ANTONIO MACHADO. El sol de la infancia II

machado placaAntonio Machado nació en Sevilla en 1875, segundo de seis hermanos, en el seno de una familia ilustrada de clase media. El padre había publicado varios estudios sobre folklore andaluz y gallego; el abuelo, Antonio Machado Núñez, era médico y profesor de ciencias naturales, ambos relacionados con Francisco Giner de los Ríos, director de la Institución Libre de Enseñanza.

El nombramiento del abuelo como profesor de la Universidad Central en 1883, determinó el traslado de toda la familia a Madrid. Allí Antonio realizó sus estudios – en los que nunca fue muy destacado – en dos institutos públicos y también en la Institución Libre de Enseñanza, donde confirmaría el ideario y, sobre todo, el talante liberal y progresista aprendidos en la familia. En 1893 murió el padre y dos años después el abuelo, con lo que la situación económica de los Machado, que nunca había sido boyante, se vio seriamente agravada. 

Junto con su hermano Manuel – con el que estuvo muy unido hasta el extraño pero hasta cierto punto comprensible desvío de éste casi al final – empezó a participar en la bohemia madrileña y se aficionó al teatro, llegando a interpretar algún pequeño papel. La vida material se resolvía como se podía, entre otras cosas colaborando en la preparación de un diccionario.

En 1899 viaja a París, donde Manuel, que le ha precedido y trabaja en la editorial Garnier como traductor, le ofrece un trabajo en la misma editorial. Allí conoce a los escritores Gómez Carrillo y Pío Baroja. El mismo año regresa a Madrid.

A los veinticinco años de edad, su vocación y sus intereses están ya muy claros. El 30 de marzo de 1901, publica por primera vez unos poemas, en la revista Electra.

En abril de 1902 vuelve a París, donde permanece unos pocos meses y entabla una buena amistad con Rubén Darío, maestro de la poesía modernista hispanoamericana. De regreso a Madrid, continúa escribiendo y participando en las tertulias literaria: entre sus amistades se cuentan Juan Ramón Jiménez y Valle-Inclán, con el que viaja unos días a Granada.

En 1903 se publica Soledades, su primer libro de poemas, que cuatro años después saldría de nuevo a la luz refundido y ampliado. Colabora en varias revistas y, en busca de una fuentes de ingresos segura, oposita a cátedra de instituto de francés. La consigue, y en 1907 se incorpora a la cátedra del instituto de bachillerato de Soria, el mismo año que se publica Soledades. Galerías. Otros poemas y que conoce a una niña de 13 años, Leonor Izquierdo, hecho que se puede calificar de central en la vida del hombre y del poeta.

Tras esperar el tiempo necesario para que la novia alcance la edad mínima legalmente exigida, en julio de 1909 se celebra la boda entre Leonor, de 15 años, y Antonio de 34. Pensaban viajar a Barcelona, pero las noticias sobre la revuelta popular (Semana Trágica), hace que cambien el destino por Fuenterrabía.

En 1911, Machado obtiene una subvención de la Junta de Ampliación de Estudios para estudiar filología francesa en París, y allí renueva su amistad con Rubén Darío y asiste a unas clases del filósofo Bergson, que le dejan profundamente impresionado. Y de pronto, Leonor enferma gravemente: tuberculosis. En septiembre regresan a Soria. Al año siguiente, casi al mismo tiempo que se publica Campos de Castilla, muere Leonor (Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería…) y Machado decide abandonar Soria.

Se traslada a Baeza, donde durante siete años enseña gramática francesa en el instituto de bachillerato. Son años de escasa producción poética, de más inclinación a lo filosófico, tiempos en que el oro de ayer, se le está transmutando en monedas de cobre. Incluso estudia por libre filosofía y se licencia en 1918. 

Por estos años, sobre todo a partir de la publicación de sus Poesías Completas en 1917, su prestigio como poeta queda sólidamente asentado. Y también como intelectual, en el ámbito de la llamada Generación del 98. Se trata, personalmente o por carta, con Azorín y Unamuno, entre otros. Pero no será hasta su traslado a Segovia en 1919 cuando, en un ambiente más propicio y con la cercanía de Madrid, podrá intensificar sus contactos con lo más preeminente del la cultura española.

En 1924 se publican Nuevas Canciones. Y una vieja y querida afición se renueva en esta década: el teatro. En colaboración con su hermano Manuel escribe varias obras que obtienen un éxito notable de crítica y público, entre ellas Juan de MañaraLa Lola se va a los Puertos.

A finales de la década se produce en su obra un renacer poético-amoroso que tiene como destinataria la entonces misteriosa Guiomar, cuya identidad quedó despejada años después – señora bien, casada, en busca de poeta delicado que nutra su alma sin comprometerla demasiado.

Y nunca olvida su empeño cívico – mejor llamarlo así que “político” -, siempre del lado de la libertad, la cultura y el progreso social, con el que colaboran, a su manera, los escritos de los “apócrifos” Abel Martín y Juan de Mairena. El momento más feliz en este sentido es el de su participación en el acto de izar la bandera de la República en el ayuntamiento de Segovia el 14 de abril de 1931.

En septiembre del mismo año consigue ser trasladado al Instituto Calderón de la Barca de Madrid. Los años siguientes son para Machado de una gran actividad social e intelectual. En el 32 se estrena la última de las obras teatrales escritas con Manuel (La Duquesa de Benamejí). En el 33 se publica la tercera edición de Poesías Completas. Escribe artículos en El Sol y en Diario de Madrid y protagoniza junto con Manuel las tertulias del café Varela. Y en la primavera de 1936, poco antes de que se produzca la rebelión militar – “Alzamiento Nacional”, según los textos escolares y oficiales de los siguientes cuarenta años – publica Juan de Mairena.

Tras el estallido de la guerra se traslada con su madre y su hermano José y familia a Valencia. No deja de escribir artículos, en especial del tipo de literatura que la situación demanda, y participa en el Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, al que concurren literatos de la talla de Neruda, Huidobro, André Malraux, Tristan Tzara, W.H. Auden, Octavio Paz, llyá Ehrenburg y un largo etcétera.

Y la guerra continúa. En abril del 38, antes de que los rebeldes alcancen el Mediterráneo y dividan en dos la zona republicana, los Machado, siempre a instancias del gobierno leal, se trasladan a Barcelona, donde, después de una breve estancia en el Hotel Majestic, se les instala en un palacete de la parte alta (Torre Castanyer), confiscado a sus aristocráticos propietarios. En poco menos de un año publica en La Vanguardia 26 artículos.

Pero el avance de las tropas de Franco es imparable. El 22 de enero de 1939, cuatro días antes de la caída de Barcelona, Antonio Machado y familia, con la compañía y ayuda de Joaquín Xirau (filósofo que se exiliaría y desarrollaría su carrera profesional en México), emprenden viaje hacia Francia, entre centenares de miles de fugitivos (refugiados). Tras pasar la frontera el 28 de enero con un sin fin de penalidades (a pie y bajo la lluvia y el frío), se detienen en la localidad costera de Cotlliure.

Acogido en un hotel junto con su familia, Antonio Machado, enfermo de cuerpo y alma, muere el 22 de febrero.

Sin duda los días previos al final fueron luminosos, en el cielo y en el mar. En un bolsillo del abrigo se encontró un papel con una linea escrita…

              estos días azules y este sol de la infancia

(De Los libros de mi vida. Lista B)

 

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PESSOA. Las personas del verso I

Pessoa es palabra portuguesa que significa persona. También es el apellido de un poeta. De un poeta que son varios, pues además de Fernando Pessoa están Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis, Bernardo Soares, y algún otro. Diferentes poetas de una sola persona verdadera. O más bien, diferentes personas en un solo poeta verdadero. La cosa es complicada, sí.

Existe la tentación de aplicar a esas personas – a esos nombres – el calificativo de seudónimos. Error. El seudónimo es solo el nombre, distinto del suyo propio, con que un escritor firma su obra.

Podrían calificarse de máscaras. Error. La máscara es la personalidad fingida que un escritor da al autor de sus propias obras, que no dejan de ser suyas en todos los aspectos.

El heterónimo, que es como se llaman las personas pessoanas, es una personalidad verdadera, no fingida, total. Con su biografía, su fecha de nacimiento y la de su muerte, si procede. Es poeta, con la excepción de Bernardo Soares.

Los heterónimos se distinguen entre sí y del ortónimo Pessoa – el supuesto creador – además de por la correspondiente trayectoria vital, porque cada uno tiene su voz propia, su tono; su pensamiento, que a veces no coincide, incluso se enfrenta con el del propio Pessoa. Hasta el extremo de que en ocasiones no está claro quién ha dado vida a quién. Escribe Pessoa:

Un día – era el 8 de marzo de 1914 -, me acerqué a una cómoda alta, cogí papel y comencé a escribir de pie, que es como escribo siempre que puedo. Y escribí treinta y tantos poemas uno tras otro, en una especie de éxtasis que no podría definir. Fue el día triunfal de mi vida, y nunca volveré a tener otro igual. Empecé con un título: O guardador de rebanhos. Y lo que vino después fue la aparición de alguien a quien dí enseguida el nombre de Alberto Caeiro. Pido perdón por lo absurdo de la frase: de mí había nacido mi maestro. Fue ésta la sensación inmediata que tuve.

Aquí pone Pessoa lugar y fecha al inicio de la gran explosión de heterónimos. Pero el impulso viene de muy antiguo:

Desde niño tuve la tendencia de crear a mi alrededor un mundo ficticio, de rodearme de amigos y conocidos que nunca existieron.

Y, contra lo que puede parecer normal, Pessoa no crea a sus poetas dotándoles primero de una apariencia física, de una biografía y de un carácter, sino que, antes de todo, conoce sus poemas, escucha sus versos y, a partir de ahí, va fluyendo, mostrándose, la figura, la manera de ser, el estilo, las ideas del heterónimo en cuestión. Y las influencias, que incluso pueden operar entre ellos. Y es que tanto Ricardo Reis como Álvaro de Campos reconocen de alguna manera la maestría de Alberto Caeiro. Pero vayamos por partes. ¿Quién es cada cual?

Alberto Caeiro nace en Lisboa en 1889 y muere en 1915. Sus estudios son primarios, casi inexistentes. Vive siempre en el campo. Su poesía es directa, ausente de artificios. A primera vista podría considerárse metafísica, pero es todo lo contrario: continuamente insiste en la ausencia de una realidad interior, de una explicación de las cosas, que no son más que lo que son:

El único sentido íntimo de las cosas / es que no tienen sentido íntimo ninguno.

Según cómo, parece panteísta, pero no lo es; más bien cabría calificarle como positivista. Un positivismo poético:

Pero si Dios es los árboles y las flores / y los montes y la luna y el sol / ¿para qué le llamo Dios? / Le llamo flores y árboles y montes y sol y luna.

Ricardo Reis nace en Oporto en 1887. Educado en los Jesuitas, médico de profesión. Monárquico, emigra a Brasil en 1919. Muestra en su obra una fuerte disciplina mental, vestida de música. Pagano de corazón, pretende actualizar la tradición latina:

No dio muerte a los dioses / el triste dios cristiano. / Cristo es solo un dios nuevo, / tal vez el que faltaba…

Son los mismos los dioses, siempre claros y calmos, / de eternidad repletos, / despreciándonos siempre.

Álvaro de Campos nace en Tavira en 1890. Ha estudiado ingeniería naval en Glasgow. Retirado en Lisboa, lleva una vida inactiva. Su poesía parece muy influida por la de Whitman. Es vanguardista, proclama su admiración por las máquinas y el progreso técnico y al mismo tiempo destaca el lado emotivo y sensacionista. Aunque todo ello no le lleva a renegar del magisterio de Caeiro. Gusta de expresar toda la emoción que Pessoa no ha puesto directamente en su propia obra ni en su vida, resultando a veces irritante para éste, su propio supuesto autor.

Bernardo Soares. Se ignoran datos biográficos. Quizá porque es el que más se parece al propio Pessoa. Afirma éste que Soares “es yo menos el raciocinio y la afectividad”, una “simple mutilación de mi personalidad”. No muestra obra poética. Pessoa le imputa la autoría del Libro del desasosiego, así llamado porque la inquietud y la incertidumbre son sus notas predominantes. El libro constituye, según el mismo autor “una confesión soñada de la inutilidad y dolorosa furia estéril de soñar”.

La obra conjunta de los heterónimos poetas, y parte de la del mismo ortónimo, se publicó en la revista Athena en 1924, bajo la denominación Drama em gente, llamada así porque según el autor (o recopilador) constituye un drama dividido no en actos sino en personas.  

Estos son los heterónimos pessoanos. Hay más, pero de corta trayectoria y no tan definidos. Estos son los heterónimos, sí. Pero ¿y Pessoa? ¿Quién es?   (continúa)

(De Los libros de mi vida. Lista B)

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PESSOA. Las personas del verso II

Fernando Pessoa nace en Lisboa en 1888. A los cinco años queda huérfano de padre (funcionario del ministerio de justicia y crítico musical) y, dos años después, la madre se casa por poderes con Joâo Miguel Rosa, cónsul en Durban (África del Sur), adonde se trasladan madre e hijo.

Estudia las primeras letras, en inglés (Durban pertenecía a la colonia británica de Natal), en un colegio de monjas irlandesas y en 1899 ingresa en la escuela secundaria de la misma ciudad.

En 1901, a los trece años, escribe sus primeros poemas, en inglés. Viaja con la familia a Portugal y a la vuelta, en 1903, ingresa en la Universidad de El Cabo, donde estudia poco tiempo; obtiene el premio Reina Victoria de ensayo en inglés. Se dedica sobre todo al estudio de los clásicos ingleses y latinos. Y sigue escribiendo, poesía y prosa, siempre en inglés, al tiempo que le asoman los primeros heterónimos.

En 1905 regresa, solo, a Portugal, donde permanecerá el resto de su vida. En Lisboa vive los primeros años en casa de parientes (tías y abuela) y, más tarde, en habitaciones alquiladas.

En estos años Pessoa siente ya de manera clara la angustia de sentirse solo, y de saberse diferente:

Por mis tendencia naturales, por las circunstancias que rodearon el comienzo de mi vida, por la influencia de los estudios hechos debido al impulso de todo eso… por todo ello mi carácter es del género interior, autocéntrico, mudo, no autosuficiente sino perdido en sí mismo. Toda mi vida [escribe esto hacia los veinte años] ha sido de pasividad y de sueño. Todo mi carácter consiste en el odio, en el horror por la incapacidad que impregna todo lo que soy, física y mentalmente, para actos decisivos, para pensamientos definidos. Jamás tomé una decisión nacida del autodominio, jamás saqué al exterior una voluntad consciente.

En 1906 se matricula en el Curso Superior de Letras de la Universidad de Lisboa, que abandona sin terminarlo. Un año después, con la pequeña herencia que recibe tras la muerte de la abuela Dionísia, intenta una aventura empresarial: una imprenta, que al poco tiempo quiebra. Se dedica entonces a la traducción y corresponsalía comerciales, para varias empresas, de forma autónoma, actividad que constituirá su único medio de vida.

En 1912 inicia la labor ensayística y crítica con varios artículos, que se publican en la revista A Águia, entre los que destaca “La nueva poesía portuguesa sociológicamente considerada”.

Aunque su vida social nunca llega a ser muy relevante, en esos años empieza a tratar a escritores más o menos conocidos y a frecuentar tertulias literarias, primero en el café A Brasileira, en el barrio del Chiado, y más tarde en el Martinho da Arcada, en la plaza Comércio. Son los años de la eclosión de los ismos de la vanguardia artística: el modernismo, el futurismo, el dadaísmo, y en las tertulias se debate sobre todo ello y sobre la nueva poesía portuguesa, entre cuyos máximos representantes está Sá-Carneiro – entonces apenas conocido -, gran amigo de Pessoa, con el que, en 1915, colabora para sacar adelante la revista Orpheu, introductora del modernismo en Portugal. Y también se bebe. Y Pessoa sobre todo vino, continuamente.

En marzo de 1914, sin haberlo convocado expresamente, se le aparece el primer heterónimo, Alberto Caeiro, poeta, y a continuación otros dos, Ricardo Reis y Álvaro de Campos, cuyas obras, sin embargo, no verán la luz debidamente hasta su publicación bajo el título Drama em gente, en 1924, en la revista Athena.

El historial amoroso de Pessoa es, por lo que se sabe, tan breve como atípico. En 1920 conoce a Ofélia Queiroz, joven de 19 años (él tiene 31), en una de las oficinas que él frecuenta y en la que ella trabaja como mecanógrafa y, hasta donde se puede decir tratándose de nuestro personaje, se enamora de ella, e incluso llega a plantearse el matrimonio. Pero en octubre del mismo año sufre una fuerte depresión y poco después rompe con Ofélia.

A finales de 1929 se reanuda el idilio, pero no pasan más de cuatro meses hasta que se produce la ruptura definitiva. Hay que destacar que en toda la historia tuvo su papel Álvaro de Campos, personaje odioso para Ofélia, a la que llegó a escribir cartas aconsejándole que dejase a Pessoa, e incluso en una ocasión se presentó a una cita sustituyendo al ortónimo.

La visión política de Pessoa no resulta menos atípica. Se define como liberal radical, antisocialista; defiende la dictadura militar que, en 1926, había derribado a la república que había derribado a la monarquía en 1910, pero se muestra contrario al Estado Novo de Oliveira Salazar, instaurado en 1933. Parece que lo que más le irritaba del nuevo mandatario era que fuese abstemio y que prohibiese la masonería y las sociedades secretas (además de la poesía, las grandes pasiones de Pessoa eran el ocultismo y la astrología). Pero no hay que tener esto muy en cuenta, ya se sabe que no hay nada tan absurdo como un poeta metido a político. Excepto un político metido a poeta, por supuesto. Pero esto, más que absurdo, es imposible, por lo menos en nuestros tiempos. 

En 1924 publica en la revista Athena Drama em gente, que contiene la obra poética de los tres heterónimos principales. De su propia obra en portugués, lo único que llega a publicarse en vida es Mensagem, en 1934, conjunto de poemas más bien oscuros, acordes con su afición ocultista y su “visión” política.

La considerable cantidad de escritos que quedaron inéditos a su muerte se han ido publicando póstumamente (y parece que aún quedan). Entre ellos destaca El libro del desasosiego, que atribuyó a su heterónimo Bernardo Soares, publicado en 1982.

Fernando Pessoa murió en un hospital, internado a consecuencia de un cólico hepático, el 30 de noviembre de 1935… a los treinta y cinco años exactos del día en que murió Oscar Wilde y cuatro años exactos antes del día en que nació el que esto ha escrito.

(Ahí dejo la última frase por si interesa a astrólogos, cabalistas, numerólogos u ocultistas en general).

(De Los libros de mi vida. Lista B)

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Fernando se explica a su querida Ofélia

«…mi vida gira en torno a mi obra literaria – buena o mala, que sea, o podría ser. Todo lo demás en la vida tiene un interés secundario para mí: hay cosas que, por supuesto, estimaría tener, y otras que da igual vengan o no vengan. Es necesario que todos los que me tratan se convenzan de que estoy bien así, y que requerir de mí sentimientos, de hecho muy dignos, propios de un hombre ordinario y trivial, es como exigirme tener los ojos azules y el pelo rubio. Y tratarme como si fuera otra persona no es la mejor manera de conservar mi afecto. Mejor tratar así a quien sea así, pero en este caso es “dirigirse a otra persona”, o algo parecido. Me gustas mucho -mucho- Ophelinha. Aprecio mucho -muchísimo- tu carácter y tus sentimientos. Si me caso, no me casaré más que contigo. La cuestión es saber si el matrimonio, el hogar (o como se le quiera llamar) son cosas compatibles con mi vida y pensamientos. Yo lo dudo. Por ahora, y en breve, quiero organizar esta vida mía de pensamiento y trabajo. Si no puedo organizarla, está claro que ni siquiera podría pensar en el matrimonio.»

 [Ver Pessoa, las personas del verso]

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La Nochebuena del poeta

Hace muchos años (¡como que yo tenía siete!) que, al obscurecer de un día de invierno, y después de rezar las tres Avemarías al toque de Oraciones, me dijo mi padre con voz solemne:

-Pedro: hoy no te acostarás a la misma hora que las gallinas: ya eres grande y debes cenar con tus padres y con tus hermanos mayores. Esta noche es Nochebuena.

Nunca olvidaré el regocijo con que escuché tales palabras.

¡Yo me acostaría tarde!

Dirigí una mirada de triunfo a aquellos de mis hermanos que eran más pequeños que yo, y me puse a discurrir el modo de contar en la escuela, después del día de Reyes, aquella primera aventura, aquella primera calaverada, aquella primera disipación de mi vida.

– II –

Eran ya las Ánimas, como se dice en mi pueblo.

¡En mi pueblo: a noventa leguas de Madrid: a mil leguas del mundo: en un pliegue de Sierra Nevada! ¡Aún me parece veros, padres y hermanos! Un enorme tronco de encina chisporroteaba en medio del hogar: la negra y ancha campana de la chimenea nos cobijaba: en los rincones estaban mis dos abuelas, que aquella noche se quedaban en nuestra casa a presidir la ceremonia de familia; en seguida se hallaban mis padres, luego nosotros, y entre nosotros, los criados…

Porque en aquella fiesta todos representábamos la Casa, y a todos debía calentarnos un mismo fuego.

Recuerdo, sí, que los criados estaban de pie y las criadas acurrucadas o de rodillas. Su respetuosa humildad les vedaba ocupar asiento.

Los gatos dormían en el centro del círculo, con la rabadilla vuelta a la lumbre.

Algunos copos de nieve caían por el cañón de la chimenea, ¡por aquel camino de los duendes! ¡Y el viento silbaba a lo lejos, hablándonos de los ausentes, de los pobres, de los caminantes!

Mi padre y mi hermana mayor tocaban el arpa, y yo los acompañaba, a pesar suyo, con una gran zambomba.

¿Conocéis la canción de los Aguinaldos, la que se canta en los pueblos que caen al Oriente del Mulhacem? Pues a esa música se redujo nuestro concierto. Las criadas se encargaron de la parte vocal, y cantaron coplas como la siguiente:

Esta noche es Nochebuena,

Y mañana Navidad;

Saca la bota, María,

Que me voy a emborrachar.

Y todo era bullicio; todo contento. Los roscos, los mantecados, el alajú, los dulces hechos por las monjas, el rosoli, el aguardiente de guindas circulaban de mano en mano… Y se hablaba de ir a la Misa del Gallo a las doce de la noche, y a los Pastores al romper el alba, y de hacer sorbete con la nieve que tapizaba el patio, y de ver el Nacimiento que habíamos puesto los muchachos en la torre…

De pronto, en medio de aquella alegría, llegó a mis oídos esta copla, cantada por mi abuela paterna:

La Nochebuena se viene,

La Nochebuena se va,

Y nosotros nos iremos

Y no volveremos más.

A pesar de mis pocos años, esta copla me heló el corazón.

Y era que se habían desplegado súbitamente ante mis ojos todos los horizontes melancólicos de la vida.

Fue aquel un rapto de intuición impropia de mi edad; fue milagroso presentimiento; fue un anuncio de los inefables tedios de la poesía; fue mi primera inspiración… Ello es que vi con una lucidez maravillosa el fatal destino de las tres generaciones allí juntas y que constituían mi familia. Ello es que mis abuelas, mis padres y mis hermanos me parecieron un ejército en marcha, cuya vanguardia entraba ya en la tumba, mientras que la retaguardia no había acabado de salir de la cuna. ¡Y aquellas tres generaciones componían un siglo! ¡Y todos los siglos habrían sido iguales! ¡Y el nuestro desaparecería como los otros, y como todos los que vinieran después!…

La Nochebuena se viene,

La Nochebuena se va…

Tal es la implacable monotonía del tiempo, el péndulo que oscila en el espacio, la indiferente repetición de los hechos, contrastando con nuestros leves años de peregrinación por la tierra…

¡Y nosotros nos iremos

Y no volveremos más!

¡Concepto horrible, sentencia cruel, cuya claridad terminante fue para mí como el primer aviso que me daba la muerte, como el primer gesto que me hacía desde la penumbra del porvenir! Entonces desfilaron ante mis ojos mil Nochesbuenas pasadas, mil hogares apagados, mil familias que habían cenado juntas y que ya no existían; otros niños, otras alegrías, otros cantos perdidos para siempre; los amores de mis abuelas, sus trajes abolidos, su juventud, los recuerdos que les asaltarían en aquel momento; la infancia de mis padres, la primera Nochebuena de mi familia; todas aquellas dichas de mi casa anteriores a mis siete años… ¡Y luego adiviné, y desfilaron también ante mis ojos mil Nochesbuenas más, que vendrían periódicamente, robándonos vida y esperanza; alegrías futuras en que no tendríamos parte todos los allí presentes, mis hermanos, que se esparcirían por la tierra; nuestros padres, que naturalmente morirían antes que nosotros; nosotros solos en la vida; el siglo XIX sustituido por el siglo XX; aquellas brasas hechas ceniza; mi juventud evaporada; mi ancianidad, mi sepultura, mi memoria póstuma, el olvido de mí; la indiferencia, la ingratitud con que mis nietos vivirían de mi sangre, reirían y gozarían, cuando los gusanos profanaran en mi cabeza el lugar en que entonces concebía todos aquellos pensamientos!…

Un río de lágrimas brotó de mis ojos. Se me preguntó por qué lloraba, y, como yo mismo no lo sabía, como no podía discernirlo claramente, como de manera alguna hubiera podido explicarlo, interpretose que tenía sueño y se me mandó acostar…

Lloré, pues, de nuevo con este motivo, y corrieron juntas, por consiguiente, mis primeras lágrimas filosóficas y mis últimas lágrimas pueriles, pudiendo hoy asegurar que aquella noche de insomnio, en que oí desde la cama el gozoso ruido de una cena a que yo no asistía por ser demasiado niño (según se creyó entonces), o por ser ya demasiado hombre (según deduzco yo ahora), fue una de las más amargas de mi vida.

Debí al cabo de dormirme, pues no recuerdo si quedaron o no en conversación la Misa del Gallo, la de los Pastores y el sorbete proyectado.

         Pedro Antonio de Alarcón   (Guadix, 1833 – Madrid, 1891)                                                                            

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Aperitivo Pessoa

Ante la proximidad de mi encuentro con Fernando Pessoa, he procedido, como suelo en ocasiones similares, a recoger la información que tengo en casa para luego ampliarla explorando redes internáuticas y bibliotecas. Y me he encontrado con un libro, editado en castellano en 1984, que lleva por título Libro del desasosiego de Bernardo Soares, traducido del original portugués por Ángel Crespo.

Como la mayoría de los míos, el libro contiene muchos subrayados propios. He leído algunas de las frases o párrafos marcados y he pensado que sería una buena introducción, a modo de aperitivo, exponerlos aquí unas semanas antes de que concluya y publique mi consabida entrada en el blog.

Hecho:

La inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiese pensar, se pararía.

                                                               *

Ser pesimista es tomar algo por trágico, y esa actitud es una exageración y una incomodidad.

                                                                       *

El derecho a vivir y a triunfar se conquista hoy con los mismos procedimientos con que se conquista el internamiento en un manicomio: la incapacidad de pensar, la amoralidad y la hiperexcitación.

                                                                       *

Una sola cosa me maravilla más que la estupidez con que la mayoría de los hombres vive su vida: es la inteligencia que hay en esa estupidez.

                                                                     *

Dormía, como si todo el universo fuese una equivocación.

                                                                    *

En verdad, no poseemos más que nuestras sensaciones: en ellas, pues, que no en lo que ellas ven, tenemos que fundamentar la realidad de nuestra vida.

                                                                  *

No es el tedio de la enfermedad del aburrimiento de no tener nada que hacer, sino la enfermedad mayor de sentirse que no vale la pena hacer nada. Y, siendo así, cuanto más hay que hacer, más tedio hay que sentir.

                                                                  *

Es tan difícil describir lo que se siente cuando se siente que realmente se existe.

                                                                    *

La mujer es una buena fuente de sueños. Nunca la toques.

                                                                   *

Si tocas tu sueño, morirá; el objeto tocado ocupará tu sensación.

                                                                   *

Cada uno de nosotros tiende hacia sí mismo con escala en los otros.

                                                                   *

Nuestras mayores tragedias suceden en la idea que nos hacemos de nosotros.

                                                                   *

Es noble ser tímido; ilustre, no saber hacer; grande, no tener habilidad para vivir.

                                                                  *

No sé qué sentido tiene este viaje que he sido forzado a hacer entre una noche y otra noche, en compañía del universo entero.

                                                                  *

La vida nos arroja como una piedra y vamos diciendo por el aire «por aquí me voy moviendo».

                                                                  *

Solo la debilidad extrema de la imaginación justifica que haya que desplazarse para sentir.

                                                                   *

La mayoría de los hombres vive con espontaneidad una vida ficticia y ajena. La mayoría de la gente es otra gente, dijo Oscar Wilde, y dijo bien.

                                                                   *

La ruina de los ideales clásicos ha hecho de todos artistas imposibles y, por lo tanto, malos artistas. Cuando el criterio del arte era la construcción sólida, la observancia cuidadosa de las reglas, pocos podían intentar ser artistas, y gran parte de estos son muy buenos. Pero cuando el arte pasó a ser tenido como expresión de sentimientos, cada cual podía ser artista porque todos tienen sentimientos.

                                                                    *

La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad.

                                                                    *

Manda quien no siente. Vence quien solo piensa en lo que necesita para vencer.

                                                                     *

Poseer es perder. Sentir sin poseer es guardar, porque es extraer la esencia de algo.

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El espectador pasmado

De vez en cuando, vuelvo a Valldoreix. A la casa que fue del padre, luego mía y ahora de la descendencia. En tales ocasiones suelo sustraerme durante algún rato de la familia para perderme solo por las calles y lugares de otros tiempos.

Hoy he pasado junto al viejo casino de la lejana infancia – vago rumor de risas de payasos y de bailes de mayores espiados por ojos infantiles -, que después, en la adolescencia y primera juventud, fue hotel y lugar de encuentros, escenario de temblores e ilusiones, donde la felicidad siempre estaba a punto de tocarse. Y hoy es triste geriátrico.

He descendido después por la calle que pasa junto al antiguo “colmado”, tienda de alimentos para veraneantes, y lo he visto convertido en algo que se le parece, sin ser lo mismo.

He girado a la derecha y he seguido caminando lentamente al tibio calor del sol invernal. Y he pasado ante el sendero, hoy cortado, que conducía al ensueño wertheriano. Y unos pasos después, en el cruce con la calle que, hacia la derecha, me había de devolver a la casa de ayer y de hoy, me he detenido.

Cara al verde intenso de los pinos y a la montaña próxima – escenario de tantas incursiones adolescentes, solitarias y colectivas –, he permanecido inmóvil, como pasmado. Y he estado pensando en cosas de aquel tiempo.

Y entonces he despertado. ¿Qué hago yo aquí? No hay nada de aquello, nada de lo que fue mi mundo. Nada, nada. Me obstino en seguir contemplando el espectáculo, pero el telón está bajado. Hace tiempo que  la función terminó.

Es hora ya de que abandone la butaca.

Dedicado a Mati, Juan, Julita, Pep, María José, José Arturo, y a cuantos personajes de la antigua escena pasen por aquí.

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PIRANDELLO. Ser o parecer I

Imagino que, como hombre de teatro, Luigi Pirandello habría presenciado, o incluso dirigido, muchas audiencias (castings) para la selección de actores. Pero solo a él entre la multitud de hombres de teatro o escritores en general se le había ocurrido realizar audiencias para la selección de los personajes de sus cuentos y novelas, que no habían de encarnarse en un escenario. O así lo afirma en su relato La tragedia de un personaje, escrito en 1911.

Si el genio existe, cosa que muchos niegan dejándolo todo al albur del esfuerzo, la perseverancia, la transpiración, etc., – virtudes de las que no carecía el bobo de Sísifo -, no puede consistir en otra cosa que en la capacidad de descubrir aspectos y relaciones que los adictos a la actividad reglada no pueden de ninguna manera descubrir.

Y con frecuencia esos descubrimientos geniales no son del todo solitarios. En el artículo Pirandello y yo, publicado en 1923 en La Nación, de Buenos Aires, Unamuno escribe:

Es un fenómeno curioso y que se ha dado muchas veces en la historia de la literatura, del arte, de la ciencia o de la filosofía, el que dos espíritus, sin conocerse ni conocer sus sendas obras, sin ponerse en relación el uno con el otro, hayan perseguido un mismo camino y hayan tramado análogas concepciones o llegado a los mismos resultados. Diríase que es algo que flota en el ambiente. O mejor, algo que late en las profundidades de la historia y que busca quien lo revele.

El descubrimiento que realizan simultáneamente Pirandello y Unamuno, desconociéndose entre sí, y que provoca la reflexión del último, consiste en la necesaria y radical autonomía del personaje literario de “ficción”. Cierto que esto ya se apunta en Cervantes, quien en la segunda parte del Quijote sitúa a sus dos protagonistas moviéndose libremente entre los lectores de la primera, pero había de llegar la época de la descomposición del yo, que sigue siendo la nuestra, para que la cosa surgiese de manera clara y brillante, desde “las profundidades de la historia”, de la mano de un italiano y un español (o de un siciliano y un vasco), gente poco dada en principio a las elucubraciones de la filosofía, aunque sí a las verdades del arte.

Hablar de “verdad” a propósito de Pirandello parece una incongruencia, porque nadie como él se ha aplicado tanto en profundizar y mostrar las múltiples facetas (¿identidades?) de los seres humanos, de manera que se le puede considerar uno de los adelantados de cierto relativismo hoy tan denostado.

Pero es el caso que sí existe para él una verdad, algo fijo, inalterable, eterno, frente a la inestable, mudable, incoherente, incomprensible, fugaz, inapresable vida humana. Es el arte.

La vida es un flujo continuo e indistinto y no tiene otra forma fuera de la que le vamos dando nosotros, infinitamente varia y constantemente mudable […] Cada uno crea la propia vida; pero esta creación, desgraciadamente, nunca es libre.

Y es que siempre está sujeta a las necesidades naturales, a los fines prácticos que obligan a renuncias y a los deberes que limitan la libertad.

Solo el arte, cuando es verdadero arte, crea libremente: crea una realidad que tiene sus necesidades, sus leyes, su finalidad en sí misma solamente.

Como en todo artista auténtico, el universo creativo de Pirandello gira en torno a unas pocas ideas, presentes siempre de manera casi obsesiva: la contraposición entre la fluidez e inaprehensibilidad de la vida y la fijeza de la forma artística, la imposibilidad de la comunicación con solo el medio abstracto de las palabras, la idea de que la fantasía humana es el instrumento de que se sirve la naturaleza para proseguir su obra creadora y, la que más a fondo trata en sus obras, la multiplicidad esencial del individuo según sus posibilidades de realización, por una parte, y según la mirada del observador, por otra.

Pirandello, mejor que nadie, ha puesto sobre el papel la terrible angustia del que descubre que su yo imaginado no existe como tal para los demás. En su novela Uno, ninguno y cien mil el protagonista empieza por descubrir que, para su mujer, ni siquiera físicamente es tal como se imagina ser, hasta que llega finalmente a la conclusión de que cada uno de los que le rodean lo ven de distinta manera, de que es tantas personas como miradas se posan en él, de que no es nadie en sí mismo, sino algo que continuamente se crea y se rehace desde fuera.

Pero este individuo casi inexistente, esta no identidad, tampoco puede autoeliminarse, cosa que parecería tan fácil dada su volatilidad esencial. Es lo que se pone de manifiesto en la historia que se narra en la novela El difunto Matías Pascal, en la que el protagonista aprovecha la confusión sobre la identidad de un muerto para iniciar otra vida con otra personalidad. Pero resulta que, sin existencia legal, tampoco puede gozar de existencia física. Y ahí se queda, colgado, entre el no-ser y el ser-imposible.

Pero la obra que más y mejor se adentra en las contradicciones entres ser y parecer, entre realidad y ficción es sin duda Seis personajes en busca de autor. Escritor de cuentos desde muy joven y de algunas novelas, Pirandello entró ya mayor en el mundo del teatro. Y después de escribir y estrenar algunas piezas memorables, en 1921 sorprendió primero a Italia y enseguida al mundo con una obra genial…

Al entrar en la sala el público ve que el telón está alzado y que el escenario no ofrece nada que se parezca a una escenografía; algunos piensan que el espectáculo se ha suspendido o retrasado; unos individuos empiezan a aparecer en escena y a hablar entre ellos, parecen gente de teatro. Entonces ocurre lo increíble, lo imposible, lo escandaloso, lo inaceptable. Seis personas van entrando por el mismo lugar por donde ha entrado el público. Ante la consternación de los espectadores, atraviesan el patio de butacas, hablando y gesticulando de forma grotesca, y se encaran con el que, en el escenario, se dice director de una obra que se está ensayando. ¿Quiénes son esos intrusos? Se pregunta el director y también el público. Son personajes, dice el mayor de ellos, y llevan un drama muy doloroso que desean representar; el autor los ha abandonado y buscan otro que se haga cargo de ellos. Y en la explicación de ese drama y en la interactuación entre los recién llegados, el director y los actores, con la continua confusión entre ficción y realidad, se desarrolla la función.

Pirandello tuvo que salir por la puerta de servicio para evitar los insultos y las agresiones de muchos espectadores. Y es que hoy parece que ya lo hemos visto todo, pero cien años atrás la transgresión inteligente era transgresora de verdad (no esa especie de comedia asumida por unos y otros, que suele darse ahora) y, por tanto, inaceptable para el público normal, es decir, para el consumidor de un arte normalizado. (continúa)

(De Los libros de mi vida. Lista B)

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PIRANDELLO. Ser o parecer II

Luigi Pirandello nació el 28 de junio de 1867 en Girgenti, durante décadas llamada Agrigento (Italia), o más exactamente, en una pequeña localidad situada entre esta ciudad y Porto Empedocle, adonde se había trasladado la madre para evitar el cólera que invadía la zona. Se llamaba Cavasu, nombre que el mismo Pirandello imaginaba derivado del griego Caos, lo que le resultaba especialmente significativo.

Los padres, Stefano y Caterina, pertenecían a la clase media acomodada. Stefano había luchado con los garibaldinos por la unidad de Italia contra los últimos Borbones de Nápoles. Era además un hombre de negocios práctico y enérgico, a diferencia del hijo, concentrado y soñador, contraste de caracteres que Luigi sentiría como una especie de amenaza, si bien las relaciones entre ambos nunca fueron demasiado malas.

Después de cursar estudios primarios con profesores privados y en el instituto local y tras un breve intento de colaborar con el padre en el negocio del azufre, a los 18 años marcha a Palermo para iniciar estudios universitarios de filología y derecho (lo último, que pronto abandona, en atención al padre).

Tras una breve estancia en Girgenti con la familia, en 1886 se traslada a Roma para estudiar filología románica. Por poco tiempo, porque un encontronazo con un profesor le obliga a abandonar la universidad, y se traslada a Bonn (Alemania), donde prosigue sus estudios y se licencia con una tesis sobre el habla de Girgenti. En Bonn se encuentra cómodo, gracias, entre otras cosas, a la relación con la joven Jenny Schulz-Lander, más tarde reconocida escritora, a quien se negaría a ver cuando reapareció por carta muchos años después.

En 1892 (a los 25 años), se establece en Roma, decidido a seguir la carrera literaria. En los primeros años solo consigue dar a la luz, en publicaciones de corto alcance, algunos poemas y relatos, hasta que en 1901 publica su primera novela, La excluida, en la que ya plantea su relativismo cognitivo, la convicción de la imposibilidad de que la verdad de una persona sea cabalmente comprendida por otra.

Pirandello se va introduciendo en el ambiente literario de Roma, gracias, sobre todo, a Luigi Capuana. Vive bien, mediante la asignación mensual que le llega del padre, dependencia que, sin embargo, le es especialmente molesta. Hasta que, a finales de 1893, el padre le comunica que hay un buen partido para él, con una dote muy importante. Luigi vuelve rápido a Girgenti, donde es presentado a la familia de Calogero Portolano, colega comercial de Stefano y a la hija Antonietta. No se lo piensa mucho. En enero del año siguiente se casa en Girgenti, y poco después regresa a Roma, con la esposa, la dote (que de momento le administra el padre) y la esperanza de una vida holgada y tranquila que le permita desarrollar sin trabas su universo literario.

En los cinco primeros años de matrimonio nacen tres hijos: Stefano (con el que siempre estará muy unido), Lietta y Fausto. Y mientras, la madre vive ausente del mundo literario del padre y poco a poco parece que del mundo en general. Asoma la inestabilidad mental, que recibirá el golpe definitivo con la desgracia que cae de repente sobre la familia.

En 1903 una inundación destruye todas las existencias de azufre en las que se basa la economía de las dos familias, llevándose también gran parte de la dote, que el padre Stefano había comprometido en el negocio. Luigi se queda sin más ingresos que los escasos que le aporta su trabajo de profesor de “lingüística y estilística” en el Instituto Superior de Magisterio femenino. Intenta entonces cobrar por sus escritos, difíciles todavía de colocar.

Pero lo peor ocurre en la cabeza de Antonietta. Se instala la paranoia, en especial los celos, potenciados por la actividad del marido, profesor de adolescentes, en la que por cierto mostró una resistencia ejemplar ante el acoso femenino (“todas estaban – estábamos – enamoradas del profesor”, según afirman testigos y afectadas).

Pirandello cuidó personalmente de su mujer, – en cuya mente cabe imaginar que vería asomarse el mundo de algunos de sus personajes- , hasta que, en 1919, por consejo médico, fue recluida en un manicomio.

En 1904 se publica El difunto Matías Pascal, novela sobre la imposibilidad de huir, de ser otro, el primero de sus grandes éxitos. Continúa escribiendo y publicando relatos y algunos ensayos como Arte y Ciencia y El humorismo (1908), en el que expone su visión, ya plenamente formada, de la función de la literatura y de las características del humor moderno, tan importante en sus obras. Y sigue escribiendo y publicando novelas, como Los viejos y los jóvenes (1913) y Cuadernos de Salvatore Gubbio, operador (1915).

La guerra europea, que estalla en 1914, le arrebata al hijo Stefano, que permanece prisionero en Austria durante tres años y con el que mantiene una extensa correspondencia epistolar.

En 1918 reúne en Máscaras desnudas sus textos teatrales, pero no será hasta Seis personajes en busca de autor (1921) cuando se adentre definitivamente en el género que había de reportarle enorme reconocimiento internacional. El escándalo del estreno en Roma fue satisfactoriamente corregido por el éxito sin fisuras que obtuvo en Milán y, a continuación, en todo el mundo.

En 1922 estrenó Enrique IV, con el tema de la locura, real o fingida, en el centro del drama, como en cierto modo también estaba en el centro de su vida. Le siguieron, hasta poco antes de su muerte, una serie de obras que acabaron por consagrar a su autor – como si no fuesen suficientes las dos anteriores – como el genio indiscutible del teatro de su tiempo. Y de otros muchos. Entre ellas, La vida que te di, Cuando se es alguien, El hombre de la flor en la boca, Cada cual a su manera, Esta noche se improvisa, Los gigantes de la montaña (no acabada). A las que habría que añadir algunas anteriores a esta época, como, de 1917, Así es (si así os parece). Pero no por ello, abandona el género novelístico; en 1926 publica Uno, ninguno y cien mil, fábula sobre la incognoscibilidad y la vaporosa identidad del ser humano.

En 1924 se produce un hecho decisivo en su vida: conoce a la joven actriz Marta Abba, con la que permanecerá ligado hasta el fin de sus días en lo profesional y en lo afectivo. El mismo año se afilia al Partido Fascista (Pirandello ¿fascista?), con cuyo universo mental no tenía – y siguió sin tener – el menor punto de contacto. La decisión puede deberse al interés de captarse a las altas jerarquías para la creación de un teatro estatal, sueño que no llegó a cumplirse, y puede explicarse por su apoliticismo radical, rara condición que suele producir monstruos. De todos modos hay que tener en cuenta que el fascismo italiano de los años veinte, con importante respaldo popular (sobre todo de los “apolíticos”),  no sonaba lo mismo que el llamado fascismo en nuestros días.

En diciembre de 1934 Pirandello recibe el Premio Nobel de literatura “por su audaz e ingeniosa renovación del arte del drama y de la escena”.

A principios de 1936, desilusionado por el fracaso de sus tentativas ante el poder (solo obtuvo una pequeña subvención para su compañía), emprende una gira por Europa y América para a promocionar a Marta Abba.

El 10 de diciembre del mismo año se acaba la representación: muere Luigi Pirandello, nacido en Caos y llamado por los dioses a convertir el Caos viviente en Forma inmortal.

(De Los libros de mi vida. Lista B)

 

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Lo que nos lleva

Puedo hablarle. Por lo menos, puedo dirigirle la palabra.

Puedo mirarlo y, con un poco de imaginación, incluso verlo. Dirijo la mirada mental a mi interior, y ahí está.

A veces lo siento como un gas o una nube moviéndose suavemente por el plexo solar. Otras veces pienso, siento, que ocupa todo el cuerpo.

Si le pregunto algo, no responde. No se comunica con palabras.

Me gustaría saber algo de él; su historia, sus intenciones. Pero ya he dicho que no usa el lenguaje.

Su única manera de manifestarse es por movimientos; sus movimientos, que se manifiestan necesariamente como míos.

Quizá no tiene conciencia de sí. Quizá sea un simple dispositivo programado para dirigirme.

¿Dirigirme? ¿Hacia adónde? ¿Por qué? ¿Para qué?

Soy un preso, forzado a cumplir una tarea cuyo sentido desconozco.

No hay manera de saber lo que busca. Deduzco que solo su interés o beneficio.

Es un explotador, un sádico que al final me abandonará en un cementerio.

¿Solo yo lo veo? ¿Solo yo lo sufro?

¿Quién está loco?

¿Yo?

¿O todos los demás?

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