Aunque en el fondo – muy en el fondo – soy creyente, siempre he pensado que los relatos de la religión tienen un sentido alegórico, no literal.
Quiero decir – circunscribiéndome al catolicismo – que todo eso de Dios, la Creación, el Cielo, el Infierno, el Pecado, el Espíritu Santo, la Gracia, la Redención, el alma inmortal y otras palabrejas hoy incomprensibles para los menores de setenta años, ha de tener su trasunto real o racional porque, si se pretende entenderlas al pie de la letra, puede quedar muy mal parado el aparato razonador.
Todo lo perecedero es símbolo, dijo el poeta, y con hallazgo tan maravilloso cerró el libro de la vida.
Pero símbolo ¿de qué?, digo yo. Porque todo símbolo remite a algo que no es él mismo; remite a la cosa simbolizada. Y la consecuencia necesaria de aquella proposición es que todo es simbólico.
La cosa tiene su importancia. Tanta que creo yo que los que hablan de mundo virtual para contraponerlo a mundo real deberían revisar sus papeles.
Señores, no hay un mundo real, o por lo menos, no podemos conocerlo directamente como tal. Todo es virtual. Todo tiene lugar en la cámara del cerebro humano, donde un mismo hecho u objeto puede tener diferente forma y color según pertenezca el cerebro operante a Shakespeare o al dirigente de una entidad deportiva.
Durante siglos los cerebros de la parte occidental (así llamada) de la humanidad se han visto ocupados por el imaginario religioso antes mencionado, y con una fuerza tal que ni los talentos más preclaros pudieron sustraerse del todo a su imperio – inquisiciones mediante, eso es cierto.
Y la pregunta pertinente es ¿tienen ahora algún sentido los conceptos a que aluden aquellas palabras? Despojadas de su literalidad ¿nos aportan algo a los que vivimos en este mundo, no en el de hace mil o quinientos años?
Tomemos algunos de ellos, sin ningún orden premeditado, y expongámoslos brevemente a la luz del sentido común. Por cierto – no sé si hay que decirlo -, a la luz del sentido común actual. Porque resulta que ese sentido no es tan común, resulta que ese sentido, que creemos tan democrático y extendido, no traspasa las fronteras de los tiempos, resulta que ese «sentido común» no es de siempre y para siempre, sino que evoluciona junto con la misma sociedad que lo sostiene.
Como la moda en el vestir, por ejemplo.
(CONTINÚA: La Creación)
