Una de las mayores aflicciones que sufrió Wilde en su caída fue la la revelación y la experiencia de la maldad humana: el sadismo del primer director de la cárcel de Reading y de algunos funcionarios; pero también, y no en menor grado, el encarnizamiento que personas desconocidas mostraron contra él a la salida del tribunal o cuando era reconocido con ocasión de algún traslado.
Casi todos los reos – culpables o no –, expuestos a la vista pública, han tenido la misma experiencia. Desde Jesús de Nazaret hasta el criminal más notorio. ¿Qué es lo que lleva a ciertos seres humanos a ensañarse con el supuesto criminal que aparece indefenso y condenado a pagar sus culpas? ¿De dónde sale ese torrente de indignación que si, en ocasiones, no fuese contenido por la fuerza pública acabaría en linchamiento? Sin duda, de los mismos rasgos de carácter que distinguían al juez Wills: la miseria moral, la carencia absoluta de imaginación y, su consecuencia, la falta de compasión.
Por otra parte, puede parecer raro que un hombre de mundo como Oscar Wilde tuviera que haber cumplido cuarenta años y sufrido aquella terrible experiencia para darse cuenta cabal de qué extremos puede alcanzar la maldad humana: ¡Qué seres diabólicos son los hombres! Yo no sabía nada de ellos, ni tenía idea de que pudiesen existir semejantes crueldades, confiesa a un amigo que le visita en la cárcel. Aunque, bien mirado, tanta ingenuidad no es rara, sino normal. Porque es normal que una persona esencialmente buena – y Wilde lo era sin duda alguna – sea incapaz de imaginar la enorme cantidad de maldad que puede desplegar el ser humano.
Y no hay que tener demasiada imaginación para hacerse una idea de lo que significó para Wilde la estancia en la cárcel. Alguien que es arrancado de la cumbre del bienestar y de la felicidad humana no necesita ser enviado muy abajo para tener la sensación de que ha ido a parar a un abismo, donde el recuerdo de la felicidad perdida es el mayor de los tormentos (Nessun maggior dolore…), y él es enviado nada menos que al más profundo de los abismos: a las letrinas de la sociedad. Ahí impera la sinrazón: el dolor físico (hambre, insomnio, enfermedad) y la humillación. En sus propias palabras: El sistema penitenciario actual parece no tener más finalidad que arruinar y aniquilar las facultades espirituales […] condenado al silencio eterno, despojado de todo contacto con el mundo exterior, tratado como los brutos, brutalizado más que si fuese la más bajas de las criaturas animales, el desgraciado que se halla encerrado en una cárcel inglesa difícilmente puede escapar a la locura.
¿Qué cabía esperar de aquella experiencia? ¿Cómo respondería la persona Oscar Wilde a aquel vuelco espectacular de su vida, que le había arrebatado todo lo que amaba (la belleza, el placer, el arte) y le había impuesto todo lo que negaba (el dolor, la miseria, la fealdad)? ¿Se hundiría bajo el peso de adversidades nunca imaginadas? ¿Se crecería ante la injusticia, asumiendo su parte de culpa por el desorden de su vida y dando una nueva y más alta dirección a su arte, aprovechando toda aquella experiencia?… Pero mejor no nos pongamos retóricos, porque la vida, a diferencia del arte – y esto lo sabía muy bien Wilde – es contradictoria, absurda, confusa, sobre todo confusa, y no da respuestas coherentes a las preguntas racionales.
Durante los últimos meses de condena, las condiciones de su estancia en la prisión se suavizaron notablemente. Las gestiones de algunos amigos ante las autoridades competentes lograron el cambio del director de la cárcel, de manera que el inhumano (o falto de imaginación) Isaacson fue sustituido por la persona Nelson. Se le facilitaron libros y se le permitió leer y escribir, junto con otras concesiones, ya menos importantes para él. Fue entonces cuando redactó la larga carta a Bosie, que no le envió y que sería publicada años después de su muerte por Robert Ross con el título De Profundis. A ella pertenecen estas líneas:
Es tanto lo que me queda por hacer, que me parecería una terrible tragedia morir antes de haber podido completar siquiera una pequeña parte. Veo nuevos caminos en el Arte y en la Vida, cada uno de los cuales es un modo nuevo de perfección. Anhelo vivir para poder explorar lo que es nada menos que un mundo nuevo para mí… Bellos propósitos. ¿Se cumplirán?
LA VIDA DESPUÉS
Al salir de la prisión, Wilde comprobó que el mundo que se abría ante él era algo muy distinto del que había dejado dos años atrás. Estaba arruinado. Su esposa, Constance, se había ido con los hijos al extranjero, habiendo cambiado los tres de apellido. El número de amigos y amigas había quedado reducido a la mínima expresión, aunque fieles como nunca y siempre expuestos a la ingratitud del artista. El mundo no le quería; tampoco la Iglesia católica – a la que aún no había decidido ingresar oficialmente –, que le negó una temporada de retiro en Farm Street. Entonces se fue a Francia.
Se estableció en el pueblecito de Berneval-sur-Mer (hoy, Berneval-le-Grand), cerca de Dieppe, donde, visitado y acompañado de continuo por unos pocos amigos, mantuvo los ideales y la esperanza expresados en el párrafo antes citado. Escribe en una carta: Estoy seguro que te alegrará saber que no salgo de la cárcel amargado o desilusionado. Todo lo contrario. En varios aspectos he ganado mucho. […] Toda mi vida, amigo mío, ha sido equivocada. No he sacado lo mejor que había dentro de mí. […] Creo que todavía soy capaz de hacer cosas que os gustarán a todos. Lo cierto es que, en las condiciones en que vive, aún es capaz de crear.
Y lo que crea es sin duda la obra poética más lograda de toda su carrera de escritor: La balada de la cárcel de Reading, una composición inspirada y conmovedora donde, sobre el lúgubre ambiente de la cárcel, planea la extraña y magnética presencia de un hombre condenado a muerte por haber matado a su mujer.
el hombre había matado a lo que amaba / y por eso tenía que morir
¿Con qué extraña convicción escribiría Oscar estos versos? Él mismo, con su obsesión demente ¿no había matado todo lo que amaba y por eso se estaba muriendo entre las rejas de la cárcel y de la vergüenza? Pero, no. Se salvaría. Aquella misma obra era el ejemplo de su prodigiosa resurrección. El cielo azul del verano de Berneval era la promesa más clara de salvación.
Pero llegó el otoño y el cielo se oscureció. Y los amigos que solían visitarle para compartir con él las delicias del verano fueron desapareciendo. Y se quedó solo, quizá recordando los tristes versos de Ovidio: Donec eris felix multos numerabis amicos / tempora si fuerint nubila solus eris.
Pero él no soportaba la soledad. Y el cielo se oscurecía cada vez más y el anunciado aviso de su esposa para reunirse no se hacía realidad. Muy reales en cambio eran las cartas y telegramas de Bosie que le instaban a encontrase de nuevo. Imposible. Él, que tan lúcidamente había diseccionado aquella fatal relación en De profundis – por entonces aún no publicada – ¿se anudaría de nuevo con el mismo lazo? Pero es que estaba muy solo. Y no soportaba la soledad.
Se encontraron en Rouen y poco después viajaron a Nápoles. El episodio acabó como todos los anteriores, con cajas destempladas por parte de Bosie contra su amante porque éste ya no podía mantenerlo. Y esta vez, además, con el hundimiento definitivo de Oscar, que ya no volvería a levantar cabeza, quiero decir, que ya no escribiría más.
En su abatimiento, llegó a imaginarse que, si Constance hubiese llegado a tiempo, quizá se habría evitado el desastre final. Quizá, pero, como él mismo reconoció en una carta, la cosa ya no tiene remedio, naturalmente. En cuestión de sentimientos y de sus matices románticos la falta de puntualidad es fatal.
(CONTINÚA)