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Catulo y Ovidio, poetas

pajarillo lesbiaEn toda la historia de la poesía no hay expresión más certera y concisa de la confusión de sentimientos que comporta el amor-pasión como en los breves versos de Catulo: Odi et amo…Odio y amo. No hay duda de que Ovidio los tenía presentes en sus propias reflexiones poéticas, como es evidente que tenía presente el pajarillo de Lesbia cuando nos habla del papagayo de Corina. Y ya que ha salido el tema, no estará de más una pequeña digresión.

Siendo Catulo y Ovidio dos grandes poetas, un enorme abismo los separa. Ovidio es un artista que elige un tema y que, con actitud distanciada y hasta humorística, lo va desarrollando con la ayuda de toda su habilidad retórica y literaria. Pero siempre – en su obra de antes del exilio – tenemos la sensación de que estamos ante un juego, por profundas que sean algunas de sus reflexiones. Cierto que vemos sufrir al amante de Corina, al poeta-narrador, pero no de otro modo que vemos sufrir a un actor en escena, sabiendo que es mera representación. No ocurre lo mismo con Catulo. Este poeta, que murió hacia los treinta años de edad, una década antes de que naciese Ovidio, es uno de los raros prodigios de la literatura, uno de los pocos casos de creación poética en que el arte se confunde con la vida. Me explico.

Es sabido que el arte es sobre todo artificio, es decir, composición artesanal y sabia de un producto que, partiendo de una visión o experiencia particular, ha de tener validez universal. Por esta razón los “románticos” ingenuos, los que piensan que basta trasladar a la escritura con total sinceridad los más íntimos sentimientos y emociones, fracasan sin más. Porque ese intento de captar y expresar la realidad inmediata de manera “objetiva” nada tiene que ver con el arte. El arte es juego, técnica y transformación. Alquimia. Por un lado está la vida, por otro el artista, que toma cuantos materiales se le antoja de la vida o de la imaginación y construye con ellos un artefacto totalmente autónomo, por completo independiente de la “realidad”. Dicho de otra manera, la “sinceridad” artística nada tiene que ver con la sinceridad que puede darse en la vida social.

Catulo es uno de los pocos artistas que consigue ofrecernos una obra en la que la sinceridad vital brilla a la misma altura que la perfección artística. En sus versos vemos gozar y penar de verdad, hasta el extremo de que ya no nos importa si el hombre y la mujer sujetos de esos sentimientos existieron o no: son auténticos. Cosa que no se puede decir en el mismo grado de la obra Ovidio ni de la de casi ningún otro autor.

De todos modos, he de hacer constar que las consideraciones expresadas en los párrafos anteriores las he deducido de la lectura directa de las obras, sin la intermediación de aparato crítico alguno. Por consiguiente, faltas del oportuno soporte erudito, es posible que no estén a la altura de las elaboradas construcciones de los profesionales de la disección literaria. No pasa nada.

Pero tampoco nos podemos llamar a engaño ante la aparente frivolidad, ante el proclamado hedonismo de Ovidio. Quiero decir que, pese a las apariencias, no nos hallamos ante una persona insustancial, sino ante un hombre, un poeta que ha decidido cultivar los aspectos amables de la vida, es decir, los amorosos con todas sus implicaciones, a veces nada amables. Pero no por ello pierde de vista las razones fundamentales de la existencia y de su arte: escribe para ser inmortal, para que su fama sobreviva a su vida, de manera que, cuando muera, “gran parte de mi ser permanecerá”. Y advierte que el goce del placer epidérmico y sensual ligado a la belleza humana, no ha de hacernos olvidar el cultivo de la sabiduría. Y es que, si es cierto que “pronto vendrán las arrugas que surcarán tu cuerpo” (Iam venient rugae, quae tibi corpus arent), debes trabajar el espíritu (molire animum), “lo único que permanecerá hasta el último momento”. 

(De Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas)

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Ovidio, poeta de la mujer

[Heroídas] es una obra compuesta por veintiuna cartas, en verso elegíaco, supuestamente escritas en su mayoría por diversas mujeres de la mitología (heroínas), una de la historia (Safo) y tres por personajes masculinos, también mitológicos.

Aunque había precedentes, sobre todo en el teatro, corresponde a Ovidio el mérito de haber profundizado y perfeccionado aquel recurso consistente en que el personaje se presente, sienta y hable por sí mismo. Desde él mismo. La mayoría de las protagonistas-autoras de esas cartas poéticas son mujeres y el tema es siempre el amor. Pero no el amor algo frívolo y más bien mecánico de Amores o Ars amatoria, sino aquel sentimiento profundo e invencible que han cantado, con distinto acento, todos los poetas de todos los tiempos y lugares: el amor-pasión. Cierto que algunos sabios pensadores decidieron que ese tipo de amor sólo se da en Europa y en determinados siglos como resultado de la represión cristiana del instinto sexual; pero no es menos cierto que, como ya he observado en alguna ocasión, el fluir natural de las cosas no siempre obedece a los esquemas dibujados por los sabios pensadores.

Ariadna ha sido abandonada en una isla desierta por Teseo, que le había jurado amor eterno. Desde lo alto de una roca, su mirada busca en el horizonte marino la silueta de la nave que se lleva al traidor que la ha dejado sola, sin patria, sin familia. Y llora no sólo por todo lo que ha de sufrir, sino también por todo lo que puede padecer cualquier mujer abandonada (sed quaecumque potest ulla relicta pati). Y así, la primera persona del singular del texto de Ovidio llora por el inmenso plural de todas las mujeres engañadas y maltratadas. Algo parecido expresaba Catulo en un poema sobre el mismo tema -que sin duda Ovidio conocía- aunque en aquél se adivina además una curiosa transmutación: la desesperación de la mujer engañada y abandonada es en realidad la del mismo Catulo, víctima del juego perverso de la amante.

También es una carta de amor y de reproches, como la mayoría, la que Dido, reina de Cartago, dirige a Eneas, su enamorado ferviente hasta que un dios le recuerda su misión política (nada menos que fundar un reino que dará origen a la futura Roma). El episodio lo trata también Virgilio en la Eneida – y está claro que Ovidio lo tiene en cuenta –, pero lo curioso es que en ambos poetas (el “oficial” y el luego maldito por el poder), la visión de la historia es casi idéntica. El idilio perfecto se rompe porque, de pronto, el enamorado recibe el aviso divino que le recuerda su destino. El hombre ha de partir, olvidando promesas y ternuras. La mujer, incrédula (más en La Eneida), pone en duda que los dioses se ocupen de esas cosas. Pero el hombre tiene que construir la historia. Y la mujer, ante el hundimiento de aquel amor que ella creía sabiamente construido, dirige al traidor sus últimas palabras, que no dejan de ser de amor.

(De Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas)

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Catulo y César

[César]… Pareces mayor. Y es natural. Pero, sobre todo, te veo más serio, como más concentrado. La verdad es que no recuerdas mucho al joven alocado que conocí en Verona hace, ¿cuánto tiempo?
– Más de seis años. En abril, ¿recuerdas? Tú viajabas hacia Hispania.
– Sí, lo recuerdo, lo recuerdo perfectamente. Iba con Mamurra, y tú no dejaste de hostigarme durante toda la cena. Supongo que no pensabas que ibas a ponerme nervioso. Al contrario, estaba muy interesado, intrigado, diría, por ver si de tus palabras podía descubrir la razón de tu hostilidad hacia mí. Y la verdad es que aún no la he descubierto. ¿Por qué me atacas, Catulo? Sé muy bien que ni sigues a Catón ni te interesa la política. Entonces, ¿por qué me atacas? O quizá debería decir ¿por qué me atacabas?
– Me haces preguntas que no sé responder, César. Siempre estás ahí delante, a la vista de todo el mundo, con tus glorias públicas y tus vicios semiprivados. ¿Cómo podría resistirme? Los otros o te admiran o te odian. Yo solo te escarnezco y me río. Cosas del oficio.
-¿Sin odio?
-¿Puede el peor de todos los poetas odiar al mejor de todos los generales?
– Veo que eres el mismo. Eso está bien. Los hombres han de ser como son y seguir adelante por su propio camino. Hombres así van a ser ahora muy necesarios. Las cosas están cambiando en Roma. Y van a cambiar mucho más.
– Ya veo. Pompeyo y Craso, cónsules. Y Clodio, entregado como nunca a sus locuras.
– Pompeyo y Craso son mis aliados, como todo el mundo sabe. En cuanto a Clodio, está perdido. Ha resultado un mal actor. Ha llegado a creerse el papel que tenía asignado. Y, como debes saber, eso es fatal en el arte dramático.
– ¿Tú no te crees tu papel?
– Lo cumplo al pie de la letra. Pero hay una diferencia. El papel de Clodio lo escribí yo; el mío lo ha escrito el destino.
– ¿Te crees elegido de los dioses?
– Los dioses no me preocupan. Lo único que sé es que en algunas vidas hay una dirección, un destino, un camino iluminado por una estrella. Y hay que seguirlo. Hay que obedecer a la estrella. Tú ¿por qué escribes? ¿Por qué eres poeta?
– Cosa de mi estrella, no hay duda. En realidad, es lo único que sé hacer y que me interesa.
– Llámalo como quieras. Lo malo es cuando la estrella se oscurece o se oculta a la vista […
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Me sentía desarmado […] Y yo ¿cómo podría luchar con él? ¿Dónde estaban las fuerzas que me sostenían en mis posiciones quizá absurdas pero irreductiblemente mías? Solo podía rendirme.

– Tus palabras me conmueven – le dije, sin asomo alguno de ironía -. Pero no acabo de entender el motivo de tu invitación, ni la razón de tanta cordialidad.
– Motivos, causas, razones. No es así como se avanza, querido Catulo. Hay que acortar los caminos. Desde siempre he sabido que entre nosotros no hay nada real que nos separe. Entonces, no había más que dar un paso. Y he decidido darlo. Eso es todo. Si hablamos de motivos, yo los tenía más que suficientes para odiarte y buscar tu perdición, cosa que me habría sido muy fácil. Porque tu ensañamiento contra mi persona y los míos ha sido continuado, tenaz y obsesivo. Algunos se extrañan de que no suela ejercer en los términos habituales el reconocido derecho de venganza. No comprenden que la principal tarea del que se ha propuesto seguir un camino claro es librarse de pasiones inútiles, entorpecedoras siempre de la marcha. El odio, el resentimiento, el deseo de venganza, todo eso no sirve para nada. Todas las pasiones son inútiles, excepto la de ser fiel al propio destino.

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(De Lesbia mía )

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