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Por extraño que parezca

Por extraño que parezca hay escritores que no buscan la fama. Por extraño que parezca hay escritores a los que solo les interesa escribir, crear. Si me preguntan dónde están esos escritores, me pondrán en un aprieto. Yo no conozco a ninguno – cierto que conozco muy pocos de la actualidad -, pero estoy seguro de que los hay. Y más seguro aún de que los ha habido.

Y no me refiero a ese extraño tipo de persona que anda buscando el fracaso, ente ficticio creado por la mente hipercalórica de un escritor de nuestros días. Me refiero a aquel buen hombre, o a aquella buena mujer, que tiene el vicio de escribir cuanto mejor, mejor, y que no anda pendiente del viento de la moda, sino de llegar con sus palabras al descubrimiento y exposición del mundo exterior y del que lleva adentro, que son en suma lo mismo.

Ernesto Sabato no manifestó nunca ninguna necesidad ni ansia de ser famoso. Se puede pensar que fue así porque lo consiguió al primer intento, pero este pensamiento queda anulado ante la realidad de su ímpetu pirómano, que entregó a la hoguera cantidades de originales de los que se negó a obtener ningún provecho.

Franz Kafka sentía un inmenso pudor cada vez que su amigo Max Brod le arrancaba un original para que se publicase. Y expresó su deseo de que todos sus escritos no publicados fuesen destruidos. Por suerte para nosotros su amigo fiel le fue en esto infiel, dando con ello una maravillosa muestra de lealtad al escritor y a la humanidad lectora.

Se sabe de otros varios, todos escritores de primera línea, que estaban tan entregados a su obra que ni se les ocurría pensar en las posibles consecuencias prácticas, en dinero o en prestigio. Pienso ahora en Emily Dickinson, pero seguro que hay más, bastantes más. Tantos que se podrían contar con los dedos de las dos manos…O de una.

Sí, por extraño que parezca hay escritores que no buscan la fama; escritores a los que solo les interesa escribir, crear.

A veces imagino que soy uno de ellos.

Pero entonces no me habría subido a esta ridícula tribuna.

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Karl Marx o la marcha de la historia II

El que, educado en el pensamiento idealista, se adentre en el marxismo puede tener una extraña sensación, devastadora o liberadora, según los casos. De pronto, todo se invierte, todo cambia de posición y de importancia, lo que estaba arriba pasa a abajo, lo que estaba abajo pasa arriba. A veces, se puede tener la sensación de que todo se ordena, de que para entender el caos del mundo ha bastado con colocar las piezas en el lugar correcto. Se descubre, en fin, que las ideas no explican el mundo, que es el mundo, la realidad empírica, lo que explica las ideas; que la conciencia (el modo de ver la vida) no determina la existencia; que es la existencia (las condiciones en que uno vive) la que determina la conciencia. Una de las batallas de Marx fue precisamente contra los radicales hegelianos de izquierda, que separaban teoría y praxis y pretendían combatir las ideas con las ideas, igual que hacía el materialista Feuerbach. Y Marx es rotundo: las ilusiones (las falsas ideas) no se desvanecen predicando, sino cambiando las condiciones de vida. Porque en las condiciones actuales el hombre no está capacitado para comprender y liberarse: está alienado.

La alienación consiste en el proceso mediante el cual el ser humano es despojado de algo que le es propio, que pasa a ser extraño, ajeno. La alienación básica es la que se produce en el trabajo asalariado dentro del sistema capitalista, en el cual el trabajador se ve despojado de parte del producto de su trabajo, que va a incrementar el capital. También el estado y la religión son formas de alienación, en cuanto el individuo transfiere sus atributos propios a una superestructura social o a un ser supremo inexistente.

La alienación es consecuencia de las relaciones de producción que se dan en cada momento de la historia y que en el tramo actual se da en el conflicto entre capital y trabajo. La historia de la humanidad avanza movida por las contradicciones que surgen entre las fuerzas productivas (instrumentos, maquinaria, productores) y las relaciones de producción (la forma en que los hombres se relacionan sobre la base de esas fuerzas productivas). Ese movimiento o avance es de naturaleza dialéctica (concepto tomado de Hegel, pero que Marx desidealiza o invierte, pues no se trata del avance de la idea hacia el Absoluto, sino del progreso de la realidad material hacia la emancipación total de la humanidad).

Una sociedad determinada (tesis) lleva en su seno la fuerza nueva que la combate y la niega (antítesis), la cual se constituirá en nueva tesis que a su vez será negada y superada. La sociedad esclavista de la antigüedad dará lugar a la sociedad feudal, y en el seno de ésta se formará la burguesía que irá ascendiendo hasta constituirse en nueva clase dominante. La burguesía, cuyo rasgo definitorio es ser propietaria de los medios de producción, ha engendrado necesariamente el proletariado, la parte de la sociedad que no posee nada más que su fuerza de trabajo. Pero el mismo proceso de acumulación capitalista hará que la evolución de las relaciones de producción (cada vez más capital concentrado en menos manos) favorezca la ascensión definitiva del proletariado a clase dominante.

La historia de la humanidad, que hasta entonces no habrá sido más que la historia de la lucha de clases, dará un salto cualitativo con la toma del poder por parte de la clase trabajadora. Y tras un período de “dictadura del proletariado” (que Marx concibe como modo de acabar con la “dictadura de la burguesía” que para él es la democracia parlamentaria), durante el cual el estado socialista eliminará por completo la propiedad privada, se llegará a la sociedad comunista, fase final en la que el mismo estado habrá desaparecido y los seres humanos, finalmente emancipados, podrán desarrollarse en libertad.

Karl Marx nació en Tréveris (Trier), Alemania, en 1818, hijo de un abogado que había renunciado al judaísmo para poder ejercer. Estudió en las universidades de Bonn, Berlín y Jena. Licenciado en filosofía, en 1841 se doctora en Jena con una tesis sobre las diferencias entre las filosofías de la naturaleza de Demócrito y Epicuro. Trabaja como periodista y es redactor jefe de La Gaceta Renana, puesto que se ve obligado a abandonar por sus opiniones izquierdistas.

En 1844 se casa con Jenny von Westphalen, de familia aristocrática (hermana del ministro del interior de Prusia), con la que forma una pareja de entendimiento y armonía ejemplares, pese a las penalidades económicas y familiares – muerte de varios hijos – que tuvieron que soportar.

Emigra a París, de donde es expulsado, y a continuación a Bruselas, donde conoce al que habría de ser el perfecto colaborador y gran amigo Friedrich Engels. Junto con éste, acepta el encargo de la Liga de los Justos, luego Liga Comunista, de redactar el Manifiesto Comunista. Su publicación coincide con los movimientos revolucionarios que en 1848 se producen en diversos países de Europa, principalmente en Alemania.

Expulsado de Bélgica, pasa a Renania, donde funda la revista La nueva gaceta renana. En 1849 es arrestado, acusado de rebelión armada. Absuelto y expulsado del país, marcha de nuevo a París, de donde también es expulsado. En 1850, se establece en Londres donde residirá el resto de su vida.

Siempre en colaboración con Engels, de quien además recibe la ayuda económica imprescindible para subsistir, prosigue sus actividades intelectuales – escribe, entre otras obras fundamentales, El Capital, del que solo conocerá la publicación del primer volumen en 1867 – y organizativas, colaborando en la constitución de la I Asociación Internacional de Trabajadores, de corta vida debido a las discrepancias de los sectores anarquistas. Escribe también para varios periódicos de Europa y Estados Unidos. Muere en Londres en 1883.

No hay duda de que el marxismo – en el que a veces se incluyen aspectos que el mismo Marx no suscribiría – ha sido la ideología más influyente en el siglo XX. Pero si bien ha servido para poner un muro de contención a cierto capitalismo salvaje – muro que ya no existe -, los intentos de aplicación práctica a la sociedad humana han fracasado por completo.

¿Por qué? No sé. Quizá por la imposibilidad de aplicar una utopía, por muy racionalmente fundamentada que se presente; quizá por esa extraña tendencia que tienen los pastores a convertirse en lobos; quizá por la impaciencia de alcanzar unos resultados sin respetar los ritmos cósmicos.

Sí, quizá fue la impaciencia.

Lo dijo Kafka:

Por la impaciencia perdimos el Paraíso; por la impaciencia no podemos recuperarlo.

(De Los libros de mi vida)

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La extraña metamorfosis de un padre de familia o cómo convertirse en otro permaneciendo inmóvil

Esta historia se la debo al escritor austriaco Robert Musil. La narra en su novela El hombre sin atributos al efecto caracterizar a algunos de los personajes. La leí hace tiempo, pero no voy a buscarla ahora para releerla y comprobar detalles. Así que mi versión puede ser algo diferente del original. Pero no importa. Doy fe de que el sentido es el mismo.

Érase una vez un buen padre de familia que llevaba una vida tranquila y acomodada en la Viena de 1913. Tenía  esposa, y una hija de poco más de veinte años. Profesionalmente, era muy valorado como alto empleado de banca.  También era judío, judío de toda la vida, cosa que su esposa, germana de pura sangre, y su hija, necesariamente híbrida, conocían desde el primer día. Y no es que la aceptasen, es que ni siquiera la veían, porque nunca la habían considerado como algo especial o conflictivo. Pero los vientos que hacía unas décadas se habían levantado en tierras germánicas iban cobrando cada vez mayor fuerza, aunque todavía no eran tempestad.

La hija, como natural representante de las jóvenes generaciones y tendencias, fue la encargada de introducir en el ámbito familiar lo nuevos vientos. La madre aprendió la buena nueva de labios de la hija y la hizo suya con naturalidad. Hay una tradición – decía la joven -, un espíritu germano-cristiano, que conduce a nuestro pueblo desde los siglos oscuros de su formación hasta un próximo futuro de plenitud. Debemos preservarlo y mantenerlo, rechazando cuanto de espurio pretenda corromperlo, como todo lo judaico que se ha ido infiltrando.

Cuando madre e hija hablaban del asunto, si por casualidad se acercaba el padre, bajaban la voz o cambiaban de tema. El padre pronto se dio cuenta de que algo extraño se había introducido en el hogar, algo que le estaba convirtiendo, a él, al buen padre de siempre, en un ser diferente.

Un día, conversando los tres durante el almuerzo,  soltó la hija: «Tú no puedes entender esto, papá, no perteneces a la tradición germano-cristiana», y mamá asintió.

Pero fue precisamente entonces cuando el padre entendió. Entendió que, siendo absolutamente el mismo, se había convertido en un ser extraño, en un monstruo que crecía dentro de las paredes de su propia casa. Sin hacer nada, sin opinar siquiera, manteniéndose como siempre había sido.

Si se la considera bien, la historia es estremecedora. Pero no inusual. De vez en cuando se repite en distintos ámbitos y países, según los vientos que levanta la historia, o la simple moda. Los factores serán diferentes, quiero decir que en lugar de judíos y germanos  jugarán otros elementos. Pero el desenlace, terrorífico, será siempre el mismo: sin comerlo ni beberlo un ser humano se ve convertido de la noche a la mañana en un insecto asqueroso, como le ocurriera a Gegorio Samsa en la historia soñada por Kafka en la Praga de 1912.

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¿Justicia poética? III

Quedamos en que, a primera vista, la virtud no siempre tiene su recompensa. O muy pocas veces. O casi nunca. Pero…¿Y el esfuerzo? ¿Y el mérito?

“Estudia, esfuérzate para ser mañana un hombre de provecho”; “siempre adelante, no te dejes amilanar por los pequeños fracasos, que al final el mérito y la valía salen siempre triunfantes”… Ahora no sé, pero a mediados del siglo pasado los padres responsables prodigaban a sus hijos consejos de esta clase. Era una época optimista. A pesar de las dos guerras y, en especial, de los horrores de la última, la gente confiaba, no sé por qué, en la bondad fundamental de la especie humana y en la receta milagrosa del trabajo y el esfuerzo. Los Dale Carnegie y O.S. Marden irradiaban esa especie de optimismo primario hasta los más apartados rincones del mundo, como mi hogar familiar, donde los autores citados compartían anaquel con Dante y Stefan Zweig.

Dudo que hoy se impartan y se reciban con la misma inocencia ese tipo de consejos. Ha habido demasiados premios literarios por en medio como para que se pueda mantener la idea de que lo excelente se alza siempre por encima de lo mediocre. Y sin embargo, la idea persiste. Leo en el comentario de un lector de una revista digital: “no hay genios ocultos”, “el artista que vale de verdad llega siempre”.

¿Seguro que no hay genios ocultos? ¿Cómo lo sabe? Es el tipo de enunciado que cierto filósofo no admitiría como científico por el hecho de no ser “falsable”. Es decir, que no hay manera de imaginar su contrario. Porque lo definitorio de algo oculto es que se desconoce, y entonces ¿cómo se sabe si existe o no?

Por el contrario, hay indicios para suponer que no es cierto lo que afirma el comentarista en cuestión. Si no llega a ser por la determinación de su amigo Max Brod, Kafka habría muerto como genio oculto. Si llega a morir a los 52 años en vez de a los 72, Schopenhauer no existiría para nosotros (su obra capital fue publicada cuando tenía 34 y pasó totalmente desapercibida). Si la hermana de la difunta Emily Dickinson hubiese destruido sin mirarlos los papeles dejados por la poeta, no conoceríamos una de las muestras más exquisitas de la poesía universal. Y seguro que hay más “indicios”. En estos casos, la moneda cayó del lado de la luz, pero no podemos dudar de que en otros muchos haya caído del lado de la oscuridad. Nunca sabremos quiénes fueron ni cuánto hemos perdido.

¿Cómo se puede afirmar que no hay genios ocultos, o que el artista siempre llega? Quizá solo desde la comodidad mental, desde el deseo de imaginarse un mundo en el que todo encaja, en el que reina una justicia poética de acartonado corte neoclásico.

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La letra o la vida II

Nadie más raro que Kafka, al menos en la imaginación literaria-popular. Y aun en la popular a secas, que utiliza el adjetivo kafkiano con la alegría del que no sabe lo que tiene entre manos. También Kafka suele considerarse un ejemplo de creador que opta por la escritura frente a la vida. Consideración que tiene su base en la actitud huidiza que en más de una ocasión adopta en el momento en que va a formalizarse una relación amorosa. Aunque aquí el dilema no se da propiamente entre arte y vida, sino entre arte y matrimonio, que no es exactamente lo mismo.

La idea de la incompatibilidad entre la dedicación al arte y el estado matrimonial viene de muy antiguo. Pero, como es natural, se refuerza con el romanticismo, cuando el artista es considerado como una especie de sacerdote consagrado exclusivamente a la diosa Arte. En esta consideración late la misma idea que impulsó a la Iglesia católica a requerir el celibato de sus sacerdotes: que no se puede servir a dos señores. Y es que ni la entrega total al Arte ni la entrega total a Dios parecen compatibles con las mil y una preocupaciones que impone la vida de familia. Y esto es así, pese a todas las proclamas de los propagandistas de “la familia cristiana”, que ignoran (o pretenden contradecir) lo que el mismo Cristo dice al efecto en Mateo 12, 46-50 y en Lucas 2, 41-50 y 9, 59-62.

Bien, aunque sea de manera aproximada, como lo es todo en esta vida, se puede decir que Baroja y Kafka ilustran el significado que se desprende de la función disyuntiva del “o” situado a la mitad del título de esta Categoría.

La otra función, la explicativa de una equivalencia, vendría a aludir a todos aquellos escritores para los que el ejercicio de escribir no es algo aparte o separado de la vida, sino la expresión natural de las propias capacidades vitales. Y pienso en Goethe, naturalmente. Y en tantos otros, en general de raigambre clásica, que no sienten contradicción alguna entre la labor creadora y el normal desarrollo de la vida en sociedad. Desde Cicerón hasta Thomas Mann, pasando por Voltaire. Escritores en los que la letra, la escritura, forma parte de la vida (cuando menos, de su vida) de una manera natural y no conflictiva.

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