contemplar la vida, la vivida y la imaginada. La vida del escritor.

Escritores, los hay de muchas clases. De tantas como de seres humanos en general. Unos escriben por la mañana temprano (Goethe); otros, por la noche tarde (Kafka). Unos se implican en la vida de su sociedad (Zola); otros cultivan un mundo aparte (Huysmans). Unos están instalados en la razón (Voltaire); otros, en el sentimiento (Rousseau). Unos creen en el más allá (Chesterton); otros, apenas en el más acá (Sartre). Unos se mueven entre la alta cultura (Mann); otros, entre oscuros pueblerinos (Faulkner). Unos son todo espíritu (Tagore); otros, todo sexo (H. Miller). Unos son conservadores (T.S. Eliot); otros, revolucionarios (Alberti). Unas son aristócratas (Pardo Bazán); otras, obreras (Alfonsina Storni). Unos son piadosos (Verdaguer); otros, impíos (Sade). Unas son vitales (De Staël); otras, enfermizas (Woolf)…
Cuánta variedad, cuánta riqueza. Y algunos dicen que leer es aburrido… Bueno, si solo leen a ciertos escritores de aquí y ahora, no seré yo quien les contradiga.

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Idus de Marzo (narrado por Cicerón)

Lo primero que hice la mañana del 15 de marzo fue repasar el informe que había elaborado sobre el caso Dolabela. Introduje algunas modificaciones. Después de desayunar, recibí a los amigos que habían venido a saludarme y luego, poco antes de la hora cuarta, salimos juntos en dirección al Teatro de Pompeyo. El cielo estaba despejado. Soplaba un vientecillo frío y seco. Por las inmediaciones del Teatro apenas había movimiento. En el podio, estaban preparando el trípode para el sacrificio aruspicial.

Así que entré en la Sala, vi a Marco Bruto, Casio y Casca. Casca miraba hacia afuera, los otros dos hablaban en voz baja. En aquel mismo momento Lena se les acercaba y se unía a la conversación. En cuanto me vieron, enmudecieron los tres. Nos saludamos, pero apenas me detuve. Había visto a Dolabela más al interior y me dirigí hacia él. [……….]

De repente, el rostro de Dolabela cambió de expresión:

– ¿Has visto? Mira a Bruto, y a Casio. Mira, mira.

Los miré un instante.

– Sí, se comportan de un modo extraño.

– Están pálidos, nerviosos. Mira, no paran de ir de un lado a otro y de hablar en voz baja. Pero ¿qué ocurre? – dijo Dolabela visiblemente preocupado.

Entonces oímos las aclamaciones de la multitud.

– Ya están aquí – dije-. Van a sacrificar. Tranquilo, Dolabela. Dentro de unos momentos se habrá resuelto tu asunto.

– No es eso lo que más me preocupa ahora.

Cuando César hubo llegado a su presencia, Espurina sacrificó la víctima. No encontró el corazón.

– Deberías aplazar la sesión, César. El pronóstico no puede ser peor.

– Lo mismo me ocurrió en Hispania, y volví vencedor .

– Pero recuerda que precisamente en Corduba estuviste a punto de perder la vida.

– Sí, pero aún la conservo.

– ¿Sacrifico de nuevo?

– No, déjalo. No voy a ser más considerado con las tripas de una bestia que con los consejos de mi esposa. Entremos ya.

Pero, justo ante el umbral, Lena le tomó del brazo y le murmuró unas palabras al oído. César se detuvo. Indicó a los demás que fuesen entrando, y permaneció con Lena, hablando los dos a media voz. Antonio y Trebonio se habían quedado atrás: parecían comentar un asunto grave, mientras observaban cómo Espurina recogía el material del sacrificio.

Desde el interior, ciertos senadores no apartan la vista de lo que ocurre en la entrada.

CASIO: ¿Qué hace Lena?

BRUTO: No lo sé, pero no me gusta nada.

CASIO: Mira cómo le habla confidencialmente, y cómo César sonríe. Mira, mira con qué atención le escucha ahora César. ¿Crees que Lena sería capaz?

BRUTO: No, no lo creo.

CASIO: Pero ¿y si lo es? ¿Y si nos descubre? ¿Qué hacemos?

BRUTO: Si no da tiempo a dar el golpe, me mato aquí mismo.

CASIO: Mira, César vuelve a sonreir, ahora ríen los dos. Parece que Lena le da las gracias. Ya entran. Lena se ve muy tranquilo y sonriente, y César también. No pasa nada, no pasa nada. Todo va bien. ¿Y Antonio?

BRUTO: Afuera. Trebonio lo entretiene, tal como estaba previsto.

CASIO: Bien, todo va bien.

Con paso lento y majestuoso, César cruza el círculo de senadores que, en actitud deferente, le aguardan de pie. Detrás de él acuden los rezagados. Solo faltan Antonio y Trebonio

Antes de que llegue a su asiento, Címber le corta el paso.

CÍMBER: César, acuérdate de mi hermano.

CÉSAR: ¿Qué le ocurre a tu hermano?

CÍMBER: Prometiste que antes de marchar a Oriente verías su caso.

CÉSAR: No es este el momento.

Lo aparta y sigue avanzando. Va a sentarse. Címber lo agarra del brazo. Varios senadores se acercan, lo rodean; algunos, Casca entre ellos, por detrás del asiento.

CÍMBER: Ten piedad de mi hermano, César.

CASIO: Perdónale. César.

LIGARIO: Sé clemente, César.

CÉSAR: He dicho que no es este el momento.

Címber lo agarra de la toga, junto al cuello, y tira con fuerza.

CÉSAR. ¡Esto es violencia!

Mientras el cónsul intenta desasirse de Címber, Casca, que está detrás, alza el puñal y lo baja con fuerza. Pero, debido al movimiento de César, le da en la cara. Se revuelve el agredido y hunde el estilete en el brazo del agresor, momento en que la espada de Casio le hiere en el costado izquierdo. Todos los que se habían acercado, y otros que se les unen, sacan espadas y puñales. Un golpe, otro golpe, otro, otro… César da vueltas. Sus ojos piden auxilio, quizá buscan una mirada amiga. El movimiento traslatorio de víctima y verdugos los lleva hasta la gran estatua de Pompeyo. César se apoya en su base. Más espadas, más puñales. Ve acercarse a Marco Bruto con la espada en la mano. Cae. Ya no se mueve.

Los que nada sabían preguntan, se exclaman, marchan casi todos. Los conjurados deliberan mientras, de reojo, observan el cadáver próximo. ¿Y Antonio? Alguien lo ha visto: ha entrado en el momento crítico y ha desaparecido. No se sabe cómo responderá el pueblo. Hay que presentar la acción como lo que es: una gesta heroica en beneficio de todos. Una delegación irá a hablar con Antonio y Lépido, mientras el resto permanecerán en sus casas.

No veo a Dolabela. Decido marchar. Cuando salgo, Bruto me indica por señas que ya hablaremos. Me cruzo con un grupo de esclavos que entran decididos. Ya en la calle, me adelantan corriendo. Portan en una litera el cuerpo de un hombre. Le cuelga el brazo derecho, la mano va golpeando en tierra. El fuerte viento levanta nubes de polvo.

(De La encina de Mario

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Catulo y Clodia. En la taberna de la Novena Columna

CINNA.: Oye, ¿ése no es Furio?

CATULO.: Sí, y el que está a su lado es Gelio, y el otro Egnacio.

CIN.: Y la mujer…

CAT.: Sí.

CIN.: Será mejor que nos vayamos.

CAT.: No, yo me quedo.

CIN.: Tú estás loco. ¿Qué pretendes? ¿No me dirás que vas a rescatarla de este infierno? Porque, aunque fueses el mismo Orfeo con su lira, te aseguro que no podrías sacar a esa mujer de aquí.

CAT.: Siéntate, Cinna, por favor, y escúchame un momento. Si yo soy Orfeo y ella es Eurídice, ¿quién o qué fue la serpiente? ¿El inmundo animal cuya picadura malogró una vida luminosa y acabó por sepultarla en este mundo tenebroso?

CIN.: Quizá no hubo picadura, quizá no hubo serpiente. Quizá ella ha sido siempre así.

CAT.: ¿Quieres decir que siempre ha estado en el barro, incluso cuando los dos viajábamos sobre las nubes? No, no lo creo. Hubo serpiente, hubo picadura, hubo algo que la ha ido arrastrando hasta aquí abajo. Algo de ella misma, quizá.

CIN.: Si quieres, puedes preguntárselo. Viene hacia aquí. Será mejor que me vaya.

CAT.: No es necesario.

CIN.: Adiós, Catulo. Y sal cuanto antes de este infierno, por favor.

CLODIA: ¿Me buscabas?

CAT.: No más que otras veces.

CLO.: Sé que recibiste mi mensaje.

CAT.: Sé que recibiste mi contestación.

CLO.: Muy estúpida, por cierto.

CAT.: Y muy verdadera.

CLO.: ¿Quieres decir que ya no somos ni siquiera amigos?

CAT.: Ni siquiera. Nunca hemos sido amigos, Clodia. Hay que saber amar, para eso.

CLO.: Yo amo a mis amigos.

CAT.: Tú ni amas ni tienes amigos. Contéstame a una pregunta. ¿Alguna vez me has querido? Contéstame, por favor.

CLO.: ¿Qué importa ahora eso? Te gusta remover las cosas. Déjalas ya. Alguna vez fui joven. Alguna vez fui feliz. ¿Y qué? Todo eso pasó. Lo que cuenta es el presente.

CAT.: ¿Y qué hay en el presente?

CLO.: La vida.

CAT.: O sea, la nada. Cuando se ha amado como nosotros…

CLO.: No me falta amor.

CAT.: No te falta mierda, querrás decir. ¿Cómo te atreves a profanar esa palabra que fue tan sagrada entre nosotros? ¿Quién te da amor? ¿Gelio? Pero si no eres ni su madre, ni su hermana, ni su tío, ¿qué aliciente puedes tener para él? ¿Egnacio, con sus blancos dientes rezumando orina hispana? ¿O Furio, que te debe hacer pagar cada favor a precio de usurero? Si pudieses alardear de un amor de verdad, o simplemente de un compañero corriente, como la mayoría de los mortales, mi desgracia estaría dentro de lo normal, dentro de las desgracias normales que suelen ocurrir a los hombres. Pero me has cambiado por lo más bajo y abyecto que has podido encontrar, por la más inmunda de las basuras. Y no hay que olvidar a Celio, claro.

CLO.: No pronuncies ese nombre.

CAT.: Toda Roma lo pronuncia. Y el tuyo también. Para reírse, naturalmente. Qué espectáculo tan grotesco. Si has de pasar a la posteridad por el discurso de Cicerón, has quedado bien lucida.

CLO.: Si he de ser inmortal gracias a tus poemas, no lo tengo mejor.

CAT.: ¿Por qué no te conocí así, tal como ahora te veo?

CLO.: Y ahora, contéstame tú a una pregunta. ¿Se puede saber qué es lo que le agradecías a Cicerón en aquellos versos que le dedicaste justo después del proceso? ¿La defensa que hizo de tu amigo Celio? ¿O las bajas artimañas que utilizó para hundirme en la basura?

CAT.: No, él no te hundió en la basura. De eso ya te has encargado tú misma. Pero te lo diré. Quise agradecerle que hubiese mantenido silencio sobre nuestra relación. Ya es bastante que la historia de nuestro amor se pasee por todas las tabernas; solo faltaría que fuese también pasto de los tribunales. Con esa intención le dediqué aquellos versos, que por cierto me salieron algo irónicos. No pude evitarlo.

CLO.: Qué feliz eres. Poder sacar los malos humores simplemente escribiendo unos versos. No te das cuenta de la suerte que tienes.

CAT.: Todo el mundo puede hacerlo. Todo el mundo puede librarse de sus malos humores escribiendo versos, hablando con un buen amigo, actuando con justicia y nobleza, permitiendo que lo más limpio y sagrado que hay en nuestro interior aflore con sencillez. Tú misma…

CLO.: Yo, ¿qué?

CAT.: Tú misma podrías decir adiós a esta vida absurda que llevas y permitirte ser la persona que en realidad eres.

CLO.: La vida que llevo no es absurda ni nada. Es mía. Y no voy a cambiarla porque tú lo digas.

CAT.: O sea, que vas a seguir así. O sea, que vas a consumir tus días viviendo como una puta, como una vulgar y miserable puta.

CLO.: No es necesario que me insultes. Tú crees que me quieres. Pero no es verdad. A mí no, a la persona que soy en realidad nunca la has querido. Nunca has pensado, quiero decir de una manera profunda y efectiva, nunca has pensado que soy una persona, y que mi mundo interior es complejo, doloroso, contradictorio, inexplicable. No, en realidad, eso no te ha importado. Solo te interesaba saber si te quería o no, es decir, si estaba dispuesta a ocupar el lugar que me tenías asignado en la parte vacía de tu ser. No, Catulo, nunca has entendido nada. Solo entiendes tus propias fantasías. Te subes con ellas a las nubes, y la realidad de la vida se te escapa.

CAT.: Quizá tengas razón. Pero una cosa no tiene que ver con la otra. Mis defectos no justifican tu locura. Mi ceguera no explica tu enfermedad.

CLO.: ¿Mi enfermedad? ¿Sabes tú por casualidad cuál es el camino recto, la senda saludable de la vida? Si lo sabes, dímelo. Pero, no, nadie lo sabe. Y cada cual tiene que inventar su propio camino. Y ninguno es mejor que otro.

CAT.: Pero hay caminos y hay precipicios.

CLO.: No quiero discutir más, Catulo. Solo quería decirte que estoy viva y visible, y que, cuando quieras, podrás encontrarme.

CAT.: ¿Dónde? ¿Aquí? ¿Quieres decir que habré de tomar la lira y venir a sacarte de estas profundidades?

CLO.: Ni lo intentes. Los que vivimos en los mundos subterráneos ya no saldremos jamás. Dicen que Orfeo, al volver la vista atrás, provocó que Eurídice desapareciese. No lo creo. Más bien creo que, al volver la vista atrás, vio que Eurídice no estaba. Y no estaba simplemente porque no le había seguido, y no le había seguido porque nadie, ni la más amada de las Eurídices, puede escapar de su propio infierno.

(De Lesbia mía)

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Schopenhauer o el delito de nacer I

 

Recuerdo la primera vez que me fijé en la imagen de Schopenhauer. Yo tendría poco menos de veinte años. En un libro divulgativo de fisiognómica – ciencia decimonónica que imagino que ya no existe – se mostraban retratos de personas célebres para ilustrar determinados rasgos de la personalidad. El rostro de Schopenhauer, según el autor del tratado, era la ilustración perfecta del pesimista. La línea recta que formaban los labios apretados era el signo más evidente. Aparte de esto, del libro en cuestión solo recuerdo la afirmación de que los ojos grandes, redondos, bovinos, son señal clara de nulidad intelectual. Tiempo después, cuando supe que Cicerón llamaba a Clodia (la Lesbia de Catulo) boopis, ojos de vaca, me acordé del antiguo manual de fisiognómica y de todos los autores de conclusiones precipitadas o pintorescas, científicos o no.

Que Schopenhauer sea o no pesimista depende del punto de vista del observador. Lo que está claro es que representa un giro total en la manera de la filosofía de ver el mundo. Hasta entonces, toda filosofía tenía preparado un bonito happy end que lo redimía y lo explicaba todo. Desde el divino mundo de la ideas de Platón hasta la marcha gloriosa del espíritu por la historia – o de la historia hacia el espíritu, no sé muy bien – de Hegel, pasando por las versiones metafísico-cristianas y racionalistas- ilustradas-progresistas, posterior marxismo incluido.

Pero llegó Schopenhauer y mandó parar. Las cosas no son como nos gustarían que fuesen, dijo. Sino como son. Y aplicando los datos de la ciencia y la propia experiencia de ser viviente, entendió que en el ser del mundo no se aprecia orden divino, ni razón, ni finalidad, ni ninguno de los otros consuelos imaginados por los filósofos “optimistas”. Hay lo que hay: una voluntad de ser poderosa, incontenible, irrefrenable, que alienta por igual en todas las criaturas y elementos del universo, y punto. A esto lo llaman “filosofía irracionalista”.

A partir de aquel momento en que me fue presentado en imagen, empecé a leerle algunas cosas. Poco después de los veinte, quizá a los veintidós, acometí la primera lectura de su obra fundamental, El mundo como voluntad y representación. Quedé deslumbrado ante muchos aspectos de la obra. Pero he de confesar que hasta una segunda lectura, realizada a los treintaitantos, no supe captar y apreciar cabalmente su contenido.

Y no fue hasta dos décadas después, a mis cincuenta y muchos años, cuando de verdad profundicé en el pensamiento y la persona del filósofo hasta el extremo de meterme literalmente en su piel. ¿Cómo fue esto posible? Ahora lo explico.

Todo lo que yo había escrito hasta entonces, y en parte publicado, eran novelas en que el personaje – siempre del mundo de las letras – se expresaba por sí mismo. Pero de las vidas de Ausonio, Paulino y sobre todo Catulo, muy poco se sabía, así que la dosis de imaginación a aplicar era muy importante. Ya mucho menos lo fue en el caso de Cicerón, a quien también novelé, y es que la enorme cantidad de cartas que de él se conservan definían una personalidad que en todo caso había que respetar. O sea, que el procedimiento de meterse en la piel de… ya no dependía solo de la imaginación sino además de la información. Y de cierto toque mágico que no sé si sabré explicar.

Y de pronto, no sé cómo, recuperé mi antiguo interés por Schopenhauer y di el salto de la Roma clásica a la Europa romántica.

El hecho de que el personaje fuera ya plenamente moderno y mucho más documentado que el propio Cicerón parecía complicar la cosa. Tenía delante un hombre vivo, real, no un ser en gran parte imaginado, como Ausonio o Catulo. Y si con ese hombre quería hacer algo serio tenía que sumergirme en él.

Leí de nuevo y a fondo su obra fundamental, además de todos (o casi) sus otros escritos, leí y consulté biografías, sobre todo de contemporáneos o muy próximos, consulté tratados e incluso aprendí algo de filosofía, aunque confieso que con Kant – tan importante para mi filósofo – no pude directamente. Lo puse todo en la misma olla, lo sometí a cocción lenta, pronuncié la palabras mágicas, bebí de la pócima, ¡y me convertí en Arthur Schopenhauer! Quien lo dude que vea el resultado. Se titula El silencio de Goethe a la última noche de Arthur Schopenhauer, y fue publicado por Editorial Cahoba en 2006 [y por Piel de Zapa en 2015]. (continúa)

(De Los libros de mi vida)

 

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Idus de Marzo (contado por Cicerón)

Lo primero que hice la mañana de los Idus de marzo fue repasar el informe que había elaborado sobre el caso Dolabela. Introduje algunas modificaciones. Después de desayunar, recibí a los amigos que habían venido a saludarme y luego, poco antes de la hora cuarta, salimos juntos en dirección al Teatro de Pompeyo. El cielo estaba despejado. Soplaba un vientecillo frío y seco. Por las inmediaciones del Teatro apenas había movimiento. En el podio, estaban preparando el trípode para el sacrificio aruspicial.

Así que entré en la Sala, vi a Marco Bruto, Casio y Casca. Casca miraba hacia afuera, los otros dos hablaban en voz baja. En aquel mismo momento Lena se les acercaba y se unía a la conversación. En cuanto me vieron, enmudecieron los tres. Nos saludamos, pero apenas me detuve. Había visto a Dolabela más al interior y me dirigí hacia él. [……….]

De repente, el rostro de Dolabela cambió de expresión:

  • ¿Has visto? Mira a Bruto, y a Casio. Mira, mira.

Los miré un instante.

  • Sí, se comportan de un modo extraño.

  • Están pálidos, nerviosos. Mira, no paran de ir de un lado a otro y de hablar en voz baja. Pero ¿qué ocurre? – dijo Dolabela visiblemente preocupado.

Entonces oímos las aclamaciones de la multitud.

  • Ya están aquí – dije-. Van a sacrificar. Tranquilo, Dolabela. Dentro de unos momentos se habrá resuelto tu asunto.

  • No es eso lo que más me preocupa ahora.

Cuando César hubo llegado a su presencia, Espurina sacrificó la víctima. No encontró el corazón.

  • Deberías aplazar la sesión, César. El pronóstico no puede ser peor.

  • Lo mismo me ocurrió en Hispania, y volví vencedor .

  • Pero recuerda que precisamente en Corduba estuviste a punto de perder la vida.

  • Sí, pero aún la conservo.

  • ¿Sacrifico de nuevo?

  • No, déjalo. No voy a ser más considerado con las tripas de una bestia que con los consejos de mi esposa. Entremos ya.

Pero, justo ante el umbral, Lena le tomó del brazó y le murmuró unas palabras al oído. César se detuvo. Indicó a los demás que fuesen entrando, y permaneció con Lena, hablando los dos a media voz. Antonio y Trebonio se habían quedado atrás: parecían comentar un asunto grave, mientras observaban cómo Espurina recogía el material del sacrificio.

 Desde el interior, ciertos senadores no apartan la vista de lo que ocurre en la entrada.

CASIO: ¿Qué hace Lena?

BRUTO: No lo sé, pero no me gusta nada.

CASIO: Mira cómo le habla confidencialmente, y cómo César sonríe. Mira, mira con qué atención le escucha ahora César. ¿Crees que Lena sería capaz?

BRUTO: No, no lo creo.

CASIO: Pero ¿y si lo es? ¿Y si nos descubre? ¿Qué hacemos?

BRUTO: Si no da tiempo a dar el golpe, me mato aquí mismo.

CASIO: Mira, César vuelve a sonreir, ahora ríen los dos. Parece que Lena le da las gracias. Ya entran. Lena se ve muy tranquilo y sonriente, y César también. No pasa nada, no pasa nada. Todo va bien. ¿Y Antonio?

BRUTO: Afuera. Trebonio lo entretiene, tal como estaba previsto.

CASIO: Bien, todo va bien.

Con paso lento y majestuoso, César cruza el círculo de senadores que, en actitud deferente, le aguardan de pie. Detrás de él acuden los rezagados. Solo faltan Antonio y Trebonio.

Antes de que llegue a su asiento, Címber le corta el paso.

CÍMBER: César, acuérdate de mi hermano.

CÉSAR: ¿Qué le ocurre a tu hermano?

CÍMBER: Prometiste que antes de marchar a Oriente verías su caso.

CÉSAR: No es este el momento.

Lo aparta y sigue avanzando. Va a sentarse. Címber lo agarra del brazo. Varios senadores se acercan, lo rodean; algunos, Casca entre ellos, por detrás del asiento.

CÍMBER: Ten piedad de mi hermano, César.

CASIO: Perdónale, César.

LIGARIO: Sé clemente, César.

CÉSAR: He dicho que no es este el momento.

Címber lo agarra de la toga, junto al cuello, y tira con fuerza.

CÉSAR: ¡Esto es violencia!

Mientras el cónsul intenta desasirse de Címber, Casca, que está detrás, alza el puñal y lo baja con fuerza. Pero, debido al movimiento de César, le da en la cara. Se revuelve el agredido y hunde el estilete en el brazo del agresor, momento en que la espada de Casio le hiere en el costado izquierdo. Todos los que se habían acercado, y otros que se les unen, sacan espadas y puñales. Un golpe, otro golpe, otro, otro… César da vueltas. Sus ojos piden auxilio, quizá buscan una mirada amiga. El movimiento traslatorio de víctima y verdugos los lleva hasta la gran estatua de Pompeyo. César se apoya en su base. Más espadas, más puñales. Ve acercarse a Marco Bruto con la espada en la mano. Cae. Ya no se mueve.

Los que nada sabían preguntan, se exclaman, marchan casi todos. Los conjurados deliberan mientras, de reojo, observan el cadáver próximo. ¿Y Antonio? Alguien lo ha visto: ha entrado en el momento crítico y ha desaparecido. No se sabe cómo responderá el pueblo. Hay que presentar la acción como lo que es: una gesta heroica en beneficio de todos. Una delegación irá a hablar con Antonio y Lépido, mientras el resto permanecerá en sus casas.

No veo a Dolabela. Decido marchar. Cuando salgo, Bruto me indica por señas que ya hablaremos. Me cruzo con un grupo de esclavos que entran decididos. Ya en la calle, me adelantan corriendo. Portan en una litera el cuerpo de un hombre. Le cuelga el brazo derecho, la mano va golpeando en tierra. El fuerte viento levanta nubes de polvo.

(De La encina de Mario)

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Nostalgias imposibles

Estoy solo, inquieto. No sé qué hacer, quiero decir que no sé que escribir. Cierro el portátil. Abro el libro que tengo a mano. No, éste ahora no.  Alargo el brazo hasta el estante de la librería. Tomo uno de los librillos didácticos (versión bilingüe) con los que aprendía latín. Es de Cicerón. Abro al azar, leo:  «Sed mihi ne diuturnum quidem quicquam videtur, in quod est aliquid extremum«.

No tan al azar. Todos mis libros se abren por páginas en que destacan subrayados antiquísimos. Y tras leer la frase, el mismo efecto de siempre: extraña nostalgia por el mundo en que se hablaba y escribía latín. Y eso que, a pesar de mis esfuerzos, nunca he llegado a dominar como es debido esa lengua (me ocurre también con otras), pero la nostalgia es cierta. Y muy extraña. Como si hubiese vivido en aquel mundo.

Adolescente, incluso niño, cuando oía cantar un tango, me invadía una extraña nostalgia del mundo porteño que había engendrado esos «pensamientos tristes que se bailan». Y nunca había estado en Buenos Aires. Ni conocía todavía la enorme literatura que había surgido (y seguía) de sus calles …. Pero la nostalgia era cierta. Y muy extraña. Como si hubiese vivido en aquel mundo.

Un amigo mío, nacido en la década de los setenta del pasado siglo, dice sentir una extraña nostalgia ante todo lo propio de los años sesenta: música, cine, moda. Pero no como afición arqueológica, sino como recuerdo melancólico.  Como si hubiese vivido en aquel mundo.

¿De dónde surgen estas falsas nostalgias? ¿De vidas anteriores?… Absolutamente improbable, y hasta creo que imposible.

¿Del alma común de la humanidad, donde el individuo inconscientemente bucea y extrae lo que más le conviene?… Quizá.

Solo cuando el arte interviene no hay misterio, porque precisamente la función del arte consiste, entre otras, en revelarnos mundos desconocidos, en implantarnos la nostalgia de lo que nunca fuimos. Quizá, sobre todo, la música. Así lo ve Oscar Wilde.

Después de interpretar a Chopin, siento como si hubiera estado llorando por pecados que no he cometido y doliéndome por tragedias ajenas. Siempre me parece que la música produce ese efecto. Crea para uno un pasado que no conocía y lo agobia con penas que se habían ocultado a sus lágrimas.

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Intelectual devorado por la política I

Llamo aquí intelectual a aquella persona en la que prima la meditación sobre la ejecución, el pensamiento sobre la acción. Por lo general, estas personas suelen cultivar la filosofía o las ciencias sociales y sus aledaños, pero también la literatura o el periodismo. Y cuando meditan sobre la sociedad no solo la explican y la analizan, sino que además suelen proponer remedios. Lo malo – para ellas, se entiende – es cuando se lanzan a la arena para participar activamente en las lides políticas. Más que malo, mortal de necesidad. Tanto en el sentido figurado como – sobre todo en la antigüedad – en el literal.

Tengo una pequeña lista de ejemplos para demostrar o, mejor dicho, para mostrar – aquí no hay que demostrar nada – que el peor negocio que puede hacer un intelectual es meterse a político. Van desde la antigüedad romana hasta nuestros días. Y casualmente, o no,  algunos son protagonistas de novelas mías.

No se puede decir que Cicerón fuese un intelectual puro. Como buen romano de la época, aspiraba a participar en la gestión de la cosa pública. Y en ello empleó la vida, empezando por la abogacía y llegando a ostentar el consulado, especie de presidencia (dual) de la república. Pero siempre fue con la teoría por delante. Cierto que los vaivenes de la política real le obligaban de vez en cuando a inesperadas mudanzas, pero no menos cierto que nunca abdicó de su programa ideal, mientras que, a su alrededor, los verdaderos políticos seguían moviéndose no por ideas – pese a sus proclamas – sino por intereses. El caso es que los desaciertos prácticos de Cicerón no hicieron sino aumentar en los últimos años. Hasta el broche final, que consistió en apoyar al joven Octaviano (sobrino-nieto de Julio Cesar y futuro Augusto) frente a Antonio (ex-lugarteniente de César). La inesperada alianza entre los dos líderes hasta entonces enfrentados se llevó como prenda la cabeza de Cicerón. Literalmente, por supuesto.

Séneca era ya un intelectual de prestigio cuando Agripina  lo rescató de un destierro de desconocidas causas para ponerlo como preceptor de su hijo, el joven Nerón. Al principio la cosa fue muy bien. Y cuando el joven accedió al poder, todo el mundo estuvo encantado de que coincidiesen un maestro tan sabio con un muchacho tan prometedor. Pero el muchacho enseguida quiso dar por bueno el dicho moderno («…el poder absoluto corrompe absolutamente») y empezó a cometer barbaridades ante la perplejidad, se supone, del severo maestro. Y digo «se supone» porque Séneca, consejero de Nerón y, de hecho, una especie de primer ministro, parece que no pudo, no supo o no quiso contener las maldades de su pupilo y señor. Lo que sí está claro es que fracasó en su quehacer político, fracaso que le empujó a abandonar el cargo y poco después la vida, a instancias, en este caso, de su antiguo e ingrato discípulo.

Dante fue primero de todo y sobre todo un poeta. También un sabio, con sus interesantes aportaciones a la lingüística en De vulgari eloquentia, y finalmente un teórico de la política en De Monarchia. Pero en cierta etapa de su vida, como ciudadano de la república que era Florencia, quiso participar en la política. Partidario de la supremacía del poder civil sobre el eclesial y más o menos encuadrado en el partido de los llamados güelfos blancos, se opuso tanto a las pretensiones despóticas de los nobles locales como a las ambiciones anexionistas del Papa, poniendo su esperanza en un gobierno universal del emperador germánico (heredero del romano), que habría de garantizar las libertades de unos reinos y repúblicas autónomos.  Participó en el gobierno de Florencia, hasta que una maniobra conjunta de los enemigos antes citados lo descabalgó del poder y de la patria, y vivió desterrado el resto de su vida.

En los primeros tiempos del destierro, cuando aún tenía esperanzas, participó en la organización de las estrategias políticas y militares urdidas para derrocar al poder ilegítimo instalado en Florencia.  Fue entonces cuando hubo de sentir la misma amargura que sintiera Cicerón en compañía de los pompeyanos opuestos a César:  la experiencia de la compagnia malvagia e scempia (la compañía  malvada y estúpida), el triste descubrimiento de que, con frecuencia, lo peor no es el enemigo que tienes enfrente, sino el compañero que tienes al lado, movido por intereses bastardos y que, ante cualquier duda o matización tuya, está siempre dispuesto a espetarte: pero tú ¿de qué lado estás? No sé por qué, imagino que ésta debe de ser la verdadera cruz del intelectual honrado metido en política.(continúa 

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