OVIDIO, las dos caras de la vida II

sulmonaPublio Ovidio Nasón nació en Sulmona, Italia, el 43 a.C., un año exacto después de la muerte de César, meses antes del asesinato de Cicerón. Aún faltaban unos años para que la paz se impusiera de la mano de hierro de Augusto, el sobrino-nieto de Julio César. Pero, de hecho, durante toda su vida, los conflictos sangrientos, las guerras fratricidas, serían historia para el pacífico poeta. Porque Ovidio solo fue y quiso ser eso: poeta. A su padre, que le instaba a que se labrase un porvenir más acorde con el alto prestigio social de la familia, le respondía que su actitud no era voluntaria, que lo sentía mucho, pero que ocurría que cuanto se proponía escribir en prosa, le salía en verso.

Larga vida le esperaba a nuestro Publio y, según todos los indicios, plenamente dichosa o, al menos – ya sabemos que la felicidad perfecta no existe -, con toda la dicha que puede mantener una persona que no se plantea cuestiones insolubles, que carece de ambiciones sociales o políticas y que se deja llevar por un tranquilo temperamento artístico.

Alternaba con la buena sociedad, que era la que le correspondía por nacimiento y fortuna, especialmente con gente dedicada a las letras como el mecenas Mesala Corvino (al auténtico Mecenas apenas lo trató) y el poeta Tibulo, del que en cierto modo se consideraba continuador. También conoció a Horacio y a Propercio y, un poco, a Virgilio, que era como el poeta oficial de la corte de Octavio Augusto.

La pompa oficial y cortesana no le interesaba a nuestro joven poeta, y mucho menos las intrigas del poder. Vivía en medio de un mundo culto, bello y refinado, y su arte poética gustaba de emplearse en los aspectos que más le atraían de ese mundo: las bellas mujeres y el amor.

Pero los dioses no se andan con miramientos. Son caprichosos y suelen golpear con especial saña al que menos se lo merece y, por consiguiente, menos se lo espera.


Corría el año 8 de nuestra era. Publio Ovidio Nasón tenía cincuenta; era un hombre feliz. Muy feliz. La fama le señalaba como el gran poeta de moda. Todos los salones estaban abiertos para él. Amaba a su tercera esposa y era fielmente correspondido. Cultivaba encantado las notables capacidades intelectuales de la hija que le diera su anterior esposa. Acababa de coronar su gran Metamorfosis y ya iba a someterla al juicio de su selecto círculo habitual, antes de publicarla. Fue en ese momento cuando le alcanzó el rayo de Júpiter, la orden de relegatio (destierro sin pérdida de bienes ni de ciudadanía) dictada por Augusto, que le obligaba a salir de Roma y a residir en Tomis, a orillas del mar Negro. ¿Por qué?

Hace siglos que historiadores y eruditos intentan desentrañar las causas, sin resultados convincentes. En su obra posterior al hecho, el mismo Ovidio menciona dos: carmen et error. Carmen es el poema, la obra poética que, por disoluta y subversiva, había concitado el odio de Augusto, que la entendió como una forma de oposición frontal a su política de regeneración moral de la sociedad romana. El Error no se sabe en qué consistió. El mismo Ovidio se abstiene de aclararlo porque, dice, si lo hiciese, aumentaría aún más la cólera de Augusto y, visto lo que se daba…

La ignorancia del hecho fundamental determinante del destierro de Ovidio ha provocado ingentes cantidades de estudios con suposiciones y elucubraciones de todas clases, algunas de lo más pintoresco. Incluso yo mismo me he atrevido a dar mi idea, que el lector podrá encontrar allá donde la expuse.

El caso es que, de la noche a la mañana, como suele decirse, Ovidio pasó del paraíso de la civilizada y refinada Roma al infierno de una ciudadela asediada por pueblos bárbaros, situada en el límite nororiental del Imperio.

El escritor, el poeta que había en él, se resintió del trágico golpe de fortuna, como no podía ser menos, pero el impulso creador persistió. Solo cambiaron los temas y la intención. Dejó de cantar a las mujeres enamoradas y a los dioses y diosas caprichosos y mudables, y se centró en dos únicos temas: la descripción del terrible escenario donde estaba obligado a vivir (frío, desolación, ausencia de cultura y de almas afines, terror ante las incursiones de los bárbaros) y el intento de mover a compasión a cuantos podían comprenderle y, sobre todo, al único que podía salvarle: el mismo que le había condenado.

Todo lo que se sabe de la estancia de Ovidio en Tomis lo sabemos por él mismo. Nos lo cuenta en tres colecciones de poemas: Tristes, cartas dirigidas a sus amigos (sin precisar nombres), esposa e hija, en las que explica su situación, da rienda suelta a la nostalgia de Roma, reivindica su inocencia (fue error, no crimen) y suplica al César un perdón o, al menos, un alivio de la pena; Pónticas, de contenido parecido a la anterior, pero donde aparecen los nombres de los destinatarios, como si hubiese desaparecido el miedo a comprometerlos, y Ibis, diatriba contra un enemigo, cuyo nombre real se ignora, que quizá había sido decisivo en la condena del poeta.

Pero todos sus esfuerzos, todos sus intentos, a través también de la esposa y de algún amigo fiel fueron inútiles. Y es que el poder lastimado es como una fiera herida. No puede perdonar, ha de acabar con el “agresor” (incluso con el imaginario), por grande o pequeño que sea, sin tregua ni compasión.

Pero ese poder tan intangible como obtuso ignora que en el alma de todo artista hay una parte que es inmortal. Ovidio lo sabe y con su ejemplo enseña que, aunque todas las delicias de la vida se hundan en la nada por obra de una desgracia o de un poder tiránico y absurdo, siempre quedará la compañía y el gozo del propio ingenio, del propio arte. Ni el César tiene sobre esto ningún poder (Caesar in hoc potuit iuris habere nihil).

Este es el legado de Ovidio. El cantor de los tiernos amores sabe, proclama, que, más allá del último día, gracias a su obra, que ningún tirano pudo ni podrá nunca silenciar, “viviré, y gran parte de mí permanecerá”.

vivam, parsque mei multa superestes erit.

[De Los libros de mi vida. Lista B]

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OVIDIO, las dos caras de la vida I

 

Érase una vez un hombre feliz, muy feliz, que tenía amigos, muchos amigos. No se sabía si era feliz porque tenía muchos amigos o si tenía muchos amigos porque era feliz. Pero llegó el día en que se despejó la incógnita: dejó de ser feliz y se quedó sin amigos. Entonces escribió:

Donec eris felix multos numerabis amicos,

tempora si fuerint nubila solus eris.

Porque el hombre era romano y todos los romanos no analfabetos de entonces escribían en latín, y los más cultos también en griego. Si hubiese escrito como nosotros, lo habría dicho más o menos así:

Mientras seas feliz contarás con muchos amigos,

si el tiempo se nublase, estarás solo.

Y es que además era poeta, es decir, de esa clase de escritores que buscan las mejores palabras para expresar con eficacia las cosas esenciales.

Para Publio Ovidio Nasón, que este era su nombre, las cosas esenciales eran el amor, la mujer y la belleza de las formas humanas y divinas, siempre cambiantes. Esta era la toda materia de que estaban hechos sus versos antes de que el cielo se colmase de nubes.

Amores es un conjunto de poemas, repartidos en tres partes, en los que el narrador, el poeta, nos cuenta las penas y alegrías de su pasión por una joven hermosa, a la que llama Corina. A ella se dirige la mayoría de los poemas, de manera que el lector se convierte en una especie de observador privilegiado de una historia casi íntima: la cena elegante donde el poeta sufre ante la visión de la amada acompañada de su marido; la descripción de una alcahueta; las ideas y venidas de una esclava con cartas amorosas; el disgusto del amante ante el cambio de color del cabello de la amada; los ruegos al portero para que no le impida verla; las infidelidades de ella; las infidelidades de él con una esclava de ella, negadas por el poeta ante Corina y a continuación confesadas por él mismo dirigiéndose a la esclava… Hacia el final lo conflictivo va ganando espacio. Se plantea el tema de la posibilidad de amar a dos personas a la vez, las infidelidades no cesan y el narrador-poeta se pregunta si las penas compensan las alegrías del amor.

Si Amores es un conjunto de escenas y “experiencias” de la vida erótica de la sociedad romana, El arte de amar (Ars amatoria) tiene un contenido explícitamente didáctico. Compuesto también por tres libros, en los dos primeros da consejos para conquistar y retener a las mujeres, y en el último se dirige a las mujeres que quieran hacer lo mismo con los hombres. Pero, ¿qué ocurre cuando el amor se ha convertido en una obsesión insoportable, cuando no sabemos librarnos de una pasión que, contra nuestra voluntad, nos convierte en esclavos?

La respuesta a esas preguntas se halla en el librito que escribe a continuación: Remedia amoris (Remedios del amor), donde, para acabar con el amor que se ha convertido en un tormento de la mente, da una serie de consejos que, sin duda, aprobará cualquier psicólogo sensato de nuestros días: huye de la ociosidad, porque el amor retrocede ante la actividad; viaja, marcha muy lejos y no tengas prisa en volver hasta que no estés curado; evita los lugares cómplices (“aquí estuvimos”); recuerda las malas pasadas de tu amada; ten presente sus defectos físicos e incluso exagéralos: si es llenita, recuérdala gorda, si bajita, enana, etc.; procura verla por la mañana cuando aún no se ha arreglado, o haciendo sus necesidades; busca otras amigas, porque todo amor es vencido por un nuevo amor; no hables del asunto ni te vanaglories de tus progresos, porque quien dice muchas veces “no amo” es que ama. Y sobre todo, es decir, el que me parece más sutil y efectivo, actúa como si no la amases, pues quien puede fingirse sano, sanará (qui poterit sanum fingere, sanus erit).

Heroídas es una obra poética compuesta por veintiuna cartas, supuestamente escritas en su mayoría por diversas mujeres de la mitología (heroínas), una de la historia (Safo) y tres por personajes masculinos, también mitológicos. Aunque había precedentes, sobre todo en el teatro, corresponde a Ovidio el mérito de haber profundizado y perfeccionado aquel recurso consistente en que el personaje se presente, sienta y hable por sí mismo. Desde él mismo. La mayoría de las protagonistas-autoras de esas cartas poéticas son mujeres y el tema es siempre el amor. Pero no el amor algo frívolo y más bien mecánico de Amores o Ars amatoria, sino aquel sentimiento profundo e invencible que han cantado, con distinto acento, todos los poetas de todos los tiempos y lugares: el amor-pasión. Cierto que algunos sabios pensadores decidieron que ese tipo de amor sólo se da en Europa y en determinados siglos como resultado de la represión cristiana del instinto sexual; pero no es menos cierto que, como ya he observado en alguna ocasión, el fluir natural de las cosas no siempre obedece a los esquemas dibujados por los sabios pensadores.

La obra perfecta de Ovidio se titula Metamorfosis. Consta de quince libros escritos en hexámetros (verso tradicional de la épica romana) en los que se cuenta nada menos que la historia del universo y la humanidad desde el primigenio Caos hasta la apoteosis de Julio César y el triunfo de su sucesor Augusto. El hilo conductor de todo el relato es la serie de transformaciones que en el universo se operan continuamente. Los gigantes se convierten en hombres; los crímenes de estos son castigados por Júpiter con el Diluvio, del que sólo se salvan Deucalión y Pirra; de las piedras que la pareja va esparciendo surge una nueva raza humana… Y, enlazadas las historias de modos diversos, conocemos las variadas transformaciones que sufren las personas, las cosas y los mismos dioses (Daphne en laurel, Jacinto y Narciso en las respectivas flores, Io en vaca, Calisto en constelación y un larguísimo etcétera, que incluye al mismo Júpiter, toro, águila e incluso lluvia en sus correrías galantes). La multitud de historias y personajes y, sobre todo, la belleza de los relatos convirtió esta obra en la gran enciclopedia poética de la mitología clásica, a la que han ido a beber toda la Edad Media, el Renacimiento y cuantos eruditos y poetas han seguido fascinados, hasta nuestros días, por aquel mundo antiguo.

Pero si vamos más allá de sus aspectos formales, encontraremos al Ovidio de siempre. Quiero decir que, si bien las metamorfosis son el hilo conductor aparente, la verdadera fuerza que mueve todas las historias es la pasión. La pasión amorosa es lo que empuja a dioses, hombres, mujeres y diosas a moverse unos hacia otros, o a huir transformados en árbol, animal, piedra, constelación…

Las obras de la segunda etapa de su vida (Tristes, Desde el Ponto) son muy diferentes de las anteriores, en el tono y en la intención. Para que se diese ese cambio tuvo que ocurrir algo terrible; una de esas cosas que a veces trama el destino sin participación consciente del individuo. Y es que hasta entonces todo había ido bien. Muy bien.  (Continúa)

[De Los libros de mi vida. Lista B]

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Los libros de mi vida. Lista B

Repaso la lista de los escritores de Los libros de mi vida y una cuestión, que desde el primer momento me venía rondando, me asalta decididamente en forma de pregunta: ¿Cómo es posible que un lector culto – modestias inútiles aparte – no cuente entre sus autores preferidos a escritores como Shakespeare, Cervantes, Montaigne, Pessoa, Pavese, Tolstoy, Proust, Faulkner y un largo etcétera?

Bien, si me he de defender, alegaré lo siguiente:

Primero, que la lista impugnada en cuestión no contiene precisamente a los escritores que considero mejores, sino a los que más me han influido o aportado o conmovido, aunque reconozco que ambas categorías se pueden confundir fácilmente.

Segundo, que elaborar una lista que establezca un canon objetivo de autores es tarea condenada al fracaso, como ya ha quedado demostrado en varias ocasiones.

Tercero, que, no obstante lo anterior, también puedo yo establecer un canon de esos por el sencillo y socorrido procedimiento de llamar “objetivo” a lo subjetivo.

Y para demostrar todo lo anterior, he preparado una lista B con criterios lo más “objetivos” posibles. Aquí está…

1. Ovidio. Las dos caras de la vida

2. Petronio. La vida como juego

3. Ausiàs March. Ira y amor

4. Garcilaso de la Vega. El caballero y la muerte

5. Montaigne. Una torre con vistas

6. Cervantes. La novela en su laberinto

7. Shakespeare. El escritor ausente

8. Calderón de la Barca. El teatro del mundo

9. Leopardi. El silencio infinito                             

10. Allan Poe.  La vorágine y el método

11. Stendhal. Sentimiento y estilo

12. Tolstoy. Arte y conciencia

13. Huysmans. La estética de la fe

14. Oscar Wilde. La profundidad de la superficie

15. Pirandello. Ser o parecer

16. Pessoa. Las personas del verso

17. Antonio Machado. El sol de la infancia

18. Pavese. El vicio absurdo

19. Malcom Lowry. El infierno deseado

20. Albert Camus. Un verano invencible

21. Julio Cortázar. La alegría de escribir

Hecha la lista con los 21 de rigor, le doy un breve vistazo y concluyo que debería hacer unas observaciones:

a) Algunos de los personajes que aparecen ya los he tratado de una u otra manera: Ovidio y Oscar Wilde son coprotagonistas del ensayo Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas; a Petronio le dediqué un capítulo en el ensayo Del suicidio considerado como una de las bellas artes (Editorial Minobitia, 2012) y es protagonista de la novela no publicada Conversaciones con Petronio. De estas obras he reproducido breves fragmentos en este Blog. A Pirandello le dediqué dos entradas seguidas, muy breves, en el Blog.

Quiero decir con todo esto que será inevitable que en algún momento tire de lo ya escrito, es decir, que me plagie. No se si el autoplagio es delito o si simplemente se considera de mal gusto. En todo caso, me consuela la idea de que nadie lo advertirá y que, si en algún caso eso ocurre, será porque yo mismo acabo de dar las pistas.

b) No es seguro que la lista que ahora ofrezco se mantenga tal cual hasta el final de la redacción de la obra. Y es que tengo dudas sobre si algunos autores faltan y si otros les deberían ceder el sitio (han de ser 21, por supuesto). En fin, sobre la marcha ya se verá.

c) A diferencia de lo que ocurría en Los libros de mi vida, aquí en la evocación de autores seguiré el orden histórico o cronológico y no irá salpicada de breves detalles de mi biografía. Lo que no quiere decir que alguna vez no ocurra.

d) No es en absoluto seguro que llegue a cumplir la tarea. Si acaso en algún momento abandono, espero que mis seguidores, más selectos que numerosos, lo comprendan y me disculpen.

Y una recomendación práctica: si alguien cree que falta en la lista un autor muy importante, antes de exclamarse o indignarse que compruebe primero si no estaba ya incluido en la lista A de Los libros de mi vida. También puede ser que la ausencia del escritor «importante» se deba a mi ignorancia sobre la persona y la obra, defecto que no estoy ahora en condiciones de subsanar. En este caso, lo siento.

Eso es todo. Y ahora a bucear de nuevo por los mares de la genialidad literaria, es decir, a disfrutar. Y es que, como egoísta que soy, pienso sobre todo en mí mismo.

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Volver a vivir

A Romà, que cumple cinco años

Cuando contemplo a mi nieto de cinco años, con todo ese derroche de alegría, de fantasía inagotable, de curiosidad infinita, de sentido del humor, sí, de sentido del humor, me pregunto si no estaría bien que yo pudiese volver ahí donde ahora está él, quiero decir, si no sería estupendo empezar de nuevo el camino de la vida desde esa posición inmejorable, que yo mismo – con las evidentes diferencias de caracteres – también ocupé.

Y me respondo que seguramente, no. Y pienso sobre las razones.

En la vida, un principio inmejorable no es más que una buena base, un buen augurio, como se dice; de ningún modo es garantía de que a uno le aguarde un camino de rosas.

Yo estoy en el tramo final de la existencia. Si consideramos los grandes males que siempre han afligido a los seres humanos – guerras, catástrofes, miseria, hambre, enfermedades… -, he sido un hombre afortunado. Nací en un país con fama de violento y fratricida, a los pocos meses de terminada la última guerra civil, y he disfrutado de una paz pública – primero impuesta, luego más o menos acordada – sin interrupciones. En los asuntos particulares e íntimos no me ha ido mal. Incluso el sueño de toda mi vida ha tenido finalmente un cumplimiento. No triunfal, pero razonable. Empezar de nuevo el camino con la esperanza de que, como mínimo, la misma suerte se repita parece cosa de locos.

Y además, es imposible, como ya me lo advertía aquel bolero que sonaba en todas las radios de mi infancia.

Y además, están las reflexiones de ciertos filósofos en el sentido de que el balance final de la vida siempre es negativo (será que todavía me falta conocer lo peor).

No sé. Por una parte, admiro a esos filósofos por la estricta coherencia de sus apreciaciones y, sobre todo, por la valentía de encarar esa visión del mundo. Por otra…

Lo siento, pero cuando contemplo a mi nieto de cinco años, no hay manera de creerme eso de que “lo mejor sería no haber nacido”.

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Por qué ya no escribo novelas

El hecho de que, llegada cierta edad, uno deje de leer novelas puede ser normal, o triste, o preocupante, pero no altera la esencia misma del lector, que siempre podrá dedicarse a otra clase de lecturas.

El hecho de que, llegada cierta edad y acumulada cierta cantidad de obra, por pequeña que sea, como es el caso, uno deje de escribir novelas es dramático. Porque supone la destrucción de la parte más visible y pública de la identidad. Uno ya no es un novelista. En todo caso, será un ex novelista.

De pequeño, yo quería ser poeta. Y lo intenté. Desde los once años, creo, hasta los dieciocho, y luego un breve intento hacia los cuarenta. Pero no había manera. No había manera de alcanzar “la gracia que no quiso darme el cielo”. Así que tuve que renunciar a escribir poesía.

Pero no a escribir. Escribiría mis pensamientos e impresiones (ahí está el Diario, iniciado precisamente a los dieciocho) y, por qué no, historias, relatos de ficción, es decir, novelas.

Y de nuevo me encontré con un gran obstáculo. Y es que resulta que, para escribir una novela, hay que construir una trama, inventar, imaginar unos personajes, dotar al conjunto de un clima, de un ambiente, quizá de un sentido. Y a los pocos intentos descubrí la verdad terrible e insuperable: yo no tenía imaginación; era incapaz de dar vida a personas inexistentes, de relatar una sucesión de hechos que no hubiesen ocurrido, de escribir novelas. Pero no dejé de intentarlo. Hasta que…

Por circunstancias que no vienen al caso, me fijé en dos personajes de la antigüedad, amigos entre sí y poetas. Ahí estaban las crónicas que hablaban de ellos, ahí las cartas auténticas en qué se confesaban y autorretrataban. ¿Qué más quería? Tenía los personajes, tenía la historia, casi tenía el ambiente; solo faltaba poner lo mío: escribir simplemente. Y así lo hice.

A continuación tomé otro personaje, y de sus confesiones poéticas obtuve vida y pasiones. Y escribí otra novela. Y así hasta ocho en total, novelados en siete obras.

Pero desde hace unos años ya no novelo las vivencias de otro ser humano, de uno de esos en los que siempre me fijaba: famoso por su empeño artístico o intelectual y muerto y enterrado desde hacía por lo menos siglo y medio. ¿Por qué?

Durante este tiempo, algunos nombres me ha rondado por la mente. Tomaba uno, averiguaba un poco de su biografía, de su obra, si apenas la conocía, y lo dejaba. Quizá no tenía el suficiente interés novelístico para mí.

Pero hace poco se me presentó una figura ciertamente excepcional. Y además, original, pues sería la primera vez que una mujer ocuparía el lugar central en una de mis novelas. Tenía todos los atractivos imaginables para mí, además de mujer. Inteligente, generosa, artista, luchadora (un poco megalómana y desequilibrada, quizá), y siempre en el meollo del ambiente cultural alemán de la primera mitad del siglo XIX. ¿Qué más quería?

Investigué. Leí todo lo que pude de ella y sobre ella. Establecí la cronología y una constelación de notas sobre hechos y sobre amigos y conocidos, todos en la primera línea de la cultura y de la sociedad.

Y cuando ya me disponía a iniciar la fase de escritura, una nube de cansancio y de dudas se cernió sobre mí.

¿Para qué? ¿Para qué todo ese esfuerzo de desentrañar, intuir, construir toda una personalidad y su mundo, como había venido haciendo? ¿Para demostrarme lo bien que puedo hacerlo? ¿Para demostrárselo a cuatro lectores amigos o bien dispuestos? ¿Para recibir la limosna de un fugaz elogio de la crítica?¿Valía la pena?

Una pereza infinita envolvía todos mis miembros. Estaba claro que no iba a escribir esa novela.

Pienso que ya no escribiré ninguna más.

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Por qué ya no leo novelas

Considero que un hombre que después de los 40 años aún lee novelas es un puro cretino.

La frase la pronunció Josep Pla ante la grabadora de Salvador Pániker hace medio siglo. Y ha sido citada, para defenderla o refutarla, en multitud de ocasiones. Por mi parte, creo que, aunque algo de verdad puede contener en el fondo, no hay que tomársela muy en serio, quiero decir, al pie de la letra.

Para empezar, está formulada como una máxima, es decir, como uno de esos pensamientos lapidarios que nos lanzaban escritores como La Rochefoucauld, Lichtenberg, Joubert, Chamfort, Renard, Valéry y otros varios, casi todos franceses. Y, para mí, toda máxima tiene un defecto muy importante, y es que, aunque señala y destaca de manera clamorosa algún aspecto de la realidad, deja todo el resto de esa realidad fuera.

Por supuesto que hay personas que leen novelas después de los cuarenta y no son cretinas integrales. Eso lo sabe todo el mundo, incluido el mismo Pla. Pero…

El otro día, curioseando en una librería, di con una obra de Italo Svevo: Una vida. La tomé y la estuve hojeando un ratito. No la había leído, pero enseguida me envolvió el aroma de otras obras del mismo autor que sí había leído: Senilidad y, sobre todo, La conciencia de Zeno. Ésta, que leí a mis veintitantos, me había dejado un buen sabor imborrable: la humilde humanidad del personaje, no sé si natural o impostada, la inteligente sencillez, la fina ironía, el humor por encima de todo. Una obra maestra que me había dejado con deseos de más y más. Y ahí, en mis manos, tenía otra novela del mismo autor. La estuve hojeando un rato más, después cerré el libro, lo repuse en su sitio, y me encaminé hacia los estantes de pensamiento y de autores greco-latinos…

Hace tiempo que no leo novelas, salvo excepciones. Y esas excepciones han sido sin excepción decepcionantes. O insignificantes, que viene a ser lo mismo.

Al principio tampoco leía muchas. Quiero decir que, finalizado el período infantil-adolescente de las novelas de aventuras, no pasé sin más a las adultas, sino que, aunque las había, en la proporción de mis lecturas era muy importante lo no novelesco. Creo, pero no estoy seguro. Una manera de comprobarlo sería tomar la lista de los libros de mi vida, a modo de muestra estadística, y ver cuánto de ficción hay en ella y cuánto de no ficción.

Hecho. Ficción: 14; no ficción: 7. O sea, que la proporción no es tan desequilibrada como creía a favor de lo no novelesco. Aunque hay que tener en cuenta que he computado como de ficción a Unamuno y Goethe, los cuales podrían estar también en el otro lado.

Bien, números aparte, lo que quería decir es que, si bien he disfrutado con la lectura de muy buenas novelas – en la lista mencionada están algunos de “mis” grandes –, con el tiempo le he ido perdiendo el gusto a este género literario. Hasta el extremo de que ni siquiera he sido capaz de abordar ahora algunas novelas que considero imperdonable no haber leído en su momento. Como Anna Karenina, por ejemplo. O Madame Bovary, como otro ejemplo.

¿Y por qué le he ido perdiendo el gusto? Esta es la pregunta clave.

Después de pensarlo un poco, he llegado a la conclusión de que lo mío no tiene nada de particular; de que este alejamiento progresivo de la novela es un proceso natural que se da en todo lector en mayor o menor medida.

Pero, ¿por qué?, cabe insistir. Pues por lo mismo que el niño necesita que le cuenten cuentos, sobre todo para dormirse tranquilo, mientras que el adulto no siente esta necesidad porque piensa que el abordaje directo de la realidad le hará sentirse más tranquilo y seguro.

Y de este pensamiento surgen la filosofía, la crítica, la historia y todo lo demás.

Pero la verdad, la verdad, es que no duermo mejor ahora que cuando me contaban cuentos. O que cuando leía novelas, que no hay tanta diferencia.

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Yo soy descendiente de Julio César (fantasía de un niño romanizado)

En 1952 tenía doce años. Estudiaba el segundo curso del bachillerato de entonces en un colegio de los Hermanos Maristas. Me interesaban más las letras (literatura, historia) que lo otro. Y, dentro de la historia, la de Roma. Recuerdo que me aprendí de memoria, al pie de la letra, las páginas que el libro de texto “Historia Universal”, de Editorial Luis Vives, dedicaba a la historia de Roma. Y no solo para contestar como era debido a las preguntas del profesor, que también, sino porque de alguna manera me fascinaban.

El colegio tenía que ver con esa fascinación, sin duda. Los Hermanos eran antiguos romanos sin saberlo. Y en eso se mostraban como muy buenos católicos, pues es sabido que la Iglesia Católica es la continuación del Imperio romano por otros medios. Seguían aplicando aquel recurso o juego pedagógico, creo que inventado por los jesuitas, que consistía en dividir la clase en dos mitades, Romanos y Cartagineses, y establecer entre ellas una contienda a base de preguntas, que los de un bando lanzaban a los del otro, sobre las materias estudiadas. Yo solía ser el jefe de los romanos.

Y de pronto, no recuerdo si a los mismos doce o un año o dos después, tuve la revelación. ¡Yo era descendiente de Julio César!

Deslumbrado por el descubrimiento, traté de establecer la vía. Es decir, de explicarme “científicamente” cómo pudo producirse el hecho.

Veamos. César era itálico, yo ibérico… mal asunto. Pero enseguida vi el posible punto de conexión: mi bisabuelo paterno era italiano. Cierto, pero de muy al sur de la península, con lo que la relación cesariana se mostraba bastante problemática. Había que buscar otra conexión más segura.

Investigué el resto de mi ascendencia paterna, pero nada que hacer. Todos eran aragoneses. Entonces dirigí la mirada a la materna – de apellido Abollado – y tampoco: eran todos originarios de Andalucía (Sevilla y Cádiz).

No tuve más remedio que abandonar. En parte. Quiero decir que me quedé con la creencia, pero sin la ciencia. Después de todo, que yo fuera descendiente de Julio César era cuestión de fe.

Con los años, el niño fue creciendo, como suele suceder, y se fue olvidando de sus delirios infantiles, incluido el de César. Y luego fue creciendo el joven y el hombre maduro, arrastrando en todas las etapas, por cierto, la extraña manía de escribir.

Cuando cumplía cincuenta años me hallaba enfrascado en la creación de Lesbia mía, novela sobre Catulo, poeta romano que vivió en el siglo I a.C., precisamente en los años de la irresistible ascensión de Julio César. En una de las cartas de que está compuesta la obra, uno de los amigos del poeta, anticesariano visceral, comenta las maldades y torcidas intenciones del famoso político. Y cuando le toca tratar de su relación con el notable gaditano Lucio Cornelio Balbo… ¡tuve una inspiración!

Es sabido que Julio César fue un gran conquistador no solo en lo militar. Y sin distinción de sexo. Era “el hombre de todas las mujeres y la mujer de todos lo hombres”, como cáusticamente le había calificado un contemporáneo suyo. Pues bien, en determinado momento del relato, abusando de mi posición de creador todopoderoso, hago escribir al autor de la carta: “Dicen incluso, y esto sí pertenece a la esfera del estricto rumor, que su más íntima amistad era la esposa de su también íntimo amigo Lucio Cornelio Balbo.” O sea que César tiene una relación con la mujer de Balbo, de la que nace un hijo, el cual, por supuesto, llevará el apellido del marido de la madre: Balbo.

¿Y qué?, preguntará el lector paciente, si es que ha llegado hasta aquí. ¿Y qué? Pues que Balbo es el origen etimológico de Abollado, apellido de mi abuelo materno nacido en Sanlúcar de Barrameda, a pocos kilómetros de Cádiz. Y no se diga que estas palabras son demasiado distintas entre sí, pues cosas más raras se han visto en el mundo etimológico, como que caput vaya a dar en cabeza, o Caesar Augusta en Zaragoza, o Palatium en Pacheco, por poner unos ejemplos.

Y ahora me gustaría ofrecer mi hallazgo a aquel niño de doce o trece años que tuvo la genial intuición. Pero ocurre que, a estas alturas, es difícil dar con él.

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Mundo, Demonio y Fausto (escena2 de la jornada tercera)

Noche. Casa de Margot -inmenso loft- en el Barrio Latino. Concurrencia de personas de todo tipo, principalmente artistas, intelectuales y gente de nuevas y novísimas profesiones. Deambulan o permanecen de pie hablando en pequeños grupos. Luz tenue. Música suave, sincopada. Las altas paredes, tachonadas de pequeños televisores funcionando. En unos se ven documentales sobre animales exóticos y más bien viscosos; en otros, diferentes momentos de El corazón amargo de la ciudad. Ante uno de éstos Fausto mira atento:

Entre la pantalla y Fausto se interpone Catherine.

CATHERINE.- ¿Te interesa mucho?

FAUSTO.- Era el objeto de la conferencia ¿no?

CATHERINE.- ¿Y qué conclusiones sacas?

FAUSTO.- No sé. Esta extraña mezcolanza que advierto en todas partes entre lo riguroso y lo banal me confunde, me desconcierta.

Se acerca el doctor Kerenski, que ha oído las últimas palabras de Fausto.

KERENSKI.- Es el signo de nuestro tiempo: profundidad sobre banalidad. ¿Ha leído usted mi ensayo Indagaciones sobre una viruta?

FAUSTO.- No, lo siento.

KERENSKI.- No lo sienta, hombre. Y no hay que olvidar el otro aspecto, el otro signo de nuestro tiempo: banalidad sobre profundidad. ¿Ha leído usted mi ensayo Desmontando el ser en seis días?

FAUSTO.- No, lo siento.

KERENSKI.- ¿Pero qué carajo lee usted, buen hombre?

FAUSTO.- Estoy leyendo las aventuras del caballero don Quijote.

KERENSKI.- Quijote, ilusión, zas, cataplasma, difícilmente ecránico, abur.

Kerenski retrocede y se pierde entre la multitud. De un grupo próximo destaca una voz de mujer.

LOCALIZADORA (DE ESCENARIOS).- Hace tiempo que lo veníamos diciendo mis hermanas y yo. ¿Por qué nadie nos hizo caso?

DESLOCALIZADOR (DE EMPRESAS).- Demasiadas hermanas para un mismo evento. Tendrías que haberlo previsto.

CONECTOR DE SINERGIAS.- Suerte que Margot está siempre en todo. ¿Quién no ama a Margot?

EVENTISTA.- Es el ángel de la transgresión, la copiloto de la recta final. ¿Quién no ama a Margot?

LANDARTISTA.- Se transgrede respetando, se respeta transgrediendo.

CONECTOR DE SINERGIAS.- Transgredir es conocer, destruir es crear…

LOCALIZADORA.- ¡Lo que faltaba! Yo hablaba de mis hermanas.

DESLOCALIZADOR (a Conector de Sinergias).- Alguien debiera advertirla…

CONECTOR DE SINERGIAS.- Es una mujer muy emotiva, hay que comprender.

DESLOCALIZADOR.- Por cierto, eso de la recta final…

EVENTISTA.- Una metáfora, sólo una metáfora…espero. ¡Mirad! ¡Ahí viene!

Desde el lejano fondo de la sala, deslizándose suavemente sobre patines de ruedas, avanza Margot.

CORO DE INTERIORISTAS

Rompiendo rojos y azules,

sesgando planos y rectas,

la videncia de Margot

centellea, centellea.

CORO DE DJS

Ecualiza los talones,

sorprendiza la mixtura,

su son es todo los sones,

Margot de las exposuras.

CORO DE LANDARTISTAS

Ocre rojo bermellón,

aire lluvia tierra gris,

otra mañana del mundo,

Margot reina de París.

Otra patinadora avanza en dirección contraria (18 años, estética okupa, pequeña mochila al hombro). Al quedar frente a frente, las dos patinadoras empiezan a trazar círculos y espirales mientras se hablan.

MARGOT.- Tiempo que no te veo, Iris, hija.

IRIS.- He llegado de Bhután.

MARGOT.- ¿Diste a los monjes mi obsequio?

IRIS.- Bien obsequiados están.

MARGOT.- ¿Dónde vas con tanta prisa?

IRIS.- Peligra la okupación, llevo víveres y aliento a los compas que resisten. Hoy la pasma atacará.

MARGOT.- Dadles leña. Dadles leña. Abajo la represión.

CORO GENERAL

Abajo la represión

del inmundo polizonte,

del burócrata casposo,

del espeso oficinista

con su sello y con su tinta,

con su sello y con su tinta

y su tampón.

Viva la libertad

de los amos de la noche

de los magos de la nada,

del artista estilitista,

del caviar eventista,

del caviar eventista

y su esturión.

Iris se va. Fausto y Catherine se van desplazando entre la concurrencia.

FAUSTO.- A lo largo de mi vida, más diversa y extensa de lo que puedes imaginar, he estado en lugares muy extraños, tanto en el norte como en el sur (incluido algún aquelarre), pero nunca había visto reunión tan curiosa como ésta. ¿Conoces a toda esta gente?

CATHERINE.- A algunos.

FAUSTO.- ¿Qué son? ¿Qué pretenden? ¿Qué es lo que les une?

CATHERINE.- Haces unas preguntas muy extrañas. Todo el mundo es lo que es más lo que quiere aparentar.

FAUSTO.- Sí, pero lo que me gustaría averiguar es si buscan algo en común o si los ha reunido el azar.

CATHERINE.- Lo que te gustaría averiguar es el secreto de la sociedad humana, nada menos.

FAUSTO.- El secreto de la sociedad humana lo conozco bien. Sólo hay tres fuerzas que obligan a los seres humanos a ligarse entre sí: la necesidad, el interés o el amor.

CATHERINE.- Juzga tú mismo.

FAUSTO.- Supongamos que en este caso es el interés…

Topan con el doctor Kerenski.

KERENSKI.- Quería decirle, caballero, que sus intereses son bastante extemporáneos. Hasta en el modesto barrio de Buenos Aires de donde procedo florece el árbol del posmodernismo. Y usted, ¿de dónde procede, si se puede saber?

FAUSTO.- Del corazón de la vieja Europa.

KERENSKI.- ¿Judío también, por casualidad?

FAUSTO.- No. Pagano con túnica cristiana.

KERENSKI.- No le he visto bien la túnica…Y eso de pagano, ¿en qué consiste?

FAUSTO.- En obedecer a las fuerzas de la naturaleza y en doblegarlas obedeciéndolas.

KERENSKI.- Ah, ya, el progreso. Se ha demostrado que el progreso no existe, que fue un invento de la modernidad para desviar la atención.

FAUSTO.- Desviar la atención, ¿de qué?

Interviene el doctor Magritte, que pasaba por ahí.

MAGRITTE.- De qué va a ser, hombre. De la imparable disolución del yo, que entonces se iniciaba.

FAUSTO.- Y esa disolución, ¿continúa?

MAGRITTE.- Imparablemente.

FAUSTO.- ¿Y tendrá éxito?

MAGRITTE.- Total.

KERENSKI.- De hecho, el yo ya no existe. Ha sido sustituido por la multiplicidad anárquica de las particularidades surgidas de la fragmentación del sujeto.

FAUSTO.- Pero, yo, yo…

MAGRITE.- No sea ingenuo, hombre. Ese yo que usted pronuncia es sólo un soplo de voz sin relación alguna con la realidad.

De pronto, se impone la voz potente de un hombre (gurú Comar), que habla en medio del grupo vecino.

COMAR.- Las jerarquías que gobiernan el departamento elemental de los naranjos son las mismas que gobiernan todos los movimientos económicos y monetarios de la especie humana. Pero yo os digo que, cuando las criaturas de los naranjos nos tienen sometidos a pruebas, podemos salir triunfantes con la magia elemental de los granados…

KERENSKI. – No le presten atención. Conozco bien al gurú Comar, que por cierto no se llama así. Crecimos en el mismo barrio.

FAUSTO.- ¿Tiene algún sentido lo que dice?

KERENSKI.- Por supuesto, pero incurre en un error muy grave…

MAGRITTE.- Mentar la economía.

CATHERINE.- Pues a mí me ha parecido lo único real que…

MAGRITTE.- Que la economía es real nadie lo discute.

Interviene el Deslocalizador, que pasaba por ahí.

DESLOCALIZADOR.- En efecto, pero no se puede mezclar espíritu y economía. Economía y espíritu son mundos radicalmente diferentes.

MAGRITTE.- Ese fue el gran error de Marx.

KERENSKI.- Error que todos los intelectuales habíamos advertido desde el principio.

MAGRITTE.- Por eso, hoy se puede decir, sin faltar a la verdad, que en Europa nunca ha habido un sólo marxista.

CATHERINE.- Perdone, pero en la Universidad de Deux-aspects, donde yo he estudiado…

MAGRITTE.- Conozco la Universidad de Deux-aspects, muchacha, y sé lo que puede dar de sí. Hay gloriosas excepciones, claro, como tu padre y el doctor Dupêcher.

Irrumpe el Eventista, muy excitado.

EVENTISTA.- ¿Es verdad lo que dicen? ¿Que viene? ¿Que ya está aquí?

MAGRITTE.- ¿Quién viene? ¿Quién está aquí? Y tranquilízate, muchacho.

EVENTISTA.- Él, el…no puedo creerlo.

El Eventista se va corriendo a interrogar a otros grupos.

FAUSTO.- ¿Se espera a alguna visita importante?

KERENSKI.- ¿Qué significa importante? Todas y cada una de las personas que estamos aquí somos…importantes, como usted dice. (a Magritte) No sé a quién se puede referir…Como no sea…

MAGRITTE.- ¿Estás pensando lo mismo que yo?

KERENSKI.- Sí, pero me extrañaría mucho. Yo no le he visto nunca.

MAGRITTE.- En realidad nadie le ha visto.

KERENSKI.- Y sin embargo, su fama es absoluta.

MAGRITTE.- Todos quisieran parecerse a él.

FAUSTO.- Perdonen que insista, pero de sus palabras deduzco que se trata de una personalidad muy destacada que ha anunciado su presencia.

Kerenski y Magritte cambian miradas y sonrisas cómplices y burlonas.

KERENSKI.- Yo no creo que «personalidad muy destacada» sea la mejor manera de definirle.

MAGRITTE.- Y tampoco suele anunciar nada. Simplemente, expone.

KERENSKI.- Eso es, no anuncia, sino que denuncia; no propone, sino que expone, o más ajustado sería decir que descompone. Es el modelo ideal del arte de nuestros días.

FAUSTO.- Entonces, se trata de un artista…

MAGRITTE.- Si quiere llamarlo así…

Magritte y Kerenski son atraídos por lo que se habla en el grupo vecino, momento que aprovecha Catherine para tomar del brazo a Fausto y alejarse con él unos pasos.

CATHERINE.- No deberías seguirles el juego. Intentan burlarse de ti.

FAUSTO.- Burlarse de mí, ¿cómo?

CATHERINE.- Se dan cuenta de que no eres de su mundo…Es algo estúpido, lo sé…pero no me gusta verte en esta situación. A veces me pareces tan ingenuo, tan indefenso…

FAUSTO.- ¿Cuál es su mundo? ¿Eres tú de su mundo?

CATHERINE.- No sé… supongo que sí… es inevitable. Pero al principio, era todo tan distinto… Crecí en un ambiente donde todo aspiraba a la coherencia, donde todo tenía o podía tener una explicación racional, donde el triunfo era fruto exclusivo del esfuerzo y nada que valiese la pena podía ser fruto del azar. Pero de repente, o poco a poco, ya no recuerdo, el panorama cambió radicalmente, el mundo dejó de ser racional para convertirse en una olla de grillos de palabras vacías. Todo sirve, todo vale lo mismo, no hay mayor o menor sustancia, sino mayor o menor resonancia. No sé si me entiendes…

FAUSTO.- Perfectamente. Y te diré una cosa: que mi curiosidad infatigable no advierte en ese mundo, en este mundo que ahora nos rodea, nada, absolutamente nada que parezca del menor interés. De buena gana me iría ahora mismo, aunque…confieso que me gustaría descifrar antes el curioso enigma del personaje anunciado. ¿Lo conoces tú? ¿Sabes a quién se refieren?

CATHERINE.- Sí, creo que sé a quién se refieren…No, no lo conozco, en realidad nadie lo conoce…pero todos se mueren por imitarle.

FAUSTO.- ¿Puedes decirme ya de quién se trata?

CATHERINE.- No, si eso alimenta tu pizca de curiosidad y sirve para retenerte aquí…

FAUSTO.- Mira, esos parecen muy excitados. Quizá saben algo.

Fausto y Catherine se acercan al grupo.

DJ.- Lo más más que yo recuerdo lo viví en Liverpool, en la discoteca Pull-up. Veinte djs y un cuarteto de cuerda…

BROCKER.- El cine es un arte muerto. Su deuda es enorme, al teatro, a la novela, a la fotografía, al circo…nunca podrá…

LOCALIZADORA.- Un arte que da cobijo a lo transgresivo no puede…

LANDARTISTA.- Lo más más que yo recuerdo lo viví en el oeste de Canadá: toda una montaña envuelta en papel satinado, esquiada arriba y abajo por figuritas de Lladró.

CONSULTOR.- El texto es el cáncer del teatro. Mientras no se extirpe el texto el teatro será un muerto viviente, incapaz de romper…

MUERTO VIVIENTE.- Yo, que he pasado todas las fronteras, os aseguro que en el polvo blanco está el principio y el fin de todas las cosas. ¡Al Diablo con las autoridades sanitarias!

FUMADOR ANTIGUO.- Cada vez que miro mi paquete de tabaco puedo leer mi futuro. ¡Ya paso de tarot!

TAROTISTA.- Sexo, drogas y rockandroll son arcanos de otro tiempo. ¿Cómo transgredir la transgresión?

CHAMAN.- El círculo se cierra. Invoquemos al poder que rompe el poder que rompe los poderes.

Fausto y Catherine se apartan del grupo.

FAUSTO.- Nada, parece que no hay indicios.

CATHERINE.- Yo creo que sí vendrá. Tengo la sensación de que el ambiente está preparado.

FAUSTO.- ¿En qué lo notas?

CATHERINE.- No sé…esa excitación difusa, esos continuos y extraños movimientos de la gente, esa manera de hablar, como si cada cual hubiese de pronunciar su sentencia definitiva…¿No sientes tú algo especial? ¿No sientes nada?

FAUSTO.- Siento sed. Tenía entendido que en este tipo de reuniones se tomaba algo.

CATHERINE.- Por supuesto.

FAUSTO.- Pues por aquí no he visto nada.

CATHERINE.- Pues yo antes he visto un camarero.

FAUSTO.- ¿Un camarero?

CATHERINE.- Sí, parece raro en un sitio como éste. Pero lo he visto. Llevaba una chaqueta roja y una gran bandeja vacía que movía con soltura.

FAUSTO.- ¿Una chaqueta roja?

CATHERINE.- Sí.

FAUSTO.- ¡Un camarero con una chaqueta roja!

CATHERINE.- Sí, ¿qué pasa?

FAUSTO.- Nada, nada…¡ja!…¡ja, ja!…¡ja, ja, ja!…¡ja, ja, ja, ja, ja,….!

Fausto ríe de manera incontenible. Se acercan Kerenski y Magritte.

KERENSKI.- Al menos hay alguien que se lo pasa realmente bien.

MAGRITTE.- Qué quieres que te diga… yo sólo veo un reflejo nervioso claramente ante-posmoderno.

KERENSKI.- No digo que no…(mirando a Fausto con cierta admiración o envidia) (¡Huevudo el tipo!).

Se alejan los dos.

FAUSTO.- ¡Ja, ja, ja!…..Ya tengo la solución del enigma.

CATHERINE.- ¿Del personaje? Pero si tú no puedes conocerlo…

FAUSTO.- ¿Que no? Antes de que todos estos monos y papagayos viniesen al mundo él ya tenía pensado el evento.

Un sonido estridente y alargado, de sirena de fábrica antigua, se impone sobre el rumor general. A continuación, una voz, femenina pero metalizada, se difunde por todo el espacio: Margot, sobre sus patines y con un altavoz de mano, va anunciando el evento mientras se desliza entre la concurrencia.

MARGOT.- ¡El Gran Transgresor! ¡Ha llegado el Gran Transgresor! Reuníos todos. Un espectáculo único, irrepetible en la historia ético-estética de la humanidad. ¡El Gran Transgresor! ¡Está con nosotros el Gran Transgresor!…

La luz se hace aún más tenue. La multitud se mueve nerviosamente de un lado a otro, formando oleadas que se entrecruzan. Apenas hay palabras. Como suaves murmullos, se oye de vez en cuando: «es cierto», «está aquí», «no lo puedo creer», «dónde, dónde». De repente, unos potentes focos iluminan el centro de la sala. La música, sincopada, va subiendo de volumen. Todos pretenden acercarse a la zona iluminada. Empujones, codazos, pisotones, algún insulto. Fausto y Catherine no se mueven de donde están, no lejos del centro iluminado.

CATHERINE.- Casi da miedo.

FAUSTO.- ¿Miedo dices?

CATHERINE.- Enrique, dime la verdad, ¿tú lo conoces? ¿Conoces al Gran Transgresor?

FAUSTO.- Mucho tiempo hace que lo conozco, aunque no por ese nombre, que por cierto no le va nada mal. Y tú…

Aumenta el volumen de la música, de modo que las palabras se hacen inaudibles. Una figura humana, sostenida por una plataforma, emerge lentamente bajo la luz de los focos. Una amplia capucha le oculta casi todo el rostro, y una larga capa le cubre todo el cuerpo hasta los pies. Alcanzada la altura de un palmo sobre las cabezas más altas, la plataforma se detiene. La figura humana, o sea, el Gran Transgresor, alza los brazos. La histeria se desata: gritos, silbidos, aullidos. El Gran Transgresor pide calma y silencio con las manos abiertas. Se hace el silencio. Baja el volumen de la música. Cesa por completo. Silencio total. El Gran Transgresor recoge con las manos los faldones de la capa y se la arremanga, quedándose desnudo de cintura para abajo. El panorama que ofrece es a la vez natural y contundente. Un largo escalofrío recorre las epidermis de la concurrencia. El Gran Transgresor se pone en cuclillas, el codo apoyado en la rodilla y el puño en la frente, como sumido en profunda meditación. El Gran Transgresor empieza a defecar. Sigue defecando hasta formar deposiciones de tamaño considerable. Conmoción entre el público: gritos, silbidos, aullidos, algún desmayo. El Gran Transgresor se endereza, recorre con la mirada la concurrencia hasta que descubre a Fausto y Catherine. Sonríe maliciosamente.

GRAN TRANSGRESOR-MEFISTO.- No sé a qué tanto alboroto. Si ya lo decía el sabio (mira las deposiciones):  TODO LO QUE BUSCAS ESTÁ DENTRO DE TI.

De Mundo, Demonio y Fausto

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Mundo, Demonio y Fausto (escena de la tercera jornada)

FAUSTO.- …una sucesión de experiencias inútiles. Todo pasa, nada queda, y al final te mueres tan desnudo como naciste. Hay que ser de una manera muy especial, hay que estar hecho de pura carne mítica para poder mantenerse en el propio papel, pese a los reveses y a las burlas de la fortuna. «Un instante al que pueda decir: detente»…je, palabras, palabras…pero no debo hablar así. He de seguir adelante, adelante, como el buey que es arrastrado por los cuernos de su destino. Sin mi destino no soy nadie, no soy nada. Apuremos pues la jarra de cerveza y…¡esa chica!

Fausto se levanta. La joven, que va pasando entre las mesas como buscando a alguien, le ve y se dirige hacia él. Se miran, se abrazan. Se sientan.

FAUSTO.- ¡Increíble! ¡Tú aquí! No me hubiese atrevido a soñarlo.

CATHERINE.- ¿Y tú? ¿Qué ha sido de tu vida en todo este tiempo? ¿Vives en París?

FAUSTO.- No…bueno, sí…una temporada.

CATHERINE.- ¿Y tu amigo…aquel tipo tan raro?

FAUSTO.- Lo veo poco últimamente. No hace mucho me lo encontré en España. Pero enseguida nos perdimos de vista.

CATHERINE.- A veces pienso que mi padre tenía razón: que era el mismo Diablo.

FAUSTO.- No exageres…¿Cómo está tu padre?

CATHERINE.- Ha cambiado mucho. No le conocerías.

FAUSTO.- ¿Para bien?

CATHERINE.- Yo diría que para mal. No sé si la intención de tu amigo el Diablo era buena o no. Pero, desde luego, el resultado no ha podido ser peor.

FAUSTO.- ¿Sufre mucho?

CATHERINE.- ¿Quién? ¿Mi padre? No, qué va. Parece el hombre más feliz del mundo.

FAUSTO.- Entonces, de qué te quejas. Recobró la vista y es feliz. ¿Qué más quieres?

CATHERINE.- Las cosas no son así de simples, Enrique, y tú lo sabes tan bien o mejor que yo. En fin, tú mismo podrás juzgar: he quedado aquí con él. Si no tienes prisa…

FAUSTO.- Tengo todo el tiempo del mundo.

CATHERINE.- Me ha citado aquí para presentarme a su novia…sí, a sus sesenta y tres años dice que se va a casar… y para que los acompañe a la conferencia que va a dar dentro de una hora en el Club de la Prensa. ¿Te interesa?

Le muestra un programa

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EL CLUB DE LA PRENSA DE PARÍS

Le invita a la conferencia que pronunciará el

Doctor ALBERT DENEUVE

Catedrático de Semidiótica Mediática de la Universidad de Deux-aspects

«Estructura paratextual de la serie televisiva El corazón amargo de la ciudad«

Día 15 de abril de 2004, a las 18,30 horas

__________________________________

FAUSTO.- Sí, puede ser interesante. Es un mundo que desconozco por completo.

CATHERINE.- Mira. Ahí están.

Aparecen Deneuve y Margot (55 años, vestida de 18). Presentaciones.

CATHERINE.- ¿No te acuerdas de Enrique, papá, el amigo de…?

DENEUVE.- Sí, sí. Gran hombre su amigo, qué personalidad, qué carácter…le debo mucho a…nunca consigo recordar el nombre.

FAUSTO.- El nombre…

CATHERINE.- Se supone que Sabatini ¿no?

MARGOT.- Yo conocí a un Sabatini. Era el maestro de armas del marqués de Montfleury. Pero la verdad …(risita contenida)…la verdad es que tenía una estocada muy floja.

DENEUVE.- Ah, la juventud. No sabes lo feliz que soy, hija (toma la mano de Margot).

MARGOT.- La buena gente damos lo que tenemos. Yo tenía un caniche marrón y se lo di al profesor Melbourne; el profesor Melbourne tenía una pluma azul y se la dio al aduanero López; el aduanero López tenía un florete corto y se lo dio a maese Sabatini…

FAUSTO.- Y supongo que maese Sabatini le daría el florete corto al marqués de Montfleury.

MARGOT.- Síiii…y con una estocada preciosa. Eres genial, Enrique. Vienes a la conferencia ¿no?

Sala de conferencias del Club de Prensa. Lleno total. Sentados en la primera fila, Fausto, Catherine y Margot. Últimos minutos de la intervención de Deneuve.

DENEUVE.- …y es que en todo estudio paratextual, confrontado con el tsunami virtual de la exhaustividad de una producción pletórica, se plantea la cuestión metodológica de la relación de la muestra tomada con el campo investigado. Entonces, una vez realizada esta ectoplasmatización del corpus, el análisis puede reducirse a parangones entre paratextualidad y tradición oral más que a determinar la pertinencia estructural de cada rasgo, vista la eventual homología de ambos sistemas. Lo que de nuevo nos lleva a la parataxis del principio: que la modernidad se define por la producción estética serial. Gracias.

Aplausos. Se levanta un joven con gafas.

JOVEN CON GAFAS.- ¿Puede decirnos algo de las incidencias cognitivas de la serialización sobre el acto de televidencia?

DENEUVE.- Puedo. El acto de televidencia es la toma de conciencia ecránica del ser en sí presuntamente incognoscible. Es la final domesticación de los anárquicos eones y su conversión en dóciles fotones, que nos revelan la auténtica realidad del ser, necesariamente ecránico…Y diré más: fuera de la pantalla no hay salvación.

HOMBRE CON BARBA.- Profesor Deneuve, ¿se puede afirmar que sólo existe lo que está en los medios?

DENEUVE.- Claro que se puede afirmar, y ahora se lo demuestro: sólo existe lo que está en los medios.

HOMBRE CON BARBA.- ¿Quiere decir que, si estas cámaras y micrófonos no estuviesen aquí, nosotros no existiríamos?

DENEUVE.- Algo así quiero decir, y algún día lo diré con el debido acompañamiento erudito.

JOVEN CON BOINA.- ¿Y la basura, doctor Deneuve?

DENEUVE.- Oh, qué pesadez, qué obsesión. La basura, jovencito, es sólo una fase del proceso universal de reciclaje. La basura de hoy es la libertad de ayer y la kitschnostalgia de mañana.

MUJER CON PAMELA.- ¿Pero nadie ha pensado en cuánta madre huérfana queda por el camino?

DENEUVE.- Las madres son de todos, si me permite decirlo, y no hay que darle tanta importancia al tema…digo yo.

ANCIANO CON PERILLA.- ¿Sabe usted qué hay detrás del sorprendente vuelco que se produce en el capítulo 999 de El corazón amargo de la ciudad?

Deneuve palidece y permanece en silencio. El silencio se va extendiendo por toda la sala como un gas letal. Aparecen cuatro ujieres con máscara, que desde el fondo de la sala van avanzando repartiendo entre los asistentes unas octavillas:

«Ha habido un aviso de bomba

Conserven la calma

Abandonen la sala ordenadamente.»

Concluido el reparto, el público abandona la sala ordenadamente.

 

De Mundo, Demonio y Fausto

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Caro diario

A los dieciocho años y unos meses empecé a escribir mi Diario. Un diario íntimo, por supuesto, y básicamente “de formación”, en el sentido que en la literatura alemana se da a cierto tipo de novelas en las que se expone la evolución humana – sentimental, cultural y espiritual – del personaje.

Durante años lo frecuenté diariamente, o casi. Hacia los veinticinco, la cosa remitió. Se fue espaciando. Hasta que llegó a interrumpirse durante meses y, en torno a los treinta, durante años. Hacia los cuarenta resucitó, pero con otro aire: menos candoroso, más crítico y pretendidamente objetivo, es decir, menos “adolescente” (aunque de esto no estoy muy seguro). Ahora suelo frecuentarlo dos o tres veces al mes, o una, o ninguna.

Cuando releo algunas de las cosas escritas en el último período, puedo estar o no de acuerdo con ellas, pero no me impresionan. En cambio, las cosas escritas en el primer período me conmueven. A veces me pregunto cómo tan joven podía pensar y escribir aquello. Pero esta primera idea, tan autocomplaciente, enseguida es destruida por una reflexión objetiva: muchos de los que se han dedicado a las letras han escrito cosas similares a la misma edad o antes. Más bien habría que preguntarse por qué a la mayoría de las personas no se les enciende la lucecita a esa edad, o nunca.

Así, que he pensado ir seleccionando algunas frases y breves fragmentos del primer período para ofrecerlas al público lector. El cual ha de tener en cuenta que el escenario es la Barcelona de 1958-1965, los años centrales de la dictadura de Franco, y que la historia empieza cuando, después de once años de estudios primarios y secundarios en un colegio religioso, me hallaba a la mitad del primer curso de la carrera de derecho.

Las citas escogidas las iré publicando en Facebook . Y tal vez, al final, las reúna aquí mismo.

 Y ahora, tres meses después, cumplo con lo que anuncié: aquí

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