La muerte

vergesQuería escribir sobre la muerte, pero me ha dado miedo y he decidido cambiar de tema. Poco después he pensado que no hay para tanto, que si se agarra el toro por los cuernos, es probable que no llegue a cornearnos. Así que, adelante.

La muerte es eso que nos sucede a todos los vivos al final de nuestras vidas. A todos. Desde pequeños, estamos acostumbrados a ella. Matamos hormigas, a veces inadvertidamente, asfixiamos insectos, la mayoría hasta devoramos peces, aves y mamíferos, si bien  solemos confiar la matanza a manos ajenas. Incluso la muerte de seres humanos se nos presenta al principio como un espectáculo lejano y divertido. ¿Quién no ha disfrutado en su infancia de aquellas películas en las que los “buenos” tirotean sin piedad a los “malos”? ¿Ficción? Bueno, para un niño muy pequeño no está muy claro que sea ficción.

Pero el niño crece, y llega un día en que se da cuenta de que también él puede desaparecer. Como una hormiga, como un flitinsecto, como un indio o japonés de película de Hollywood años 40-50. Pero ¿cómo? ¿Yo también? Sí, tú también, como los otros. ¡Pero yo no soy los otros, yo soy yo!… Y es entonces cuando la muerte se revela como la gran injusticia, el gran misterio que acongoja a la humanidad desde que le empezó a despuntar el raciocinio.

Pero, injusticia ¿por qué? Precisamente la muerte es la gran niveladora, la única que trata por igual a ricos y pobres, a príncipes y mendigos, como no se cansaban de propagar las artes de la Edad Media, tan poéticamente, a veces.

Y misterio, ¿por qué? Si es el proceso más claro y transparente que se da en la naturaleza, si todos los días lo tenemos ante nosotros en forma de individuos vegetales y animales, racionales o no, que se extinguen para siempre… ¿Dónde está el misterio?

En la muerte no hay ningún misterio. Y sin embargo no la aceptamos y nos rebelamos ferozmente contra ella. ¿Por qué? Ahí está el misterio.

indiosDesde mi modesta posición de simple comentarista de casi nada, me gustaría dar un consejo a filósofos en ejercicio y pensadores interesados por la ciencia (los otros pensadores pueden seguir con sus musarañas). Por favor, olvídense de la muerte. Desde pequeñitos, todos sabemos lo que es y no nos van a descubrir nada nuevo. Céntrense en ese impulso interior que nos quiere vivos y que rechaza contra toda lógica la muerte. Investiguen sobre esa fuerza profunda del ser humano que, contra toda razón, se considera, se siente, inmortal.

Me temo que tampoco por ahí se llegará a ninguna conclusión, pero al menos se estará en la senda correcta, imagino.

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8 comentarios

Archivado bajo Postales filosóficas

8 Respuestas a “La muerte

  1. Joan

    La frase “todos los seres vivos son mortales” desde la lógica formal, no se puede constatar. Para hacer tal aseveración habría que esperar hasta que se muriera el último ser viviente, y no quedaría nadie para certificarla. O sea, Antonio, mientras estemos vivos podemos tener esperanzas de ser inmortales. Otra cosa es que después de vivir ,más de 70 años en un mundo tan irracional no queden muchas ganas de seguir en él.

  2. Marly de Barros

    Si la corrupción si mantiene con los seculos… la aflicción nos hace sufrir por todos los miedos de la naturaleza humana. La vida es,si, un tormento,en su sentido mayor, aparte de las analogías de Shopenhauer a Freud. Tendremos que, permanentemente, enfrentar las adversidades que ella nos impone y, intentar, de mantener la serenidad.

  3. Borges

    Creo esta noche en la terrible inmortalidad:
    ningún hombre ha muerto en el tiempo, ninguna mujer, ningún muerto,
    porque esta realidad de fierro y de barro
    tiene que atravesar la indiferencia de cuantos estén dormidos o muertos
    (aunque se oculten en la corrupción y en los siglos)
    y codenarlos a vigilia espantosa.

  4. “Para mí el momento de la muerte será un momento de júbilo, no de temor.” Reconoce, Baphomet, que hay que ser muy especial para poder convertir ese deseo en realidad en el momento crítico.

    • Así es, Antonio, lo reconozco. Hay que ser tan especial como estos ascetas de la India cuyo discurso suena tan tranquilizador y convincente como el de un Schopenhauer diciéndonos que no debemos preocuparnos por perder nuestra individualidad tras la muerte porque la parte esencial de nosotros persiste y es indestructible y eterna.

  5. La última observación del artículo me ha recordado a la proposición de la “Ética” de Spinoza, según la cual “cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser”. Así, los seres vivos en general aspiran a perseverar en ese estado y a luchar contra la muerte.
    Las televisiones ofrecen multitud de películas plagadas de crímenes y masacres y sin embargo no por ello los espectadores parecen sentirse afectados por esas imágenes, a pesar de su realismo. Quizá esto se deba a que, además de distinguir la realidad de la ficción, ven que los personajes rara vez mueren en la cama de un hospital -como la mayoría de nosotros- sino en terribles circunstancias que no suelen ser los accidentes de tráfico en los que, por desgracia, en el mundo real mueren tantas personas.
    Un saludo

    • A mi entender, esa proposición de Spinoza se constituiría en una de las bases fundamentales de la filosofía de Schopenhauer. Un saludo, y gracias por pasar por aquí.

      • ¡Ni dudarlo, Antonio! El famoso conatus essendi spinoziano tiene una influencia directa sobre el concepto de «voluntad de vivir» tal como la entiende Schopenhauer. Después, en Darwin devendrá «instinto de supervivencia», en Nietzsche «voluntad de poder» y en Freud «pulsión de vida» (Eros).
        En cuanto a la paradoja tan schopenhaueriana que consiste en aferramos desesperadamente a lo que constituye la fuente de nuestro sufrimiento, Sri Nisargadatta Maharaj sostiene:

        «Yo no miro a la muerte como una calamidad, ni tampoco me regocijo con el nacimiento de un niño. El niño viene a la aflicción mientras el muerto sale de ella. El apego a la vida es apego a la aflicción. Nosotros amamos lo que nos da tormento. Tal es nuestra naturaleza.
        Para mí el momento de la muerte será un momento de júbilo, no de temor. Yo lloraba cuando nací y moriré riendo.»

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