– Dispense, Mosén – interrumpí -, ¿y usted no se ha defendido de alguna manera?
– Y es claro. Es mi obligación. He publicado en la prensa varios artículos denunciando mi
– Y finalmente claudicó, ¿no es eso?
– Eso es lo que creen. Firmé un papel, que casi no decía nada, y así recuperé la licencia de celebrar misa, con la asignación de la iglesia de Belén, la que acabamos de ver. Ellos parece que se han olvidado de su obsesión de meterme en el manicomio, y yo quiero olvidarme de ellos, de la prensa, y así poderme dedicar en cuerpo y alma a la lucha que comparto con personas verdaderamente santas.
– ¿Lucha?
– Contra el Demonio. Sígame.
– ¿Se refiere a exorcismos?
Pero el Mosén ya no me oía. Con aquella agilidad que no dejaba de asombrarme, había comenzado a cruzar la plaza, olvidándose de mí. Me apresuré a alcanzarlo. Le repetí la pregunta.

¿Qué casas? El espacio estaba perfectamente despejado y la Catedral se alzaba iluminada en lo alto de las escalinatas. Entonces me di cuenta de la extraña trayectoria que seguía el Mosén, con movimientos que ningún obstáculo visible justificaba. Pasada la plaza, bordeamos un edificio gótico y luego un pequeño tramo de la muralla romana, hasta que fuimos a dar a una placita, a la derecha de la cual quedaba la antigua ciudad gótica y a la izquierda, el denso circular de vehículos de la Vía Layetana…De milagro pude agarrar al Mosén por el brazo. Se había lanzado a cruzar la calle sin reparar en la riada de coches que bajaban a una velocidad diría que excesiva. Conseguí llevarlo hasta el semáforo próximo y que cruzase conmigo correctamente. Ya en el otro lado, redujo la marcha, y enfilamos lentamente la calle Argenteria. Y de pronto lo vi claro: hasta hace más de medio siglo la hoy espaciosa plaza de la catedral estaba ocupada por edificios de viviendas, y hace casi cien años que se abrió la Vía Layetana, como vía rápida para llegar hasta el puerto, derribándose la zona correspondiente de la ciudad vieja. Es decir, que el Mosén no andaba por la misma ciudad que yo, sino por otra: la Barcelona de al menos un siglo atrás.
– Hay muchas clases de demonios, señor, y están invadiendo el mundo. Tanto es así que
– ¿Podremos? Le acompaña alguien en…esos ritos.
– Sí, claro, otro sacerdote, y la vidente, una santa mujer, que puede ver todas las cosas espantosas que se producen durante la sesión y que a nosotros, los exorcistas, nos está impedido ver.
– ¿Cosas espantosas?
– Juzgue usted mismo. Hace días conseguimos un triunfo memorable. Arrancamos el Mal del cuerpo de una pobre poseída. Escuche. Mientras yo estaba rezando el Veni Creator, sucedió una cosa horrorosa. Apareció la Madre de Dios y con sus manos divinas abrió la cabeza de la víctima, y extrajo una serpiente que estaba bien replegada en el fondo, la lanzó al suelo y de un pisotón aplastó la cabeza de la bestia; después, cerró la cabeza de la víctima, dejándola como antes. La espantosa serpiente estaba allí en el suelo, aplastada, pero enseguida, de la pared salió una mano negra, agarró a la serpiente por la cola y, arrastrándola, desapareció con ella.
– Hemos llegado, señor, ahora debemos despedirnos. Le agradezco mucho que haya tenido la paciencia de escucharme, y le ruego que rece, que rece todo lo que sepa, para ayudarnos en la batalla de hoy contra el Demonio.
En aquel momento, yo no sabía qué hacer ni qué decir. Toda aquella historia tenía tal fuerza de verdad, de autenticidad, que no podía resignarme a creer que solo fuese la fantasía de un maníaco. Finalmente aventuré…
– Pero usted, usted…¿quién es?
– Sóc Mossèn Jacint Verdaguer, prevere i poeta -, dijo y me tendió la mano, que yo besé devotamente.
Luego, se perdió en la densa oscuridad del portal.
OTOMAR.- “Y tomándome de la mano me dijo con una extraña sonrisa: soy el caballero Gluck”. Fin.
LOTARIO.- Es evidente. La idea y el desenlace es evidente que tienen mucho que ver con El caballero Gluck, de nuestro Hoffmann.
CIPRIANO.- De acuerdo, pero de eso se trata ¿no?
OTOMAR – No exactamente. Homenajear sí, plagiar no.
TEODORO.- Yo no he visto ningún plagio por ninguna parte. Lo que he visto ha sido un relato muy bien construido, dentro del espíritu del maestro, pero con un carácter muy propio.
SILVESTRE.- Gracias, Teodoro, con lo que acabas de decir tengo bastante. No necesito ningún comentario más.
CIPRIANO. – Tú aguantarás todos los comentarios que hagan falta, como todo el mundo. Y el primero que se me ocurre va precisamente en tu favor, a propósito de lo que se acaba de decir. Y es que yo veo que hay un aspecto fundamental en que tu relato se diferencia del de Hoffmann. Y es que en el relato de Hoffmann se da la impresión de que es el mismo Gluck, muerto décadas atrás, el que se aparece al narrador. Mientras que en el de Silvestre está claro que se trata de un simple loco, que se cree el famoso poeta Verdaguer…
LOTARIO.- Lo cual es mucho menos misterioso, mucho más prosaico que lo que se cuenta en el relato de Hoffmann.
TEODORO.- ¿Menos misterioso? ¿Simple loco? ¿Os he de recordar la tesis del personaje de El espíritu Alfredo?
CIPRIANO.- Que no hay que buscar monstruos ni en la tierra ni en los cielos, ni siquiera en la imaginación. Porque los monstruos somos nosotros.
TEODORO.- En efecto. O sea que, al menos para mí, es mucho más interesante conocer una persona que se cree Napoleón que conocer a Napoleón mismo, entre otras cosas porque esto es imposible.
OTOMAR.- ¿Y qué hacemos con la fantasía?
TEODORO.- Recurrir a ella debidamente. Hay una fantasía estéril, gratuita, que nada tiene que ver con nuestra tarea. Nuestra fantasía es hermana de la poesía…o quizá es la misma cosa. Y opino que en el relato que nos ha ofrecido Silvestre se da al mismo tiempo un ambiente fantástico y un fondo poético.
SILVESTRE.- Gracias de nuevo, Teodoro. Y yo añadiría algo, si es que como autor puedo opinar…
OTOMAR.- Eso es, por lo menos, dudoso.
CIPRIANO.- Vamos, Silvestre, habla. No seamos tan estrictos.
LOTARIO.- Todo el mundo tiene derecho a opinar sobre una obra; incluso su autor.
SILVESTRE.- Yo añadiría que al aspecto fantástico y poético del relato habría que añadir otro: el científico. Psicológico, para ser más exacto. ¿De dónde le viene al Mosén ese trastorno, que le hace creerse un gran poeta de más de un siglo atrás?
LOTARIO.- Ésa es una buena pregunta, sobre todo para el autor, que será quien mejor la podrá responder.
OTOMAR.- Un momento, un momento. Creo que quedó claro que el autor no tiene el monopolio sobre la interpretación de su obra.
LOTARIO.- Que no tenga el monopolio no significa que no pueda opinar. Adelante, Silvestre, ¿cuál es, según tú, el trasfondo psicológico de la historia, del personaje?
SILVESTRE.- Yo creo que el Mosén es una persona muy sensible, introvertida, con
OTOMAR.- ¿Psicoanálisis? Cuidado, no nos oiga el doctor Kusev…
LOTARIO.- Silvestre, ¿me dejas que continúe yo? Ahora lo veo todo muy claro.
SILVESTRE.- Por supuesto.
LOTARIO.- Sí, su libido reprimida se sublima en actividad artística, poética. Pero resulta que tampoco por ahí puede dar salida a su energía, porque sus facultades son escasas y los resultados decepcionantes. Y entonces…enloquece. Es decir, con algunos datos de su propio mundo – lugar de nacimiento, sacerdocio, tendencia poética – se crea una nueva personalidad robada de un poeta famoso con el que coincide en esos datos. El Mosén es una persona que aspira a la excelencia, pero carece de medios, tanto materiales como intelectuales. Y entonces se apropia de la personalidad del que sí alcanzó un alto grado de excelencia, aunque también sufriera el inclemente acoso del poder y la riqueza, lo que permite a nuestro hombre sentirse aún más identificado con él.
SILVESTRE.- Muy bien. Yo no lo hubiese dicho mejor.
!Desapareció! Y… Sigo.