Breve tratado de teología práctica. V La vida eterna

El Logos en el Arte Universal: La resurrección de Lázaro (I).- 17-mayo.2014

Dixit ei Jesus: Ego sum resurrectio et vita; qui credit in me, etiam si mortuus fuerit, vivet: et omnis qui vivit et credit in me non morietur in aeternum.

(Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre.)

Et expecto resurrectionem mortuorum, et vitam venturi saeculi.

(Y espero la resurrección de los muertos, y la vida del mundo futuro.)

La primera de las dos citas corresponde al Evangelio de San Juan; la segunda, al Credo, oración en que se contienen las creencias básicas del catolicismo.

Visto lo cual, parece  que, en contra de lo que muchos opinan, el cristianismo es una religión que está por la vida. Y lo está de una manera clara, contundente y obsesiva.

Ante todo hay que aclarar que es un error asociar automáticamente religión con fe en la vida eterna. Y es que en bastantes casos no es así. Ni siquiera en el judaísmo, en cuya versión más auténtica, dicen los entendidos – entre los que no me cuento -, no se contempla la existencia de otra vida después de la muerte. Por su parte, el Islam comparte con el cristianismo la fe en la perduración del alma inmortal del individuo, más o menos corporeizada.

Pero si nos desplazamos más hacia Oriente, vemos que el panorama cambia de una manera radical: la vida ya no es esa especie de bien supremo que hay que conservar más allá de la muerte; depurado de pecados y miserias, por supuesto.  Es más bien una pesada carga de la que hay que ir desprendiéndose a lo largo de sucesivas reencarnaciones.

Sí, el Samsara de hinduistas y budistas consiste en una penosa peregrinación en la que, a través de muertes y reencarnaciones sucesivas, el individuo humano llega finalmente a desprenderse del artefacto ilusorio que es la vida, para reintegrarse en la divinidad absoluta o Brahman. Nada que ver todo esto con la vida eterna del cristianismo, vida que parece consistir en la que todos conocemos, aunque sensiblemente mejorada.

Y no solo en el campo de las religiones y de la filosofía (en el que debía haber citado a Platón, con sus almas migrantes y eternas, presas en cuerpos corruptibles) hay notables diferencias de visiones y enfoques, a veces radicalmente distintos. También en otras áreas, como en el de la literatura, por ejemplo, encontramos diversidad de opiniones, en ocasiones perfectamente opuestas:  

Yo, personalmente, no la deseo y la temo (la vida eterna); para mí sería espantoso saber que voy a continuar, sería espantoso pensar que voy a seguir siendo Borges. Jorge Luis Borges.

Yo no digo que merezcamos un más allá ni que la lógica nos lo muestre; digo que lo necesito, merézcalo o no. Y nada más. Digo que lo que me pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad, y que sin ella me es igual todo. Miguel de Unamuno.

Bien. Fantasías o anhelos particulares aparte, parece que solo hay una alternativa post mortem: o desaparecer en la nada, de la que aparentemente hemos surgido, o ingresar en un coro angélico eterno e inimaginable.

Francamente creo que lo mejor es dejarlo. Sí, lo más sabio es abandonarse a la fe.

Aclaro que, para mí, la fe no consiste en la creencia en un dogma o relato determinado, sino en la convicción ciega de que esa oscura fuerza que sostiene y tal vez dirige el Universo sabe lo que se tiene entre manos y ha de llevarnos a un buen final.

Por eso dije al principio que en el fondo – aunque muy en el fondo – soy creyente.                                                                          

Barcelona, Miércoles de Ceniza 2024

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