
La anécdota creo que la leí en una novela de Pío Baroja, hace muchos, muchos años, cuando yo aún era un empedernido lector de novelas.
Una princesa italiana, quizá en la época del barroco, rodeada en su jardín de personas tan refinadas como ella misma, disfruta de la conversación al tiempo que gusta de un exquisito refresco. De pronto, lanza una mirada enamorada a aquella exquisitez y exclama melancólica “¡lástima que no sea pecado!”
Hay que reconocer que el pecado es uno de los temas estrellas de la teología católica. Según cómo, puede considerarse como condimento indispensable para que el alma se muestre realmente viva.
En efecto, para un creyente de los siglos clásicos del catolicismo no había lazo más seguro con la divinidad que su condición de pecador. Esta idea se ilustra perfectamente con la frase atribuida a Oscar Wilde: El catolicismo es religión de santos y pecadores; a la gente formal ya le está bien el anglicanismo.
Pero ¿qué es el pecado? De acuerdo con una definición canónica el pecado es una transgresión libre y deliberada de la Ley de Dios. O sea, una conducta humana contraria y opuesta a la voluntad divina. Nada menos.
Formulada así, la cosa es de una gravedad casi inimaginable. ¿Cómo una insignificante criatura puede actuar en contra de la voluntad del que todo lo puede, todo lo es y todo lo sabe?
Pues sí, puede. Según la Biblia, todo comenzó con el primer desacato consistente en la decisión del ser humano de comer el fruto prohibido por el Creador. Y a éste siguieron otros muchos que han ido configurando la historia de la humanidad.
Y es que el pecado, esa especie de rebeldía frente a la divinidad, siempre ha estado presente tanto en los actos como en el corazón y en la mente del ser humano.
Y en especial en las agendas de los teólogos.
En efecto, no creo que haya ningún concepto de la imaginería religiosa que haya sido adornado con tal profusión de precisiones y distinciones.
Para empezar, se distinguió entre pecado venial y pecado mortal, adjetivos ambos que ya dan una idea de la diferente gravedad o importancia de cada uno de los dos grupos.
Se estableció también que el pecado puede ser por acción o por omisión, consistente este en la no ejecución de un acto al que se está moralmente obligado.
Se confeccionó una lista de los principales pecados, llamados capitales, formada por siete, número por lo visto muy importante en estas cuestiones transhumanas, por llamarlas de alguna manera.
Pero la cosa no queda ahí, sino que va avanzando por senderos de sutileza sorprendentes. Resulta que hay un tipo de pecado muy especial, que nos afecta a todos, hagamos lo que hagamos.
Es el llamado pecado original y fue cometido en principio por Adán y Eva. Aunque en realidad no es un pecado sino un estado, precisa la doctrina católica. Pero ya que el asunto parece complicado, mejor que lo explique una fuente autorizada, como el Catecismo oficial de la Iglesia:
Por esta «unidad del género humano», todos los hombres están implicados en el pecado de Adán, como todos están implicados en la justicia de Cristo. Sin embargo, la transmisión del pecado original es un misterio que no podemos comprender plenamente. Pero sabemos por la Revelación que Adán había recibido la santidad y la justicia originales no para él solo sino para toda la naturaleza humana: cediendo al tentador, Adán y Eva cometen un pecado personal, pero este pecado afecta a la naturaleza humana, que transmitirán en un estado caído (cf. Concilio de Trento: DS 1511-1512). Es un pecado que será transmitido por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales. Por eso, el pecado original es llamado «pecado» de manera análoga: es un pecado «contraído», «no cometido», un estado y no un acto.
Sí, la sutileza de los teólogos nos ha proporcionado relatos tan imaginativos como maravillosos. Pero no le han ido a la zaga los que nos han trasmitido otros dignos profesionales de lo fantástico: los poetas y los filósofos.
Calderón de la Barca fue un dramaturgo español, católico a machamartillo, como decían nuestros abuelos. Y sin embargo, al protagonista de uno se sus dramas se le escapa esta reflexión:
Aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido.
Bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.
Aquí se advierte, quizá por primera vez, un desvío de la interpretación de la culpa original que encadenó a la humanidad a la mísera existencia que todos conocemos. Aquí ya no se habla de la desobediencia del mandato del Dios. Aquí se revela que todo el mal procede de haberse metido algo inexistente donde no debía: en la vida. Relato mucho más pesimista que el elaborado por la teología, el cual incluso propició que alguien tildase aquella desobediencia original de felix culpa por haber dado ocasión a la intervención del mismo Dios, en la figura de Cristo, en la historia de la salvación humana.
También algunos filósofos han aportado sus brillantes o novedosas interpretaciones de las causas de esta absurda (dicen) vida humana. La segunda mitad del siglo XIX fue especialmente abundante en la producción del llamado pesimismo filosófico. Nombres como Schopenhauer, Bahnsen, Hartmann, Mainländer son referencias destacadas en ese campo.
Por cierto que, encuadrado o no en el grupo mencionado, hay un historiador y pensador, hoy prácticamente olvidado, perteneciente a la tendencia positivista de de la época, Hippolythe Taine, que con una frase nos ofrece la síntesis entre absurdo humano y relato religioso (con ecos de Calderón):
La gran desgracia del hombre, y su verdadero pecado original, es nacer.