Pero ¿quién está al frente de todo esto? II

el sionismo es un nacionalismo

Excepto en Rusia y en algún otro rincón del continente, a mediados del siglo XIX, las comunidades judías estaban bien asentadas en Europa. Nadie, especialmente de entre sus miembros más destacados, podía prever otro futuro que la perfecta asimilación de los judíos en sus estados respectivos, de manera que cualquier intento de modificación del status vigente era considerado, en especial por los miembros más prominentes de la sociedad judía, como una aventura peligrosa y fuera de la realidad.

Ello a pesar de que el antisemitismo permaneciese enquistado en el pueblo europeo y se manifestase de vez en cuando por brotes más o menos violentos. En este contexto se explica el rechazo que al principio recibió la propuesta de un joven periodista, llamado Theodor Herzl, dirigida a los miembros más influyentes de la sociedad judía.

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Herzl había nacido en Budapest, en 1860, en el seno de una familia judía ilustrada y acomodada. En 1878 la familia se trasladó a Viena, donde Theodor estudió derecho. Pero se dedicó principalmente a la literatura y al periodismo.

En 1891 viajó a París para cubrir el caso Dreyfus. Un oficial del ejército francés era juzgado y condenado por traición en un proceso por completo irregular: era judío. Theodor quedó asombrado, y espantado, por el estallido de furia antisemita que se produjo en las calles de París, y de toda Francia. Parece que fue aquel espectáculo, aquella reacción popular, lo que determinó en él el cambio de rumbo en la visión del problema judío: comprendió que, mientras existiese aquel antisemitismo visceral, la postura tradicional asimilacionista era inviable. 

Y empezó su campaña en pro de la creación de un estado para el pueblo judío, es decir en pro de la plasmación del ideal nacionalista romántico de «un estado para cada pueblo». Con la particularidad de que, de momento, no había territorio para aquel estado.

Infatigable propagandista, Herzl intentó incluso contactar con el sultán turco, bajo cuya soberanía estaban las tierras históricamente más adecuadas para albergar el nuevo estado de Israel, el Eretz, el territorio de Jerusalén. Pero su logro más real consistió en convertir la oposición o indiferencia  del judaísmo europeo al cambio del status vigente en entusiasmo y esperanza ante la posibilidad de un estado judío.

En efecto, en 1897 tuvo lugar el Primer Congreso Sionista en Basilea, del que Herzl fue nombrado presidente, cargo que ostentó hasta su muerte ocurrida en 1904. En el mismo Congreso se constituyó la Organización Sionista Mundial.

Los intentos por conseguir el territorio imprescindible para el nuevo estado incluían Asia y Sudamérica, pero, como parece natural, la localización más deseada fue siempre el mismo territorio del Israel bíblico, habitado entonces por población musulmana dentro del imperio otomano. En este sentido es de destacar la actuación de un miembro de una de las familias judías más ricas e influyentes de Europa, Edmond James de Rothschild, quien  se dedicó a comprar tierras por cuenta propia con vistas a las necesidades del inminente estado. Y a las que empezaron a emigrar, si bien pequeño número, judíos procedentes en su mayoría del este de Europa.

Las vicisitudes históricas de las décadas siguientes determinaron en gran medida el rumbo que fue tomando el movimiento sionista. La conmoción moral y política que supuso el Holocausto, a lo que se sumaron intereses estratégicos de algunas potencias, propiciaron la intervención activa de Gran Bretaña y Estados Unidos en la solución de las necesidades sionistas, concluyéndose finalmente con la creación del estado de Israel sobre tierras de la antigua Palestina, con evidente desprecio de sus moradores musulmanes, tan históricos como los hebreos.

Y ya tenemos cumplido el sueño de Theodor Herzl: la realidad de un estado nacional judío, con las notas – no sé si el ilustre periodista había pensado en ello – de prepotencia y ferocidad propias de todo nacionalismo. 

el sionismo como ficción

Como en el caso de la masonería -menos que en el caso de la masonería – no hay en el sionismo intención alguna de apoderarse del mundo. Se trata simplemente de la voluntad de edificar y consolidar un estado nacional como los existentes  en parte de Europa y América  desde hacía casi un siglo. Pero una cosa es la realidad y otra la ficción.

Y es que en 1902 apareció una publicación titulada Los Protocolos de los sabios de Sion en la que los supuestos «sabios» se inculpan de todas las intrigas y maldades cometidas por los judíos. Enseguida se descubrió que la obra era una falsificación realizada por la policía zarista para justificar  los progroms que sufrían los judíos. Tanto da. Los extremistas antisemitas desde entonces hasta ahora lo han tenido por auténtico o, en el colmo del cinismo, como en el caso de un alto jerarca nazi, han aceptado su falsedad factual pero afirmado su autenticidad en cuanto  reconocimiento del modo de ser y actuar de los judíos.

Para acabar:

El texto, considerado una farsa, afirma ser la transcripción de unas supuestas reuniones de los «sabios de Sion», en la que estos detallan los planes de una conspiración judeo-masónica, que consistía en el control de la masonería y de los movimientos comunistas, en todas las naciones de la Tierra, y que tendría como fin último hacerse con el poder mundial. (Fuente: wikipedia). 

Y es que, ante esto, francamente no vale la pena gastar una palabra más.  

(CONTINÚA)                                                               

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