Justicia poética para Oscar Wilde

Dante Alighieri, por quien Wilde sentía gran admiración, fue quizá el único gran artista que supo tomarse la justicia poética por su mano. Él mismo se encargó de encerrar en el infierno a sus enemigos y a los enemigos de sus amigos. Y allá estarán, mientras la literatura exista. Wilde podría haber hecho algo parecido. Colocar en un infierno creado al efecto a jueces, carceleros, marqueses y falsos amigos. Recursos no le faltaban…Pero no, no podía. No tenía la férrea personalidad de Dante, como él mismo reconoció; él era un griego pacífico y suave.

De todos modos, aunque incapaz de hacerla por sí mismo como su admirado florentino, con aquella clarividencia que siempre le había distinguido, sabía muy bien que la justicia poética acabaría imponiéndose también en su caso.

En cierta ocasión, ya en su exilio francés, repasaba con Harris adónde habían llegado algunos de sus antiguos compañeros de estudios – uno de ellos, Curzon, nada menos que a virrey de la India – y añadió:

La espantosa injusticia de la vida me vuelve loco. Después de todo, ¿qué han hecho ellos en comparación con lo que yo he hecho? Supón que muriésemos todos ahora: dentro de cincuenta o de cien años nadie se acordará de Curzon o de Wyndham o de Blunt. Su vida, lo mismo que su muerte, no importará a nadie en absoluto. En cambio, mis comedias, mis cuentos y La balada de la cárcel de Reading serán conocidos y leídos por millones de personas, y hasta mi mismo infortunado destino despertará una simpatía universal.

Amén. Quiero decir que así ha sido.

(De Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas)

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4 comentarios

Archivado bajo Opus meum

4 Respuestas a “Justicia poética para Oscar Wilde

  1. Baphomet

    ¿No era el viejo Schopenhauer el que afirmaba que no valía la pena leer una obra que tuviese menos de cincuenta años? Borges, creo, pensaba lo mismo.
    También me viene ahora a la memoria la famosa anécdota de Einstein y su compañero de estudios Marcel Grossmann. El viejo Albert no dejaba de reconocer que él jamás hubiese podido aprobar ciertos cursos de análisis matemático sin la ayuda de los apuntes que minuciosamente tomaba su amigo en clase. ¿Y cuántos se acordarían hoy en día de Grossmann si Einstein no lo hubiese mencionado en sus escritos?

  2. Yo siempre he pensado que realmente vale la pena escribir, pero para que te lean en doscientos años, no para vender cien mil copias en la primera semana. Solo el tiempo dicta quiénes supieron de verdad conectar con la humanidad como colectivo. Conectar con los consumidores lo hacen ahora muchos que en treinta años no serán nadie que valga la pena recordar.

    • Yo pienso lo mismo. El problema es ¿cómo sabes que te leerán en doscientos años? Pocos tienen la seguridad y la clarividencia de Wilde.

      • Si uno lo piensa bien, con frialdad y una pizca de guasa, que siempre viene bien, en realidad no es un problema, pues no estará aquí para verlo. La posteridad, si es que uno la alcanza, es para sus palabras, pero no para su persona. Sin sus obras literarias, ninguno de los mencionados habrían pasado a la posterioridad.

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