Archivos de la categoría Postales filosóficas

Cui prodest?

Nunca me detengo a escuchar a un loco. Quiero decir a esa clase de personas que te interpelan por la calle para soltarteloco un discurso más o menos incoherente. Los hay de varios tipos, desde el tranquilo y educado, que parece que habla para sí mismo, hasta el impetuoso que no deja de presionarte para obtener tu aprobación.

Pero en aquella ocasión no pude escapar. Fue a la salida de la biblioteca, se me plantó delante, casi cortándome el paso:

– Usted me entenderá, estoy seguro. He visto los libros que consultaba y sé que un hombre que lee todo eso no puede quedar indiferente a mis descubrimientos. Bueno, reconozco que es precipitado hablar de descubrimientos, más bien debería decir de mis pesquisas… Porque de eso se trata. ¿Qué opina de la novela negra? Yo creo que, aunque en sí no tiene gran valor, es una magnífica herramienta para aplicar a ciertos aspectos o problemas de la vida y del pensamiento, ¿no cree? Todo consiste en hallar al culpable. Al culpable del crimen, por supuesto. Pues bien, yo creo que el método que utiliza ese tipo de novela – o el detective de la realidad, si es que existe eso tal como se cuenta – puede servir también para hallar al Gran Culpable.

– ¿Gran Culpable? – aventuré.

– Sí, sí. Como lector de Cicerón usted conocerá aquella expresión que el orador utiliza para identificar al responsable de una ilegalidad. Cui prodest?

– Sí. ¿A quién beneficia?

– Exacto. Y dígame ahora, ¿a quién beneficia la existencia universal?

– ¿Cómo dice?

– Oiga, no se haga el loco. Sabe perfectamente a qué me refiero. No estamos aquí por casualidad, yo no elegí venir al mundo, ni yo ni nadie, ni usted tampoco. Y una vez lanzados a la existencia, ¿con qué nos encontramos? Con un espectáculo absurdo, delirante, incomprensible. Y lo peor es que no somos espectadores, sino actores, es decir, víctimas. Al nacer, lloramos como si fuésemos conscientes de lo que nos espera. Con grandes dificultades, en medio de renuncias obligadas y de cuentos fabulosos para domesticarnos, vamos creciendo buscando la felicidad, o el placer, allá donde al final resulta que no se encuentran. Todo es un engaño, un engaño colosal para que vayamos viviendo y propagando la vida. Una vida en la que lo único cierto es el dolor (la dicha solo es un brevísimo paréntesis de ausencia de dolor), la enfermedad, la vejez y la muerte. Hasta que volvemos al punto de partida: la nada. ¿Para qué todo ese viaje? ¿Para qué tantos seres vivos torturados por la miseria y la enfermedad, o por la maldad de otros seres vivos también torturados? Para qué sirve todo eso, este inmenso crimen que sufrimos día a día, minuto a minuto, ¿a quién beneficia?

Cui prodest?

– Bien, veo que ya va entendiendo.

– No crea… La verdad es que no veo por qué ha de haber un beneficiado de todo eso. Las cosas son como son, y punto. Por cierto, ¿se refiere usted a Dios?

– Por favor, no me tome por idiota. Dios es una palabra sin sentido, un puro comodín, que la gente utiliza para nombrar sus particulares fantasías. Yo me refiero a algo que no tiene nombre, yo me refiero a eso que hay que descubrir y desenmascarar como autor y responsable de este hecho criminal que es el mundo, de este espantoso genocidio total.

– Usted quiere decir que ese ente o cosa que ha puesto en marcha todo esto se beneficia de alguna manera de ello.

– A la fuerza. ¿Por qué lo habría hecho, si no?

No supe qué decir. La lógica del hombre era imbatible. Excepto si se consideraba el asunto desde otro ángulo.

– ¿Y no ha pensado que la existencia universal, como usted dice, pueda haberse generado a sí misma, que sea solo fruto del azar?

Aquí el hombre estalló con una risa feroz, incontenible.

– ¡Ja, ja, ja, ja!… ¡El azar, sí, el azar!…¡ ja, ja, ja, ja, ja! El azar…

Estaba furioso, con los ojos inyectados en sangre. Pensé que me iba a agredir. Pero de pronto, se volvió y echó a correr hasta perderse en la oscuridad de la tarde invernal.

Decía que nunca me detengo a escuchar a un loco. He de ser más estricto en esto.

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Volver a vivir

A Romà, que cumple cinco años

Cuando contemplo a mi nieto de cinco años, con todo ese derroche de alegría, de fantasía inagotable, de curiosidad infinita, de sentido del humor, sí, de sentido del humor, me pregunto si no estaría bien que yo pudiese volver ahí donde ahora está él, quiero decir, si no sería estupendo empezar de nuevo el camino de la vida desde esa posición inmejorable, que yo mismo – con las evidentes diferencias de caracteres – también ocupé.

Y me respondo que seguramente, no. Y pienso sobre las razones.

En la vida, un principio inmejorable no es más que una buena base, un buen augurio, como se dice; de ningún modo es garantía de que a uno le aguarde un camino de rosas.

Yo estoy en el tramo final de la existencia. Si consideramos los grandes males que siempre han afligido a los seres humanos – guerras, catástrofes, miseria, hambre, enfermedades… -, he sido un hombre afortunado. Nací en un país con fama de violento y fratricida, a los pocos meses de terminada la última guerra civil, y he disfrutado de una paz pública – primero impuesta, luego más o menos acordada – sin interrupciones. En los asuntos particulares e íntimos no me ha ido mal. Incluso el sueño de toda mi vida ha tenido finalmente un cumplimiento. No triunfal, pero razonable. Empezar de nuevo el camino con la esperanza de que, como mínimo, la misma suerte se repita parece cosa de locos.

Y además, es imposible, como ya me lo advertía aquel bolero que sonaba en todas las radios de mi infancia.

Y además, están las reflexiones de ciertos filósofos en el sentido de que el balance final de la vida siempre es negativo (será que todavía me falta conocer lo peor).

No sé. Por una parte, admiro a esos filósofos por la estricta coherencia de sus apreciaciones y, sobre todo, por la valentía de encarar esa visión del mundo. Por otra…

Lo siento, pero cuando contemplo a mi nieto de cinco años, no hay manera de creerme eso de que “lo mejor sería no haber nacido”.

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El nacimiento

Es fácil escribir sobre la muerte. (Yo mismo lo he hecho una y otra vez en las páginas de este blog, si bien con ese tono superficial y aparentemente frívolo con que las buenas maneras aconsejan tratar las cosas profundas y radicalmente serias.) Y se comprende. La muerte la tenemos siempre ante nosotros; de jóvenes, bastante lejos, o eso creemos, y a medida que cumplimos años, cada vez más cerca. Pero ahí está. Y la tememos. Porque, por lo que parece (nadie nos pudo contar la experiencia), supone la destrucción, la extinción total de lo que somos.

Se explica entonces que tantas personas de toda condición piensen una y otra vez en ello y se hagan preguntas y hasta se inventen respuestas en un intento, bastante inútil, de calmar la ansiedad.

Así que he decidido cambiar de objeto y pensar y escribir no sobre la muerte, que parece que es el final, sino sobre el nacimiento, que se supone que es el principio.

Y lo primero que veo es que he de adentrarme en un territorio muy poco transitado. Comparadas con las innumerables reflexiones que ha generado la muerte, las dedicadas al nacimiento son casi inexistentes. Y no me refiero a los aspectos puramente científicos, físicos, sino a los metafísicos, que son los que de verdad importan, como en el caso de la muerte.

Yo mismo no solía pensar en ello. Mientras era solo padre, el nacimiento y crecimiento del nuevo ser que era mi hijo lo asumía como algo tan natural que apenas atraía mi atención. Al ascender a la condición de abuelo, debido quizá a la posición más distanciada, empecé a asombrarme del fenómeno y de todos sus detalles.

Un ser inexistente de pronto accede a la existencia perfectamente pertrechado con todos los atributos de la especie. Y no se me diga que ya existía en sus padres, pues el argumento decae cuando uno se pregunta dónde estaba ese nuevo ser cuando sus padres aún no existían. Y dónde los padres cuando los abuelos aún no habían nacido, se podría añadir.

O sea, que la cosa tiene todos los indicios de una creación ex novo, de una aparición desde la nada. Se me dirá que eso no es cierto, que no es desde la nada sino desde la semilla de los padres que surge el nuevo ser. Y lo acepto. Pero solo en parte, porque lo que importa en ese individuo, lo que le caracteriza como tal, es absolutamente nuevo: el carácter personal, único e intransferible, que le constituye e identifica como persona humana diferente y separada de las demás.

Ese carácter personal e intransferible opera desde el primer momento de la existencia, y es perfectamente observable a los pocos meses entre dos hermanos tratados de forma idéntica, por ejemplo. Observable al menos para el abuelo, siempre más distanciado que los padres.

Hace ya tiempo que los científicos establecieron que el mundo se encamina a su fin, que en virtud de lo que dispone el segundo principio de la termodinámica, todo sistema tiende al desorden, a la desintegración, o sea, que al final todo quedará
reducido a un sucio montón de polvo.

Pero otros científicos llegaron y observaron que en el fenómeno que es la vida no se cumple ese principio, sino que siempre hay algo que está naciendo y complejizándose y organizándose sin tregua (pensemos en el desarrollo físico, en la adquisición del idioma y en el acopio de conocimientos y aptitudes, asombrosos en relación al tiempo empleado por el niño de meses). Neguentropía frente a entropía, dicen.

Pero, ¿qué significa todo eso?

Me gustaría saberlo.

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El destino es una línea recta (refundido)

El destino es una línea recta, oculta a veces por falsas líneas curvas. Se ha escrito tanto y de tantas maneras sobre el destino de los individuos (si existe, si no existe, si es el nombre que damos a esto o a lo otro) que me da vértigo solo pensar si habría de introducir ahora una larga nota aclaratoria sobre lo que para mí significa el destino. Así, que no la voy a introducir. Y del mismo discurso se desprenderá, o no, lo que quizá debería de aclarar ahora.

Por una parte, están los testimonios de la gente de la calle. Y llamo “de la calle”, sin intención alguna peyorativa, a los mortales todavía vivos cuyos nombres no figuran en ninguna enciclopedia. La opinión de estos, sobre todo si se autodenominan liberales, es que el destino no existe. “Mi destino me la hago yo”, dicen.

Bravo, bonita sentencia. Y verdadera, si nos vamos al plano metafísico. Pero, comoquiera que éste queda muy alejado y resulta muy complicada su exploración, la consideraremos en el plano empírico, que es en el que, sin duda, se mueve su autor. Y en este nivel, la sentencia resulta absolutamente falsa.

¿O acaso alguien decide dónde nace, quiénes serán sus padres, qué educación recibirá en la infancia, con quién coincidirá en sus viajes de adolescencia, qué libros le llegarán a las manos sin buscarlos, qué amor derribará su puerta…? Pues todo eso son los pasos que atraviesa la línea del destino, y no tenemos ningún poder para evitarlos.

Sin contar con lo principal de todo. El carácter. El carácter como fuerza configuradora de la personalidad, que nos viene ya dado en el momento del nacimiento.

Considerado todo esto, ¿quién puede afirmar “mi destino me lo hago yo” o “yo soy el único dueño de mi destino”? Algunas personas ingenuas y entusiastas, por supuesto, liberales o no.

También están, y en gran abundancia, los testimonios de las personas dedicadas a meditar sobre esas cosas, filósofos, científicos, pensadores y gente así. Y ahí hay de todo, desde los que piensan como el opinante a que me he referido antes (el destino no existe) hasta los que opinan que las vidas humanas están tan predeterminadas como los movimientos de los astros.

El tema, íntimamente enlazado con aquél de si existe o no el libre albedrío, ha dado materia para infinidad de tratados, que lo han visto desde todas las perspectivas. Pero, como es de suponer, mi intención no es referirme a ellos, ni siquiera enumerarlos. Y sin embargo, hay una perla tan curiosa y significativa que no puedo resistirme a compartirla con el lector.

Se trata de un opúsculo (obrita) de Schopenhauer, incluido en su obra Parerga y paralipómena, con el título Especulación transcendente sobre los visos de intencionalidad en el destino del individuo, pero que con frecuencia se ha publicado por separado; en castellano, por ejemplo, con el título Los designios del destino, en traducción de R.R. Aramayo, donde se trata de “ese poder secreto que guía el destino del individuo”.

La hipótesis del filósofo alemán (porque él la concibe como tal, no como teoría demostrable) es tan profunda, aguda y novedosa (sí, todavía hoy) que forzosamente ha de conmover – o impactar o alucinar, para decirlo con términos más actuales – a quien se adentre en ella y la comprenda. El problema, importante pero superable, es que solo se puede entender cabalmente si se tiene una idea de la filosofía del autor. De todos modos, aun para los que no cumplen este requisito, recomiendo vivamente su lectura. Pero el ejercicio más provechoso para elucidar este tema consiste en que cada cual investigue en su propia trayectoria vital.

Hace unos días, hojeando el diario que llevaba en mi adolescencia y juventud, di con una líneas en las que expresaba el inmenso gozo que me acababa de proporcionar el descubrimiento del gran poeta García Lorca. Y concluía así: “Es el genio, como siempre, lo que me cautiva. Nunca busco la obra, sino a su autor. ¡Y qué emoción reconocerme en él!”.

Treinta años después, sin recuerdo perceptible de aquel fervor adolescente, empezaba a escribir novelas por el procedimiento de ponerme en la piel de ciertos escritores sin duda alguna geniales.

Y es que el destino es una línea recta, oculta a veces por falsas líneas curvas.

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Por qué gusta Schopenhauer (filósofos aparte)

En todos aquellos pasajes en que Schopenhauer se pone a hablar del sufrimiento que hay en el mundo, de las miserias y de la furia de vivir de las múltiples encarnaciones de la voluntad (y habla de esto mucho y de manera muy detallada), su elocuencia, que era extraordinaria por naturaleza, así como su genio de escritor alcanzan las cumbres más brillantes y gélidas de la perfección. Schopenhauer habla acerca de esto con una vehemencia tan cortante, con tal acento de experiencia, de conocimiento detallado, que nos espanta y a la vez nos embelesa con su poderosa verdad. Hay en ciertas páginas suyas un salvaje y cáustico escarnio de la vida, tras el que se adivina una mirada centelleante, unos labios apretados, y todo ello mientras va desgranando citas griegas y latinas; hay una inmisericorde y a la vez misericordiosa denigración, constatación, enumeración y fundamentación de las miserias del mundo; todo lo cual, por lo demás, no nos produce ni de lejos un efecto tan deprimente como el que debería aguardarse dada la gran exactitud con que habla Schopenhauer y su sombrío talento expresivo; más bien nos llena de una satisfacción extrañamente profunda, basada en la protesta espiritual, en la indignación humana que allí se expresa y que es perceptible en un reprimido temblor de la voz. Esa satisfacción la experimentan todos. Pues cuando un espíritu justiciero y gran escritor habla en términos generales acerca del sufrimiento del mundo, está hablando también de tu sufrimiento y de mi sufrimiento, y todos nosotros nos sentimos vengados por aquella palabra magnífica y llegamos incluso a tener algo así como un sentimiento de triunfo.”

Thomas Mann, Schopenhauer, Nietzsche, Freud. Ed. Bruguera. Edición y traducción de Andrés Sánchez Pascual.

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El asombro del científico

Existe en muchos científicos – diría que en la inmensa mayoría – cierta propensión al asombro, incluso al pasmo, ante el hecho de que el universo sea comprensible para la mente humana; de que se puedan formular leyes sobre el comportamiento de la naturaleza, y que funcionen; de que el universo entero se rija por leyes matemáticas arduamente elaboradas por nuestros cerebros más despejados; de que haya, en fin, una perfecta correspondencia entre el objeto mundo y el sujeto mente. La frase que mejor expresa esta actitud se la debemos a Einstein:

Lo más incomprensible del mundo es que sea comprensible.

Y Einstein era un gran científico, capaz de ver lo que los otros no supieron ver – característica ésta esencial del genio – sin renunciar por ello al sentido común. Y ahí es donde falla. Desde el punto de vista de la filosofía, se entiende.

Cierto filósofo sentenció que el sentido común está bien para la cocina (no sabía que llegarían cocineros dispuestos a expulsarlo también de los fogones), pero que nada tiene que hacer en la filosofía.

El sentido común nos dice que los objetos de la naturaleza son, en sí, tal como los vemos, y que están ahí tanto si los vemos como si no. El sentido común hace decir a un famoso divulgador científico que los números y las matemáticas existen tanto si los humanos los conocen como si no.

La filosofía es otra cosa. La filosofía, por lo menos a partir de Kant, pone el acento en el acto mismo de conocer. ¿Y qué significa «conocer» cuando el sistema de relaciones que observamos en el mundo exterior es el mismo que el que el genio matemático elabora en la soledad de su estudio?

¡La matemática! ¿La matemática existe fuera de nosotros? Sí, por lo visto. Pero resulta que es la misma que existe dentro de nosotros…y ahí es donde se produce el asombro del científico.

Pongo fin a estas reflexiones con unas palabras que el amigo Augustbecker nos dejó en cierto foro filosófico:

Tanto asombro en tanto sabio científico solo tiene una explicación, y es el analfabetismo filosófico de que adolecen tales servidores de la ciencia. Para mí, que contemplan la realidad como se contemplaba tres siglos atrás. Siguen en la esfera del realismo ingenuo, como si Kant no hubiese existido. Para ellos, por un lado está el sujeto – el mismo investigador, por ejemplo – y por otro el objeto, el mundo físico o universo o como se quiera llamar. Y entonces, claro, se maravillan de que dos cosas tan ajenas entre sí se entiendan perfectamente o, mejor dicho, que el objeto posea la misma racionalidad que el sujeto. Alguien les habría de decir que esas “dos cosas” no son tan ajenas entre sí, que la una está contenida en la otra y la otra en la una, que lo que el científico conoce no es el universo en sí, sino la representación que de él se forma en su mente, la cual obviamente solo puede representárselo bajo formas racionales. Es triste que personas que saben tanto sepan tan poco.

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¿Quién entiende a Schopenhauer (y a Kant)?

No es que haya leído a muchos, pero, por lo que conozco, tengo la impresión de que Arthur Schopenhauer es uno de los filósofos que mejor escriben, quiero decir, que mejor se expresan. Con claridad, inteligencia y buen estilo. Tiene las ideas muy claras y sabe comunicarlas de una manera eficaz, a diferencia de otros, de ideas más bien confusas y que las comunican de la forma más embrollada posible a fin de que no se note el embrollo original. Para Schopenhauer, el ejemplo máximo de este último tipo de filósofo es Hegel, pero yo creo que, si pensaba así, era porque no llegó a conocer a Heidegger. Ni a otros muchos que han sentado cátedra y vendido libros en el último siglo y medio.

La prueba irrefutable de lo que digo acerca de la claridad expositiva del de Danzig es que incluso yo, que no he sido llamado para escalar las altas cimas de la abstracción, puedo seguirle con cierta facilidad.

Y sin embargo, hay una excepción. Se trata de una idea sobre la que fundamenta su teoría acerca de la libertad o necesidad de los actos humanos, es decir, sobre la moral. Me encantaría que alguien aportase alguna luz.

Expongo la cuestión con las mismas palabras del filósofo, sacadas de su tratado Sobre el fundamento de la moral:

...a cada individuo dado, en cada caso individual dado, sólo le es posible una acción: “operari sequitur esse[el obrar se sigue del ser]. La libertad no pertenece al carácter empírico sino al inteligible. El operari de un hombre dado está determinado necesariamente, desde fuera por los motivos, desde dentro por su carácter; de ahí que todo lo que hace se produzca necesariamente. Pero en su esse, ahí se encuentra la libertad. Él habría podido ser otro: y en aquello que es radica la culpa y el mérito. Pues todo lo que él hace resulta de ahí mismo como mero corolario. A través de la teoría de Kant se nos rescata del error fundamental que colocaba la necesidad en el esse y la libertad en el operari, y se nos conduce al conocimiento de que la cosa es exactamente al revés.” (Traducción de Pilar López de Santa María)

A cuantos conocedores de la filosofía de Schopenhauer lean esto les emplazo a que me den una explicación comprensible de la proposición enunciada en la frase que he puesto en negrita. O sea: ¿cuándo y cómo podía haber elegido yo (o tú) ser otro?

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Límites II

Toda causa tiene su efecto, todo efecto tiene su causa.

Todo lo que llega a existir tiene una causa.

He aquí dos formulaciones muy claras del llamado principio de causalidad.

El principio de causalidad es lo que permite a la razón humana trazarse un mapa comprensible y coherente del mundo. Si la mente no operase bajo este principio, la realidad se nos presentaría como una masa informe de cosas y hechos inconexos e incomprensibles.

Y el caso es que la mente no puede no operar bajo ese principio, como si se tratase de algo que se pudiera tomar o dejar a capricho. Porque resulta que el principio de causalidad es parte integrante, inextricable, de nuestro pensar. Es una “forma pura de nuestra sensibilidad”, es decir, uno de los instrumentos consustanciales de la mente para representarse los objetos, la realidad exterior; los otros son, el tiempo y el espacio.

Y, como en los casos del tiempo y el espacio, el límite de la comprensión de la causalidad se presenta precisamente cuando pensamos en el límite de su funcionamiento. Me explico. Tenemos la certeza de que todo objeto, todo hecho ha tenido su causa: lo que lo ha producido o ha determinado su aparición. Pero, si vamos retrocediendo sin cesar de los efectos a las causas, llegará un momento en que nos diremos: pero esto ¿no se acaba nunca? ¿Se trata de un proceso infinito? ¿Pero qué significa infinito? No hay en el mundo empírico ningún ejemplo de infinitud.

Y entonces, para sacarnos del callejón sin salida, a alguien se le ocurrió que, al principio, debía de haber una causa primera, una causa incausada, que habría sido el origen remoto de todo.

Bueno, esto es algo que puede funcionar para sustentar una religión. Pero es evidente que nuestro aparato razonador no lo admite de ningún modo. Porque para él todo ha de tener una causa, sin excepciones.

Así que lo que está claro es que nuestro aparato razonador no sabe qué hacer con los límites. Parece como si solo sirviese para operar, no para comprender las razones últimas de sus operaciones. Y así es.

Conclusión: que los límites últimos que se presentan a la razón humana son infranqueables.

Ahora.

Pero, ¿y mañana?

¿Mañana? Reconozco que hay una posibilidad. Y es que, dado que el ser humano ha tomado ya las riendas del proceso de la evolución, llegue el día en que pueda y sepa modificar adecuadamente el cerebro, de modo que se amplíe y reconfigure sustancialmente el aparato razonador. Solo en este caso, los límites desaparecerían… o se desplazarían, creo.

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Límites I

El hombre es un ser limitado. En el tiempo, en el espacio y en la mente. En el tiempo, porque su existencia se extiende entre dos fechas determinadas, sin posibilidad alguna de prórroga. En el espacio, porque vive sujeto a la gravedad y a sus propias dimensiones físicas (no puede volar como un pájaro ni moverse como un neutrino). En la mente, porque, por mucho que se esfuerce, su capacidad de comprensión nunca alcanzará a descifrar las razones últimas de la existencia. Cierto que la capacidad de comprensión de cada cual suele quedar muy lejos de lo que puede dar de sí el cerebro humano, de manera que, aunque el cerebro tiene su límite, no es previsible que los individuos lo alcancen.

Pero supongamos que sí. Supongamos que un individuo genial, con todos los saberes de la ciencia y de la filosofía, emprende la tarea de descifrar la existencia universal. ¿Hasta dónde llegaría? ¿Resolvería finalmente el enigma de todos los enigmas? ¿O sería detenido también ante unos límites infranqueables?

Los científicos ingenuos, que son la mayoría, creen que sí, que solo es cuestión de tiempo llegar a resolver todos los enigmas, y llamo “ingenuos” a aquellos que, sin saberlo, practican lo que en filosofía se denomina “realismo ingenuo”, es decir, la creencia de que lo que ven es, en sí, exactamente como lo ven, que los objetos y la idea que tienen de ellos se corresponden perfectamente. Estos científicos, y la gente que piensa como ellos, no creen en los límites, y por ello están convencidos de que, a base de ir investigando, un día quedará todo resuelto.

Y sin embargo, el límite está ahí. Por ejemplo, en el tiempo. Por ejemplo, en el espacio. Por ejemplo, en la causalidad.

Pero lo más curioso de todo es que de los tres conceptos citados lo que de ninguna manera se entiende no es el concepto en sí, sino precisamente, sus límites. Me explico. Uno puede tener una idea de qué es el tiempo, cómo funciona o cómo siente que funciona. Pero si pretende indagar sobre sus límites, empieza el vértigo.

¿Cuándo empieza el tiempo? ¿Cuándo acaba? ¿O acaso no tiene principio ni fin? ¿Es entonces infinito? ¿Qué significa infinito? No hay nada en el mundo empírico que pueda mostrarme un ejemplo de infinitud. Además, en un tiempo infinito todo lo que puede o podría ocurrir por fuerza habría ocurrido ya.

Lo mismo con los límites del espacio.

El espacio, ¿lo ocupa todo? Porque si no lo ocupa todo es que queda algo ahí fuera… que también será espacio. Y si lo ocupa todo, es que es infinito. Pero, ¿en qué consiste lo infinito? Nada hay en el mundo empírico que me pueda mostrar un ejemplo de infinitud. Es verdad que hay una diferencia entre infinito e ilimitado, como la superficie de una esfera, por ejemplo. Pero esto no resuelve el problema fundamental: pensar el espacio como la superficie de una esfera pero en tres dimensiones no excluye la posibilidad de la existencia de otras “esferas”…¿hasta el infinito?

¿Y qué pasa con la causalidad? Pero, sobre esto, otro día. (continúa)

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Cada cual con su verdad

Hay personas que viven como si vivir fuese lo más natural del mundo. A vueltas con la frase, he de reconocer que los que insisten en que, en efecto, vivir es natural y que negarlo es negar la realidad tienen toda la razón. Pero, al mismo tiempo, he de reafirmarme en que los que se asombran del fenómeno vital y lo consideran tan incomprensible como antinatural también tienen toda la razón.

¿Cómo es posible que proposiciones tan antitéticas sean ambas verdaderas?, se preguntará el lector adicto a la coherencia. La respuesta es fácil. La clave está en el distinto significado que unos y otros dan a la palabra “natural”.

Para los unos “natural” se refiere directamente a la naturaleza física, a todo eso que habita y se mueve en todo el universo, configura los paisajes y es objeto de las ciencias naturales. Para estos, obviamente, la vida es lo más natural del mundo.

Para los otros, más retorcidos, “natural” es lo que suele esperarse que se produzca dentro de las coordenadas de la lógica humana, en la que todo ha de tener una causa, un sentido y una finalidad. Para estos, obviamente, la vida, la vida humana, hecha de dolores ciertos y goces engañosos, de aspiraciones eternas que han de desvanecerse con la cáscara que las contiene, no tiene ningún sentido. Para estos, llamar “natural”, o sea, normal, lógico, lo que para cierto filósofo de la Ilustración no es más que una broma pesada, o un chiste malo (une mauvaise plaisanterie), es absurdo.

Y así cada cual se queda con su verdad, implícita en el significado que atribuye a la palabra en disputa. Y todos contentos.

(De Postales filosóficas: la serie)

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