LA VIDA DESPUÉS
Aún teniendo en cuenta las habituales exageraciones o deformaciones de la realidad propias del arte, es fácil conmoverse leyendo la elegía tercera del libro primero de las Tristes. El poeta describe, en tono ciertamente lacrimoso, el ambiente de su casa durante la noche que precede a la partida: los pocos amigos que le han quedado, sosteniéndolo; los esclavos, llorando; la esposa, desconsolada, hecha un mar de lágrimas y obstinada en acompañarlo, de lo que desiste – se entiende – cuando se convence de que le hará mejor servicio permaneciendo en Roma para ocuparse de sus bienes e intentar ablandar al poder. Hasta que, con las primeras luces del día, dirige el poeta la vista hacia el Capitolio y, contemplando las cúpulas de los templos, ruega a los dioses que los habitan que digan al César la verdad: que fue error, no crimen su culpa. Y, para hacerlo más melodramático, tres veces cruza el umbral y tres veces vuelve. Hasta que al final, parte hacia su destino.
El viaje no resulta nada plácido. Por tierra hasta Brindisi, donde embarca rumbo a Corinto, cruza el istmo y embarca en otra nave hacia el norte, y siempre en un mar tan embravecido que en ocasiones parece que va a tragarse la embarcación, ante lo cual el aterrorizado poeta invoca a los dioses del mar y la tormenta y les advierte de que no vayan ellos a truncar una vida que perdonó el César. Y es que estamos a principios del invierno, estación en que las naves solían permanecer recluidas en los puertos. Sólo una urgencia muy especial podía haber motivado aquella navegación en tales días. Sin duda para Augusto esa urgencia existía. Y era muy especial.
El desterrado llega a su destino cuando aún no ha acabado el invierno, en unos días en que el clima es más gélido y riguroso de lo normal (suposición mía que luego justificaré). Tomis era una ciudadela situada en la costa occidental del Mar Negro, en la actual Rumanía. De hecho ocupaba el lugar de la actual Constanza (Constanta), ciudad de unos trescientos mil habitantes, donde la erudición moderna ha querido recordar al poeta dedicándole una céntrico monumento y bautizando con su nombre una escuela, la universidad y una vía pública. No está mal. Diríase que la ciudad fue para Ovidio lo que Ravenna para Dante, otro ilustre exiliado. Pero no, nada que ver. Porque el toscano tuvo en Ravenna un retiro culto, cómodo y amable, mientras que Ovidio…¿Qué le esperaba al romano en la costa del Mar Negro?
Si hemos de creer en sus palabras: frío, hielo, desolación, barbarie… El viento Aquilón (del norte) derriba las torres y arranca las casas, la nieve, espesísima, se va acumulando durante años, el río y el mar están cubiertos por espesas capas de hielo sobre las que se deslizan los carruajes de los salvajes sármatas y los temibles corceles de los getas, lanzadores de flechas, no hay frutas ni cultivos y los campos se muestran desnudos de árboles y de verdor, el vino, solidificado por el frío, se vende a trozos…
Visto lo cual, uno no puede menos que repetirse la pregunta: ¿hemos de creer en sus palabras? Porque resulta que Tomis, la actual Constanza, está situada a 44º 10” de latitud norte, es decir, en la misma latitud de la Riviera italiana. Cierto que el paralelo no lo dice todo sobre el clima, pero no es menos cierto que basta una somera información geoclimática para comprobar que Constanza goza de un clima templado, si bien el persistente viento del norte puede hacer el invierno especialmente insoportable.
Pero antes he de precisar algo que quizá no ha quedado claro: que todo lo que sabemos de la estancia de Ovidio en Tomis lo sabemos por él mismo, y que nos lo cuenta en tres colecciones de poemas: Tristes, cartas dirigidas a sus amigos (sin precisar nombres), esposa e hija, en las que explica su situación, da rienda suelta a la nostalgia de Roma, reivindica su inocencia (fue error, no crimen) y suplica al César un perdón o, al menos, un alivio de la pena; Pónticas, de contenido parecido a la anterior, pero donde aparecen los nombres de los destinatarios, como si hubiese desaparecido el miedo a comprometerlos, y Ibis, diatriba contra un enemigo, cuyo nombre real se ignora, que quizá había sido decisivo en la condena del poeta.
¿Cuánto hay de poesía y cuánto de verdad en las obras mencionadas…si es que la poesía puede contraponerse a la verdad? ¿Cuánto de ficción y cuánto de realidad…(esto ya es otra cosa)?
Para empezar, la aparente incongruencia entre lo que Ovidio nos cuenta de Tomis y la realidad climática de la región – uno de los argumentos de los Hartmann y los Brown para negar la realidad del exilio – tiene fácil explicación, aunque quizá no fácil comprensión para quienes ignoran los mecanismos de la creación literaria.
Resulta que el artista que era Ovidio no podía dedicarse ya a la descripción de los juegos de una sociedad amable y hedonista, o a la recreación de leyendas míticas con la pasión amorosa siempre presente. Tenía que defender una causa muy concreta: la propia salvación. Pero solo contaba con un arma: la poesía. Y entonces intenta algo que algunos poetas condenados por el poder han intentado a lo largo de toda la historia: la compaginación de la obra de arte con la tarea autoreivindicativa. Para lograrlo, tenía antes de todo que trazar el cuadro sobre el que había de desplegar su amargura, su nostalgia, sus anhelos, y sobre todo sus súplicas, que algunos tildan de serviles pero que, si se las examinan bien, aparecen sabiamente combinadas con el orgullo del poeta. Y el cuadro lo tenía ahí: era aquel mundo gélido y bárbaro que se había abierto ante él cuando arribó un día del más crudo invierno. No tenía que buscar más, ni atender a las diferentes caras que le irían ofreciendo la primavera, el verano y el otoño. Aquel clima se correspondía perfectamente con el de su alma helada por el destierro.
Y también el lugar y las gentes. Si Roma era el paraíso, cualquier lugar no podía ser otra cosa que el infierno. Y Tomis en efecto lo era. No importaba que fuera una antigua colonia griega, ni que contase con un gymnasium (centro cultural), donde seguramente se podía practicar el griego culto, que Ovidio conocía muy bien, y hasta el latín. Para él sólo había barbarie e ignorancia. Con nadie puede hablar en su latín nativo, nos dice; por fuerza tiene que aprender el gético, la lengua del lugar, y la consecuencia es que la habilidad literaria se resiente y que lo que escribe es de poca calidad. ¿Exageración? Por supuesto, porque si bien su obra de esa época adolece de cierta monotonía, ello se debe no a la falta de habilidad en la ejecución, que sigue siendo tan brillante como siempre, sino a la obsesiva presencia de la intención central: expresar la nostalgia de Roma y ganarse el perdón.
De todos modos, hay que reconocer que ese siniestro cuadro, que “objetivamente” no se corresponde con la realidad, es del todo fiel al sentimiento del poeta, a su percepción subjetiva… si es que hay percepción que no sea subjetiva. Alguien que es arrancado de la cumbre del bienestar y de la felicidad humana, no necesita ser enviado muy abajo para tener la sensación de que ha ido a parar a un abismo, donde el recuerdo de la felicidad perdida es el mayor de los tormentos.
Nessun maggior dolore
che ricordarsi del tempo felice
ne la miseria.
Es el lamento que el desterrado Dante pone en boca de la condenada Francesca, y es de hecho el lema de todo ser dichoso caído en la desgracia.
Pero hay algo en todo escritor-poeta que es incombustible, inalterable, y que permanecerá siempre firme y efectivo por grande que sean las desgracias con que le azote la vida. Y es la fuerza creadora, que le impulsa a manifestarse en obras. El destierro de Ovidio duró nueve años. Es obvio que, por mucho que se esforzase en mantener el panorama de barbarie y desolación que estableció como tema de fondo permanente de sus nostalgias y súplicas poéticas, las cosas irían cambiando. Y si no las cosas, la misma persona, que, conscientemente o no, suele en estos casos aplicarse algunos mecanismos de adaptación. Los indicios van apareciendo aquí y allá.
(C0NTINÚA)