
No hace mucho, el barrio recibió el nombre oficial de Fort Pienc, en extraño homenaje al Fuerte Pío, antigua construcción militar (siglos XVIII y XIX) destinada a controlar la zona situada al norte de la ciudad y de la que no queda ni rastro.
Vivo ahora en la linea divisoria entre el barrio mencionado y el de mayor categoría llamado «derecha del Ensanche» (dreta de l’Eixample). Frontera que se concreta, en el lado opuesto de la manzana donde resido, en el amplio Paseo de San Juan (Passeig Sant Joan).
Por cierto, cuando recuerdo este Paseo tal como lo conocí en mi infancia y juventud no me parece el mismo. Entonces era, al menos por mi zona, un erial desierto y polvoriento, mientras que ahora se ofrece como uno de los bulevares más atractivos y glamurosos de la ciudad, con sus amplias zonas ajardinadas y sus rótulos de bares y restaurantes en inglés.
El hecho de que el Paseo en cuestión y las zonas próximas (parque del Norte, parque la Ciudadela) constituyan una de la áreas más despejadas de la ciudad ha propiciado la aparición en él de unas características muy peculiares.
Jóvenes y no tan jóvenes llenando los bares y sus terrazas – a ciertas horas, con la sola compañía del portátil -, turistas en tránsito entre el Arco de Triunfo y la Sagrada Familia y viceversa, ciclistas y patinadores arriba y abajo por los carriles a ellos destinados, perros, perrazos y perritos disfrutando de una pizca de libertad y de la ocasión obligada de aliviar ciertas urgencias.
Y ancianos. Y ancianas. Muchos ancianos. Muchas ancianas. Esos seres que una sensibilidad menos delicada que la mía denominaría viejos y viejas. Sí, algunas de las características que antes he mencionado han propiciado también la proliferación de las residencias de ancianos, los cuales, especialmente en los días soleados de invierno, animan el paisaje con sus caminadores, sus cochecitos – manuales o eléctricos – y otras andròmines que van surgiendo.
Pero no creáis que esa población provecta es solo la que vive en las residencias aludidas, no. También la hay – me refiero a la de los setenta para arriba – a la formada por los vecinos propios del barrio.
Yo mismo. Y mi mujer. Ambos, con nuestros más de ochenta años por cabeza, armados solo – de momento – con nuestros bastones, salimos a dar breves paseos para gozar de los espacios ajardinados, de los bancos públicos y de los bares provistos de apetitosos aperitivos.
En esas ocasiones, no es raro que nos encontremos con algún vecino o antiguo conocido, por lo general en pareja como nosotros mismos, e intercambiemos breves minutos de coloquio intranscendente.
Hace unas semanas nos encontramos con una vecina. Iba sola. Pregunta obligada ¿Y el marido? Respuesta. Ha muerto. Condolencias. Serenidad en el rostro de la viuda, con – diría yo – un brillo luminoso en la mirada.
La escena, con diferentes protagonistas, se ha repetido dos veces a lo largo del mismo mes. ¿Y el marido? Ha muerto. Condolencias obligadas. Serenidad en el rostro de la viuda, con – diría yo – un brillo luminoso en la mirada.
Llegué a preocuparme seriamente.
Y sigo.
Porque, vamos a ver.
En este barrio mío de toda la vida
¿solo se mueren los tontos, digo, los maridos?