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Fragmentos y comentarios auténticos sobre la obra de Antonio Priante.

Goethe, poesía y verdad II

frankfurt 1750Johann Wolfgang von Goethe nació en Frankfurt del Main el 28 de agosto de 1749, en el seno de una familia de clase media acomodada (su padre había sido consejero municipal). A los 16 años empezó a estudiar derecho en Leipzig, donde disfrutó de la alegre vida estudiantil y tuvo su primer amor, tan sentido como luego literario, Kätchen, a la que sin duda tuvo presente al concebir a la protagonista de la primera parte de Fausto. Renunció a ella, en un gesto que luego se había de repetir en diferentes formas a lo largo de su vida.

De vuelta a Frankfurt, pasó una larga temporada cobijado en el hogar paterno sin dedicarse a nada en concreto, aunque siempre aprendiendo y absorbiéndolo todo. Durante el año que a continuación vivió en Estrasburgo prosiguió sus estudios, conoció a Herder, con el que había de mantener una amistad ininterrumpida, si bien con altibajos, y se enamoró de una joven llamada Federica de quien, antes de pasar a mayores, y como ya empezaba a ser costumbre, huyó sin apenas despedirse.

Después de demorarse un año en Frankfurt con su flamante título de abogado, se traslada a Wetzlar para realizar prácticas jurídicas en el tribunal imperial de apelaciones. Durante la estancia en esa localidad, recién cumplidos los 23 años de edad, se enamora de Charlotte Buff, joven que ya estaba comprometida, y sus vivencias dan lugar, más de un año después, a la creación de la novela Las desventuras del joven Werther, que acaba con el suicidio del protagonista. En la realidad el asunto terminó con la huida de Goethe, recurso en el que el escritor ya tenía cierta práctica.

La novela fue un éxito absoluto. Quizá el primer superventas a corto plazo de la historia editorial. Sin grandes medios de comunicación de masas, sin promociones ni estudios de mercados entonces inexistentes, la novela se propagó al instante por toda Europa, alcanzando cifras que hoy pueden parecer modestas, pero que entonces no lo eran. Fueron los jóvenes especialmente quienes se sintieron tocados por el drama del joven suicida. Muchos adoptaron la indumentaria del protagonista, frac azul y chaleco amarillo, y una extraña ola de suicidios, quizá magnificada, se extendió por Europa. Si añadimos a esto que, meses antes, había estrenado con éxito su primer drama (Goetz von Berlichingen), tenemos que, a los 25 años, Goethe se había convertido en uno de los autores más famosos de Alemania. Los inicios de esta fama los disfrutó en su ciudad natal, en Suiza y con la representación de un nuevo noviazgo de final previsible.

Estando de nuevo en Frankfurt, pasó un príncipe azul y se lo llevó consigo. Era el Duque Carlos Augusto, inminente soberano del pequeño estado de Weimar-Sajonia-Eisenach, uno de los muchos principados en que se hallaba dividida Alemania en aquella época. La verdad es que las tierras germánicas constituían un impresionante galimatías político, entre pequeños estados más o menos soberanos, ciudades libres, teóricamente dependientes del Sacro Imperio, y los dos grandes polos del poder político: la Austria de los Habsburgo (metrópoli del ya casi inexistente Sacro Imperio Romano Germánico), y la Prusia de los Hohenzollern, poder emergente que, un siglo después, había de ser la fuerza aglutinante del nuevo estado alemán.

El caso es que en octubre de 1775, a los 26 años de edad, Goethe abandonó Frankfurt para establecerse en Weimar, donde había de pasar el resto de su vida.

Durante los primeros años las relaciones entre el príncipe y el poeta fueron más que buenas. Ambos eran jóvenes, inquietos (relativamente en el caso del poeta), y amigos de los placeres. Pero en lo básico eran dos personalidades muy diferentes. Mientras Goethe, con todos sus altibajos, debidos en parte a sus obligaciones político-burocráticas en el ducado, seguía atento a la evolución de su personalidad y a la comprensión total del mundo, Carlos Augusto permanecía encerrado en la esfera de la caza (sustitutivo de las hazañas bélicas que tanto deseaba), la buenas mozas y otros placeres estrictamente mundanos. Con el tiempo, la cálida amistad de los primeros años se convirtió en una cortesía distante por parte de ambos, lo que no impidió que Goethe mantuviese toda su autoridad en el ducado como eficaz gestor de tareas públicas y, en los últimos años, como figura de gran prestigio – con seguridad la más alta de Alemania – que atraía personalidades de toda Europa y había convertido Weimar en un centro cultural de primer orden.

Durante los casi sesenta años que permaneció en Weimar, con salidas esporádicas – la más decisiva, el viaje a Italia – alternó o compaginó la actividad literaria con la pública-política (como ministro, diríamos hoy) en campos tan distintos como la minería, las finanzas, la agricultura, la instrucción pública, y dirigió el Teatro de Weimar. Interesado desde siempre por la ciencia, dedicó al estudio de la naturaleza y en especial a la óptica, más tiempo y entusiasmo que a la producción literaria, que iba fluyendo a su ritmo natural sin apenas esfuerzo.

Procuró proteger la vida íntima de la curiosidad cortesana, manteniendo amores epistolares-platónicos con damas más o menos aristocráticas. Pero finalmente se unió con una modista con la que, tras años de convivencia, contrajo matrimonio, obligando, por así decirlo, a la buena sociedad de Weimar a aceptar a la flamante señora Goethe. (Fue en este aspecto decisiva la actitud de Johanna Schopenhauer, madre del filósofo, quien, ante el dilema que se le presentaba a aquella sociedad, sentenció: “Si Goethe le ha dado su apellido, bien podemos nosotras ofrecerle una taza de té”). Tuvo un hijo, que no heredó ninguna de las cualidades del padre.

Su último enamoramiento, a los 73 años, de una joven de 18, no acabó ni en renuncia ni en realización, sino que dio a luz a uno de los poemas más hondos y exquisitos de la literatura universal: la Elegía de Marienbad.

Y al término de una trayectoria vital larga y plena en casi todos los sentidos, Goethe murió el 22 de marzo de 1832, después de trazar con el dedo unos signos en el aire, quizá los últimos versos.

Releo lo escrito y siento que algo no ha ido bien: no he sabido trasmitir toda la grandeza del escritor, ni siquiera toda la importancia que ha tenido para mí. En otros casos, en menos páginas, he sabido dar una visión correcta o comprensible del autor correspondiente, o eso me parece. Ahora, no. Goethe es tan grande que ni siquiera una mirada desde muy lejos puede abarcarlo.

No solo fue poeta, aunque lo fuera por encima de todo. Hombre de acción, organizador, investigador de la naturaleza, filósofo sin sistema, creía sobre todo en lo que veía. Pero su visión era tan clara y aguda que veía mucho más de lo que en general se creía. Suya es la idea de que no hay que buscar una teoría tras los fenómenos, porque los fenómenos ya son la teoría. Y entre las cosas que “veía” estaba esa alma del mundo, que el investigador especializado, el erudito del detalle nunca podrá descubrir, porque no sabe:

Que ningún detalle aislado permite encontrar diferencia entre el hombre y el animal; que, por el contrario, el hombre aparece estrechamente ligado con la bestia. Solamente la armonía del conjunto hace de un ser lo que es […] Toda criatura no es más que una nota, un matiz de una gran armonía que es preciso estudiar, a su vez, en sus grandes líneas, bajo pena de no hallar más que letra muerta en los detalles tomados aisladamente.

Ahí reside la diferencia entre el estudioso solo atento a lo que tiene delante y el sabio-poeta que posa la mirada sobre el todo al mismo tiempo que sobre el detalle. Ahí la diferencia entre Goethe y casi todos los científicos y pensadores; ahí la enorme distancia entre el dios viviente en los libros y el tímido estudiante que no sabía qué iba a ser de su vida.

La vida, ¿la dirige uno mismo? ¿O ya está todo escrito? Y el dios avanza la poética respuesta:

Como azuzados por invisibles espíritus corren raudos los caballos del tiempo, arrastrando el carro leve de nuestro destino, y a nosotros solo nos queda retener animosos las riendas y dirigir el carro tan pronto a la izquierda como a la derecha, salvándolo aquí de una piedra, allí de un vuelco. ¿Adónde va? ¡Quién lo sabe! ¡Apenas recuerda de dónde viene!

(De Los libros de mi vida)

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Goethe, poesía y verdad I

De muchacho, lo elegí sin conocerlo.

Esta primera frase del prólogo de la biografía escrita por Emil Ludwig podría ser también la primera del capítulo que ahora dedico al poeta alemán. Y de hecho, ya lo es. Y es que también yo lo había elegido sin conocerlo cuando, en un libro de literatura de bachillerato, leí un párrafo de una de sus obras más famosas. Ignorando entonces casi todo de la obra y del autor, aquellas líneas fueron como el anuncio de algo muy especial que un día se me había de revelar.

El día había llegado. Me lo confirmaron unas palabras del mismo poeta (de una carta escrita en su juventud), citadas ya en las primeras páginas de la biografía:

Todos nuestros placeres están en nosotros mismos. Nosotros somos nuestro propio demonio, nosotros mismos nos expulsamos de nuestro paraíso.

Ése era el Hombre, ése era el Poeta. Pero ¿cómo fue el encuentro?

En la modesta biblioteca familiar, entre las biografías de grandes hombres no faltaba la de Goethe. Dos tomos elegantemente encuadernados, de Editorial Juventud. Era un día de julio de 1958. Yo había terminado el primer curso de derecho y tenía ante mí tres meses largos de vacaciones, que no pensaba malgastar en extraños trabajos remunerados – como algunos de mis compañeros que, por familia, no lo necesitaban – sino en leer y vivir.

Lo de leer venía solo. Lo de vivir era más complicado. Por supuesto, ya no era el verano de los juegos infantiles, aunque el escenario fuese en parte el mismo. Y es que, si bien pasábamos los largos fines de semana en Valldoreix, el resto de los días permanecíamos en la ciudad con la obligación teórica, apenas nunca concretada, de echar una mano en la empresa familiar. Y fue así cómo una de aquellas tardes ciudadanas, abrí el primer tomo de la biografía de Goethe y empecé a leer.

Ignorante del mundo cultural y social de la Alemania del siglo XVIII y un poco desconcertado por el estilo del biógrafo (por otra parte, cautivador cuando se entra en él), la lectura no resultó fácil al principio. Así que procedí a base de pequeñas dosis y, como solía hacer, compaginándola con otras lecturas de naturaleza muy diversa.

Además, el verano estaba allá afuera, magnífico, esplendoroso. Había que cerrar el libro y abandonarse a los placeres de aquellas penúltimas vacaciones trimestrales de nuestra historia. Los juegos de guerra y otros de la infancia habían dado paso a actividades propias del ocio juvenil: paseos en bicicleta, excursiones a pie por los bosques próximos, actividades deportivas, reuniones, bailes y… en fin, que aquel mismo mes de julio me enamoré.

La muchacha era bella, culta, de carácter noble, alegre y con cierto sentido del humor; tenía muchos hermanos, más jóvenes que ella, y estaba comprometida en secreto con uno del grupo de amigos. O sea, que si le quitamos lo de “en secreto”, el cuadro se parecía de modo alarmante al del Werther de Goethe. Lo raro es que yo aún no había leído esa obra – cosa que haría dos meses después -, o sea, que ni siquiera inconscientemente podía haber montado ese escenario. Este misterio solo se explica si se repara en la curiosa costumbre que tiene la vida de imitar al arte.

En casa también tenía el Fausto, en una edición en rústica en la que por ningún lado aparecía el nombre del traductor, cosa que ya entonces juzgaba de pésimo gusto. Leí la primera parte y me pareció como un cuento medieval con fondo filosófico; leí luego la segunda y no entendí nada, aunque me encantaron aquellas escenas no sé si llamarlas superbarrocas o supersurrealistas ante las que uno tenía la impresión de que se ocultaba-mostraba un secreto decisivo, sobre todo en los últimos versos. Una eminencia de la crítica literaria de nuestros días ha calificado la segunda parte de Fausto como la obra máxima de la literatura universal. Quizás.

Leí a continuación Las desventuras del joven Werther, novela en la que quise verme retratado hasta cierto punto, y Las afinidades electivas, fino ejercicio de psicología de las parejas, que en su época había causado escándalo por su aparente planteamiento materialista: las personas se comportan como los elementos químicos, con análogas acciones y reacciones en sus combinaciones.

Quizá la obra que más y mejor me dio a conocer la personalidad del autor fue Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, seguida de los Años de viaje, célebres ejemplos de la denominada Bildungsroman, invento típicamente germánico que consiste en novelar la evolución sentimental, intelectual y cultural del protagonista.

Sobre el resto de las obras que recuerdo haber leído (Egmont, Stella, Tasso, Hermann y Dorotea, Conversaciones de emigrados alemanes, Viaje a Italia), otorgo la mayor importancia a Poesía y verdad, detallado repaso de sus vivencias que, por desgracia, se detiene antes de los treinta años de edad. Aunque no escrito directamente por él, otro libro fundamental para el conocimiento del poeta es Conversaciones con Goethe, de Eckermann, en el que se da una visión espléndida del Goethe magnífico de la última época, que no deja de contener a todos los goethes de su larga trayectoria, libro, por cierto, que suelo releer cada diez o quince años aproximadamente.

No por casualidad fueron estos dos últimos, junto los Wilhelm Meister (fábulas que a través de la ficción tratan también de él mismo) los que más me interesaron, y es que, como se ha dicho suficientes veces, de todas las producciones de Goethe la verdadera obra maestra es su propia vida. Y esto es en definitiva lo que me interesa de cualquier creador, el misterio de su personalidad, interés que en este caso se veía potenciado al encontrarme no ya con un creador de obras de arte, sino con alguien que, además, es creador de sí mismo. (continúa)

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Stefan Zweig, última etapa

Judío, amigo de Sigmund Freud y de otros intelectuales de la misma cuerda, cosmopolita, con una literatura ajena por completo a cualquier tipo de alucinación racista o nacionalista y fuertemente anclado en dos valores, la cultura y la libertad, estaba claro que Stefan Zweig había nacido para ser una de las bestias negras del nacionalsocialismo. Pero de momento (principio de los años treinta) la verdadera bestia estaba allá, al otro lado de la frontera, mientras nuestro escritor observaba sus movimientos con el temor y la clarividencia que muchos alegres austriacos, y europeos en general, no compartían. 

Cuando, en 1933, el monstruo se hizo con todo el poder en Alemania, los libros de Stefan Zweig, junto con los de otros muchos, no sólo se prohibieron sino que fueron entregados al fuego. En el nuevo orden no cabía la literatura libre, ni el pensamiento libre, ni nada libre. La tradicional cultura alemana, sólida, profunda, sabia, que tantas celebridades de auténtico valor había dado – desde Lutero hasta Thomas Mann, pasando por Leibinz, Kant, Schiller, Goethe, Schopenhauer y tantos otros – fue sustituida por una mitología de play station, que sería absolutamente risible, si no hubiese resultado tan mortífera.

El olor de papel quemado, que en 1934 llegaba hasta Austria, decidió a Zweig a hacer las maletas y trasladarse a Londres. Su esposa no le siguió. Como tantos austriacos, no compartía el pesimismo del marido. Pasó muy poco tiempo para que los hechos dieran la razón al que la tenía: en 1938 Alemania se anexionó Austria. Los viajes esporádicos que Zweig aún hacía para visitar a parientes y amigos se acabaron. Nunca más pudo volver a su tierra. Se había convertido en un apátrida.

El resto de su tiempo – no más de cuatro años – lo pasó en Londres y en América, del Norte y del Sur, donde finalmente se instaló, en la ciudad brasileña de Petrópolis. Seguía escribiendo, seguía comunicándose con los amigos que no habían quedado en el otro lado, pero cada vez era todo más difícil. Por segunda vez a lo largo de su vida, su mundo se había venido abajo. Pero en la primera ocasión, con la caída del Imperio austriaco, había sido diferente; había sido como el despertar del niño a las amargas realidades de la vida, un trance que se supera fácilmente mediante sabios mecanismos de adaptación; para la segunda, no había mecanismo alguno de defensa: los bárbaros habían arrasado la tierra, pisoteando toda brizna de humanidad. Y de esperanza.

El 23 de febrero de 1942, los cuerpos sin vida de Stefan Zweig y de su segunda esposa, Lotte, fueron hallados en su casa de Petrópolis. Suicidio en pareja, como sus antecesores germánicos Heinrich Kleist y el archiduque Rodolfo. Curioso.

Podía haber esperado un poco… Dos años más y habría conocido la liberación de París. Con tres años, habría visto el fin de la guerra. Con trece, habría celebrado la restauración de la república austriaca. Y si hubiese vivido ochentaiún años, habría conocido, justo antes de morir… el probable inicio de la tercera guerra mundial, con la crisis de los misiles de Cuba de 1962. Dejémoslo.

Pero es el caso que Stefan Zweig era una persona impaciente, en el arte como en la vida. En un pasaje de sus memorias, reflexionando sobre la inmensa fama que llegó a alcanzar, se pregunta por el secreto de aquella escritura suya, que cautivó a millones de lectores. Y se responde: “creo que proviene de un defecto mío, a saber: que soy un lector impaciente y temperamental […] me irrita lo prolijo, lo ampuloso y todo lo vago y exaltado, poco claro e indefinido, todo lo que es superficial y retarda la lectura.” Y añade que la fase más importante de su proceso creativo es aquella en que elimina todo lo que considera innecesario, “pues no lamento que, de mil páginas escritas, ochocientas vayan a parar a la papelera y sólo doscientas se conserven como quintaesencia.” Una opción de naturaleza estética que le dio muy buenos resultados.

No de otra naturaleza fue la decisión de quitarse la vida ante la fea presencia de unos tiempos que, sin duda, había que tirar a la papelera.

 

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Stefan Zweig, la Gran Guerra y los judíos

En 1914, el mundo alegre y confiado que era Europa (la Belle Époque), y no sólo la idílica (según Zweig) Austria imperial, estalló de repente. Un extraño fervor, desconocido hasta entonces, surgió de las cancillerías y se propagó por las calles y plazas de pueblos y ciudades: el patriotismo combativo. De repente, ciudadanos de Europa que compartían los mismos gustos, la misma cultura y la misma historia, ciudadanos que atravesaban las fronteras comunes sin pasaporte ni documento de identidad, se vieron divididos, enfrentados: eran enemigos.

A diferencia de otros muchos intelectuales y artistas (como el mismo Hofmannsthal), seducidos por las marchas militares y la poesía épica de sus pueblos respectivos, Zweig no tardó en denunciar la locura de la guerra. No podía ser de otra manera cuando la mitad de sus amigos (entre ellos, Verhaeren y Romain Rolland), pasaban a ser calificados de enemigos, cuando su París del alma pasaba a convertirse en objetivo militar prioritario. Es verdad que en algunos de sus artículos de los primeros meses no oculta su emoción ante el espectáculo de una Austria puesta en armas. Pero hasta aquí, todo normal. Después de todo, Austria era su patria, y al igual que a la inmensa mayoría de judíos centroeuropeos (los de más la norte, con respecto a Alemania), no se imaginaba que pudiera tener otra. Fue Hitler quien alteró aquella tendencia natural, que muy bien podría haber desembocado en la integración total de los judíos en su respectivos países. O no. En todo caso las cosas hubiesen ido de muy diferente manera, y quizá hoy no existiría el Estado de Israel. En otras palabras, que, prescindiendo de las intenciones y atendiendo solo a los resultados, se puede decir que Adolf Hitler ha sido el gran impulsor de los modernos logros políticos del pueblo judío. Otra cosa es que se deba decir.

Zweig fue movilizado, pero consiguió que lo destinaran a un archivo militar. Y a la primera oportunidad, huyó a Suiza, donde, en contacto con otros intelectuales, luchó activamente por la paz. Allá mismo, en territorio neutral, estrenó su drama Jeremías, enérgico alegato antibelicista. 

(De Del suicidio considerado como una de las bellas artes)

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Mainländer II

En el principio era Dios, o sea, para decirlo con palabras de Spinoza, la sustancia divina originaria. Esa entidad absoluta, única, inmaterial, no estaba contenida ni en el tiempo ni en el espacio, si es que esto es pensable. Idéntica a sí misma, no siendo otra cosa que ser puro, eterno e indestructible, un buen día – y perdón por el uso, metafórico, del tiempo -, hastiada sin duda de su divina perfección, decidió echarlo todo a rodar y dejar de ser. ¿Pero cómo el Ser puede dejar de ser? ¿Cómo algo que no existe en el tiempo y el espacio, algo absolutamente inmaterial y trascendente puede morir? Y entonces inventó el mundo. Es decir, su sustancia divina segregó un mundo material con su tiempo, su espacio y su multiplicidad de seres inanimados y animados, que son – somos – partículas de aquella unidad originaria, llamadas todas a perecer. El fin del Universo es su muerte, su aniquilamiento, aunque sólo sea por cumplir con el segundo principio de la termodinámica (que Mainländer había aprendido de Clausius, quien la acababa de inventar) y su consiguiente entropía. Y es así cómo Dios cometió suicidio: convirtiéndose en un mundo destinado a morir.

Es decir, y a ver si queda claro, que el Universo no surgió de un deseo de creación sino de un deseo de autodestrucción. El Universo, la “creación” toda, es el largo proceso del suicidio de Dios, cuyo inicio fue una gran explosión que dio origen a la materia, al tiempo y el espacio.

Es curioso, pero parece como si se estuviese refiriendo al Big Bang de los científicos de hoy, hipótesis que Mainländer no pudo conocer. Pero no hay que dar gran importancia a esta coincidencia ni pensar que, sólo por este hecho, su teoría queda ciertamente corroborada, pues lo del Big Bang también lo utiliza la Iglesia católica para apoyar su dogma de la creación, y es que, como saben muy bien los juristas, un mismo hecho puede servir para demostrar una cosa y su contraria.

Aquella unidad simple ya no existe. Se ha fragmentado, transformando su esencia absoluta en el mundo de la multiplicidad. Dios ha muerto y su muerte es la vida del mundo”, escribe el joven filósofo. Y esas vidas, las vidas de todas las criaturas productos de la larga descomposición divina, no aspiran a otra cosa que a acabar, a morir. Y en su lucha enconada por dejar de ser, los individuos se obstaculizan mutuamente y no consiguen otra cosa que alargar la agonía.

Por eso, el filósofo propone acortar caminos: la virginidad, para detener el cáncer de la procreación y el suicidio como remedio individual inmediato. En esto, y en otras cosas, Mainländer difiere notablemente de Schopenhauer.,

Y no sólo de metafísica y ontología trata la obra de nuestro hombre del Main, sino también de política social. Parece raro, pero más raro es aún que, contra lo que cabe esperar de un filósofo pesimista, abogue en este terreno no por alguna forma de autoritarismo, sino por un socialismo democrático.

Tiene su lógica. De hecho el razonamiento es una muestra de la claridad mental del autor, que sólo se enturbia cuando alcanza alturas humanamente irrespirables. Los seres humanos, viene a decir Mainländer, están demasiado ocupados por los problemas de la subsistencia diaria como para poder reflexionar. Y además, en su ingenuidad, imaginan que, si sus problemas cotidianos desapareciesen, alcanzarían la felicidad. Pues bien, que desaparezcan, piensa el muy astuto, que por medio de un sistema político y social adecuado alcancen todos el bienestar material que tanto desean. Entonces se enfrentarán desnudos con el vacío de la vida y comprenderán que el desasosiego y la infelicidad no tienen más remedio que la propia extinción, porque la muerte es el único destino de la humanidad y del Universo entero.

Hay que reconocer que el pensamiento de Mainländer es un todo estructurado y coherente. Uno puede imaginarse la euforia que le produciría haber concebido y desarrollado semejante artefacto. Y sin embargo, esa supuesta ebriedad no le enturbió la mente. Por el contrario, coherente y rígido como un teutón de caricatura, la noche del 31 de marzo de 1876, habiendo recibido de la imprenta los primeros ejemplares de su obra magna, hizo con ellos un modesto pedestal al que se subió, pasó la cuerda por su obstinado cuello y, con un leve movimiento de los pies, quedó colgado como claro y desagradable ejemplo de hombre fiel a sus ideas.

Llegado a este punto, me pregunto si tiene mucho sentido sacar a relucir a Mainländer en un ensayo que tenía por objeto destacar la faceta artística del suicidio. Porque basta con fijarse en el instrumento utilizado para comprender que no hay nada bello en la última acción del filósofo. La horca tiene algo de vulgar y repugnante. Nada que ver con el fino estilete del antiguo romano, que abre la vía para que fluya lentamente el rojo líquido de la vida, o con la labrada pistola del romántico, cuyo plomo certero arranca en un instante la vida, ya por el cerebro, ya por el corazón, órganos que aquella noble gente nunca supo poner de acuerdo. La soga solía ser el castigo final de bandoleros y criminales, gente ruin que no merecía ningún respeto de la sociedad. La infamia de la soga sólo era superada en la antigüedad por la de la cruz, hasta que el divino crucificado convirtió este instrumento en símbolo de la redención de la humanidad. Por otra parte, cuesta imaginar cómo podría suicidarse uno mediante crucifixión.

Pero antes de perderme por nuevas divagaciones, vuelvo al tema y a la pregunta: ¿qué tiene de artístico el suicido de Philipp Batz, llamado Mainländer? ¿Por qué razón lo he incluido aquí, entre héroes orgullosos, príncipes amantes y poetas delicados? Ya sé, la promesa. Pero, ¿por qué tuve que hacer esa promesa? Sí, recuerdo: para proponer como primer suicidio en el tiempo el del Dios que quiere dejar de ser. Pero esto quizá es sólo una fantasía de Mainländer…

Fantasía, esta es la palabra clave. La proeza artística de Mainländer no está en su suicidio (desagradable y vulgar, como hemos visto), sino en la obra que nos ha legado. Toda su vida estuvo evitando ser poeta, pero no lo consiguió. Porque no hay ninguna duda de que estamos ante un genio poético de primer orden, comparable con Hesíodo, con los autores del Génesis o con los que dieron forma a los mitos creacionistas de todos los pueblos. Y es que resulta genial, y hasta humorística, la idea de un Ente Absoluto que no quiere ser y que segrega un Universo corruptible para morir con él. Cada vez estoy más convencido de que la imaginación poética es la más alta cualidad del ser humano.

Lo malo es cuando se toma la propia obra demasiado en serio. Y es que algunos creadores, especialmente los filósofos, llegan a pensar que sus ficciones son realidades empíricas, ignorando lo que cualquier artista de verdad sabe: que todo es simbólico. Esto lo expresó admirablemente Goethe al final de su Fausto

(De Del suicidio considerado como una de las bellas artes)

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Mainländer I

No se llamaba Mainländer, sino Philipp Batz. Nació en Offenbach, a orillas del Main (de ahí el seudónimo), de una familia de comerciantes acomodados y, como corresponde en estos casos, a los quince años ingresó en una escuela de comercio, en Dresde. A los diecisiete lo envió su padre a Nápoles para realizar prácticas mercantiles en una entidad bancaria. (Pienso ahora en Schopenhauer, también hijo de comerciante, y me pregunto si habrá alguna relación entre la burguesía mercantil alemana del siglo XIX y la filosofía del pesimismo. Seguro que esto ya lo explicó Marx en su momento, pero es que hace mucho tiempo que no voy a clase).

La estancia del Philipp Batz en Nápoles fue fructífera en varios aspectos. Aprendió a fondo el italiano, leyó con admiración y devoción a Leopardi y empezó a escribir versos tristes. Pero pronto esta vena poética sería desplazada por otra mucho más seria (según el joven Philipp). Cuenta él mismo que en febrero de 1860, examinando en una librería de Nápoles las últimas novedades, “encontré El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer. ¿Schopenhauer? ¿Quién era Schopenhauer? Nunca había oído ese nombre hasta entonces. Hojeo la obra, leo sobre la negación de la voluntad de vivir y me encuentro con numerosas citas conocidas en un texto que era como un sueño”. Y el libro le cambia la vida. Porque en él descubre, claramente formulado, lo que ya había intuido: que la vida es un mal negocio, que es mejor la no existencia que la existencia. Pero muy pronto cree dar con los fallos del sistema schopenhaueriano, al tiempo que una extraña y potente luz, venida de no se sabe dónde, le ilumina el camino de la verdad definitiva. Y así fue cómo se perdió un buen artista (porque el artista, si es artista, siempre es bueno) y se ganó un extraño filósofo (porque de filósofos, aún siendo tales, los puede haber de los más absurdos pelajes). Pero sigamos con la biografía.

Tras cinco años de estancia en Italia, los más felices de su vida según propia confesión, en 1863 regresa a Offenbach y se pone a trabajar en la empresa del padre. Por entonces, aún no libre de sus pulsiones poéticas, escribe un poema histórico en tres partes: Los últimos Hohenstauffen. El año 1865 le resulta especialmente doloroso, y decisivo. En octubre muere su madre. Sumido en la más profunda y negra tristeza, decide abandonar la vía del arte para adentrarse en cuerpo y alma en la senda de la filosofía hasta desentrañar de una vez por todas el enigma del Universo. Estudia a Spinoza y a Kant, además de a su admirado Schopenhauer, a quien, no obstante, habrá de darle la vuelta en más de un aspecto.

En 1869 decide emplearse en un banco de Berlín, del que se hace también accionista, con el fin de reunir un capital que le permita dedicarse sin problemas a la ardua tarea que se ha impuesto. Pero, en 1873, un repentino hundimiento de la bolsa le deja sin dinero y sin empleo. Poco después, a sus treinta y dos años, pide el ingreso en el ejército, que le es concedido. Durante los cuatro meses de instrucción militar escribe la primera parte de su gran obra. A finales del 75 tiene que abandonar el ejército (había firmado un compromiso por tres años) por problemas de salud, y regresa a Offenbach. Y ahí no le ocupa otra tarea que escribir: redacta sus memorias, escribe una novela, ¡todavía! (Rupertine del Fino), y sobre todo culmina el sistema filosófico que finalmente ha de dar razón total del misterio de la existencia. La obra se titula La filosofía de la redención (Die Philosophie der Erlösung) y apareció en las librerías el 1 de abril de 1876. (continuará)

(De Del suicidio considerado como una de las bellas artes)

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César Augusto, moralista

Pero volvamos al punto en que habíamos dejado el currículum del gran gobernante. La alianza con Antonio no duró mucho. Una nueva contienda civil dejó a César Octavio como dueño absoluto, de hecho, del mundo romano. No se proclamó rey, dignidad a la que eran profundamente alérgicos los romanos, sino que, siguiendo el sabio ejemplo de su tío abuelo, fue acumulando los cargos públicos supremos de la república (cónsul, tribuno de la plebe, pontífice), hizo suyo el de imperator, que los soldados otorgaban por aclamación a sus jefes triunfantes (y que sirvió luego para designar los conceptos de “emperador” e “imperio”), y además recibió el nuevo título de Augusto (algo así como “consagrado” o “carismático”), que fue con el que finalmente pasó a la historia y, de aquí en adelante, a estas páginas.

No se puede negar que la política de Augusto fue sobre todo de pacificación y consolidación. No otra cosa deseaba el pueblo romano, harto ya de más de un siglo de guerras civiles y conflictos interiores. Así que, en este punto, los deseos del pueblo convergían con los intereses del gobernante: los hay que nacen con buena estrella. El mismo principio le guió en política exterior. No se trataba ya de seguir con las conquistas, sino de consolidar y asegurar lo conquistado, de manera que toda acción bélica (como la que dirigió personalmente contra los cántabros) tenía por objeto exclusivo la defensa de las fronteras.

En política interior, como ya he apuntado, respetó el juego aparente de las instituciones republicanas, considerándose tan sólo el primero de los senadores (princeps senatus) e incluso, en un momento dado, cuando acababa de consolidar su poder real, manifestó públicamente su intención de retirarse a la vida privada. Una comedia que obtuvo el éxito que se esperaba: el Senado le rogó que no lo hiciese, y el buen gobernante se resignó a seguir dirigiendo en solitario los destinos del pueblo romano.

Pero una grave preocupación le embargaba. Ese pueblo romano ¿dónde estaba? ¿cómo estaba? ¿Se parecía en algo a aquellas nobles gentes que pudieron contemplarse en el espejo de líderes como Escipión el Africano o Catón el Viejo? ¿Quedaba algo de sus virtudes? ¿Dónde estaba la gravitas, la dignitas, la pietas? Miraba a su alrededor y ¿qué veía? Una lucha sin cuartel por obtener riquezas y placeres a cualquier precio, con olvido total de las viejas virtudes. Degradación, promiscuidad sexual, divorcio, adulterio. Y en consecuencia, la raza romana en peligro de extinción. Esclavos, extranjeros, libertos e hijos de extranjeros sumaban un número muy superior al de romanos de pura sangre. Había que hacer algo. Y se puso a legislar.

La Lex Iulia de Maritandis Ordinibus, la Lex de Adulteris Coercendis y la Lex Papia Poppaea contenían una serie de disposiciones destinadas a promover el matrimonio y la procreación mediante estímulos sociales y el castigo de las actitudes contrarias, como el adulterio y el celibato (en este caso, aumentando los impuestos a los solteros). Esto, por lo que respecta al día a día de la vida social; en cuanto a la alta propaganda política, a la encarnación cultural de los nobles valores que preconizaba, Augusto tuvo la inmensa suerte de contar con una corte de poetas de gran valía dispuestos a cantar las glorias pasadas, presentes y futuras de Roma (o al menos a no cuestionarlas), el primero de los cuales, Virgilio, nos dejó una Eneida, que es al mismo tiempo una de las maravillas de la literatura universal y un eficaz instrumento de propaganda política. A veces, estas cosas ocurren.

Pero así como el empeño político-propagandístico alcanzó con creces sus objetivos, el moral-regeneracionista bien puede calificarse de fracaso, pues no sólo no consiguió restablecer las buenas costumbres en Roma, sino que la propia y única hija, Julia, fue el ejemplo más destacado de aquella inmoralidad (se decía que el número de sus amantes era infinito) que el padre se empeñaba en combatir. Hasta el extremo que tuvo que desterrarla de Roma.

Se comprende que un gobernante tan estricto, que no dudaba en castigar con dureza a su propia hija, mirase con muy malos ojos a un poeta que se permitía pasar de las consignas oficiales, cantando aquella vida “depravada” que tantos males podía infligir a la gloria de Roma. Además, es casi seguro que Augusto no veía (o no le hacían ver) en la poesía de Ovidio más que ese aspecto subversivo. Pero ¿tenía sensibilidad literaria el amo de Roma? (continúa en Cuando los políticos no eran analfabetos)

(De Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas)

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Ovidio y el amor en Roma

Si Amores es un conjunto de escenas y “experiencias” de la vida erótica de la sociedad romana, El arte de amar (Ars amatoria) tiene un contenido explícitamente didáctico, ya anunciado en la declaración programática con que se inicia la obra. “Si alguien en este país no conoce el arte de amar, lea esto y, leído el poema, ame instruido”. Compuesto también por tres libros, en los dos primeros da consejos para conquistar y retener a las mujeres, y en el último se dirige a las mujeres que quieran hacer lo mismo con los hombres. Acabada la lectura, puede dar la impresión de que se ha olvidado de un aspecto muy importante. ¿Qué ocurre cuando el amor se ha convertido en una obsesión insoportable, cuando no sabemos librarnos de una pasión que, contra nuestra voluntad, nos convierte en esclavos?

No, no lo olvida. Simplemente, aplaza el tratamiento. Y es que la respuesta a esas preguntas se halla en el librito que escribe a continuación: Remedia amoris (Remedios del amor), donde, para acabar con el amor que se ha convertido en un tormento de la mente, da una serie de consejos que, sin duda, aprobará cualquier psicólogo sensato de nuestros días. Unos ejemplos: huye de la ociosidad, porque el amor retrocede ante la actividad; viaja, marcha muy lejos y no tengas prisa en volver hasta que no estés curado; evita los lugares cómplices (“aquí estuvimos”); recuerda las malas pasadas de tu amada; ten presente sus defectos físicos e incluso exagéralos: si es llenita, recuérdala gorda, si bajita, enana, etc.; procura verla por la mañana cuando aún no se ha arreglado, o haciendo sus necesidades; busca otras amigas, porque todo amor es vencido por un nuevo amor; no hables del asunto ni te vanaglories de tus progresos, porque quien dice muchas veces “no amo” es que ama. Y sobre todo, es decir, el que me parece más sutil y efectivo, actúa como si no la amases, pues quien puede fingirse sano, sanará (qui poterit sanum fingere, sanus erit).

Si bien reflejan con fidelidad los usos y costumbres de la sociedad real de la época, estas obras de Ovidio resultaban radicalmente subversivas, tanto en la forma como en el fondo (ya alguien dijo que la verdad es revolucionaria). En la forma, porque constituyen una parodia burlesca de la literatura didáctica: los métodos que se usaban para enseñar cosas tan serias como la retórica, la astronomía o la agricultura, sirven aquí para conquistar, retener u olvidar amores más o menos frívolos. Y hay que apuntar, de paso, que todo amor se tenía por frívolo entre los romanos, excepto el que se debían marido y mujer. Y en el fondo, porque… (continúa en Se prepara el derribo de Ovidio)

 (De Ovidio y Wilde, dos vidas paralelas)

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Unamuno o la agonía de existir II

 

El primer libro que compré y leí de Unamuno fue una colección de artículos periodísticos titulada Visiones y comentarios. Aunque no consta la fecha en que fueron escritos, se ve bien por el contenido que lo fueron durante la República, es decir, en la última década de su vida. Y aunque los temas son muy del momento social y político, no faltan en ellos las profundas divagaciones del filósofo, o del místico. He ido a buscar uno que me impresionó, porque alude a un momento capital en toda vida humana. Lleva por título El día de la infancia y empieza comentando unos versos del poeta catalán Verdaguer:

Ai soledat aimada,

ma companyona un dia,

lo jorn de la infantessa

que no tingué demà…

Porque el niño, apunta Unamuno, en su soledad creadora, vive en infinitud y en eternidad un solo día, y la infancia se acaba cuando llega el otro y el otro día, y se descubre que hay un final. Es cuando el niño descubre la muerte, que uno se muere. Luego, el artículo deriva hacia algún tema de la actualidad política.

También Contra esto y aquello consiste en una recopilación de artículos publicados en la prensa, tres décadas antes, en los que combina comentarios del presente con la visión poética y las reflexiones filosóficas. El problema es que ni conservo el libro ni he de dedicarme ahora a buscarlo. Así que, aunque creo que lo leí casi al mismo tiempo que Visiones y comentarios, no estoy en condiciones de ofrecer ni un solo detalle concreto.

De sus novelas leí cuatro o cinco, pero solo de una de ellas guardo un recuerdo claro. Se titula Niebla y se había publicado en 1914. Es – como todas las de Unamuno – lo que antes se llamaba “una novela de tesis”, es decir, una fábula pensada como ilustración o demostración de una ideología determinada o simplemente de la idea que del mundo tiene el autor. Casi todas las novelas son “de tesis”, pero las mejores son aquellas en que el autor no lo sabe o no se lo ha propuesto. No es este el caso de Unamuno, obviamente, que siempre es muy consciente de lo que quiere demostrar en sus obras de ficción (lo que, a mis ojos, no le hace un gran novelista, que digamos). Pero vayamos a la fábula y a la tesis.

Augusto Pérez es un señorito, rico, abúlico y soñador. O, más que soñador, “encantado”, que decían mis mayores. Un día se enamora (o cree que se enamora) de una joven muy guapa. Muy guapa y muy despierta. A la joven no le hace gracia el muchacho y, primero, se lo dice; luego, picada por los celos, lo acepta. Y después de conseguir un beneficio práctico de él, lo rechaza y se va con otro y con el beneficio. Augusto, más que traicionado o engañado, se siente burlado. Y no lo soporta. Piensa en suicidarse, pero antes decide ir a ver a Don Miguel de Unamuno, del que había leído alguna cosa sobre el suicidio.

Unamuno lo recibe, y el pobre Augusto apenas tiene que contarle nada. Lo sabe todo. Y lo sabe, le dice el escritor, porque él, Augusto, no es un ser vivo sino un personaje de la novela que está escribiendo, un ente de ficción, y ni siquiera puede suicidarse, porque el requisito indispensable para poder suicidarse es…estar vivo. Y cuando le dice que no se preocupe, que ya le matará él, como suelen hacer los autores con los personajes que ya no les sirven, cambia de idea y se revuelve contra el dictado de su creador. ¡Quiere vivir!

-¡Quiero ser yo, ser yo! ¡Quiero vivir! – y le lloraba la voz.

[…] No puedes vivir más. No sé qué hacer ya de ti. Dios, cuando no sabe qué hacer de nosotros, nos mata.

[…] ¿Conque no? No quiere usted dejarme ser yo, salir de la niebla, vivir, vivir […] Pues bien…también usted se morirá. ¡Dios dejará de soñarle! […] ¡Se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos sin quedar uno! ¡Entes de ficción como yo!

Y en efecto, el pobre Augusto se muere. Y el pobre Unamuno, unos años después. Y el pobre que escribe esto, quién sabe cuándo. Y el pobre que lo lee también. Y no se sabe si al final quedará alguien para contarlo.

Miguel de Unamuno y Jugo nace en Bilbao en 1864. Cursa la carrera de filosofía y letras en Madrid. En 1891 obtiene la cátedra de griego en la universidad de Salamanca y en 1900, a los 36 años de edad, es nombrado rector de la misma universidad, cargo que ostenta – con algunas interrupciones debidas a imperativos políticos – hasta su jubilación en 1934. Miembro del partido socialista antes del cambio de siglo, pronto se desvincula de toda opción política concreta en aras de una libertad e independencia intelectual insobornables.

Destituido y desterrado a Fuerteventura (Canarias) por la dictadura de Primo de Rivera en 1924, con el advenimiento de la República fue repuesto en su cargo de rector y se convirtió en una de las personalidades más destacadas de la opción republicana, siendo elegido diputado a Cortes por la coalición republicano-socialista (1931). Pero el desencanto llegó muy pronto. En las elecciones siguientes (1933) no volvió a presentarse, sus artículos eran cada vez más críticos con la política republicana y llegó hasta el extremo de ilusionarse con la idea de que el “alzamiento” de 1936 daría a España lo que necesitaba: una de mano de hierro ilustrada para regenerar el país. La prueba de la realidad deshizo enseguida aquella ilusión y, después de acreditar una vez más la honradez y la valentía que en todo momento había mostrado, Dios dejó de soñarle, quiero decir que se murió.

Además de las obras que he citado o aludido también leí Vida de Don Quijote y Sancho, en la que el autor va desgranando sus ideas y obsesiones sobre el hilo de la novela de Cervantes, con aportaciones siempre muy personales o pintorescas. Fue un placer.

Quedaba pendiente la obra más estrictamente filosófica, como La agonía del cristianismo o Del sentimiento trágico de la vida. Y pensaba que algún día me dedicaría a ella. Pero ocurrió que, de pronto, se alzó por el norte un astro luminoso que empezó a disipar las nieblas ibéricas con una luz nunca vista por aquí. Y ya no me acordé más del señor don Miguel de Unamuno. Hasta ahora, para escribir esto.

(De Los libros de mi vida)

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Unamuno o la agonía de existir I

A diferencia de los antiguos, los modernos nunca le han tenido gran respeto al destino. Esta falta de respeto empieza en el Renacimiento con la convicción creciente de que el ser humano es el centro del Universo, continúa con el pensamiento romántico y burgués con la idea de un progreso infinito dirigido por la misma humanidad y culmina con el existencialismo, el de Sartre, por ejemplo, quien se expresa así: no hay naturaleza porque no hay Dios para concebirla. El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere y como se concibe desde la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Este es el primer principio del existencialismo.

El existencialismo fue aquel movimiento filosófico-literario que hizo furor en Europa en los años 40 y 50 del pasado siglo. Tuvo sus predecesores, entre los cuales se suele incluir al danés Kierkegaard y al español Unamuno.

Al contrario que Papini y Séneca, Unamuno no fue por mi parte una elección o descubrimiento solitario. Ya estaba en el ambiente. Era el curso 57-58. A punto de irrumpir en el mundo no oficial universitario el marxismo y el existencialismo (como se ve, hasta en la heterodoxia íbamos atrasados), lo más anti que entonces corría por ahí era Unamuno y algún otro de la Generación del 98. Ahora me pregunto qué sentido tenían esos autores en aquella época, y me respondo que ninguno, al menos desde el punto de vista social. Pero cierto falangismo no oficial los había puesto de moda. Y ese era el límite de lo tolerado.

Quizá convenga aquí alguna aclaración para los no familiarizados con nuestra historia reciente. Fundada en 1933, Falange Española fue, en su origen, un partido que seguía el modelo del fascismo italiano. Formó parte de las fuerzas que se alzaron contra la República tres años después. Tras la victoria de los insurrectos, quedó encuadrado en el partido único finalmente denominado Movimiento Nacional, y convertido en mera pieza de la maquinaria del poder del dictador. Y es que, técnicamente hablando, el régimen de Franco no fue un totalitarismo fascista, sino una simple dictadura militar al servicio de la derecha de siempre. Y así, a finales de los cincuenta, cierto falangismo “auténtico” residual sacó a pasear el nombre de Unamuno por los ámbitos universitarios o más o menos intelectuales.

Yo creo que lo único que Unamuno vio en el falangismo fue el reflejo de sus propias preocupaciones “nacionales” esencialistas. Por su parte, el falangismo sí que bebió bastante en la fuente unamuniana. Hasta el extremo de que, en la actualidad suelen confundirse algunas citas, como aquello de “me duele España”, que más de una vez he visto atribuido a José Antonio, cuando en realidad fue Unamuno el padre del invento.

De todos modos, Unamuno nunca fue proclive al fascismo (fajismo, escribía él en su afán filológico), si bien al principio, y por muy breve tiempo, creyó que el “Alzamiento Nacional” era lo que España necesitaba. Pero lo cierto es que, cuando vio de cerca el verdadero rostro de la bestia, el viejo filósofo ya no dudó, sino que le plantó cara con una valentía suicida. Murió casi a continuación.

Detalles estos que apenas se conocían entonces. Así que de ningún modo pudieron influir en mi admiración por Unamuno. Ni falta que hacían. Me bastó captar la profundidad de su pensamiento y la sinceridad de su actitud para quedar totalmente fascinado. Una sinceridad que consiste en ponerse él mismo como tema, y, a través de todas sus dudas e inquietudes, tratar de llegar al fondo de la cuestión, fondo que, precisamente por su sinceridad y honradez, no llegará nunca a alcanzar.

Lo único que a cada cual importa y, por lo tanto, lo único que debe importar a la filosofía, viene a decir, es el hombre concreto, el individuo de carne y hueso que vive, goza, sufre y sabe que ha de morir. Lo único que de verdad conocemos es la experiencia de la vida, nuestra existencia concreta, que se manifiesta como un esfuerzo sostenido por seguir viviendo, por no dejar de ser.

Pero, además, Unamuno no es tan astuto como para echar por la borda la razón y subirse al carro del irracionalismo gratuito, y ahí el problema, ahí el conflicto que se desarrolla a lo largo de toda su obra. Por una parte, su experiencia interior, acorde con un hondo sentimiento religioso, le mantiene en el anhelo ferviente de una vida eterna. Por otra, los datos de la ciencia y el ejercicio de la razón reducen ese anhelo a la categoría de ilusión. Si hubiese sabido prescindir de la razón, como un auténtico irracionalista, no habría habido agonía (lucha) unamuniana; si hubiese sabido prescindir de su anhelo de eternidad, de su sed de fe, como un auténtico racionalista, tampoco. Pero su hambre de eternidad le impedía aceptar un racionalismo reduccionista, y su sano raciocinio le impedía abandonarse ilusamente a la «fe del carbonero». Esta era su tragedia.

Se le ha considerado un precursor del existencialismo. Y con toda justicia, pues él fue, después de Kierkegaard, quien puso en el centro de la filosofía el individuo en su existir concreto, en su angustia de saberse un ser para la muerte. Angustia que, para él, sólo la fe podría apaciguar… pero hacía ya tiempo que la Fe había sido inmolada en el altar de la Razón. (continúa)

(De Los libros de mi vida)

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