Córdoba (borgiana)

Un hecho cierto y una reflexión evidente inspiraron esta historia.

La decisión era tan firme como si la hubiera meditado largo tiempo. Iría a Córdoba. Lejana y sola, como dejó escrito el poeta. No recordaba por qué lejana y sola. Desde el mismo instante de la decisión, el estribillo se le había instalado en la cabeza, y ahí seguía acompañando sus pensamientos.

El día antes de la partida preparó sin prisa la breve maleta, después abrió el ordenador y se perdió un poco por el plano de la ciudad. Ahí el hotel, ahí el río, ahí las anchas avenidas, ahí las laberínticas callejuelas, ahí la mezquita, ahí la estación adonde llegaría y de donde partiría al cabo de pocos días, tiempo en el que permanecería desconectado de todo y de todos.

Se dijo que estaría bien lanzar una aviso por la red. Tecleó:

Me voy a Córdoba. Lejana y sola. Una semana. No estaré para nadie.

Satisfecho, podía dormir tranquilo. Había de salir por la mañana pronto.

¿Por qué lejana y sola? Y pensó que si no lo averiguaba, si, con el conocimiento, no extirpaba de su mente el estribillo, quizá no fuese tan fácil dormir tranquilo. Buscó el libro, halló la página y leyó:

Córdoba

Lejana y sola

Jaca negra, luna grande

Y aceitunas en mi alforja.

Aunque sepa los caminos

Yo nunca llegaré a Córdoba

Por el llano, por el viento,

Jaca negra, luna roja.

La muerte me está mirando

Desde las torres de Córdoba.

¡Ay qué camino tan largo!

¡Ay mi jaca valerosa!

¡Ay que la muerte me espera,

antes de llegar a Córdoba!

Córdoba.

Lejana y sola!

Un súbito sentimiento de terror se apoderó de él. Aquellos versos lo decían claro: no llegaría a Córdoba. La muerte le esperaba en el camino (¡ay que la muerte me espera, antes de llegar a Córdoba!).

No se consideraba supersticioso, pero aquello no podía ser casual. Buscó en la memoria los motivos de su decisión de viajar precisamente allá. No encontró ninguno. El nombre de la ciudad solo le evocaba lejanos textos del bachillerato y aquellos no menos lejanos versos recién releídos. Así que el motivo oculto había de estar dentro de él mismo, en la memoria escondida de los versos y en la presciencia de su destino.

¿Anularía el viaje? Absurdo. No se puede anular el destino. Recordó vagamente aquel cuento oriental en que un hombre, para escapar de la inminente muerte anunciada marcha a una ciudad muy lejana, y ahí se encuentra con la misma Muerte, asombrada de verlo tan lejos del lugar adonde iba a buscarlo. No, no se puede anular el destino.

Durante el viaje intentó inventariar los accidentes graves que habían sufrido los trenes de aquel tipo: uno. Consideró el estado de su salud según la última revisión médica: bueno, para la edad. ¿Cuál otra podría ser la causa del hecho anunciado? No quiso pensar más. Se abandonó a la contemplación de la tierra desolada que se extiende entre los campos catalanes y los vergeles andaluces, y se quedó dormido.

 

Arrastraba la maleta por la amplia avenida bordeada de verdes arbustos y de largos arriates profusos en rosales. Una alegría honda le embargaba. Estaba allá, en Córdoba. Había llegado, vivo y feliz. La amenaza era falsa, el destino anunciado no era verdadero. Nunca más se dejaría impresionar por avisos o señales.

Detuvo el paso. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Como si se hubiese levantado el telón que oculta las últimas verdades, comprendió que Córdoba no era una ciudad. Para él, Córdoba era la cifra, el nombre provisional de un lugar que nunca alcanzaría porque en su camino ya le estaba esperando la inexorable muerte.cordoba

 

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2 comentarios

Archivado bajo Opus meum

2 Respuestas a “Córdoba (borgiana)

  1. Marly Maria Ribeiro de Barros

    Amei o texto! Deixa uma reflexao enorme sobre a vida, nos impulsionando a pensa-la… Obrigada, Antonio, por permitir que possa desfrutar!

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