OVIDIO Y WILDE, DOS VIDAS PARALELAS (10)

Y así, al tiempo que va perfilando y dando los últimos toques a su bagaje teórico, crea su gran obra narrativa, su única novela, El retrato de Dorian Gray, en la que, por cierto, no siempre es fiel a los presupuestos teóricos antes mencionados. Pero este tipo de contradicciones es normal en toda persona, y aún más en todo artista, y aún más en Oscar Wilde.

La novela fue publicada en la revista Lippincott’s Magazine en junio de 1890 y, un año después, apareció en forma de libro, retocada y ampliada. Cuenta con todo lujo – nunca mejor dicho – de detalles la historia de un joven hermoso que, seducido por las teorías cínicas y hedonistas de un dandy aristócrata, se lanza a una vida de placer y desenfreno, para tormento del artista que le ha retratado en un cuadro y que le idolatra. Misteriosamente, el deseo formulado por el joven se cumple: él se mantiene joven y bello, mientras que el retrato va envejeciendo y registrando en su rostro todas las huellas del vicio y la depravación. El desenlace no es muy diferente del que cualquier lector puede prever…si es que hay alguien que no lo haya leído. O que no conozca la historia sin necesidad de haber abierto el libro, gracias a las numerosas adaptaciones cinematográficas.

Tres aspectos destacaría de la obra: constituye una variante del mito de Fausto, el hombre que vende su alma a cambio de la eterna juventud; pretende ser una obra de referencia del decadentismo – que algunos, como en ocasiones el que esto escribe, confunden con el simbolismo – con su esteticismo amoral y su refinamiento extremo; es, de hecho, un apólogo moral, donde se demuestra que “todo exceso y toda renuncia llevan su propio castigo”, en palabras del mismo autor.

Y sin embargo, los voceros del puritanismo victoriano, en especial algunos periódicos de Londres – como más tarde algunos jueces –, sólo vieron en la obra inmoralidad e incitación al vicio, llegando a escribir uno de aquellos que parecía destinada a ser leída por “los miembros más depravados de las clases criminales e ignorantes”. A lo que nuestro ingenioso autor responde que las clases criminales e ignorantes no leen otra cosa que periódicos.

Pero es en el teatro donde Wilde había de desplegar más brillantemente sus facultades y alcanzar los máximos triunfos. Las obras teatrales de este período son de tres tipos: decadentista-simbolista (Salomé); de salón, con diálogos ingeniosos y moraleja evidente (El abanico de Lady Windermere, Una mujer sin importancia, Un marido ideal); imaginativa y paradójica sin intención explícita alguna (La importancia de llamarse Ernesto).

No es extraño que las cuatro últimas obras citadas tuviesen un éxito de público inmediato y grandioso: eran como un espejo amable y divertido, pero también irónico y agudo, de la sociedad de donde habían surgido. Lo sorprendente es que, más de un siglo después, cuando de aquella sociedad prácticamente no queda nada, se sigan representando y atraigan al público – también en versión de cine – casi como el primer día. Bastaría esto para otorgar al autor, sin ninguna duda, el calificativo de “clásico”. Y ello sin necesidad de cerrar los ojos a los evidentes puntos flacos de las obras, sobre todo de las tres centrales. El principal, para mí, que las numerosas frases brillantes, ingeniosas y paradójicas están colocadas de una manera a veces forzada, sin respetar, en ocasiones, el momento del desarrollo dramático o el carácter del personaje. Es curioso que donde mejor se resuelve este problema es en la primera de las tres obras (El abanico…), en la que el autor concentra casi todas las frases ingeniosas en boca de dos personajes (Graham y Dumby) creados al efecto.

Pero este problema ya no importa, o mejor, ya no existe en La importancia de llamarse Ernesto, porque ahí todo es brillante y paradójico, y la trama es un mero pretexto para el despliegue de unas situaciones tan divertidas como absurdas y de la cascada de frases chispeantes con que nos deleita el autor, que a veces se nos antoja próximo al Ionesco de La cantante calva.

LADY BRACKNELL.-… Sus padres, ¿viven?

JACK.- He perdido a los dos, Lady Bracknell.

LADY BRACKNELL.- Perder a uno, señor Worthing, se puede considerar una desgracia; pero perder a los dos, parece como un descuido.”

Salomé no tiene nada que ver con las otras cuatro piezas. Escrita en francés, es un ejercicio de literatura decadentista o simbolista que claramente remite a la iconografía de pintores como Odilon Redon y Gustave Moreau. De hecho, gran parte de su fama proviene del genio del ilustrador de una de sus ediciones, Aubrey Beardsley. En el único acto de la obra, bajo la luna pálida, que cada personaje ve con ojos distintos, las figuras se mueven al impulso de sus pasiones más hondas, en una atmósfera mágica y morbosa. Es difícil reconocer aquí el Wilde de las otras obras. Pero es sabido que el artista puede tener varias almas. Y alguna de ellas, proclive a la perdición.

QUOS DEUS VULT PERDERE…

Una tarde de principios de 1891 (o de finales, o de mayo, que ni siquiera en esto los biógrafos se ponen de acuerdo), el escritor Lionel Johnson lleva a tomar el té a casa de Wilde a Sir Alfred Douglas. Las miradas se encuentran y algo se mueve en el corazón de Oscar. Él tiene 36 años, el joven aristócrata 21. Él, el mayor, es un artista consagrado que sabe forjar maravillas con el instrumento de su arte: la palabra. Y aquella tarde, sintiéndose contemplado y admirado por unos grandes ojos azules encuadrados en un rostro angelical, se emplea a fondo. El joven, el de los ojos azules y cabellos dorados, resulta en efecto deslumbrado por el hombre mayor. Y se confiesa poeta, con lo cual el encantamiento queda sellado.

Es curioso, pero el escritor verdadero, el que yo llamo escritor-poeta, tiene el extraño don de invertir el orden en el que el profano cree que se mueve la literatura. No siempre escribe de acuerdo con su experiencia de la vida, sino que, a veces, vive lo que su arte había imaginado libremente, quizá proféticamente. Más de un año antes del encuentro, Wilde pone estas palabras en boca del retratista de Dorian Gray: “Cuando nuestras miradas se encontraron me sentí palidecer. Una sensación extraña de terror me sobrecogió. Supe que me encontraba frente a alguien cuya mera personalidad era tan fascinante que, si yo lo permitiese, absorbería toda mi naturaleza, toda mi alma, incluso todo mi arte. […] Algo parecía decirme que me hallaba al borde de una terrible crisis de mi vida. Y tenía la extraña sensación de que el hado me tenía preparadas exquisitas alegrías y exquisitas penas”. Si esto lo hubiese escrito cinco años después, habría resultado evidente que describía la experiencia de aquel encuentro con el presentimiento de lo que había de venir. Pero lo escribió antes, y – referido a un personaje de ficción – con mayor lucidez de la que sin duda hubiese sido capaz tras el momento vivido.

El caso es que, en aquel mismo instante, Oscar quedó prendado de Alfred (Bosie, para los amigos) y que ya nunca lograría desprenderse de él. Formaban una pareja “complementaria”, como algunos gustan llamar a lo desigual. Lo único que tenían en común era su amor por la literatura, por la poesía; más auténtico, creo yo, en el caso del mayor que en el del joven. Por lo demás Oscar era todo amabilidad y dulzura (faltaba poco para que sus triunfos y la conciencia de su valía se le subiesen a la cabeza) mientras que Bosie era arrogante, testarudo, temerario y hasta despótico. Pero tenía a su favor, además de la belleza y la sensibilidad artística, el hecho de ser hijo del Marqués de Queensberry, una de las familias de más rancio abolengo de Inglaterra. Demasiado para que el bueno de Oscar pudiera resistirse.

Hablando en plata, Oscar se enamoró perdidamente del muchacho. Y el muchacho no solo se dejó querer sino que, en su exigencia de pruebas amorosas, fue arrastrando al amante hasta el borde del abismo, donde le bastó un leve empujón para dejarlo caer.

Todo lo malo que supuso aquella relación para Wilde está expuesto con absoluta clarividencia en De profundis, extensa carta dirigida a Bosie y publicada años después. Al leer tal lista de quejas y reproches, tal recopilación de vejaciones y humillaciones, seguidas de rupturas y reconciliaciones, uno se pregunta cómo es posible que una persona tan lúcida y creativa se dejase arrastrar por una personalidad tan mezquina.

La respuesta es el amor. “El amor es mejor que la vida”, canta el Ruiseñor presto a sacrificarse. Sí, pero el amor también suele ser la clase de locura que el dios envía a quienes quiere destruir (“quos deus vult perdere dementat prius”).     

                                      (CONTINÚA)

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