La decisión de Oscar no solo complació a Bosie, sino que le abrió las puertas del cielo, o sea, del infierno adonde quería meter a su padre. Y se determinó a no permitir que “su” Oscar diese un solo paso atrás. De otra opinión eran los amigos verdaderos del escritor.
(Quizá convendría abrir un paréntesis para aludir a ese pequeño número de amigos que en todo momento le manifestaron una amistad absoluta y desinteresada, cosa que Oscar no supo apreciar ni corresponder debidamente. Amistad que, como debe ser, iba más allá de las tendencias sexuales de cada cual, pues mientras Robert Ross, por ejemplo, compartía las de Oscar, Frank Harris era radicalmente “hetero”).
Fue precisamente Harris quien, al enterarse de la decisión de Wilde de querellarse contra el Marqués, trató por todos los medios de impedir que su amigo cometiese tamaña locura. En el encuentro que ambos mantuvieron, ante la presencia de Bernard Shaw (ajeno al grupo de amigos), Harris desplegó toda su batería de razones, que fueron apoyadas por Shaw y no desmentidas por Wilde: que un tribunal inglés es incapaz de valorar el talento y los méritos de un artista, ¡diferente si se tratase de un capitán de la industria o de un almirante de la armada!; que un tribunal inglés es precisamente la tribuna de todos los prejuicios de la sociedad; que un tribunal inglés, más allá de toda prueba, vería en este caso la piadosa determinación de un padre que lucha por liberar a su hijo de las garras de un corruptor; que cualquier tribunal inglés absolvería en este caso al acusado, lo que significaría que la calumnia no era tal, lo que significaría que el delito señalado existía, lo que significaría que el acusador debería ocupar el puesto del acusado… Así que, lo que debía hacer era olvidarse de la justicia y los tribunales, que en ningún caso le darían la razón, marchar al extranjero una temporada y escribir al Marqués una carta, como sólo él sabría hacerlo, exponiéndole que un creador de belleza no podía descender a liarse a puñetazos con un simple difamador. Estas razones casi convencieron a Wilde. Entonces apareció Bosie.
El muchacho pidió que le pusiesen al corriente de lo hablado. Harris repitió, uno por uno, todos sus argumentos, siempre con la aquiescencia de Shaw. Apenas terminada la explicación, Bosie, rojo de ira exclamó: “Proponer eso no es propio de amigos, no, no es de amigos”, y se fue, revestido de una especie de santa indignación. Entonces, como un sonámbulo, Wilde se levantó de su asiento, dijo “es verdad, eso no es de amigos”, y desapareció tras el muchacho.
El 3 de abril se inicia el juicio oral en el proceso instado por Oscar Wilde contra el Marqués de Queensberry. La defensa intenta por todos los medios demostrar que el contenido de la supuesta calumnia es cierto. La acusación, en una premonitoria inversión de los papeles, se mueve a la defensiva. Wilde se mantiene digno y, en ocasiones, sus ocurrencias provocan las risas del público, como cuando a la pregunta de la defensa, “¿ha adorado usted alguna vez a un hombre?”, responde: “no, jamás he adorado a nadie más que a mí mismo”.
Pero todas sus intervenciones adolecen de un error capital: van en el sentido artístico e ingenioso, sin tener en cuenta que se dirige a un juez y un jurado ajenos por completo a ese sentir. Y es que pretender afirmar una superioridad artística y personal sobre el hombre vulgar, cuando quizá sea ésa la causa primera del odio que se ha desencadenado contra Wilde, parece ciertamente una locura.
Comparece algún testigo perteneciente al turbio mundo que frecuentaba con Bosie. La cosa se pone fea. Tanto, que finalmente, de acuerdo con su abogado, desiste de la acción. El Marqués es absuelto. La primera fase de la predicción de Harris se ha cumplido.
LA CAÍDA
Pese a los consejos y súplicas de sus amigos, Wilde no se decide a huir a Francia. No han pasado veinticuatro horas de la absolución del Marqués, cuando el escritor es detenido, acusado de la comisión de actos deshonestos. No hay libertad bajo fianza. En el juicio se va estrechando el cerco en torno a un Wilde cada vez más abatido.
Durante la interrupción de tres semanas que tuvo el proceso y en la que sí se le concedió libertad bajo fianza, estuvo recluido en casa de su hermano Willie. Los consejos de sus ya escasísimos amigos para que abandone el país son rechazados. Harris tiene preparado un yate para huir a Francia. Inútil. “Parecía embotado – dice Harris -, hipnotizado, paralizado por la desesperación”.
Y aquí una reflexión para psicoanalistas y otros interesados en los misterios de la conducta humana. ¿Se consideraba Wilde realmente culpable? ¿Buscaba el castigo que inconscientemente sentía que correspondía a su “crimen”? No sé… Quizá en el fondo de su alma vocacionalmente católica algo hubiese de eso. Pero en la zona racional de su mente tenía las cosas bastante claras. Ante el tribunal que le juzgaba – es decir, ante el mundo oficial -, alegaba que su “tendencia” no podía ser considerada un crimen, sino más bien una enfermedad, que en todo caso requeriría la intervención de la medicina, no de la justicia, tal como ocurría en países como Francia, Alemania o Italia. Ante los amigos, defendía abiertamente su tendencia, afirmando con orgullo que había sido también la de grandes hombres de la historia, desde Sócrates hasta Shakespeare (según él) y afirmaba la superioridad del hombre sobre la mujer no solo en lo espiritual, sino también en cuanto a la estética de los cuerpos, opinión, por cierto, que no era nueva en su siglo, pues ya había sido defendida, por lo menos, por un célebre filósofo alemán nada sospechoso de homosexual.
Reanudado el juicio, nada permite presagiar un buen final. El estado de ánimo de Wilde se va hundiendo por momentos; el abogado, Edward Clark, aunque experimentado y de buena voluntad, no sabe dar con el mecanismo que permita transformar la animadversión general, incluida la del jurado, en simpatía o comprensión; el juez, Wills, muestra en sus intervenciones una parcialidad manifiesta.
Bien, en realidad la actitud del juez era la expresión perfecta de los “valores” de la clase dominante inglesa: una moral puritana en apariencia, o sea, hipócrita, que cargaba sobre el débil todo el peso de las penas por cualquier desviación del código impuesto, y un clasismo descarado que, en caso de duda, o incluso sin duda, permitía salir indemne a todo miembro de las clases altas.
Esto último estuvo latente en todo el juicio, pero se puso claramente de manifiesto cuando el portavoz del jurado preguntó al juez si se había dictado algún mandamiento contra Lord Alfred Douglas (Bosie) o si se le había citado a declarar. A lo que el juez contestó que unas cartas – las mismas que servían para inculpar a Wilde – “no son prueba suficiente”. Y que si Lord Alfred Douglas no había sido llamado a declarar, sería por alguna razón que desconocía. Parcialidad y clasismo, en efecto, y en dosis suficientes como para tildarlos de descarados, sobre todo si se tiene en cuenta que la relación Wilde-Douglas había estado en el origen del proceso.
Finalmente, el jurado dio su veredicto: culpable. Y el juez dictó la sentencia, tras soltar unas consideraciones de una impiedad y de una beligerancia impropias de la imparcialidad que cabe esperar de un magistrado: “crimen terrible”, “máximo sentimiento de indignación”, “la peor causa que he tenido que juzgar en toda mi vida”, “es mi obligación dictar la pena más grave que la ley autoriza”.
Y la pena, ¡dos años de presidio con trabajos forzados!
(CONTINÚA)