Cristo se detuvo en la trentena

Toda vida humana es un modelo; un ejemplo colgado en un muro para que veamos y aprendamos. En la mayoría de los casos el modelo no se ha propuesto serlo conscientemente, pero en otros muchos, sí.

El modelo consciente, por llamarle de alguna manera, se ofrece a quien se le acerca como diciendo ¿Ves ? Yo hice esto por esas razones en vista a un fin; si aprendes de mí, si llevas una vida como la que yo he llevado, alcanzarás tus objetivos, incluidos los básicos e inconscientes: ser sabio y feliz.

Una vida como la que yo he llevado.

Para proponer la propia vida como ejemplo de conducta hay un requisito imprescindible: que esa vida en realidad haya existido y haya tenido la consistencia suficiente. Esto, que parece una exigencia sin sentido, superflua, es en realidad lo que posibilita todo.Poco podemos aprender de un bebé de unos meses. En cambio, Mahoma vivió 62 años; Confucio, 72; Buda 80. Son cantidades de años respetables. Cristo vivió 33 años.

¿Como dices? 

Digo que Cristo vivió 33 años. O quizá tres menos. Y es que los sistemas de medición del tiempo no eran muy precisos entonces, como tampoco el rigor de los estudios históricos. Esto dejando aparte el hecho evidente de que el personaje en cuestión más aparenta pertenecer al mundo de la mitología que al de la ciencia puramente histórica. Y ello sin ánimo de molestar a nadie.

Cristo, también llamado Jesús, o Jesucristo, fue uno de los grandes reformadores religiosos. Quizá sin proponérselo. Digo esto porque, de la lectura de los textos más o menos contemporaneos que de él tratan, no se desprende que el personaje pretendiese la creación de una estructura  religiosa diferente de la entonces vigente, más bien parece que solo trata de profundizar ciertos aspectos, dejando limpias de polvo y paja las avenidas del alma.

una imagen moderna

¿Y qué hizo, a qué se dedicó nuestro personaje hasta alcanzar los 30 o 33 años, edad en la que se dio a conocer con sus raros mensajes y su personalidad magnética? Los evangelios llamados canónicos (reconocidos por la Iglesia) no lo mencionan. Algunos de los textos no reconocidos (apócrifos), sí, aunque vagamente en todo caso, apuntando que debería de trabajar en la carpintería del padre.

¿Estudios? No se sabe. ¿Actividades, viajes? Se desconoce. Todo parece indicar que nos hallamos ante un muchachote de treinta años que se pasa la vida cómodamente embutido en la pequeña familia que Dios le ha dado, echando una mano en los trabajos de carpintería del maestro-padre como gesto de buena voluntad.

Quizá para contradecir esta imagen tan moderna y tan poco favorecedora de nuestro héroe el evangelista de turno da a conocer un hecho singular: a sus doce años, el niño desaparece unos días y, cuando reaparece, se sabe que ha estado discutiendo con sabios y escribas diversos aspectos de las Escrituras.

¿Dónde había adquirido los conocimientos pertinentes? Y no me refiero ya al niño de doce años, sino al hombre de treinta que aparece de repente, con todas sus cualidades y poderes hasta entonces desconocidos, para asombro de parientes y vecinos. Porque desde el primer momento, desde el mismo instante en que empieza a hablar y a actuar en público, queda claro que un poder extraño, de origen forzosamente divino o diabólico, alienta en el muchacho.

 san Lucas 4, 16        

En aquel tiempo fue Jesús a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.

Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy.

Y todos daban testimonio de Él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: ¿No es éste el hijo de José?

Él les dijo: Seguramente me vais a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria. Y añadió: En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio.

Oyendo estas cosas (que la patriotetría y la xenofobia judías no podían soportar) todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.    

Este es quizá el único ejemplo claro, que se recoge en los Evangelios, del momento de transición del Jesús como vecino corriente y en cierto modo desconocido, al Jesús de poderes especiales, a quien obedecen demonios y enfermedades.

Ha alcanzado la trentena. Es momento de actuar.

un héroe humano

Pero la actuación no será larga. El guión ya está escrito. Al menos eso es lo que cree el actor Jesús, obstinado en seguirlo meticulosamente no obstante las lágrimas, el sudor y la sangre que sabe que le reportará su cumplimiento.

Una de las notas que caracteriza al profeta Jesús y lo distingue de la mayoría de los otros profetas es su humanidad, su sencillez, actitud nada acorde, por otra parte, con la idea que él mismo tiene de su persona y de su misión. Y aquí entramos en un terreno resbaladizo, imposible de recorrer con seguridad,  reacio a cualquier forma de intepretación segura no obstante los esfuerzos y fantasías de teólogos e iluminados.

¿Cuál era la idea que Jesús tenía de su persona y de su misión? ¿Qué significado tenía la expresión Hijo del Hombre que él mismo se atribuía? ¿Se consideraba hijo de Dios en el sentido que puede considerarse un creyente cualquiera? ¿O más bien proclamaba que era hijo único del mismo padre y Dios que le había encomendado una misión sagrada? ¡Qué extrañas suenan las siguientes palabras, pronunciadas por el Dios-Hijo, dirigidas al Dios-Padre, suplicando misericordia dentro de la misma unidad divina! Arte mural religioso cristiano / Jesús orando en el huerto de Getsemaní / Arte mural católico / Pintura de Semana Santa / Arte bíblico imagen 1

y comenzó a afligirse y a sentir angustia. Y les dice: —Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad. Y adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, a ser posible,se alejase de él aquella hora.  Decía: —¡Abbá, Padre! Todo te es posible, aparta de mí este cáliz; pero que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú!

la sociedad

Y ya podemos apartarnos del territorio turbio de los enigmas religioso-metafísicos, que nuestro héroe no perderá nada de su atractivo. Basta con considerar su actitud ante las mujeres, los desclasados, los gentiles (extranjeros, no judíos) y los poderosos de su misma patria.

Un sector de los poderosos de su misma patria lo constituían los Fariseos, siempre atentos al cumplimiento de la letra de la ley y ajenos por completo a su espíritu. Si no fuese porque Cristo era extraño a este sentimiento, podría decirse que los fariseos constituían la única clase de gente que él era capaz de odiar:  «hipócritas», «sepulcros blanqueados»…, así los increpaba en público, acumulando méritos para el final previsible.

En las antípodas de los fariseos estaban los publicanos, gente despreciada y quizá despreciable, que había vendido su alma política para enriquecerse colaborando en la recaudación de los impuestos debidos (?) a los romanos. Para el judío normal, publicano y pecador venían a ser lo mismo. Y sin embargo Cristo no los rehuyó, sino que, al contrario, los trató y en ocasiones comió y bebió con ellos. (Dato a tener en cuenta: Cristo bebía vino, con lo que queda desautorizado el rigorismo abstemio de cierto cristianismo nórdico). E incluso reclutó a alguno, como Mateo, para su causa.

Los gentiles (extranjeros, herejes)  constituían otro grupo cordialmente odiado por el judío de bien, como se ve en el fragmento del evangelio de Lucas, antes transcrito, y no obstante Jesús no se cansaba de proponerlos como posibles beneficiarios del Reino de los Cielos que los judíos, al no reconocerlo, rechazaban de hecho.   

Y, cómo no, las mujeres.

Jesús trataba a las mujeres igual que a los hombres, como a seres capaces de tener ideas y sentimientos al mismo nivel que estos, por lo menos. Los ejemplos son muchos y variados. Libra a la mujer adúltera de ser apedreada (nadie está en condiciones morales de tirar la primera piedra); debate con la mujer del pozo (no judía, para mayor inri) como de igual a igual hasta traerla a su terreno; se deja acompañar por grupos de mujeres fascinadas por el mensaje y por la personalidad del mensajero, sin que se sepa la razón de que ninguna figure en el grupo de los doce (quizá debíeramos vivir en la Judea del siglo I para descifrar las razón exacta); son las primeras testigos y anunciadoras de la resurrección del Maestro…

Bien,  esos son datos materiales, pero hay algo más. Algo que el observador, el lector mínimamente sensible, captará enseguida en el relato evangélico de la amistad entre Jesús y Marta y María, las hermanas del Lázaro resucitado.

Y es que no solo se trata de amistad. Y tampoco sé si sería apropiado llamarlo amor.

Es una corriente de naturaleza profundamente humana que va y viene entre los tres y que, creo yo, tiene mucho que ver con la salvación del mundo.

CONTINUARÁ  (O NO)

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