VENTANAS A LA ¿REALIDAD?

La fábula es de origen francés. Lo que no impide que, debidamente adaptada, se convierta en materia de lectura de la gran mayoría de escolares españoles de los años cuarenta y cincuenta, principalmente del alumnado marista, orden religiosa que se convierte en su propietaria o gestora a través de la Editorial Luis Vives. Me refiero al Libro de España.

Finalizada la guerra civil española, dos menores, uno de quince años, el otro de diez, que han quedado huérfanos, emprenden viaje de regreso a su país para reunirse con un familiar dispuesto a acogerlos. Dado que la residencia del familiar se halla situada en el sur de la península, el viaje, que se inicia en la frontera francesa, supone un largo recorrido por gran parte de la geografía española.

  • Y así, acompañados por lo general por alguna persona ilustrada y bondadosa, van conociendo las peculiaridades de cada región y lugar, atesorando lo que ha de servirles para luego trabajar por la causa de los buenos españoles, se supone que tan buenos como el padre falangista fallecido.

Pero el tema principal es el de los héroes que ha dado el país. Y es que en ingenio en valor, en grandeza de alma no hay pueblo que iguale al pueblo español. Para ruborizarse.

Todo ello sazonado con los debidos tópicos (no falta “la industriosa Cataluña”) y las manipulaciones de la historia, como confundir un mercenario de fortuna, que incluso estuvo al servicio de musulmanes, con un héroe español (adjetivo entonces inexistente), valiente en los combates y siempre vencedor.

Hasta que, en algún punto, el alma propagandística del texto sale a la superficie sin ningún pudor, por ejemplo cuando se menciona la creación de la Falange Española Tradicionalista, que todos los buenos españoles debemos acatar.

Vista la naturaleza e intención del texto, qué podía hacer un niño de entre 9 y 14 años como yo. Nada, callarse. Porque quién sabe quién tiene razón. Y la familia era en este tema, y en otros,  clara partidaria de la teoría del “mal menor”, que ciertamente nunca ha dado malos resultados.

Y sin embargo, sin saberlo, yo tenía el antídoto al alcance de la mano. Sí, por los mismos años en que leía El libro de España por imperativo escolar me solazaba con otro libro nada oficial que alguien me había regalado.

Corazón, de Edmondo De Amicis, era un producto italiano surgido unas décadas antes que el español que acabo de comentar. Tuvo un éxito enorme en el ámbito de la literatura juvenil.

Me encantó. Y sin embargo no supe ver la gran diferencia entre uno y otro. O quizá es que los consideraba pertenecientes a mundos diferentes por naturaleza incomparables. 

Y es que lo que destaca en la obra de De Amicis es una especie de ingenua ostentación de bondad. El niño rico ayuda al pobre; el inteligente al torpe; el maestro enseña que no se debe menospreciar a nadie por su condición social; el padre aconseja al hijo sobre valores tales como el trabajo, el esfuerzo, el patriotismo…¡alto! oigo la protesta.  ¿El patriotismo?

Sí. Porque el patriotismo es como el colesterol: lo hay malo y lo hay bueno.

Aquella Italia hacía unas décadas que, tras una serie de episodios bélicos, había conseguido la unidad de las tierras y pueblos de la península y se había constituido en un Estado-Nación, del que prácticamente todos, con independencia de ideologías y credos, se sentían orgullosos. Había nacido el patriotismo italiano. El más joven de Europa. Y, como todo lo joven, quizás el más limpio y espontáneo.

Y esa realidad en nada se parecía a la que vivía el niño un poco atontado que yo era. Dios me perdone.

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