Constance no pertenecía al tipo clásico de señora burguesa de la sociedad victoriana. Irlandesa como el marido, estaba más próxima a la suegra que a él en su sentimiento nacionalista; escribió cuentos infantiles – dicen que El gigante egoísta le debe tanto a ella como al famoso escritor -, participó en cierto movimiento estético para la renovación del gusto en la decoración y en el vestido; se interesó por los primeros movimientos feministas y por el incipiente socialismo fabiano, incluso es posible que influyera en la redacción del célebre ensayo de Wilde sobre el asunto… Quizá el biógrafo aludido estuviese pensando precisamente en esta actitud abierta y poco convencional de Constance para reprocharle que no entendiera, además, la particular deriva del marido. Pero es que la vida no funciona como las matemáticas, quiero decir, que en ella los mismos factores no siempre dan el mismo producto.
Se trata, como casi siempre, de imaginar. Una mujer – todo lo abierta y cultivada que se quiera – se enamora de un hombre maravilloso, apuesto, brillante, artista admirado por todos los públicos y estrella de la mejor sociedad; se casa con ese hombre, que además la ama y la obsequia con toda clase de atenciones; juntos fundan un hogar que es un modelo de elegancia y felicidad para todo Londres; tiene dos hijos, a los que él adora por encima de todo. Algo cambia después del nacimiento del segundo, es cierto, pero nada importante; él está cada vez más ausente, siempre con amigos – casi todos jóvenes – arriba y abajo. Pasa temporadas fuera del hogar; la pasión conyugal remite, suele ocurrir, pero el amor verdadero se mantiene, piensa… Y de pronto, ese hombre maravilloso es detenido, juzgado, esposado, expuesto a la vergüenza pública, encarcelado y proscrito para siempre de la sociedad, culpable de un “delito” que ni ella, ni probablemente ninguna mujer de aquella época y sociedad, podía entender. ¿Cómo pretender entonces que entienda al “delincuente”? Lo normal era que pensase que aquel hombre la había estado engañando toda la vida o que, de repente, se había convertido en un monstruo, y que cortase toda relación. Y, sin embargo, tal como reconoce el biógrafo, no dejó de mostrarse bondadosa con él.
Lo visitó en la cárcel para comunicarle personalmente la muerte de su madre, y así evitar que recibiese la triste noticia por los carceleros; instalada en Génova con sus hijos, le envió dinero periódica y puntualmente con la condición de que no volviese a ver a Bosie, y cuando se enteró del incumplimiento de la condición… siguió con los envíos, pero a través de Robert Ross, previo el compromiso de éste de no delatar la procedencia.
Constance murió al poco tiempo, a los cuarenta años, en Génova. Nadie es quién para juzgar su conducta, ni su capacidad de comprensión. Ahí están los hechos.
Los tres años transcurridos entre la ruptura definitiva con Bosie y el final los pasó Wilde en París, con breves temporadas en el sur de Francia, Suiza e Italia. Su residencia parisina era una triste habitación del hotel D’Alsace. Para evitar en lo posible aquel decorado deprimente, pasaba casi todo el día afuera, observando la vida animada de la ciudad, o almorzando o cenando con algún amigo, ocasión que siempre aprovechaba para pedir dinero prestado, que él y el amigo de turno sabían que no iba a devolver. No escribió ninguna obra más. Aquel terreno, aquel ambiente era totalmente inapropiado para que el artista siguiese floreciendo. Y se fue marchitando. Y la noche del 30 de noviembre del año 1900 se murió.
En los últimos momentos, de acuerdo con sus deseos, un amigo llamó a un sacerdote católico y, acogido en la Iglesia, le fueron administrados los últimos sacramentos. En más de una ocasión había afirmado que el catolicismo es religión para santos y pecadores, mientras que para la gente respetable ya estaba bien el anglicanismo. Y él se consideraba un pecador, por supuesto, un pecador con un amor desordenado y culpable por el arte y por la vida.
JUSTICIA POÉTICA
El genio artístico fue para Wilde dicha y desdicha, fortuna y ruina. Aquella sensibilidad especial, acompañada de un impulso creativo incontenible, lo elevó sobre una sociedad amante de todos los placeres, incluidos los del arte, pero también lo mantuvo ciego a las señales que en todo laberinto avisan de los peligros. Se hizo con la Ariadna del arte y de la fama, pero, feliz y desprevenido, fue devorado por el Minotauro del poder.
Pero Wilde no era Ovidio. Quiero decir, que el párrafo anterior, calcado del que en su lugar he dedicado al poeta romano no se adecua muy bien al artista británico. Y esa manera de forzar el paralelismo no es del todo correcta, lo reconozco.
Y es que no se puede decir que Wilde tuviese un impulso creativo incontenible. Era creador, un gran creador, por supuesto. Pero su caso era en este aspecto muy distinto del de Ovidio. En el romano, el impulso creativo venía sobre todo de dentro y, aunque muy dependiente de los usos y las formas de la sociedad, tenía la suficiente entidad propia como para seguir vivo en el destierro y la soledad. En el irlandés, en cambio, aunque también surgido de su alma de artista, aquel impulso era totalmente dependiente del mundo en el que se movía, de manera que, cuando la brillante sociedad que le había acompañado y aupado le dio la espalda, la fuente creativa se cegó.
No tuvo el consuelo de que disfrutó Ovidio. Porque éste supo conservar su tesoro en la caída y la desgracia, mientras que aquél lo perdió por completo con el cambio de fortuna. Tres años antes de morir el hombre, había muerto el artista; o, para decirlo más exactamente, tres años antes de morir el cuerpo, había muerto el alma. ¿Para siempre?
El fiel cristiano sabe que después de la muerte – ¿tres días? ¿tres años? – viene la resurrección. Para el artista verdadero siempre es así. Es lo que yo he dado en llamar “justicia poética” – término que, que en su origen designaba otra cosa.
Dante Alighieri, por quien Wilde sentía gran admiración, fue quizá el único gran artista que supo tomarse la justicia poética por su mano. Él mismo se encargó de encerrar en el infierno a sus enemigos y a los enemigos de sus amigos. Y allá estarán mientras la literatura exista. Wilde podría haber hecho algo parecido. Colocar en un infierno creado al efecto a jueces, carceleros, marqueses y falsos amigos. Recursos no le faltaban…Pero no, no podía. No tenía la férrea personalidad de Dante, como él mismo reconoció; él era un griego pacífico y suave.
De todos modos, aunque incapaz de hacerla por sí mismo como su admirado florentino, con aquella clarividencia que siempre le había distinguido, sabía muy bien que la justicia poética acabaría imponiéndose también en su caso.
En cierta ocasión, ya en su exilio francés, repasaba con Harris adónde habían llegado algunos de sus antiguos compañeros de estudios – uno de ellos, Curzon, nada menos que a virrey de la India – y añadió: La espantosa injusticia de la vida me vuelve loco. Después de todo, ¿qué han hecho ellos en comparación con lo que yo he hecho? Supón que muriésemos todos ahora: dentro de cincuenta o de cien años nadie se acordará de Curzon o de Wyndham o de Blunt. Su vida, lo mismo que su muerte, no importará a nadie en absoluto. En cambio, mis comedias, mis cuentos y La balada de la cárcel de Reading serán conocidos y leídos por millones de personas, y hasta mi mismo infortunado destino despertará una simpatía universal.
Amén.
Quiero decir que así ha sido.
El futuro es la patria del artista. El presente es el campo de acción de los Curzon, de los graves magistrados y de los grandes potentados, de los políticos avispados y de los ávidos financieros. Ellos forjan la realidad social sobre la base de sus intereses mezquinos y de la mediocridad de sus almas. El artista es un pájaro que canta. A veces, intentan disparar sobre él, y en ocasiones lo hieren. Pero siempre, vivo o en apariencia muerto, consigue alzar el vuelo. Y su canto nos llega desde la altura. Y nos ayuda a soportar este mundo infeliz, obra siniestra de los que nacieron sordos para la música.
FINIS OPERIS THE END