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Fragmentos y comentarios auténticos sobre la obra de Antonio Priante.

Sabato o los túneles del alma II

Treinta y siete años después, he vuelto a leer El túnel. En el mismo ejemplar (fechado por mi mano el 19-IV-77), pero con ojos distintos. El protagonista me ha parecido más enajenado aún que en la otra ocasión; el lector, mucho más tranquilo y distanciado.

Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne… Con estas palabras inicia el protagonista el relato de una pasión, de una obsesión autodestructiva. Desde el principio, se nos muestra como una mente poseída por la lógica, una lógica que pretende aplicar rigurosamente a los acontecimientos y sentimientos humanos, con los efectos catastróficos previsibles. En una exposición de sus obras observa como, ante uno de los cuadros, una mujer – de 26 años, imagina; él tiene 37 – queda como encantada ante un detalle que él considera muy importante y que nadie había advertido. La mujer desaparece. Pero él no cesa en la búsqueda hasta que la encuentra. La atracción es mutua; el amor también. O eso piensa el lector. Castel, no. Castel piensa que ella puede no ser sincera; que quizá oculta algo. Desde el primer momento pone enmaria iri marcha su trepidante maquinaria lógica para hallar los hechos que confirmen sus sospechas. María está casada. María cambia de pronto de tono de voz cuando habla por teléfono. María sonríe cuando él le comunica una de sus angustias, es decir, él tiene la seguridad de que acaba de sonreír cuando de pronto la mira. María suele ir a la estancia de un primo con el que alguna relación debe tener. María y la prostituta han tenido una expresión semejante; la prostituta simulaba placer; María, pues, simulaba placer; María es una prostituta. La mente de Castel discurre por un túnel que le aísla de la realidad viva donde se mueve María… En todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en el que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Castel tiene que matar a María.

Ernesto Sabato nació en Rojas, Argentina, el día de San Juan de 1911, hijo de emigrados italianos procedentes de Calabria. De su infancia solía recordar la extrema severidad del padre, las pesadillas y terrores nocturnos y algunas crueldades que cometió o soñó, quizá no muy infantiles.

Cursó estudios secundarios en La Plata, donde el profesor Henríquez Ureña le introdujo al mundo de las letras mucho antes de que el joven estudiante pensase adentrarse en él. En 1929 ingresó en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas de la Universidad de La Plata: el mundo platónico de los números se le antojaba el mejor antídoto contra la turbulencia de la realidad y de su propio espíritu. Pero no pudo evitar el combate de lo real. Se unió a un grupo comunista, y en 1933 viajó a Bruselas como delegado del Partido Comunista Argentino. Allá mismo, sus dudas sobre la deriva del estalinismo se resolvieron definitivamente: huyó a París – empezaba a ver cómo las gastaba el Partido – y poco después regresó a Argentina.

En 1938 obtuvo el doctorado y, con una beca universitaria, volvió a París. De día trabajaba en los laboratorios Curie, mientras de noche frecuentaba los ambientes artísticos, principalmente surrealistas, de la ciudad. En 1940 regresa a Argentina. Aunque aún da clases sobre relatividad y física cuántica en cursos de doctorado, ese mismo año decide dedicarse por completo a la literatura abandonando la ciencia, ante el asombro e incomprensión de sus colegas científicos.

En 1945 publica el ensayo El Uno y el Universo, primero de los varios que escribiría desde entonces en torno a unos pocos temas fundamentales: principalmente, el peligro de deshumanización que conllevan un pensamiento y una sociedad dominados por la tecnología – o la tecnolatría, como le gustaba precisar – y la función del arte y el sentido de las ficciones novelísticas. Hasta 1948 no publicó su primera novela, El túnel, que pronto, gracias al interés y admiración que despertó en Albert Camus, se tradujo al francés y alcanzó resonancia internacional. En 1961 se publica Sobre héroes y tumbas, obra por la que fue calificado como uno de los mejores novelistas del siglo. En 1974 aparece su tercera y última novela, Abaddón el exterminador, que también leí, pero de la que guardo una impresión confusa y nada estimulante. A partir de ahí, su prestigio internacional no cesó de crecer a través de numerosos reconocimientos y distinciones, como el Premio Cervantes en 1984.

En 1983, el  prestigio alcanzado y su actitud combativa siempre en defensa de la verdad y de los seres humanos menos favorecidos le llevó a la presidencia de la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas), que investigó las “desapariciones” achacadas a la recién destituida dictadura militar y cuyas conclusiones se publicaron en el informe Nunca más, base principal del juicio que se inició contra los militares de la Junta. En 1998 se publicó su última obra, Antes del fin, especie de memorias en las que quizá se acentúa el tono pesimista y desgarrado de su escritura.

Lo que nunca se sabrá exactamente es lo que no publicó. Y es que, a lo largo de su vida de escritor, Sabato entregó a las llamas más páginas que a la imprenta – costumbre que estaría bien que adoptasen ciertos escritores de hoy -, y sólo la insistencia, las súplicas de su esposa Matilde, logró salvar de la hoguera una obra absolutamente genial como Sobre héroes y tumbas.

Habiendo abandonado por completo la escritura desde la redacción de sus memorias, durante los últimos años de su vida se dedicó más que nunca a su otra afición artística: la pintura. Ernesto Sabato murió el 30 de abril de 2011. Faltaban menos de dos meses para que cumpliese cien años.

Una de los aspectos para mí más misteriosos de Sabato es cómo pudo – cómo puede – subyugarme un escritor tan tremendista, tan apocalíptico, un novelista tan falto de humor. No consigo descifrarlo. Bien, quizá haya de empezar por detectar y erradicar ciertos prejuicios. Sobre mí y sobre la literatura. Quizá haya que reconocer, en fin, que hay muchas moradas en la casa del Señor.

(De Los libros de mi vida )

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Sabato o los túneles del alma I

Siempre he pensado que el que presta un libro merece que no se lo devuelvan, y a menudo he actuado en consecuencia. Si en alguna ocasión he considerado que a cierta persona amiga le podía interesar un libro que yo poseo, no he dudado en adquirir otro ejemplar y regalárselo. Una costumbre muy ocasional, insisto.

Es seguro que, de acuerdo con esos presupuestos, el libro que más veces he regalado ha sido la novela El túnel, de Ernesto Sabato. Varias causas confluyeron en esta curiosa generosidad: la intensidad de la obra, las características de las personas receptoras, y el túnel vital en que yo mismo me hallaba.

Y sin embargo ya había conocido a Sabato, como lector, unos años antes. Y me había parecido un escritor deslumbrante, profundo, inquietante, pero no todavía aquél que me había de conmocionar en un momento muy especial de mi existencia.

Sobre héroes y tumbas es el título de aquella primera novela que leí sin respetar el orden cronológico de la trilogía. Es una novela sombría, lúgubre, tenebrosa, nocturna, si bien con una chispa de esperanza, pero todo esto no de una manera impostada para producir un efecto determinado, sino de un modo natural, espontáneo, como surgiendo de la misma naturaleza sombría, lúgubre, tenebrosa, nocturna de la existencia, a la que quizá sea posible añadir una chispa de esperanza.

Hay tres personajes centrales. Martín es un adolescente, introvertido, tímido, hijo no querido por su madre, sediento de cariño. Alejandra, joven de 18 años, de rasgos duros, pero sensuales, a veces enérgica y decidida, a veces soñadora y como ausente, independiente, rebelde, pero sometida a una siniestra influencia; Alejandra introduce a Martín en la casa antigua y semiarruinada donde vive y en la historia y misterios de la saga familiar, algunos de cuyos sobrevivientes habitan el mismo caserón – un tío loco que toca el clarinete, un abuelo o bisabuelo que guarda en una caja la cabeza de un antepasado decapitado… En el curso de la relación entre los dos jóvenes se intercalan fragmentos, que se dirían sacados de una antigua crónica, sobre ciertos hechos militares ocurridos más de cien años atrás a los antepasados de los habitantes del caserón: la familia Olmos.

Precisamente es Fernando Vidal Olmos, padre de Alejandra, el personaje crucial; lúcido hasta la exasperación, cruel, obsesivo, lógico hasta la paranoia, que mantiene con su hija una relación oscura, que al principio se insinúa y que pronto se revela.

Fernando es además el autor de un Informe sobre ciegos, que constituye uno de los capítulos de la novela y que puede leerse como obra independiente. El Informe es un descenso a los sótanos del mundo y de la personalidad del autor. Fernando siente la revelación de que una secta perversa controla los destinos del mundo manejando a los individuos con siniestros propósitos: son los ciegos, seres de piel viscosa y fría, que habitan en el subsuelo y que solo se muestran al mundo para engañar con su aspecto desvalido con el fin de conseguir sus objetivos. La investigación de Fernando le conduce a las situaciones más peligrosas en los lugares más tenebrosos, incluido el subsuelo de la ciudad de Buenos Aires, donde descubre y explora increíbles conexiones subterráneas. Finalmente, tal como presintiera desde el primer momento, Fernando será destruido por el monstruo que nunca debió investigar.

El simbolismo del Informe puede ser multifacético y sus interpretaciones, diversas. Desde la ejemplificación de la mentalidad conspiranoica (hay una gente, aparentemente inocua, que ocultamente domina el mundo), hasta la representación del descenso al propio abismo de una conciencia atormentada por todos los demonios de la culpa y la irracionalidad.

Producido el hecho trágico que se anuncia al principio, la novela concluye de forma abierta para el lector y para el personaje Martín, que marcha hacia el Sur en busca de un universo no contaminado por la basura de la sociedad y de la historia.

Se ha dicho que Sobre héroes y tumbas es una de las mejores novelas del siglo pasado. No seré yo quien diga lo contrario. Y aún añadiré más: que, con ella, Sabato se hace justamente merecedor del título de Dostoyevski del siglo XX. (continúa)

 (De Los libros de mi vida)

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Lucrecia y el fin de la monarquía


Cuenta Livio que, reinando en Roma Tarquino el Soberbio, su hijo Sexto quedó fascinado por la belleza de Lucrecia, esposa de su amigo Colatino, y que una noche, estando ella sola, se introdujo en su aposento y empuñando una daga quiso violentarla. Ella se resiste, afirmando que prefiere la muerte. Y él le dice que sí, que le dará muerte si se resiste, pero que junto a su cuerpo colocará el de un esclavo previamente apuñalado y que proclamará que, habiendo sorprendido a los dos en infame acto, les ha dado muerte al momento. Ante la perspectiva de tamaño deshonor, Lucrecia cede.

Luego, huido el ilustre violador y llegados el padre, el esposo y el amigo Junio Bruto, Lucrecia les cuenta lo sucedido. Los hombres juran venganza, pero tranquilizan a la mujer (y nótese aquí la diferencia con el honor “español”, mucho más materialista), diciéndole que se falta con el alma, no con el cuerpo y que donde no hay voluntad no hay culpa (“mentem peccare non corpus et unde consilium afuerit, culpam abesse”). Pero a la digna y orgullosa mujer no le sirven estas razones y dice que, si bien se absuelve de la culpa, no se perdona el castigo, para que, en el futuro, ninguna impúdica Lucrecia pueda ampararse en su conducta. Y al momento saca un puñal que tenía oculto bajo sus vestiduras, se desnuda el pecho y se clava el arma en el corazón ante la consternación de los presentes.

Eso de que “se desnuda el pecho” no lo dice Livio, pero es algo que los artistas de todos los tiempos siempre han sobreentendido. Y se comprende, porque pocas cosas tan eróticas hay para el observador masculino como la visión de la punta fría de una daga apoyada en el torso desnudo de una mujer bella. Ahí están las pinturas de Cranach el Viejo, Guido Reni, il Parmigianino, Cambiaso Luca, Andrea Casali y otros para confirmarlo. Y la escultura de Damià Campeny.

No sólo para la historia del arte fue importantísimo el suicidio de Lucrecia, sino también para la de la política. Pues sigue contando Livio que Bruto extrajo de la herida el cuchillo empapado en sangre y manteniéndolo en alto dijo “por esta sangre, castísima antes del ultraje regio, os juro, dioses, y os pongo por testigos, que echaré, mediante el hierro, el fuego o cualquier otro medio a Lucio Tarquino el Soberbio junto con su infame esposa y toda su descendencia y que nunca toleraré ni a éstos ni a ningún otro rey en Roma”. Y dicho esto, poco le cuesta sublevar a un ejército y un pueblo, cansados de los abusos del rey, y acabar con la monarquía.

Y empieza entonces la larga historia de la república romana, que tiene a sus primeros cónsules (especie de presidencia dual) en las personas del mismo Bruto y el viudo Colatino, quienes muy pronto no se habían de llevar bien. Pero éstas son cosas normales de la política, que poco interesan aquí.

Quizá sólo conviene apuntar un detalle: que la monarquía dejó tan mal recuerdo entre los romanos que nunca más quisieron saber nada de esta forma de gobierno, ni siquiera de la palabra «rey», de modo que cuando, cuatro siglos y medio después, Julio César se hizo con todo el poder, se guardó mucho de proclamarse o llamarse «rey». Se limitó a ir concentrando en su persona todas las magistraturas republicanas, con lo que acaparó todo el poder respetando una apariencia de legalidad, sistema que se mantuvo con sus sucesores, mientras que el apellido César se convertía en denominación del supremo y absoluto poder, superando en majestad a la de un inexistente e impronunciable rey.

 (De Del suicidio considerado como una de las bellas artes)

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Borges o la invención del laberinto II

 

El jardín es un laberinto, y laberinto es una de las palabras sagradas de Borges. Como lo son tigre, espejo, biblioteca, espada, coraje… Cada una con su carga simbólica. Porque, como es propio de todo escritor consistente, la obra de Borges tiene un perfil definido, es un mundo hecho de felices correspondencias. Y sin embargo, no creo que se deba buscar en ella una filosofía en el sentido estricto de la palabra. Los que lo intentan se dejan engañar por la falsa apariencia que él mismo rechaza con estas palabras: Pero yo no tengo ninguna teoría del mundo. En general, como yo he usado los diversos sistemas metafísicos y teológicos para fines literarios, los lectores han creído que yo profesaba esos sistemas, cuando realmente lo único que he hecho es aprovecharlos para esos fines, nada más.

Y está bien que así sea, porque lo propio del artista no es creer, sino crear.

Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires, Argentina, en 1899, en el seno de una familia distinguida, por la historia y por la cultura. El padre, escritor también y profesor de inglés; el abuelo paterno, militar de muerte heroica; la abuela materna, inglesa que siempre habló su lengua con el hijo y los nietos; la madre, Leonor, delicada, entera y convencida siempre del talento del hijo, a quien acompañó y ayudó toda la vida.

Georgie, que así se le llamaba en familia, fue un niño afortunado teniendo en cuenta cuales iban a ser sus intereses. Aprendió a hablar en español e inglés al mismo tiempo. Y afirmaba que no recordaba una época en que no supiera leer y escribir. En los dos idiomas, por supuesto.

A los quince años viaja con los padres y la hermana Norah a Europa, donde el estallido de la Gran Guerra obliga a la familia a permanecer en Suiza. En Ginebra cursa estudios secundarios y aprende francés y – por su propia cuenta – alemán. En 1919 la familia se traslada a España. En Madrid, Borges entra en contacto con los ambientes literarios, en especial con el movimiento ultraísta, cuyo principal promotor, Guillermo de Torre, se convertiría en su cuñado.

A su regreso a Buenos Aires, en 1921, se dedica de pleno a la actividad literaria, propaga el ultraísmo, colabora en varias revistas literarias y, en 1923, publica su primer libro de poemas, Fervor de Buenos Aires. Poco después, conoce a las hermanas Ocampo, escritoras y animadoras de la vida cultural bonaerense, y a Adolfo Bioy Casares, con quien mantendría una larga amistad y una estrecha colaboración literaria. En 1938 muere el padre, y Borges tiene que emplearse en una biblioteca pública.

Durante la década de los 40 produce quizá lo mejor de su obra, incluyendo Ficciones y El Aleph, traduce (Kafka, Virgina Woolf) y participa activamente en la revista Sur, de proyección internacional. Pero, a mitades de la década, su oposición al peronismo le acarrea la destitución de su empleo y otras represalias, que se extienden a la familia.

(Entre paréntesis, ante el tratamiento que en 1976 daría Borges a la Junta Militar – “un gobierno de caballeros” – cabe preguntarse si en su actitud antiperonista influyó más el sentimiento liberal y antidictatorial o el rechazo visceral ante un movimiento popular y plebeyo).

En 1955, tras la restauración de la democracia, es nombrado director de la Biblioteca Nacional, cargo que desempeñaría hasta 1974 (cuando fue destituido por los nuevos peronistas), no obstante la ya irreversible ceguera. Su obra empieza a ser traducida y conocida en todo el mundo, proceso al que da el espaldarazo definitivo la obtención, junto con Beckett, del Premio Internacional de Editores en 1961. A partir de ahí le llueven invitaciones y distinciones, entre ellas el Premio Cervantes en 1980.

En 1967 se casa con una antigua amiga, pero el matrimonio dura solo tres años. Ya en su ancianidad se casa con María Kodama. Muere en Ginebra en 1986.

Algunos estudiosos han destacado que en toda la obra de Borges no hay sexo, excepto en una líneas de Emma Kunz, ni amor, ni ternura, ni tiene la mujer una presencia más que ocasional y decorativa. Pero en más de una entrevista él ha manifestado que en realidad no es la persona fría que puede deducirse de su obra, sino un hombre muy sentimental y vulnerable. ¿Entonces?

En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez ¿cuál es la única palabra prohibida?

Reflexioné un momento y repuse:

– La palabra ajedrez.

Podemos entonces suponer que sí, que Borges era cálido y sentimental, pero solo en el fondo, es decir, en el centro de ese laberinto de palabras y ficciones que construyó como refugio frente al mundo.                                                                                                                                     

 (De Los libros de mi vida)

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Borges o la invención del laberinto I

El universo (que otros llaman la literatura) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de obras y autores. Algunos nos acompañan unos momentos; otros son fieles amigos durante toda la vida. Alguien lleva mucho tiempo con nosotros, pero desconocemos el momento en que apareció.

No sabría decir donde o cuando oí o leí por primera vez el apellido del escritor Borges, o tuve ante mis ojos por vez primera un texto suyo. Hubo una época, unos años en torno a los treinta de edad, que dejé en suspenso – ignoro por qué – la buena costumbre de fechar los libros que compro.

De todos los que conservo de Borges el primero que lleva fecha (22-VII-76) es Otras inquisiciones (Alianza-EMECE). Siguen siete libros datados, el último el 10 de julio de 1986 (extraña simetría). De los tres que conservo sin fecha y, por tanto, necesariamente anteriores, deduzco que el más antiguo es una colección de relatos con el título de uno de ellos (El Aleph), editado en España en 1969. No es insensato aventurar que conocí a Borges, como lector, en una fecha imprecisa situada entre 1961 (cuando, con la obtención del Premio Internacional de Editores, alcanzó fama mundial) y 1970. Advierto sin asombro que estoy siendo poseído por la prosa borgiana. Intento corregirlo.

Lo que quería decir es que Borges se introdujo en mi vida de lector de una manera imperceptible. Y luego, ha sido como si siempre hubiese estado ahí.

Borges ha sido uno de los escritores más destacados del siglo XX. Si no obtuvo el Premio Nobel fue por confesadas razones políticas. En realidad, en esos premios, tanto en los otorgados como en los denegados, han jugado razones políticas. O sea que, en esto, Borges no ha sido una clamorosa excepción. Lo que sí resulta excepcional es que un escritor como él, de ficción (entre otras cosas) y de una imaginación más que notable, no haya dejado ni una novela escrita. Sus ficciones son pequeños relatos en los que sobre todo destaca el título, la geometría de la trama y, en muchas ocasiones, el golpe final. Uno tiene la impresión de que su omisión de la novela se debe a cierta pereza que le impide complicarse la vida con largos desarrollos. O a cierto sentido de la economía artística. Si en dos páginas se dice lo que interesa y se consigue el efecto deseado, ¿para qué doscientas?

Borges o la brevedad, un aspecto sobre el que quizá no se ha estudiado lo suficiente. Hay otro aspecto que solo es relevante para el que escribe esto: de los autores de mi vida tratados hasta ahora – doce, con este – Borges es el primero que se aparta de la corriente romántica. Y es que, por extraño que parezca, finalizado el siglo XX, la cultura occidental aún no ha conseguido despegarse del magma romántico. La literatura, el cine, el teatro, la música popular, diría que el noventa por ciento de la producción artística se mueve todavía en la esfera del romanticismo, donde se rinde pleitesía a lo inconsciente, lo irracional, la exaltación, la inspiración, la genialidad, la sinceridad (raro concepto aplicado al arte), l’amour fou, la noche y la muerte. Cierto que entre los doce aludidos están Séneca y Goethe, pero no es menos cierto que el romano puede considerarse como el más romántico de los clásicos y que el alemán fue las dos cosas sucesivamente, o al mismo tiempo.

Con Borges por primera vez se presenta ante mí el escritor frío, cerebral, mesurado, artesano del lenguaje por encima de todo, manipulador de símbolos, riguroso administrador de palabras, aunque a veces se exceda en la insistencia de algunos adverbios y adjetivos.

Además de relatos de ficción, escribió una especie de ensayos, a veces también de ficción, sobre autores inexistentes, por ejemplo, con lo que las fronteras entre los géneros se desdibujan. Y aún más si tenemos en cuenta su poesía, que también escribió, de tonos épicos y lenguaje entre llano y pedante.

Pero no hay duda de que lo más relevante de su producción literaria son los relatos. Solo mencionaré – porque recuerdo que esto no es un estudio literario, sino una recopilación de impresiones personales – algunos que se destacan en mi memoria. Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, en que relata el proceso de conversión de un mundo imaginario en una provincia de la geografía real; Pierre Menard, autor del Quijote, ensayo-ficción sobre la imposibilidad de leer una obra con los mismos ojos del autor y de la época en que se escribió; La lotería de Babilonia, donde se describe la institucionalización del azar que domina nuestras vidas; La Biblioteca de Babel, donde imagina el universo como una biblioteca infinita en la que se contiene absolutamente todo, incluidos los catálogos de lo falso y lo inexistente; Emma Zunz, impresionante historia de una venganza en la que tanto juegan la astucia como el autosacrificio; El Aleph, que narra el descubrimiento de un punto material en el que se puede ver “sin superposición y sin transparencia” todas y cada una de las cosas existentes en el universo; El jardín de los senderos que se bifurcan, relato de la acción final de un espía, que consigue enviar la información mediante la sola comisión de un acto criminal. (continúa)

(De Los libros de mi vida)

 

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Córdoba (borgiana)

Un hecho cierto y una reflexión evidente inspiraron esta historia.

La decisión era tan firme como si la hubiera meditado largo tiempo. Iría a Córdoba. Lejana y sola, como dejó escrito el poeta. No recordaba por qué lejana y sola. Desde el mismo instante de la decisión, el estribillo se le había instalado en la cabeza, y ahí seguía acompañando sus pensamientos.

El día antes de la partida preparó sin prisa la breve maleta, después abrió el ordenador y se perdió un poco por el plano de la ciudad. Ahí el hotel, ahí el río, ahí las anchas avenidas, ahí las laberínticas callejuelas, ahí la mezquita, ahí la estación adonde llegaría y de donde partiría al cabo de pocos días, tiempo en el que permanecería desconectado de todo y de todos.

Se dijo que estaría bien lanzar una aviso por la red. Tecleó:

Me voy a Córdoba. Lejana y sola. Una semana. No estaré para nadie.

Satisfecho, podía dormir tranquilo. Había de salir por la mañana pronto.

¿Por qué lejana y sola? Y pensó que si no lo averiguaba, si, con el conocimiento, no extirpaba de su mente el estribillo, quizá no fuese tan fácil dormir tranquilo. Buscó el libro, halló la página y leyó:

Córdoba

Lejana y sola

Jaca negra, luna grande

Y aceitunas en mi alforja.

Aunque sepa los caminos

Yo nunca llegaré a Córdoba

Por el llano, por el viento,

Jaca negra, luna roja.

La muerte me está mirando

Desde las torres de Córdoba.

¡Ay qué camino tan largo!

¡Ay mi jaca valerosa!

¡Ay que la muerte me espera,

antes de llegar a Córdoba!

Córdoba.

Lejana y sola!

Un súbito sentimiento de terror se apoderó de él. Aquellos versos lo decían claro: no llegaría a Córdoba. La muerte le esperaba en el camino (¡ay que la muerte me espera, antes de llegar a Córdoba!).

No se consideraba supersticioso, pero aquello no podía ser casual. Buscó en la memoria los motivos de su decisión de viajar precisamente allá. No encontró ninguno. El nombre de la ciudad solo le evocaba lejanos textos del bachillerato y aquellos no menos lejanos versos recién releídos. Así que el motivo oculto había de estar dentro de él mismo, en la memoria escondida de los versos y en la presciencia de su destino.

¿Anularía el viaje? Absurdo. No se puede anular el destino. Recordó vagamente aquel cuento oriental en que un hombre, para escapar de la inminente muerte anunciada marcha a una ciudad muy lejana, y ahí se encuentra con la misma Muerte, asombrada de verlo tan lejos del lugar adonde iba a buscarlo. No, no se puede anular el destino.

Durante el viaje intentó inventariar los accidentes graves que habían sufrido los trenes de aquel tipo: uno. Consideró el estado de su salud según la última revisión médica: bueno, para la edad. ¿Cuál otra podría ser la causa del hecho anunciado? No quiso pensar más. Se abandonó a la contemplación de la tierra desolada que se extiende entre los campos catalanes y los vergeles andaluces, y se quedó dormido.

 

Arrastraba la maleta por la amplia avenida bordeada de verdes arbustos y de largos arriates profusos en rosales. Una alegría honda le embargaba. Estaba allá, en Córdoba. Había llegado, vivo y feliz. La amenaza era falsa, el destino anunciado no era verdadero. Nunca más se dejaría impresionar por avisos o señales.

Detuvo el paso. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Como si se hubiese levantado el telón que oculta las últimas verdades, comprendió que Córdoba no era una ciudad. Para él, Córdoba era la cifra, el nombre provisional de un lugar que nunca alcanzaría porque en su camino ya le estaba esperando la inexorable muerte.

 

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Henry Miller o la pasión de escribir II

 

Pero lo que sigue – La crucifixión rosada, formada por Sexus, Plexus y Nexus – es la tragedia cotidiana del protagonista, debatiéndose entre las venturas y desventuras de las relaciones personales y el íntimo deseo de autorrealización: el amor, los engaños, los celos, los intentos denodados de escribir y de publicar, la galería de personajes que entran y salen de escena, cada cual con su carga de oscuridad y frustración. Pero aquí el gran protagonista no aparece ya como el gigante del sexo de sus obras anteriores, sino más bien como víctima ingenua de la mujer – mundana, práctica, evasiva – y de otros aspectos de la llamada “realidad de la vida”, impermeable a toda visión o empeño poético. Y al convertir el sufrimiento en escritura descubre, asombrado, que ese sufrimiento no es tal, que es un poco fingido, un poco en broma, una crucifixión sí, pero una crucifixión rosada. Materia literaria. “Con una mujer solo se pueden hacer tres cosas: amarla, sufrirla o convertirla en literatura,” escribe.

Después de esta trilogía novelística en busca de su particular tiempo perdido, Miller se decanta por algo parecido al ensayo, literario, ideológico y vital, con elementos en algunos casos de ficción en una proporción que sólo él podría explicarnos. Ahí están El coloso de Marusi, impresiones sobre su breve estancia en Grecia, Pesadilla de aire acondicionado, visión demoledora de los Estados Unidos a su regreso (1940), Los libros en mi vida, La sabiduría del corazón, El ojo cosmológico, Big Sur y las naranjas de Hierónymus Bosch, leídas todas, como las antes comentadas, durante aquel año vigésimoquinto de mi vida, siempre en ediciones argentinas (excepto El coloso), además de Primavera Negra, que pertenece al período anterior.

Henry Valentine Miller nace en Nueva York en 1891, hijo de una familia de origen alemán. Asiste a la escuela solo unos meses, hace todo tipo de trabajos para subsistir, incluido el de empleado de la sastrería de su padre. Lee mucho, sobre todo en bibliotecas públicas, escribe, escribe sin parar e intenta publicar algunos de sus relatos sin éxito. Sus relaciones amorosas no son nada tranquilas. En 1930, tras la prolongada pasión que, trasfigurada literariamente, nos describe en La crucifixión rosada, rompe con todo y marcha a Europa con la intención de ir a España. Pero se queda en París, donde permanecerá nueve años.

Los principios del escritor pobre y desconocido son muy duros. Pronto, gracias a ciertas almas capaces de ver lo que hay en él, entre ellas Anaïs Nin (hay una ilustrativa correspondencia entre ambos), consigue publicar, en inglés y y francés, Trópico de Cáncer, novela que merece los elogios de Jean Giono y de Lawrence Durrell, entre otros. La publicación de Primavera Negra y Trópico de Capricornio consolidan su prestigio de escritor.

No en su país, donde sus primeras obras son prohibidas por obscenas. Para levantar esa prohibición, hecho que no tuvo lugar hasta 1961, influyó la circunstancia de que, acabada la segunda guerra mundial, muchos de los soldados americanos que volvían a casa desde Europa llevasen en sus mochilas libros del compatriota proscrito, propiciando de ese modo que el público en general tuviese acceso a sus obras.

En 1939 pasa unos meses en Grecia invitado por Durrell, hasta que el estallido de la guerra le mueve a volver a América. Ahí, antes de fijar residencia, recorre todo el país en automóvil, viaje que le proporciona una visión amarga y profundamente negativa del auténtico “modo de vida” americano (Pesadilla de aire acondicionado). Finalmente, a los cincuenta años cumplidos, se establece en la costa de California, en la zona que había de ser considerada el principal foco originario de la cultura beatnik y hippy, en la que él mismo tuvo gran influencia.

Se casa alguna vez más, tiene por lo menos un hijo, y pinta, sobre todo acuarelas, frente al océano infinito. Muere a los 88 años.

Hay escritores en los que vida y obra corren paralelas, como es inevitable, pero apenas intercomunicadas. Pensemos en Balzac o Dumas, o en otros tantos ocupados en vidas totalmente ajenas. Y otros en los que la obra viene a ser la forma artística que adopta la vida propia, de manera que ambas se presentan como inseparables. Es el caso de Goethe, por ejemplo. Y de Henry Miller. Situar juntos a Goethe y Miller puede parecer absurdo y hasta disparatado. Sus biografías discurren por galaxias muy apartadas entre sí, y sus obras respectivas apenas muestran algún punto de contacto. Y sin embargo, para mí, algo tienen en común. Ambos son astros luminosos – uno más que otro -, pero lejanos, muy lejanos… Aunque, pensándolo bien, no hay tanta diferencia entre los dos. O entre los tres. Dice Miller:

Al simplificar nuestra vida todo adquiere un significado hasta entonces desconocido. Cuando estamos de acuerdo con nosotros mismos la brizna de hierba más insignificante asume su lugar adecuado en el universo.

Diría que esto lo suscriben también los otros dos.

(De Los libros de mi vida)

 

			

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Henry Miller o la pasión de escribir I

 

En el otoño de 1964 cumplía yo veinticinco años. Hacía dos que había terminado la carrera, y desde entonces me había dedicado a casi nada: acabar el servicio militar obligatorio (especial para universitarios: solo los veranos), ejercer de profesor-ayudante en la cátedra de derecho político, iniciar y romper un noviazgo, empezar a traducir y a informar libros para editoriales… Con el primer dinero que cobré por una traducción, pasé unos días en París. Solo. Vi películas que en España no se podían ver, me pateé el Barrio Latino y un poco más, compré algunos libros, hablé con algunos exiliados españoles en la barra de algún bar, no encontré a la persona con quien pensaba contactar (en la editorial El Ruedo Ibérico), y regresé tan solo como me había ido.

Lo de “casi nada” no significa que algunas de las actividades mencionadas no tengan su valor intrínseco; significa que no eran nada para mí comparadas con lo único que de verdad me importaba: escribir. Pero tenía la sensación de que el caso estaba ya cerrado. El que no ha escrito algo de valor a los veinticinco años, me decía, es que no sirve para el oficio. Porque yo escribía, y mucho. Pero nada se concretaba, nada tomaba forma, todo eran hojas sueltas que, como a tales, se las llevaba el viento.

Una noche, después de la partida de ajedrez y de las divagaciones habituales alrededor de los dos puntos fijos de siempre (hay que cambiar la sociedad, qué será de nuestras vidas), mi amigo mencionó un autor para mí desconocido; un cuñado suyo, residente en Venezuela, le había hablado de un escritor norteamericano increíble. Se llamaba Henry Miller y estaba prohibido en España.

Lo de la prohibición era fácilmente superable, al menos en Barcelona. Varias librerías, en sus disimulados trasteros, tenían siempre ejemplares disponibles de muchas de las obras contenidas en todos los Índices eclesiásticos y políticos. Más difícil de superar era el hecho de encontrarme ante unas páginas repletas de pornografía y de todas las miserias y locuras de la existencia humana. Pero no me arredró la primera impresión, porque enseguida vi que el espíritu estaba allá mismo: una fuerza incontenible abriéndose paso entre el sinsentido, escupiendo sobre todo lo mezquino, lo soberbio y lo severo para hallar la única paz posible, la que se esconde en el fondo del universo y de uno mismo.

Lo primero que leí fue Trópico de Cáncer. El protagonista – claramente el mismo Miller – tiene cuarenta años. Finalmente, tal como soñara, ha roto por completo con toda su vida anterior. Está en París sin nada a la vista y nada en los bolsillos, provisto solo de su firme determinación de escribir, de aflorar desde sí mismo. Ya en las primeras páginas nos dice

No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo.

Y unas líneas más abajo:

Esto no es un libro en el sentido corriente de la palabra. No, esto es un insulto prolongado, un escupitajo en la cara del Arte, una patada en el trasero de Dios, del Hombre, del Destino, del Tiempo, del Amor, de la Belleza… de lo que quieras. Voy a cantar para ti, quizá un poco fuera de tono, pero cantaré. Cantaré mientras tu la palmas, bailaré sobre tu sucio cadáver…

Trópico de cáncer es un final y a la vez un principio. Es el final de la vida absurda, no querida, impuesta por la inercia de la sociedad, final que tiene lugar con su decisión de echarlo todo a rodar y de largarse a otro mundo a escribir. Y es el principio de la vida nueva, en la escena de París, que incluye la recuperación artística de la vida vieja para quedar al fin libre y desnudo ante la verdad.

La novela se presenta como autobiográfica, y sin duda lo es, si le restamos cierta dosis de exageración (no solo sexual) y otros afeites propios del arte. Por sus páginas, donde narra los primeros tiempos de su estancia en París, pasan toda suerte de tipos extravagantes, grotescos, increíbles. Las escenas de sexo, mecánico, compulsivo, sin atisbo alguno de sentimiento humano, se suceden continuamente. No hay ni una pizca de compasión o simpatía, ni un intento de comprensión del caos en que vive inmerso. Una especie de alegría feroz recorre el relato. Y al final, todo el lirismo que uno intuye soterrado aflora en el sentimiento que Miller experimenta en la contemplación del lento curso del Sena:

El sol se pone. Siento este río fluir a través de mí. Su pasado, su anciana tierra, el clima cambiante. Las colinas que lo ciñen mansamente; su curso está fijo.

En Trópico de Capricornio se repiten muchas características de su obra anterior, si bien se refiere más a su pasado americano. La novela está estructurada como un continuo ir y volver del presente al pasado, trufado de reflexiones personales correspondientes al momento en que escribe. De los recuerdos de sus varios trabajos antes de la ruptura definitiva, destacan los de su actuación en una empresa de mensajería, donde, entre otras cosas, se dedica a contratar y despedir personal de acuerdo, en principio, con las normas de la empresa; normas que halla un placer especial en boicotear. La novela culmina con la aparición de Mona (June, que había de ser su segunda esposa), que parece anunciar una vida plena de amor y realizaciones. (continuará)

 (De Los libros de mi vida)

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El misterio de Ovidio II

Se dice que unos amigos de Ovidio, que lo eran también de Germánico, organizaron en casa del poeta una sesión de adivinación esotérica para averiguar si su candidato sería finalmente el elegido. Alguien dio el soplo. Augusto, encolerizado por lo que consideró una conspiración, un atentado contra su poder absoluto, decidió cortar por lo sano. Pero ¿qué hacer? Si castigaba a los principales culpables, descubriendo el auténtico motivo del castigo, pondría de manifiesto la existencia de una importante oposición a sus designios, con el peligro de que, al airearse, esta se propagase como el fuego. Ovidio le dio la solución. Quiero decir que la presencia del poeta en el escenario del “delito” le sirvió para diseñar un plan de castigo realmente astuto.

Para él, el odiado poeta, cantor de amores libidinosos y denostador de hecho de su programa de regeneración moral, merecía la pena, cualquiera que hubiese sido su participación en el acto subversivo. Los otros también, por supuesto. Pero en este caso, más efectivo que un castigo, que podía sacar a la luz pública el motivo verdadero, cosa que Augusto temía por encima de todo, sería el escarmiento en cabeza ajena. En adelante sabrían muy bien a qué atenerse y además no podrían hablar ni una palabra del asunto sin de alguna manera inculparse. Oficiosamente se castigaba a Ovidio por la inmoralidad de sus poemas. Nadie tenía que buscar otra razón. No sabemos si la cosa coló o no entre la sociedad romana. Porque estaba el detalle, ciertamente extraño, de que aquellos poemas “inmorales” llevaban por lo menos ocho años circulando por salones y bibliotecas sin que nadie hubiese molestado para nada al célebre y admirado autor.

Tampoco el poeta castigado tenía opción alguna a la defensa, no ya jurídica, que era de hecho imposible, sino moral. Él mismo da entender en algún punto de su obra del exilio que, si revelase la realidad del error, Augusto se sentiría aún más ofendido. Así que, visto lo que se daba, se comprende muy bien el silencio del poeta.

La hipótesis que acabo de exponer no me ha venido de la nada. Está basada en una idea de Carcopino. Creo que es la más lógica y comprensible de cuantas he tenido noticia, incluyendo las que apuntan a supuestas relaciones con Julia, la hija disoluta de Augusto, o al conocimiento casual por parte del poeta de alguna intimidad inconfesable del César o de su esposa Livia, que son las más extendidas. También hay alguna un poco – o un mucho – extravagante, de esas que parecen lanzadas para llamar la atención sobre la persona del lanzador. La que, entre todas éstas, se lleva la palma es la formulada por J.J. Hartmann en 1923.

Según este erudito, el exilio de Ovidio nunca existió. Es pura ficción, que el poeta tramó para proporcionarse el tema de sus últimas obras (Tristes, Pónticas y Contra Ibis). O sea, que no hubo rayo jupiterino ni destierro al fin del mundo; que Ovidio seguía tan ricamente en su villa romana mientras imaginaba que se moría de frío y de terror en un inhóspito lugar de la costa del mar Negro. Es una lástima que el tal Hartmann fuese prácticamente contemporáneo de Oscar Wilde, porque, de no ser así, quizá nos hubiese regalado también la ingeniosa teoría de que la condena y la prisión de Wilde nunca existieron, de que fue todo pura ficción para justificar sus obras De profundis y Balada de la cárcel de Reading. Aunque también podría ser que el inexistente fuese el tal Hartmann, es decir, que este investigador hubiese sido imaginado en 1985 por el también investigador Fitton Brown para dar éste mayor autoridad a su propia teoría sobre la inexistencia del exilio ovidiano… Pero no sigamos por este camino y dejemos en paz a los eruditos con sus inocentes fantasías y querellas.

(De Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas)

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El misterio de Ovidio I

Corría el año 8 de nuestra era. Publio Ovidio Nasón tenía cincuenta; era un hombre feliz. Muy feliz. La fama le señalaba como el gran poeta de moda. Todos los salones estaban abiertos para él. Amaba a su tercera esposa y era fielmente correspondido. Cultivaba encantado las notables capacidades intelectuales de la hija que le diera su anterior esposa. Acababa de coronar su gran Metamorfosis y ya iba a someterla al juicio de su selecto círculo habitual, antes de publicarla. Fue en ese momento cuando le alcanzó el rayo de Júpiter, la orden de relegatio (destierro sin pérdida de bienes ni de ciudadanía) dictada por Augusto, que le obligaba a salir de Roma y a residir en Tomis, a orillas del mar Negro. ¿Por qué?

El intento de responder a esta pregunta ha generado ríos de tinta, que diría un escritor poco imaginativo, como quizá es el caso. Numerosos estudiosos de todas las latitudes han empleado tiempo, esfuerzo y a veces fantasía en el empeño de descifrar el enigma. Todo inútil. Y es que parece que la respuesta exacta se quedará oculta en una de tantas nubes oscuras e impenetrables que adornan el cielo de la historia, hasta que quizá, algún día, venga un poeta para alzarnos el telón de la escena verdadera. Algo así intentó Vintila Horia con su novela Dios ha nacido en el exilio, pero se quedó en un bello intento, anacrónicamente edulcorado con propaganda cristiana, por cierto.

No hay ningún documento o testimonio de la época que arroje un poco de luz sobre el asunto. Sólo las palabras que el propio Ovidio va dejando aquí y allá en su obra posterior al destierro, y que no aclaran lo fundamental. Las causas de su desgracia, nos dice en repetidas ocasiones, fueron carmen et error. Carmen es el poema, es decir, la obra poética licenciosa que le atrajo las iras de Augusto. Es verdad que, con solo esto, ya tenía el poeta preparada su sentencia. Pero faltaba la rúbrica. Y la rúbrica fue aquel hecho misterioso, quiero decir, desconocido tal vez para siempre, que el propio afectado designa con el nombre de error. Las hipótesis son variadas y, algunas, hasta disparatadas. Y dado que también tengo yo derecho a decir la mía e incluso a disparatar, ahí va mi propuesta.

Es evidente que el error debió de consistir en algo muy grave para que mereciese un castigo tan severo. Pero ¿de qué naturaleza? Respuesta fácil: política. Y es que, para un autócrata, lo único que reviste auténtica gravedad es lo que se relaciona con sus prerrogativas y su permanencia en el poder. Y adelantándome a ciertas objeciones que se me podrían oponer, he de recordar que Augusto no era un Nerón o un Calígula, para quienes la maldad no iba sólo asociada al mantenimiento del poder sino que era además expresión de unas mentes débiles y desequilibradas. Por el contrario, Augusto era un dechado de fortaleza y de equilibrio, así que, repito, lo único realmente grave para él era lo que podía atentar contra su poder. Pero esto nos lleva a una conclusión sorprendente: que Ovidio, el suave y risueño vate de las penas y alegrías del amor, el artista delicado y visceralmente apolítico, conspiraba contra el César. Más que sorprendente, es increíble.

Por aquellos años tenía lugar una sorda lucha en los aledaños del poder – frase manida, pero que se ajusta perfectamente al caso. Augusto no contaba con un sucesor claro. No tenía hijos varones propios, y tampoco existía en Roma ley o tradición alguna que impusiese una sucesión familiar. Los candidatos naturales eran dos: Germánico, de la familia Julia, casado con una nieta de Augusto y que se había de revelar como uno de los mayores genios militares de la historia romana (y padre de Calígula) y Tiberio, de la familia Claudia, hijo del anterior matrimonio de la esposa de Augusto, Livia. Naturalmente, la influencia de la esposa pesaba mucho, así que Tiberio se hallaba en mejor posición que el oponente. Tanto que parece que Augusto ya lo tenía designado in mente. Pero los del círculo de Germánico no perdían la esperanza. (continuará)

(De Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas)

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