EL ARTISTA Y LA SOCIEDAD
EL JOVEN ARTISTA
Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde (1854-1900) vivió en una de las épocas más tranquilas y felices de la historia de la humanidad. De la humanidad europea y socialmente acomodada, se entiende. Es verdad que, cuando nació, hacía sólo dos años que la gran hambruna que había asolado su Irlanda natal había empezado a remitir, pero también es cierto que la sociedad a la que abrió los ojos mostraba ya todo el esplendor – y otros aspectos menos rutilantes – de lo que se vendría a llamar “era victoriana”. Como potencia mundial, Inglaterra no tenía competencia. Sus dominios se extendían por todo el planeta, lo cual permitía que el súbdito inglés pudiese comportarse, frente al mundo, no de otro modo que el ciudadano romano de veinte siglos atrás. La vieja proclama civis romanus sum se había convertido en la moderna I am English, pero los efectos venían a ser los mismos.
El padre, Sir William Robert, de raíces holandesas y religión protestante, fue un afamado médico, y aún alcanzó mayor fama por el proceso que contra él entabló una joven paciente por abusos sexuales. Pero el hombre fue absuelto, porque parece que la joven en cuestión era en realidad una ex amante despechada, que se había inventado la historia. Esta es al menos la conclusión a la que llegó el tribunal… pero quién sabe. Y es que después de conocer la experiencia judicial del hijo Oscar, yo no pondría la mano en el fuego en defensa de la corrección y justicia de un tribunal del imperio británico de la época.
La madre, Jane Francesca Elgee, era una irlandesa en ejercicio, que participó en los movimientos nacionalistas de los años 40, si bien, una vez casada, cambió su papel de patriota activa por el de intelectual con salón abierto, donde se reunían las personalidades más eminentes de las artes y las letras de Dublín.
En este ambiente nació y se crió Oscar. Se dice que la madre hubiese preferido una niña y que, por este motivo, vistió al pequeño Oscar como tal hasta los seis años. Este dato no falta en ninguna biografía del escritor por sucinta que sea. Y ha sido utilizado para explicar las futuras preferencias del personaje. Pero quizá no tuvo tanta importancia. Entre otras cosas, esas sucintas biografías se olvidan de apuntar que el hecho no tenía nada de inusual, que a muchos niños irlandeses se les vestía de niñas para despistar a las brujas, que manifestaban un insano interés por los pequeños y ninguno en absoluto por las criaturas del otro sexo.
Oscar tuvo un hermano, Willie, dos años mayor que él, que llegaría a destacar en el ámbito del periodismo más mediocre, y una hermana, tres años menor, que murió a los diez y a la que, pocos años después, recordaría Oscar en unos tiernos e inspirados versos.
La primera enseñanza la recibió en el propio hogar y de la propia madre, ayudada en los idiomas por una niñera francesa y una institutriz alemana. Pero a los diez años lo tenemos ya lejos de la familia, internado en la escuela Portora, de la norteña localidad de Enniskillen, donde destacaría en algunos de los aspectos que habían de definir al joven artista: una memoria prodigiosa, un gran entusiasmo por las lenguas clásicas y un claro horror por la actividad física. Rechazo que no tenía su origen en una constitución física endeble o deficiente – por el contrario, aunque de aspecto algo blando, era alto y fuerte -, sino en una especie de alergia a la disciplina deportiva; actitud exótica y hasta arriesgada si se tiene en cuenta que el deporte, cuanto más violento mejor, era la piedra de toque de la virilidad de los jóvenes escolares británicos.
En cuanto a las cosas que se contaban en voz baja de aquellos internados – cosas que hizo decir a alguien “si las madres supiesen lo que ocurre a sus hijos en nuestros internados, inmediatamente se cerrarían todos” -, no se puede decir, contra todo pronóstico, que tuviesen realidad o, por lo menos, incidencia en el joven Oscar. Preguntado años después por un amigo – y luego biógrafo suyo – si las posibles experiencias en Portora había influido en su deriva sexual, contestó “No, mi experiencia no fue esa. Yo era muy infantil, lo que se dice un niño hasta después de los dieciséis”.
Fue precisamente a esa edad cuando tuvo lugar el anuncio de lo que, tiempo después, se revelaría como destino. Lleno de orgullo porque el siguiente curso iba a entrar en el prestigioso Trinity College, se despedía de algunos compañeros más jóvenes; uno de ellos, que le había manifestado una afición inquebrantable, le acompañó hasta el tren y, en el momento de la partida, se abalanzó sobre él, le besó en la boca y desapareció. Oscar quedó estupefacto, consternado, conmocionado. ¿Esto es amor? se dijo. Sí, sin duda esto también es amor.
Sobre todo en la vida. La estancia en la universidad de Oxford, donde ingresa al cumplir los veinte años, es la tercera y última etapa de sus años de aprendizaje. Y es además el paraíso, como él mismo la denomina. Residente en el Magdalen College, aprende a vivir con lujo y a satisfacer placeres caros (gracias en parte a la Beca Clásica obtenida en el Trinity); se convierte en centro de atención de alumnos y profesores por su palabra siempre brillante y por la excentricidad de los detalles con que sabe adornarse, tanto en la indumentaria como en la decoración de su habitación del College; conoce a los dos grandes mentores de la cultura británica de la época: Ruskin, el apóstol de la nueva belleza de la era industrial, y Pater, el introductor de la idea del “arte por el arte”, a la que tanto jugo le había de sacar Wilde. No desperdicia las vacaciones: un viaje a Italia y otro a Italia y Grecia, y durante una estancia en Dublín se enamora de una antigua y bella conocida: Florence Balcome…hasta que recibe el golpe de que la bella se va a casar con su también amigo Bram Stoker, quien después engendraría a Drácula (el literario).
(CONTINÚA)