¿Y a qué jugaban?
Buena pregunta. Pues jugaban a todo lo que les ofrecía el espectáculo de la realidad, ya fuese en su versión directa (difícil caso) o en la de referencia a través de los fingimientos del arte.
Ahí sí.
La realidad, incluso la pasada o histórica, a través de los fingimientos del arte (películas, libros, tebeos- cómics) tenía suma importancia en la visión del niño y en la elaboración de sus fantasías y juegos.
El malvado Príncipe de Gonzaga asesina al Duque de Nevers. Un amigo de éste, el espadachín Lagardère, jura vengarse y proteger a la hija del asesinado. El proceso dura veinte años. Veinte años a lo largo de los cuales aparece intermitentemente un extraño personaje jorobado y de aspecto miserable que parece amenazar los planes de “los malos”. Hasta que finalmente, el personaje se revela como el apuesto Lagardère, quien culmina su plan de venganza.
Paul Feval, escritor francés del siglo XIX que desarrolla una aventura situada en el siglo XVII, autor de la novela El Jorobado a la que acabo de aludir, fue uno de los primeros escritores en cultivar el género literario en el que se funden la historia y la fantasía.
Es solo un ejemplo del magnífico espejo en el que nos contemplábamos los niños de entonces. Y con él, toda la tropa de autores que alimentaban nuestras escenificaciones, como Alejandro Dumas, Robert Louis Stevenson, Mark Twain, Walter Scott, Fenimore Cooper, Ruyard Kipling, H. Rider Haggard, Rafael Sabatini, Anthony Hope, Henryk Sienkiewicz y alguno más.
El problema era que algunos psicólogos de la banda dura consideraban los juegos aparentemente violentos o claramente bélicos como perniciosos para la educación infantil. Y es cierto que, entre nosotros el juego principal era el de las guerras.
Niños de entre 9 y 14 años habíamos organizado un mundo paralelo al de los libros, tebeos y películas de aventuras. Un mundo emocionante, fascinante, mágico. En él no faltaba nada: las armas (inofensivos proyectiles y espadas de madera), la moneda, las batallas a campo abierto, los asedios de fortalezas, las carreras, las detenciones, las huidas, los tratados de paz, las traiciones, los espías, las ejecuciones y hasta la relación de los hechos, que escribía un niño de doce años, ese niño que, siendo el segundo del reino que con mano de hierro dirigía su hermano mayor, no podía evitar estar enamorado de la reina enemiga. Sin traicionar nunca la lealtad debida, por supuesto.
¡Juegos de armas y guerras! ¿Desastre de educación? Preocupaciones que no estaban en el ambiente. El juego era el juego, y a nadie con dos dedos de frente (mucho menos a los propios niños) se le ocurría confundirlo con la realidad.
El juego es un arte y los niños son los artistas más grandes del mundo. Saben crear la ficción, saben representar su papel como perfectos actores y saben quitarse la máscara y dejarla a un lado cuando se ha de interrumpir la batalla porque es la hora de la merienda. No guardo recuerdos más felices que los de aquellos juegos infantiles. El arte, con su poderoso efecto catártico, lo creábamos y lo consumíamos nosotros mismos. Quiero decir que nosotros y solo nosotros éramos los autores y los protagonistas de nuestros juegos. ¿Podrán decir lo mismo los niños de hoy?
Pero, como en todo, no había de pasar el tiempo en vano. Y el perfume de la aventura, que parecía el elemento esencial de la vida, fue dejando paso a la áspera realidad que, de una a otra manera a todos esperaba. Y así, aquellos niños entusiasmados se fueron convirtiendo en adultos domesticados por el látigo del mundo.
