Pero es el caso que Stefan Zweig era una persona impaciente, en el arte como en la vida. En un pasaje de sus memorias, reflexionando sobre la inmensa fama que llegó a alcanzar, se pregunta por el secreto de aquella escritura suya, que cautivó a millones de lectores. Y se responde:
creo que proviene de un defecto mío, a saber: que soy un lector impaciente y temperamental […] me irrita lo prolijo, lo ampuloso y todo lo vago y exaltado, poco claro e indefinido, todo lo que es superficial y retarda la lectura.
Y añade que la fase más importante de su proceso creativo es aquella en que elimina todo lo que considera innecesario,
pues no lamento que, de mil páginas escritas, ochocientas vayan a parar a la papelera y sólo doscientas se conserven como quintaesencia.
Una opción de naturaleza estética que le dio muy buenos resultados.
No de otra naturaleza fue la decisión de quitarse la vida ante la fea presencia de unos tiempos que, sin duda, había que tirar a la papelera.
Dante Alighieri, por quien Wilde sentía gran admiración, fue quizá el único gran artista que supo tomarse la justicia poética por su mano. Él mismo se encargó de encerrar en el infierno a sus enemigos y a los enemigos de sus amigos. Y allá estarán mientras la literatura exista. Wilde podría haber hecho algo parecido. Colocar en un infierno creado al efecto a jueces, carceleros, marqueses y falsos amigos. Recursos no le faltaban…Pero no, no podía. No tenía la férrea personalidad de Dante, como él mismo reconoció; él era un griego pacífico y suave.
De todos modos, aunque incapaz de hacerla por sí mismo como su admirado florentino, con aquella clarividencia que siempre le había distinguido sabía muy bien que la justicia poética acabaría imponiéndose también en su caso.
En cierta ocasión, ya en su exilio francés, repasaba con Harris adónde habían llegado algunos de sus antiguos compañeros de estudios – uno de ellos, Curzon, nada menos que a virrey de la India – y añadió:
La espantosa injusticia de la vida me vuelve loco. Después de todo, ¿qué han hecho ellos en comparación con lo que yo he hecho? Supón que muriésemos todos ahora: dentro de cincuenta o de cien años nadie se acordará de Curzon o de Wyndham o de Blunt. Su vida, lo mismo que su muerte, no importará a nadie en absoluto. En cambio, mis comedias, mis cuentos y La balada de la cárcel de Reading serán conocidos y leídos por millones de personas, y hasta mi mismo infortunado destino despertará una simpatía universal.
Amén. Quiero decir que así ha sido.
El futuro es la patria del artista. El presente es el campo de acción de los Curzon, de los graves magistrados y de los grandes potentados, de los políticos avispados y de los ávidos financieros. Ellos forjan la realidad social sobre la base de sus intereses mezquinos y de la mediocridad de sus almas.
El artista es un pájaro que canta. A veces, intentan disparar sobre él, y en ocasiones lo hieren. Pero siempre, vivo o en apariencia muerto, consigue alzar el vuelo. Y su canto nos llega desde la altura. Y nos ayuda a soportar este mundo infeliz, obra siniestra de los que nacieron sordos para la música.
El verano de 1526 Granada era una fiesta. El emperador romano-germánico, Carlos de Habsburgo, soberano de los reinos de España desde hacía pocos años, se había establecido en la ciudad con toda la corte procedente de Sevilla, donde había tenido lugar su boda solemne con Isabel de Portugal.
Treinta y cuatro años después de que los reyes cristianos expulsasen a los musulmanes, ocupaba la Alhambra el nieto de aquellos reyes, con todo su séquito y con un acompañamiento de invitados ilustres, llegados de distintos y hasta de distantes países. No faltaban los artistas y escritores. Uno de ellos, arquitecto y pintor, había de ser decisivo para la imagen de la ciudad. Pero no llegó con el séquito real, porque, toledano de nacimiento, hacía años que residía en Granada: Pedro Machuca.
Machuca, que había de concebir y dirigir la construcción del palacio que Carlos V quiso edificar junto a la Alhambra, era un artista totalmente renacentista, que había aprendido y asumido en Italia las formas y también el espíritu de la época. Porque lo que en la historia de la cultura se ha denominado “Renacimiento” no es solo un estilo de arte – sobre todo de arquitectura – que pretende prescindir del legado medieval para retrotraerse al de la antigüedad greco-romana, es una nueva manera de ver el mundo que coloca al ser humano, de una manera en cierto modo heroica, en el centro mismo de la Creación.
Este movimiento hacía por lo menos un siglo que había nacido en Italia, y su expansión por Europa se había de prolongar hasta principios del siglo XVII. Pero, por entonces, su incidencia en España había sido escasa. Gracias a Machuca y a otros pocos, acabaría de imponerse en la arquitectura.
En literatura contaba con algunos intentos esporádicos, que no habían acabado de cuajar. Fue en aquel encuentro cortesano de Granada cuando se puso en marcha el proceso que alumbraría la instauración definitiva de la nueva poesía, elemento esencial de la nueva visión del mundo. Dos personajes fueron los protagonistas; un tercero recogió aplicadamente los frutos y se llevó toda la gloria.
Juan Boscán, nacido catalán y que conservaba casa e intereses en Barcelona, hacía años (desde la época del rey Fernando) que estaba estrechamente vinculado a la monarquía, a la que servía, entre otros cargos, como embajador.
Andrea Navagiero, humanista, embajador de la República de Venecia, formaba parte de la representación extranjera en la corte asentada en Granada. Un día de aquel verano, en los jardines del Generalife, tuvo lugar una larga conversación entre Boscán y Navagiero, del núcleo de la cual da cuenta el mismo Boscán:
Estando un día en Granada con el Navagero … tratando con él en cosas de ingenio y de letras, me dixo por qué no provava en lengua castellana sonetos y otras artes de trobas usadas por los buenos authores de Italia: y no solamente me lo dixo assí livianamente, mas aún me rogó que lo hiziesse…
Y continúa que se puso en ello, pero que el trabajo era arduo y que no habría llegado a buen puerto si su amigo Garcilaso no le hubiese empujado y acompañado.
El amigo Garcilaso de la Vega era un caballero de confianza del emperador, y también estaba en Granada. Y también había asistido asistido en Sevilla a la boda real. Y allá había conocido a una dama portuguesa de la compañía de la novia-reina que había de ser el amor de su vida, si bien él se casaría con otra – dama de la hermana del emperador – y ella con otro. Cosas de la pequeña política de los grandes.
Pero estábamos en que el joven caballero – tenía unos veinticinco años – había acogido con ganas la novedad que le mostrara el amigo. Y así, con el tiempo, fue dando a luz un modo de poesía nunca visto antes en España.
Corrientes aguas puras, cristalinas,
árboles que os estáis mirando en ellas,
verde prado de frescas sombras lleno,
aves que aquí sembráis vuestras querellas…
Con estos versos, y con otros muchos que escribió antes y después, la poesía en lengua castellana alcanzaba una cima que, creo yo, ya no volvería a alcanzarse, excepto con Juan de la Cruz y, en otro registro, con algunos de los poetas de la generación del 27.
La de Garcilaso no es una obra extensa, pero sí intensa. Aunque de una intensidad que no impone, que no hace aspavientos. La forma es siempre suave, delicada. El fondo, recio, austero, directo, vital, auténtico. Los temas son contados; una y otra vez vuelve a lo mismo:
El amor. Que es siempre dolor. Dolor por la imposibilidad de estar con la amada. Dolor por el rechazo de la amada. Dolor por la muerte de la amada. Dolor por la evocación del pasado tiempo feliz con la amada.
El tiempo. Que con su paso se lleva los momentos felices. El tiempo, que hace de la vida una experiencia fugaz que hay que fijar en el mármol de las palabras inmortales.
El paisaje. Una naturaleza en parteidealizada a la sombra de Virgilio y Sannazaro, en parte real a orillas de un río llamado Tajo. Un paisaje, luminoso o triste, que es como el espejo del alma del enamorado.
La amistad. Una amistad al mismo tiempo varonil y tierna como la que le une a Boscán, también poeta, aunque de menor calado. Raro caso en la historia de la literatura donde tanto abundan los odios entre escritores y tan poco las amistades verdaderas (¿hay alguna además de ésta?).
La muerte. Deseada cuando se siente desdeñado por la amada. Llorada cuando acaba con la vida de la amada. Bienvenida cuando el poeta se siente sumergido en la hermosa y blanda naturaleza (Yo solo en tanto bien morir me siento). De estas y de otras varias maneras la muerte suele estar presente. Se dirá que no pasa de ser un recurso retórico, un tema más, copiado de otros poetas (Petrarca, Ausiàs March). Lo dudo. Más bien se muestra como una presencia inexpugnable. Un crítico ha escrito: “Parece como si tuviera siempre la premonición de su prematura muerte”. Quizás.
No aparece entre sus temas ni la guerra ni la religión – y ya no digamos la patria, que aún no se había reinventado tal como hoy la conocemos. Curioso. Que un poeta de la católica Castilla, entregado servidor del emperador cristiano, no dedicara unos versos a la religión. Fue Azorín quien descubrió y anotó que Garcilaso es el único poeta español de los siglos XVI y XVII en cuya obra no hay “ni un solo verso de asunto religioso”.
Y lo mismo, pero no igual, en lo que respecta a lo militar y guerrero. Que un soldado-poeta tan valiente y arriesgado (como dejó muy claro) no dedicara alguna loa a la gloria militar, es también curioso. Pero la cosa aún resulta más extraña si es cierto, como parece, que los únicos versos dedicados a la guerra son para quejarse de su cruel inutilidad.
Garcilaso de la Vega nace en Toledo en 1501 en el seno de la familia Mendoza, poderosa en política, destacada en la cultura (había dado varios hombres de letras, como Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana) y adelantada del espíritu renacentista en Castilla.
Tuvo la educación que correspondía a su ambiente, y al espíritu de los tiempos, que dictaminaba, en palabras de Baldassarre Castiglione (Il cortigiano), que el buen cortesano había de dominar, además de la vida de sociedad, tanto las armas como las letras. Extraña pareja vista desde aquí y ahora.
En el conflicto que, a la llegada del emperador Carlos, enfrentó a algunos sectores de la ciudadanía castellana con el nuevo rey, Garcilaso se alineó sin dudarlo con la monarquía, a diferencia de su hermano Pedro, que luchó junto a los comuneros y que, tras la derrota, tuvo que exiliarse en Portugal, mientras rodaban las cabezas (y no en sentido metafórico) de los principales dirigentes rebeldes. Garcilaso, por su parte, pronto se ganó la confianza del emperador, a quien siempre sirvió lealmente.
En 1522 participó en la expedición militar a Rodas, organizada con el fin de salvar la isla del asedio turco, empresa que fracasó por falta de la esperada colaboración de Venecia. Iba también en la expedición el que sería su gran amigo de toda la vida, Juan Boscán.
Otra amistad íntima se inició dos año después, con ocasión de las acciones de Salvatierra y Fuenterrabía contra los franceses, con el entonces joven de dieciséis años Fernando Álvarez de Toledo, futuro Duque de Alba. Y no un duque de Alba cualquiera (si es que se puede hablar así) sino el tercero, aquél que había de sembrar el espanto en tierras de Flandes, donde todavía es terroríficamente recordado.
En 1525 casó con Elena de Zúñiga, dama de Leonor de Austria, hermana del emperador, que fue quien había decidido el matrimonio. Cosa normal entonces, cuando los únicos que podían decidir en estas cuestiones eran los más humildes. Más arriba de la escala social decidían los padres, siempre pensando en términos patrimoniales, y arriba de todo, los reyes. Y ya hemos visto que Garcilaso se movía por las alturas.
En 1526 asiste a la solemne boda entre el emperador-rey Carlos e Isabel de Portugal. Conoce ahí, o tal vez en Granada, donde a continuación se traslada toda la corte, a una dama de la reina, Isabel Freyre, quien, según los estudiosos, será el amor y musa inspiradora del poeta. Tres años después la dama se casa, lo que no hace sino igualar las situaciones de ambos y en el 33 o 34 muere de sobreparto. Y escribe el poeta, quizá en presencia, quizá en recuerdo de la vista del sepulcro:
Las lágrimas que en esta sepultura
se vierten hoy en día y se vertieron
recibe, aunque sin fruto allá te sean,
hasta que aquella eterna noche escura
me cierre aquestos ojos que te vieron,
dejándome con otros que te vean.
En 1529 emprende viaje a Italia con el rey y séquito para la ceremonia de coronación solemne de Carlos como emperador romano. Se detiene un mes en Zaragoza y tres en Barcelona, donde hace testamento, curioso documento en el que no olvida saldar pequeñas deudas contraídas tiempo atrás con individuos socialmente insignificantes. La ceremonia de la coronación imperial tiene lugar en Bolonia a principios de 1530.
Regresa a España y poco después marcha a Francia en una misión, parece que de espionaje, cerca de la corte de Francisco I. Por poco tiempo, porque en 1531 se halla de nuevo en la Península asistiendo en Portugal a la boda de un sobrino (hijo del hermano comunero), boda que se celebra contra la voluntad del emperador. Este acto, generoso y desprendido como muchos de los suyos, cuesta al poeta la pérdida (temporal) del favor real. Y se paga con un breve destierro en una isla del Danubio.
Gracias a la influencia del amigo Fernando, duque de Alba, el destierro en el Danubio se convierte en una muy feliz estancia en Nápoles al servicio del virrey y, como está claro, en la recuperación del favor real. Estancia que se prolongaría hasta 1535, interrumpida por dos viajes a España. En el primero (1533), como lugarteniente del virrey, para llevar una documentación al emperador, que se halla en Barcelona; ocasión que aprovecha para revisar con Boscán la traducción de éste al castellano de El cortesano, de Castiglione, y escribir el prólogo.
En Nápoles, Garcilaso está en su ambiente. Conoce y trata a las personalidades más destacadas del renacimiento literario, entre ellas Bernardo Tasso y el cardenal Pietro Bembo, y luce su genio propio en una corte que goza del esplendor cultural que se iniciara con el rey aragonés Alfonso V. Allá compone sus mejores y últimas obras (varios sonetos y canciones, las tres Églogas y las dos Elegías). También se enamora de por lo menos una bella napolitana, que pasa, innominada, a la historia de la literatura.
Pero su otro ambiente le reclama. A mediados de 1535 forma parte de la armada napolitana que se dirige al norte de África para unirse a las tropas españolas. En julio los atacantes toman La Goleta y a continuación entran en Túnez. El 25 de noviembre regresan triunfalmente a Nápoles.
No permanece allá mucho tiempo. El emperador le requiere para ciertas misiones diplomáticas en Florencia, Milán y Génova, donde finalmente se reincorpora a las tropas españolas. Nombrado maestre de campo con mando sobre tres mil hombres, tiene el cometido de contener y rechazar los intentos franceses de entrar en Italia.
En Provenza, junto a la población de Le Muy, se encuentra con una fortaleza cuyos defensores se niegan a abandonar. Sin pensarlo mucho – o más bien nada – y con unos pocos seguidores, intenta superar la muralla con la ayuda de una escala. Una gran piedra lanzada desde arriba rompe la escala y el escalador cae mal herido. Unos días después muere en Niza.
Tenía 35 años. Es sabido que los elegidos de los dioses mueren jóvenes. Y Garcilaso lo era. Al menos, de los dioses del Parnaso.
Pero, ¿por qué mueren pronto? ¿Por qué muere joven Garcilaso? ¿Quién dictó la sentencia? Por una parte, parece significativo que hiciera testamento a los 28 años; aunque quizá esto fuese normal en un soldado. O quizá la clave del enigma se halla contenida en algunos pasajes de su propia obra.
En cualquier caso, ante el desenlace final, resulta inevitable recordar aquellas palabras del personaje de Borges:
“En el primer volumen de Parerga und paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio”.
A propósito de la reciente elección de cierto líder político mundial, que se manifiesta sin complejos como lo que podríamos llamar “un patán con dinero”, he pensado en la diferencia sustancial que existe entre la antigüedad clásica y nuestro tiempo en lo que se refiere a la valoración de la cultura por parte del poder.
Iba ya a empezar a divagar sobre el asunto cuando he recordado que en mi ensayo Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas, traté fugazmente del tema en unos párrafos que también trasladé a este blog. Me complazco en reproducirlos a continuación porque creo que se adecuan perfectamente a esta serie sobre la sabiduría clásica.
“Pero ¿tenía sensibilidad literaria el amo de Roma [Augusto]?
Una respuesta afirmativa a esta pregunta resultaría rara desde la perspectiva contemporánea, acostumbrada a líderes políticos semianalfabetos. Pero entonces no lo era en absoluto. Desde muy antiguo el político romano (que durante siglos no fue un ente aparte del ciudadano o del militar) solía ser un hombre no sólo instruido sino además amante de las letras y de algún tipo de conocimiento (agricultura, astronomía, historia, lingüística…).
El viejo Catón, ejemplo máximo de romano duro, opuesto a las blanduras de la influencia helenística, cónsul en 195 a.C., censor inflexible, escribió un tratado sobre la agricultura y varios libros sobre historia, que no se han conservado; Cicerón, orador, escritor magnífico y divulgador de la filosofía griega, gobernó la república como cónsul y nunca estuvo apartado (mientras se lo permitieron) de los asuntos públicos; Marco Terencio Varrón, político que ocupó diversos cargos, militar en la guerra civil al lado de Pompeyo y luego perdonado y recuperado por César, fue un famoso lingüista (De lingua latina) y autor de tratados sobre agricultura (Rerum rusticarum).
Pero no hay duda de que el caso más vistoso es el del mismo Julio César. Mientras no daba respiro a su ambición política, mientras dirigía la guerra de las Galias o la civil que le enfrentó a Pompeyo, César no dejó de escribir. Y no sólo las famosas crónicas bélicas, que por sí solas lo sitúan entre los mejores prosistas latinos, sino tambíen un tratado de gramática (De analogia) y por lo menos una tragedia (Edipo), que lamentablemente se han perdido. Y esta compaginación, tan extraña para los modernos, entre actividad política y excelencia cultural se mantuvo, al menos como desideratum, a lo largo de toda la época imperial hasta llegar al emperador-filósofo Marco Aurelio.
El mismo caso de Nerón, poeta y cantante frustrado, puede entenderse como una triste caricatura de aquella tendencia natural romana, sin olvidar que su consejero político durante años, Séneca, fue uno de los grandes escritores y filósofos de la época.
Bien, todo esto para decir que – a diferencia de lo que ocurre en nuestros tiempos – entre los romanos era normal que el máximo dirigente del estado tuviese sensibilidad literaria o artística y que, por lo tanto, es seguro que Augusto estaba en condiciones de apreciar la obra de Ovidio.»
Ausiàs March nació en 1397, o quizá en 1400, en la ciudad de Valencia, o quizá en la de Gandía. Era hijo de Pere March, descendiente de una rica familia catalana, servidora directa de la realeza – altos funcionarios, diríamos hoy -, que había sido ennoblecida en 1360. Tanto el padre como el tío Jaume, jefe de la rama familiar que había permanecido en Cataluña, eran hombres de letras y apreciados poetas.
Entre los 15 y los 18 años prestó servicios en la corte ducal de Gandía, donde prosiguió su formación tanto en el campo de las armas como en el de las letras, siguiendo en esto la tradición familiar.
Investido caballero en 1420, formó parte de la armada del rey Alfonso el Magnánimo y participó en la primera campaña italiana, combatiendo en Cerdeña y Córcega. Regresó a Valencia (dícese que aquella navegación de regreso le inspiró el bellísimo poema Veles e vents), mientras el rey Alfonso permanecía en Italia, donde acabaría convirtiendo Nápoles en la capital de hecho de la Corona de Aragón, rodeado de una corte de artistas y poetas, ya plenamente renacentista.
Tres años después Ausiàs participó en la lucha contra los piratas norteafricanos. Fue la última de sus aventuras exteriores. Pasó el resto de su vida entre sus residencias de Gandía y Valencia, cuidando de sus intereses señoriales. Como premio por los servicios prestados, se le concedieron determinados derechos jurisdiccionales sobre sus señoríos y fue nombrado Halconero mayor del reino, cargo de gran relevancia en la época, que ostentó durante cinco años.Sus relaciones con el Duque de Gandía no eran buenas, y fueron empeorando hasta que el ducado paso a manos de don Carlos, Príncipe de Viana, heredero real de triste destino, amante de las letras y de la cultura humanística, con el que Ausiàs mantuvo una relación cordial.
Retirado de la vida militar, nuestro poeta se dedicó de pleno a lo suyo: la creación literaria, el enamoramiento o seducción de mujeres y la organización y explotación de sus señoríos. En esto último se mostró muy efectivo (como en lo demás, de acuerdo con los resultados): mejoró el rendimiento de las tierras, creando una acequia que aún lleva su nombre, introdujo el cultivo de la caña de azúcar y defendió sus derechos señoriales mediante pleitos – a los que era bastante aficionado – o por otros medios.
En 1439, hacia los cuarenta años de edad, contrajo matrimonio con Isabel Martorell, hermana de Joanot, el autor de la novela Tirant Lo Blanc, obrafamosa entre otras cosas por haber sido elogiada y salvada del fuego en el escrutinio de la basura caballeresca que tiene lugar en el Don Quijote de Cervantes. Pero Isabel murió a los pocos meses.
En 1443 casó con Joana Escorna, quien murió al cabo de once años, dejando al poeta hondamente abatido, si es cierto, como se supone, que los Cants de Mort le están dedicados.
Tuvo cinco hijos – ninguno de ellos de sus dos matrimonios – a los que en cierto modo reconoció favoreciéndoles en el testamento, aunque uno ya le había precedido.
Ausiàs March murió en Valencia el 3 de marzo de 1459.
No obstante estar escrita en una lengua relativamente minoritaria en el mundo literario (si pensamos por ejemplo en el omnipresente italiano de Dante, Petrarca, Boccaccio, etc.), la obra de Ausiás March alcanzó pronto amplia resonancia. Ya en vida fue reconocido y seguido e imitado. El Marqués de Santillana, que lo conoció personalmente en la corte de Barcelona, escribió de él: “Mosén Ausiás March, el qual aún bive, es grand trobador e omne de asaz elevado espíritu”. Décadas después, antes de que se publicase la primera traducción al castellano (1539), Garcilaso de la Vega muestra y reconoce su influencia, y así otros varios poetas hasta llegar a Quevedo. De hecho, habían de pasar varios siglos para que la poesía en lengua catalana volviese a alcanzar el nivel en que la había situado Ausiàs March.
Tengo entre mis notas unas líneas en francés cuya origen, dado mi peculiar modo de trabajar, me es imposible precisar ahora. Tanto da, lo que importa es el contenido, que suscribo por entero:
Le plus grand poète de langue catalane du XVe siècle, Ausiàs March, nous laissé une vaste oeuvre dont l’apparente hétérogénéité se résout dans l’exploration incessante de la nature de l’homme. La grandeur de sa poésie, à la beauté rude et violente, est d’avoir montré, au moyen d’images sombres et puissantes, les failles et les insuffisances de l’anthropologie médiévale et d’avoir su, par ces mêmes procédés poétiques, y apporter une réponse non pas théorique mais poétique, d’une puissance inégalée. La poésie d’Ausiàs March est un univers poétique sombre…
Nada que añadir.
Bueno, quizá una traducción:
“El poeta más grande en lengua catalana del siglo XV, Ausiàs March, nos ha dejado una vasta obra cuya aparente heterogeneidad se concreta en la exploración incesante de la naturaleza humana. La grandeza de su poesía, de una belleza ruda y violenta, consiste en haber mostrado, por medio de imágenes sombrías y potentes, los fallos y las insuficiencias de la antropología medieval y, por los mismos procedimientos poéticos, haber sabido aportar una respuesta no teórica sino poética, de una fuerza inigualada. La poesía de Ausiàs March es un universo poético sombrío…”
Y aquí, una de sus más bellas composiciones, cantada por otro poeta valenciano:
Doscientos años después de la conquista de tierras valencianas por catalanes y aragoneses, cuando las nuevas lenguas (catalán en la zona costera, más poblada; castellano en zonas del interior), están ya del todo asentadas, un caballero, descendiente de aquellos catalanes invasores, escribe:
Ffantasiant, Amor a mi descobrelos grans secrets c·als pus suptils amagae mon jorn clar als hòmens és nit fosca a visch de ço que persones no tasten.
El caballero se cree único. Único capaz de acceder a los grandes secretos que Amor oculta a las mentes más sutiles; único capaz de gozar del día claro, que para los demás es noche oscura; único capaz de alimentarse de manjares, que los demás ni siquiera prueban.
Se ha señalado esta actitud como la afirmación de una individualidad a ultranza frente a la incardinación absoluta del individuo en lo colectivo, propia de la Edad Media y de toda sociedad poco evolucionada. Pero yo creo que no solo se trata de eso. Voces personalísimas y subjetivas habían sido las de Petrarca y Dante, entre otras. Lo que distingue a nuestro caballero es, además de la fuerte conciencia de individualidad (Jo só aquest que em dic Ausiàs March), la convicción de que nadie está a su altura en el conocimiento – y goce y sufrimiento – de los secretos del espíritu y, sobre todo, del amor.
Orgullo, soberbia, sentido de la propia superioridad (social, intelectual y moral), espíritu analítico, profundidad, fantasía, melancolía, son rasgos que caracterizan al hombre llamado Ausiàs March.
Perteneciente a la baja nobleza, hijo de otro caballero también poeta, además de la formación propia de su estamento, tuvo una educación libresca, habitual en su ambiente familiar. Y así, al tiempo que vive plenamente la vida feudal en su fase de decadencia, da a luz una poesía difícilmente comparable con la que se escribe en su época.
La poesía de los trovadores, escrita en la lengua provenzal que había dominado (literariamente) extensas zonas geográficas, y que incluso había sido utilizada por poetas catalanes, aragoneses, italianos y hasta algún inglés, como el rey Ricardo Plantagenet, era ya cosa del pasado, si bien conservaba su prestigio. March parte de ella para adentrarse en otros mundos, allá donde se guardan los “grandes secretos”.
En realidad, la deuda con los poetas provenzales es escasa. En cuanto a la forma, prescinde de casi todos sus artificios formales, de su métrica elaboradísima, para conservar solo el decasílabo con cesura tras la cuarta sílaba, salvo en contadas composiciones.
Pero es en el fondo donde difiere claramente. El motivo central sigue siendo el mismo: la mujer, la dama amada por el poeta; el tratamiento y la intención son por completo diferentes. Para el provenzal, la dama es un ser adorable – en el sentido literal de la palabra – a la que canta su amor con independencia de cuál sea su realidad personal. Para March, la mujer amada es una persona real, que despierta en el poeta sentimientos encontrados – que él querría siempre espirituales – y que con frecuencia le decepciona.
Sentimientos encontrados, nunca mejor dicho. Porque todo el conocimiento literario adquirido, que le permite citar a Ovidio o Dante, y el filosófico, que ha aprendido en Aristóteles y los escolásticos, los aplica en exclusiva al análisis de los propios sentimientos, que están siempre en terrible contienda (Dintre meu sent terrible baralla, o bien, Ira i Amor dins mi van debatent).
La mayor parte de su obra, compuesta por 128 poemas, va dirigida a la amada – mejor dicho, a las amadas -, mujeres concretas a las que identifica con un senhal (recurso heredado de la lírica provenzal), como Plena de seny (llena de prudencia), Llir entre carts (lirio entre cardos), Mon darrer bé (mi último bien), Foll amor (loco amor), Amor, amor. Solo de la denominada Llir entre carts se ha podido establecer la identidad: una dama casada, de nombre Teresa Bou.
El poeta siente la necesidad de amar, y con un amor plenamente espiritual. Pero fracasa. Y es que el tipo de amor que pretende no se puede realizar. En esto quizá fueron más sabios los provenzales y los del dolce stil nuovo, piensa el comentarista de hoy, cuando se inventaban la dama para cultivar los propios sentimientos en el jardín particular del invento. March se las tiene que ver con personas de carne y hueso, a las que a veces reprocha el tener el cor deshonest o l’enteniment enferm.Además de por los amatorios, la obra de Ausiàs March está formada por otros grupos de poemas: los morales, en los que trata problemas teóricos relacionados con el bien, las limitaciones humanas, las teorías del amor; los de muerte, donde expresa el dolor provocado por la muerte de la amada (quizá una de las dos esposas), y finalmente el hondamente sentido Cant espiritual, en el que se dirige a Dios suplicando le de a conocer los caminos por los que un pecador como él puede acceder al perdón.
Y es que no hay duda de que Ausiàs March fue un perfecto pecador. La soberbia de un señor medieval, que a veces llega a la crueldad, la sensualidad, la lujuria de una masculinidad que no puede frenar (tuvo varios hijos, ninguno de los dos matrimonios) no se avienen con el mensaje de Cristo, algo desvirtuado por los usos sociales de la época, es cierto.
Solo el afán de escalar cimas espirituales le salva ante sí mismo, el ansia de buscar por el camino del amor los grandes secretos vedados al común de los mortales. Por doloroso que sea el ascenso. Porque sin ese dolor no puede vivir.
Y así, cuando el amor se ausenta, lo llama desesperado y hasta le ofrece su libertad de caballero indómito:
¿Qui·m tornarà lo temps de ma dolor
e·m furtarà la mia libertat?
Es evidente que el autor del Satiricón tuvo que ser una persona muy especial. Y lo fue, en efecto, si nos atenemos a las conclusiones de los investigadores que considero más atinadas. Y es que, como ya he procedido en otra ocasión, no siendo yo erudito, no tengo más remedio que dejarme guiar por el instinto poético – llamémoslo así – para ir tomando de acá y de allá los datos más fiables con que dibujar brevemente la personalidad y biografía del enigmático autor.
Tito Petronio Níger nació en Massilia, la actual Marsella, en la década de los años 20 del siglo I. No hay duda de que era de clase alta y muy culto. Ejerció con competencia los cargos de procónsul de Bitinia y de cónsul. Formó parte del círculo más próximo al emperador Nerón al que aconsejaba sobre todo en cuestiones estéticas; por este motivo el historiador Tácito lo califica de arbiter elegantiorum…pero dejemos que nos lo cuente el mismo Tácito:
Se pasaba el día durmiendo y la noche en sus ocupaciones y en los placeres de la vida; al igual que a otros su actividad, a él lo había llevado a la fama su indolencia, pero no se lo tenía por un juerguista ni por un disipador, como a tantos que consumen sus patrimonios, sino por hombre de un lujo refinado. Sus dichos y hechos, cuanto más despreocupados y haciendo gala de no darse importancia, con tanto mayor agrado eran acogidos, por tomárselos como muestra de sencillez. Sin embargo, como procónsul de Bitinia y luego como cónsul se reveló hombre de carácter y a la altura de sus obligaciones. Después volvió de nuevo a los vicios, o a la imitación de los vicios, y fue acogido como árbitro de la elegancia en el restringido círculo de los íntimos de Nerón, quien, en su hartura, no reputaba agradable ni fino más que lo que Petronio le había aconsejado.
Uno no puede evitar el recuerdo de una novela y de una película. Me refiero, naturalmente, a Quo vadis , de Henryk Sienkiewicz , y a la película homónima dirigida por Mervin LeRoy en 1951. Pocas veces la literatura y el cine han reflejado la esencia de un personaje histórico de manera tan sugestiva, y sin que ello disculpe las evidentes flojedades de ambas obras, sobre todo de la película, aún más ñoña e históricamente falseada que la novela. Lo que no quita que el personaje de Petronio, interpretado por Leo Genn, sea todo un acierto. Pero volvamos al Petronio de verdad, si es que existió tal cosa.
En el texto de Tácito hay unas palabras que quizá nos proporcionen alguna pista sobre la clave del enigma del personaje. Dice que “volvió a los vicios, o a la imitación de los vicios” (vitiorum imitatione). ¿Qué significa esto? Dada la altura intelectual y estética de la persona en cuestión no es posible que signifique que se dedicaba a imitar los vicios de los demás. Más bien querrá decir que, a diferencia de toda aquella gente a la que trataba, que vivía sumergida, anulada, por el peso de los vicios, él los practicaba con cierto distanciamiento estético, los imitaba, es decir, los fingía. Como si todo aquello no fuese más que un juego para él, una comedia.
La vida como juego, como comedia en la que uno elige el papel y hasta escribe, en lo posible, el texto; ésta es la clave, creo yo, que aclara el enigma del hombre llamado Petronio. Un juego peligroso, muy peligroso, porque, dada su situación tan próxima al tirano, cualquier desliz, cualquier gesto, cualquier palabra mal calculada podía tener fatales consecuencias.
Pero al hombre que concibe la vida como juego el riesgo no le arredra, sino que le estimula. Y así, en los últimos tiempos estuvo jugando al ratón y al gato con Tigelino, jefe de la guardia imperial y que, como persona, representaba el polo opuesto de nuestro árbitro de la elegancia. Hasta que perdió.
Pero aún en los peores momentos, el que gobierna su vida, como diría Séneca, sabe mantener el mando. Y así, el gran jugador, el esteta exquisito, quiso obsequiar a sus amigos con la última y más depurada muestra de su arte. Imaginemos la escena siguiendo las palabras de Tácito.
Pero no se quitó la vida precipitadamente, sino que tras cortarse las venas, se las ligó y se las volvió a abrir de nuevo según le vino en gana, mientras hablaba a sus amigos, no en términos serios o que le procuraran fama de valeroso; y escuchaba lo que le decían, que no era nada acerca de la inmortalidad del alma y de las opiniones de los filósofos, sino canciones ligeras y versos ocasionales. A sus siervos, a unos les hizo larguezas y a otros le dio de azotes. Se puso a la mesa y se entregó al sueño para que su muerte, aunque forzada, se pareciera a la natural.
Nada de gestos melodramáticos, nada de sentencias profundas, sólo canciones ligeras y versos de circunstancias.
Apenas sabemos quién era en realidad Petronio. Pero quizá sea más interesante preguntarse qué era. ¿Un filósofo? ¿Un poeta? ¿Un dandy? Algo de todo ello tendría, sin duda. Aunque quizá no fuera exactamente nada de eso, quizá fuera solo él mismo, es decir, un hombre más sabio que todos aquellos que son solo filósofos o solo poetas. Un hombre que se niega a aceptar pasivamente el juego absurdo que el destino impone y que decide jugar, de igual e igual, con él.
Uno de los escritores más enigmáticos de la historia de la literatura es sin duda Petronio. Nada de él sabemos con seguridad. Ni el nombre (¿Petronio Arbiter? ¿Gayo Petronio Níger? ¿Tito Petronio Níger?); ni si es en realidad autor de la obra que se le atribuye; ni si su personalidad y biografía son las referidas por Tácito a un político y cortesano de Nerón, al que, por cierto, el historiador no menciona como autor de la famosa obra… Lo único que está claro es que esa famosa obra que se le atribuye (pero, ¿a quién?) es absolutamente genial y yo diría que única en la literatura universal.
Nos ha llegado con el título de Satiricón, sobre cuyo significado hay diversas teorías. Pero este pequeño problema, junto con los antes aludidos sobre la identidad del autor y la época de composición, no son nada comparados con el que el que en realidad más puede perturbar al lector. Y es que la obra no está completa. Solo se han conservado varios fragmentos breves y uno de extensión considerable en el que se narra la famosa cena de Trimalción.
La acción – de lo que se conserva – se inicia en una “ciudad griega” del sur de Italia, quizá Nápoles. Encolpio, joven por lo que se ve instruido y, por lo que enseguida se verá, loco por su amante pero víctima de un maleficio divino que está anulando su virilidad, discute acaloradamente de literatura y educación con el profesor de retórica Agamenón, cuando de pronto comprueba que su amigo Ascilto ha desaparecido, sin duda con su amadísimo joven Gitón. Loco de celos, va en busca de los dos.
Después de unas escenas de encuentro, celos, disputas y reconciliación, vemos a los tres en el mercado donde, tras recuperar una prenda preciosa por su contenido, son conducidos por una doncella a la casa de Quartila, sacerdotisa, parece, de Príapo, que los somete a continuos y agotadores abusos sexuales…
Estando en los baños, son invitados a la cena que ofrece Trimalción en su mansión de liberto rico, grotescamente decorada con recargados adornos, en compañía de numerosos invitados, también libertos y nuevos ricos como el anfitrión. Empiezan a aparecer platos con los manjares más diversos, disfrazados de las más curiosas maneras; se reparten regalos valiosos; hay una pantomima en la que se cazan los animales que se han de comer; del techo caen sofisticados obsequios; no faltan los homeristas y músicos en general… Trimalción, como anfitrión, domina la escena; grosero e ignorante, se las da de persona culta, al igual que muchos de los comensales. Ascilto no puede contener la risa y los comentarios sarcásticos acerca del espectáculo, lo que le vale el ataque furioso de uno de los comensales, Hermerote, quien a su modo, vulgar e incoherente, expresa las razones de la rabia que le produce la actitud de Ascilto y Encolpio: la de unos jóvenes instruidos y de buena familia que se creen por encima de los que han tenido que salir adelante por el propio esfuerzo. La escena culmina con la parodia de los funerales de Trimalción, durante la cual los gritos y aullidos de pesar provocan la aparición de los vigilantes del fuego (bomberos), que lo dejan todo perdido de agua.
En la confusión los tres amigos (Encolpio, Ascilto y Gitón) se escapan, y enseguida vuelven a los celos y las disputas. Encolpio se va solo, y conoce a un nuevo e interesante personaje, Eumolpo, quien, tras un vehemente discurso sobre la actual situación de las artes, le recita su poema sobre la destrucción de Troya, lo que le vale una lluvia de piedras de los presentes. Reaparece Gitón, y de nuevo las escenas de celos. Finalmente, los tres se embarcan en un nave que…
Y así se van encadenando las fases de una historia, que la condición fragmentaria del texto priva de algo parecido a un final.
La mayoría de los eruditos sitúan la composición de la obra en los años 60 del siglo I, bajo Nerón. Y el relato ofrece, en efecto, un cuadro totalmente fresco y desinhibido de ciertos sectores de la sociedad de la época. La originalidad – sobre todo teniendo en cuenta la época – es absoluta, aunque beba a veces de las fuentes de la antigua narrativa helenística. Para empezar, constituye la primera obra que puede calificarse de “novela” de acuerdo con los criterios modernos. También la primera que se puede encuadrar en el género picaresco, en cuanto relato realista y satírico de las aventuras de un joven desclasado (está narrado en primera persona por el protagonista Encolpio), de mirada irónica y algo distanciada.
Las virtudes de la obra son varias y de distinta naturaleza: la lengua en que en que está escrita es un latín perfecto en las palabras del narrador (joven culto) y llena de coloquialismos y vulgarismos cuando hablan ciertos personajes, hasta el extremo de que el texto se considera una fuente valiosa para el conocimiento del latín vulgar, comparable a los grafiti de Pompeya; la presentación de los personajes se consigue sin ninguna descripción, solo por sus actitudes y palabras; los cuentos que se insertan – narrados por diversos personajes – son un alarde de psicología (La matrona de Éfeso) y de fino humor, con hilarante final en el caso de El muchacho de Pérgamo; en muchos aspectos constituye una sátira o denuncia del estado de la literatura, la educación y la cultura en general, incluyendo un largo fragmento en verso en el que se parodia a Lucano. En fin, que uno no acabaría de enumerar las maravillas de la obra. (Continúa)
10-II-58 La música aporta los consuelos de la filosofía sin las estrecheces de la dialéctica, sin la desazón de las conclusiones. No expresa ideas, siembra sentimientos.
28-VIII-58
Procuro ser metafísico en el más estricto sentido de la palabra. En lo exterior trato de hallar la fantástica verdad de los objetos, de la que sólo son un símbolo. En lo interior, procuro agitar las más puras y místicas emociones, los sentimientos más vírgenes
8-X-58
Revestimos a una criatura de las mejores galas y le hacemos objeto de nuestro amor. Y cuando, desnuda, la contemplamos, achacamos a ella nuestra desilusión…
17-X-58
No hay más sentimiento que el sentimiento de sí mismo. No existe más amor que el amor propio. Toda pasión prende en el fuego del egoísmo. Nada cierto hay fuera, mientras que dentro conviven hermanas una inmensa soberbia con un consciente desprecio de uno mismo.
7-II-59
Es el genio, como siempre, lo que me cautiva. Nunca busco la obra, sino a su autor. ¡Y qué emoción reconocerme en él!
31-III-59
Es difícil – es imposible – que una obra propia nos satisfaga. Esto impulsa hacia la perfección, pero puede sembrar el camino de desaliento. Y sin embargo ¿qué más puede pedir nuestro orgullo sino que sea aplaudida una obra nuestra de la que no estamos satisfechos?
27-IV-59
Cuanto más lo pienso más me parece Goethe algo exóticamente perfecto. No con perfección utópico-racionalista sino con esa que produce el haber llegado allí adonde uno por su naturaleza está impulsado a llegar.
15-III-60 X
La falta de orden, de cierto método en el modo de vivir, resalta el aspecto extraño de la existencia. En cuanto deja uno de ser pieza perfecta y se abandona a íntimos y desconocidos impulsos, pierde el mundo su semblante sereno. Entonces se convierte uno en espectador; en trágico espectador, porque como se ha evadido al ritmo que todo lo llena, no percibe la música, y la danza le parece algo grotesco y descabellado, cruel. La solución estaría en unirse al ritmo sin perder la condición contemplativa. Pero esto es imposible. En cuanto uno se incorpora a la danza, nada comprende, de puro lógico y normal que lo encuentra todo.
3-X-60
Cansado de estudiar, leo Oscar Wilde: “El alma del hombre bajo el socialismo”. Grandes verdades, gran personalidad la de Oscar.
14-X-60
Frecuentemente convierto mi seriedad en timidez, sin embargo, si consigo mantenerme en mi natural postura ante el más extraño, llego a intimidarlo.
27-X-60
Si esta incapacidad de socializarme y de estar a lo exterior tuviera su compensación en mi mundo interior ¡Magnífico!… Pero no. Apenas soy nada para mí, siquiera. Y entonces ¿por qué esta ambición que me dice poderlo todo?
……….
Mi espíritu está enfermo y conozco su mal: Una sobrecarga de inhibición. Como si todo lo apto de ser puesto en práctica pasase por el severísimo tamiz de una reflexión semiconsciente y fuera condenado. El exceso de reflexión que en la sangre llevo me impide la acción. El alcohol suele ser en este aspecto una excelente antitoxina… A veces, bebido, he pensado que el mundo normal de los otros debe ser como el mío cuando llevo unas copas de más…
14-XI-60
Debiera: olvidar mis defectos; dedicarme ingenuamente a cuanto me interesa; fomentar la alegría interna; realizarme en actos. Pero al considerarme incapaz de todo esto, peco ya contra el primer propósito.
18-XI-60
Por la noche, seis de los Maristas en el Dauphine de P. a la manifestación teatral del Comedia. Poca gente. Lo más pacífico del mundo. Pero llega la policía y lo estropea todo. Se llevan al organizador a comisaría, y dispersan al resto fusil en mano… Pasamos por la jefatura pero no está aquél.
25-XI-60
Con la carta, se reaviva el problema religioso. Mañana me espera A. y su rollo. Los del Opus me tienen frito. Sus ideales no son los míos.
Es preciso pasar de una postura ética a otra estética. Una visión “clásica” del mundo, inocente. Puestos el principio del Mal y el principio del Bien en constante lucha nada se puede avanzar. Todo queda reducido a una estéril y suicida guerra civil. Hay que acabar con esta clase de valores contrapuestos.
26-XI-60
Pienso que:
La sinceridad absoluta es barbarie.
La Religión es un presentimiento de la Ciencia Total.
La bondad de una persona no tiene que ver con la religión, sino con el carácter.
El amor es el símbolo espiritual en el que la naturaleza se expresa.
El artista que se ignora es el que produce más libremente. A Shakespeare no se le ocurriría nunca quemar su obra.
Buscar una justificación moral al mundo es empezar a construir por el tejado.
Definir es definirse.
“Todo lo grande educa”.
Un hombre civilizado, solo y desnudo, en una selva virgen, es un rey… entre republicanos.
Los hombre piensan conforme a lo que son. Y no son conforme a lo que piensan.
Constantemente se engaña el hombre respecto a su futuro. Gracias a esto vive.
La Divinidad no es un Ser caprichoso: Todo lo que es, es necesariamente.
16-XII-60
“Calígula” de Camus. Medio lectura, medio representación. Y luego coloquio. Para mí, Quereas ha alcanzado una altura superior a la de Calígula. Calígula representa el retroceso a un idealismo romántico destructivo. Es un romanticismo lógico. Pero se habla demasiado del rigor lógico de este personaje que le lleva a su propia destrucción. La Naturaleza también tiene su lógica. Y nunca se equivoca.
23-XII-60
¡Adelante! ¿Por qué? ¡Adelante!
“Ce qui sauve c’est de faire un pas”
28-XII-60
“T. des H.” Antoine de Saint-Exupery sereno, majestuoso, tierno, íntimo. Un artista equilibrado, seguro. En resumen, un hombre inteligente y sensible que, identificado con su actividad, siente que la vida tiene un sentido.
31-XII-60
De aquél “Cada país tiene el gobierno que se merece” podría seguirse el corolario de que “en España sólo hay un hombre” o al menos, que así merezca ser llamado… ¿Y Bruto?
6-I-61
No hay horas más terriblemente dulzonas que las pasadas alegremente entre los mayores. Todo en ellos es pasado.
No hay serenidad tan perfecta como la que alcanza una mediana inteligencia provista de mucho sentido común y de escasa instrucción.
La ancianidad tiene memoria; la juventud esperanza. Pero todos ansían lograr la dicha en este mundo.
7-I-61
Todo es fracaso, lamento… y esperanza. No surge la nueva vida. Tal vez exija una lenta y constante elaboración. Todo queda para mañana, siempre… Y el mañana se burla de nosotros convirtiéndose en escurridizo presente.
9-XII-61
Una misma realidad puede ser captada igualmente por las inteligencias de todo el mundo. Pero a todas les afecta de desigual modo. En unas será simple dato; misión, en otras…El Dios de los pobres ha fulminado sobre S. el rayo de su gracia. La injusticia social – la radical injusticia social – ya no es dato, sino vergonzosa, humillante, lasciva presencia.
10-I-61
He acabado Terre des Hommes. La mejor prosa francesa que por ahora he leído. Y además he ahí un espíritu singular. Firme, sereno, clásico; y al mismo tiempo, tierno, humano.
………………………
Copio “Quand nous prendrons conscience de notre rôle, même le plus effacé, alons seulement nous serons hereux. Alors seulement nou pourrons vivre en paix et mourir en paix, car ce qui donne un sens a la vie donne un sens a la mort.”
28-I-61
Termino “Los españoles en la literatura” de Menéndez Pidal. Queda clara la constante que señala la historia literaria española: realismo, sobriedad, moralismo, arte mayoritario. Que también podrían ser llamados: falta de imaginación, pobreza, estrechez, vulgaridad…
6-II-61
Todo espiritualismo aséptico es una monstruosidad. Pensar sobre el pensamiento conduce a la nada absoluta. Es el mundo material el único camino para hallar un sentido al fenómeno humano.
22-II-61
Decididamente no es posible lograr una determinada personalidad sobre la inapetencia absoluta. Hay que situarse. Tomar partido. Contemplar la vida desde un ángulo preciso. Hacerse con algo consistente – una vocación, una idea – que nos amarre a esta existencia.
23-III-61
Nada más arriesgado que ver claro; nada más incómodo que obrar en consecuencia.
Siempre están los que sirven a las ideas y los que se sirven de ellas.
Mientras haya un pobre, no se puede ser rico; mientras haya un desdichado, no se puede ser feliz. Esto sería, en lo social, la fiel expresión del pensamiento de Cristo.
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La conciencia social nace de la individual y la transciende. Es la Humanidad que traba conocimiento consigo misma y se avergüenza de su condición. A estas alturas, una Humanidad sin conciencia sería un árbol seco, su destino, el fuego… Pero hay quienes tienen interés en que esta conciencia no progrese porque no saque a la luz sus ruindades.
Servir a la Verdad es integrarse en la línea recta que va de la primera explosión de Materia a la divina plenitud del Todo. Todas las demás son líneas muertas de problemático sentido.
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Dos fuerzas políticas hay en el mundo: una lógica y ofensiva, y otra tradicional y defensiva. De su lucha ha de resultar o la total victoria de la primera, o una síntesis superior. La segunda está condenada a perecer… o a hacer que perezca Todo.
21-IV-61
Va bien lo de Cuba. Castro se impone. Deben irse acostumbrando los americanos a contemplar cómo sus dominios se les escapan de las manos. La subversión mundial ya no es sólo de clases pobres contra ricas, sino de naciones subdesarrolladas contra naciones capitalistas.
30-IV-61
El amor propio es un arma de doble filo. Tan pronto sirve para avanzar, como para aniquilarse uno mismo.
El hombre es un animal que investiga. Cuando todo lo sepa no tendrá ya razón de ser.
19-I-61
Sigo leyendo “El pensamiento de Marx”. Hecha la crítica de la alienación religiosa y de la filosófica, me hallo en plena crítica de la alienación política, del mundo profano. Su lógica me parece implacable. Algunas cosas no llego a entenderlas del todo, sin embargo el gran lío viene cuando el jesuita critica al propio Marx, entonces no hay quien se aclare.
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Hay un solo punto donde todas mis esperanzas en torno a la filosofía, a la ciencia y a la religión se concentran. Este punto se llama Teilhard de Chardin.
10-XI-61
Pierdo mucho tiempo. Me desespero porque nada coherente veo dentro de mí. Entonces clamo al Cielo para que imponga un orden progresivo y eficaz. Pero el Cielo sigue obstinadamente vacío… ¿No fuiste tú mismo el que lo despojaste de sus atributos? ¿No fuiste tú el que le arrebataste sus dones para otorgárselos a la humilde tierra? Pero he aquí que el peso es excesivo para tus débiles hombros. Quisieras perseverar. Tomar la curva ascendente, serena, de perfecto equilibrio. Pero… las nuevas razones no te sirven, ellas no te proporcionan las fuerzas suficientes. Por eso ¿se impone bajar la cabeza y tornar humilde a la antigua fuente de la fe y de la esperanza?
1-XII-61
El socialismo en todas sus clases y formas reduce al hombre presente a un ser de necesidades. Eso está bien. Ya es un paso adelante respecto al utópico ser de derechos. Pero, estas necesidades satisfechas – sea mañana, sea dentro de un montón de siglos – ¿cuál será entonces la tarea? Nos hallamos ante un artífice que construye delicada y tenazmente una máquina para que luego, cuando ya esté concluida, se dé cuenta de que no sabe para qué sirve. Este vacío debía haberlo llenado el socialismo materialista: redimido el hombre de su mundo miserable de necesidades insatisfechas, ¿cuál será su misión y su fin?
10-I-62
Necesito para contemplarme a mí mismo la perspectiva del espectador. Solo entonces llega a inspirarme el caso cierta simpatía.
28-II-62
Hay dos clases de personas que soporto difícilmente: los frívolos y los que gustan de dramatizar.
28-II-62
Sigo leyendo “El Conocimiento humano”. Russell me ha resultado un simple mecanicista. En serlo acierta, pero opino que no acierta en serlo simplemente. ¿No se pueden considerar las cosas bajo otro aspecto? Afirma que todo, incluso los más sublimes misterio de la vida y del espíritu pueden explicarse mediante procesos físico-químicos. Cierto. Pero esos procesos físico-químicos ¿cómo se explican? Y en todo caso habría que admitir una dirección latente en tales procesos que ha llegado a producir a lo largo de la evolución la Humanidad actual. ¿Casualidad? Tal vez, pero un azar que logra resultados tan complejos es ciertamente sorprendente. ¿Que tales procesos llevan por su propia esencia – o mediante la labor de la selección natural – a niveles siempre más complejos y elevados? Bueno ¿y no estaríamos entonces ante la fuerza psíquica rectora de la evolución de que nos habla Teilhard de Chardin?
17-III-62
Ningún juicio es puramente racional, en cuanto que no existe una razón humana que opere completamente independiente de los presupuestos físicos y socio-psicológicos del mismo individuo. El pensar, más que a las leyes de una lógica, obedece a las leyes de una causalidad. Pues no existen premisas sino causas.
…………………………….
Cada vez me va resultando más difícil no advertir, por doquier, una finalidad. El absurdo aparente nada puede ya en mí contra esta convicción nada lógica, no sé de dónde nacida.
1-V-62
Estudio en casa. Y a la Universidad. Manifestación de adhesión a Asturias. Entra la policía. Me va de poco. Corro. Cogen a unos cuantos. Nueva experiencia…
22-V-62
Continúa la tensión política. Crecen las huelgas, según informes.
Los “grises” entraron otra vez en la Universidad – yo no estaba – y cogieron a mansalva. S. fue a la comisaría pero salió enseguida.
La otra noche fueron a buscar a M. a su casa. Sigue detenido, en la Modelo, según parece.
6-V-63
Podemos estar seguros de nuestras ideas, de nuestras creencias; de nuestros sentimientos, no.
El teléfono suena, y el ánimo se sobresalta. Tal vez sea esta la llamada que ha de cambiarlo todo. ¡Vana esperanza!
Uno es libre de hacer lo que quiera, se dice. Nada más falso. Uno es solo libre de hacer lo que hace.
El hombre no es ni fin ni medio solo. Es fin en sí y medio al servicio del hombre.
25-V-63
La naturaleza cobra sentido en nosotros. Nuestro sentido consiste precisamente en dárselo a la naturaleza.
Antes de la aparición del pensamiento, la Naturaleza estaba muda. No podía expresarse más que por bruscos movimientos dictados por una voluntad subterránea.
Y nació el Verbo sobre la tierra. Y la tierra se expresa ya. Pero aún no sabe exactamente lo que busca.
15-VII-63
Y de repente la necesidad de escribir. De plasmar todo un mundo interior, de problemática coherencia. Los sueños suceden a los sueños, los deseos a los deseos, mientras fuera, otra vida – debe ser la auténtica – discurre. La vida de las luces y los acontecimientos. La que no se quisiera vivir.
3-IX-63
El desconocimiento del propio valer y de las propias fuerzas es el peor de los males… Te desconoces: o te sobreestimas o te subestimas, y es lo último lo más corriente y lo que más perjudica.
22-XI-64
Hace un año que asesinaron a Kennedy. Ya no me interesa la política. La política como ciencia. Ni la política como actividad humana. No me interesa en absoluto. ¿Estaba equivocado antes? ¿Lo estoy ahora? En el fondo, siempre ha sido lo mismo. Un interés forzado. Tenía que justificarme de algún modo. Ahora, no necesito justificación.
23-XI-64
A las 7 en la Fac. Reunión con mi grupo. Me siento obligado a definirme. Ahora que tan lejos me encuentro de toda definición. Pero no hay que fomentar el escepticismo entre los jóvenes.
11-XII-64
Pienso a veces que no llevo la vida de un hombre normal. No me interesa ser normal, por supuesto. Pero, ¿y si es que efectivamente no tengo capacidad para ello? ¿Y si mi anormalidad es por defecto y no por exceso?
8-III-65
Justa opinión la de Papini; si Leopardi hubiese sido todo lo pesimista que afirmaba ser, nunca hubiese escrito una línea.
4-IV-65
En un principio me habló Papini. Más tarde Goethe. Ahora me llama H.Miller. No me importa su mundo ni su anécdota. Lo que me interesa es su espíritu. Captar su fuerza. Esa fuerza misteriosa que logra el milagro de que un hombre desarrolle ante sí el tapete de la vida y se ponga a dar brincos sobre él. El genio del arte. El secreto de construir y descifrar símbolos. Y no desfallecer.
AMIEL, MARAÑÓN, EL DIARIO Y YO. FIN DE LAS CITAS:
19-IX-65
El Amiel de Marañón es un anormal bastante corriente. Veo muchos puntos de contacto entre su personalidad y la mía…
Pero no estoy de acuerdo en la separación tajante que hace Marañón entre Diario íntimo y vida activa. En mi caso el alumbramiento de mi Diario fue debido a la típica necesidad del adolescente, eso es cierto. También es cierto que en los momentos en que la actividad crecía, la necesidad de comunicarse con el Diario íntimo se debilitaba. Pero no es menos cierto que los momentos de alejamiento de estas páginas correspondían también, y de una manera inevitable, a períodos de radical inconsecuencia conmigo mismo. Esto está claro. ¿Cómo siendo novio de T. hubiera podido, cada día, confesarme a mí mismo que en realidad no la quería? ¿Cómo últimamente hubiera podido reconocer constantemente la carencia absoluta de sentido práctico de mi vida? Y sin embargo en esto he concedido en muchas ocasiones.
Creo que, aparte de la vertiente típicamente adolescente, característica de todo Diario íntimo, hay otra que no sólo no aparta el transcriptor de una vida activa, sino que constituye el fundamento inherente a toda actividad seria. Me refiero a la necesaria unidad de la personalidad. No creo – al menos éste es mi caso – que nadie pueda ser radicalmente insincero consigo mismo en las páginas de su Diario ya que, de serlo y no llevar una vida medianamente consecuente, el tormento que esto representaría sería insoportable. Lo que ocurre es que nadie o muy pocos llevan una vida medianamente racional y consecuente, y entonces, eso está claro, puede decirse que el Diario aparta al hombre de la vida. Pero es que esa no es vida, o al menos auténtica vida, sino simple actividad desquiciada, inconexa, sin sentido. Sólo del hombre que con perfecta tranquilidad de conciencia lleva o puede llevar un diario íntimo, podemos decir que vive de un modo auténtico, que vive una vida de hombre consciente.