Marx también o, por fin, veintiuno

pitagorasDesde que el viejo Pitágoras se fijara en ellos, los números no han cesado de fijarse en nosotros. Yo no me considero numerólogo, ni astrólogo, ni supersticioso en general. Y sin embargo, en muchas ocasiones me siento prisionero de sus poderes. O sea, siento – que no, razono o deduzco – que para las cosas importantes no sirve un número cualquiera.

El ocho, por ejemplo, es un número cualquiera. Esto es lo que me ha impedido dar por concluida una numerosobra formada por relatos independientes. Eran ocho y no se me ocurría el noveno. Así que tuve que dejarla inconclusa y sin intentar su publicación. ¿Y por qué habían de ser nueve y no podía dejarla en ocho, tratándose de relatos independientes? No sé, quizá porque el nueve es múltiplo del tres, número clave por excelencia, que se lo pregunten a Dante, si no. A mí no me lo pregunten, porque francamente no entiendo nada.

Que no entienda no quiere decir que no sufra. Y es que algo parecido al sufrimiento es lo que sentía cada vez que repasaba la lista de los autores que habían de integrar Los libros de mi vida.  Veinte. Nada más y nada menos que veinte. Y veinte es un número cualquiera, eso salta a la vista. Recuérdese al pobre Neruda, obligado a añadir una canción desesperada a veinte poemas de amor nerudapara dejar la obra en condiciones.

Y una vez y otra repasaba mi lista. Había que arreglarlo. Mi libro, o lo que fuera, no podía salir al mundo con veinte, precisamente veinte, escritores de mi vida. Uno más, solo uno más y quedaría perfecto. Veintiuno es múltiplo de tres…¡ y además, de siete! número esotérico por excelencia. Así que solo faltaba un autor, uno más. Que reuniese los requisitos necesarios, por supuesto: calidad evidente e influencia en mi vida.

En realidad no tuve que pensar mucho. En seguida lo vi, ahí, sentado en un rincón, como castigado por alguna culpa, con su barba blanquinegra y sus ojos  inquisitivos, reprochándome mi ingratitud. Sí, cierto, Karl, pero es que, más que tu persona como autor, tuvo influencia en mí tu doctrina, pasada por muchas manos antes de llegarme, y por eso no había pensado en ti como escritor, ¿lo comprendes? Ni por un momento pienses que soy de los que van adaptando su pasado a la ortodoxia de la actualidad. No es mi estilo…

No hay más que hablar. Decidido.  Entre Teilhard de Chardin y Fedor Dostoyevski, Karl Marx. Así lo requiere mi historia. (Próximamente en este Blog)images (97)

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