No se puede decir que la carrera literaria de Oscar Wilde arrancase y avanzase de forma tan fulgurante como la social. Y es que, a pesar de que él se sabía llamado para la literatura – y no hay duda de que así era -, no dio en este campo ningún producto de verdadero interés hasta cumplidos los treinta y tres años. Quizá es que su preocupación por triunfo social le enturbiaba la visión del camino; o quizá es que no había encontrado todavía su propia voz. Y hay que tener en cuenta que la voz de Wilde se formaba sobre todo en la conversación: de ahí salían las brillantes frases que luego trasladaba a sus obras. Así que la cosa requería tiempo. Y mucha vida social.
No obstante el premio escolar que obtuvo en Oxford su poema Ravenna y el éxito de ventas de su colección de Poemas, estaba claro que por obras como éstas no había de pasar a la historia de la literatura. Tampoco el teatro se reveló al principio como un campo propicio para nuestro escritor. Los dramas Vera y los nihilistas y La Duquesa de Parma apenas tuvieron la oportunidad de llegar al público y, cuando la tuvieron, fue con muy poca fortuna y con el rechazo unánime de la crítica… No, era evidente que aún no había encontrado su voz. Al menos en el teatro.
En 1888 aparece El Príncipe Feliz y otros cuentos, conjunto de cinco relatos, algunos infantiles y otros no tanto, donde se nos muestra ya el gran escritor y se apuntan ciertas preocupaciones, quizás subconscientes, que poco tienen que ver con la brillante palabrería (en el buen sentido) de sus ensayos y de su teatro de salón. Y es que resulta sorprendente que un escritor, que en sus artículos y ensayos nos dice que toda renuncia es una mutilación del alma, nos ofrezca en estos cuentos una visión tan poética y conmovedora del sacrificio, no exenta de cierta ironía dirigida al mundo de los que no comprenden. Ahí está el Ruiseñor, que, conmovido por el mal de amor del Estudiante, no duda en ofrecer su vida para que éste alcance… lo que resulta ser un fugaz capricho. O el Príncipe Feliz, estatua magnífica que, en sucesivos actos de generosidad sin límite, se va despojando de todo hasta quedar reducida – para los que no comprenden – a la imagen de un mendigo que hay que echar al vertedero. O la figura infantil del mismo Cristo, que redime con sus llagas al Gigante que había sido egoísta.
Pero, al lado del Wilde poético y casi místico, crece el que se llevará la fama, el más acorde con la imagen de personaje social que se obstina en mantener: el mago del ingenio sutil y de la paradoja, tanto en el relato (El crimen de Lord Arturo Saville) como en el ensayo (El alma del hombre bajo el socialismo, El crítico como artista, La decadencia de la mentira). La voz ha sido hallada, por lo menos en la narrativa y en el ensayo; Oscar Wilde es por fin algo más que una apariencia o una leyenda social sin base alguna. Es un gran escritor, que como tal empieza a ser respetado, si bien, al mismo tiempo, cosa que suele ocurrir, empiezan a levantarse los vientos contrarios.
Poco antes de que llenen las salas sus brillantes y exitosas obras teatrales, entre 1889 y 1891 aparecen los ensayos antes citados, que fijan los rasgos fundamentales del universo y de la visión del mundo wildeanas. En ese mismo trienio escribe también dos curiosas obras, mezcla de divulgación histórica y ficción (recurso al que hoy ya estamos acostumbrados): Pluma, lápiz y veneno, donde traza la semblanza, desde el punto de vista estético, de un famoso artista y envenenador, y El retrato de W.H. que presenta como muy plausible la teoría de la homosexualidad de Shakespeare…al mismo tiempo que va dejando pistas que algunos habrán de aprovechar.
Pero ¿cuál era la visión del mundo wildeana? No es fácil responder a esta pregunta, porque hacerlo con un mínimo de seriedad supone haber tenido en cuenta y en cierto modo haber descifrado las claves de su personalidad, ocultas bajo una superficie de aparentes contradicciones y brillantes frases paradójicas: esteta que no soporta la visión de la pobreza, pero hechizado por la figura histórica Jesús; autor fascinado por el mundo aristocrático y elegante, pero crítico hasta el sarcasmo con ese mismo mundo; defensor del arte por el arte y de la necesaria amoralidad del artista, pero autor de obras de moraleja evidente; triunfador en una de las sociedades más clasistas de Europa, pero partidario del socialismo.
¿Un esteta, un dandy, socialista? Esto del “socialismo” de Oscar Wilde no es la menor de sus brillantes paradojas y, sin embargo, bien mirado, es solo un ejemplo más de su sentido común, malgré lui, y de su agudeza mental. La propuesta, naturalmente, haría (y supongo que hizo) sonreir despectivamente a cualquier experto en política o en economía, que no vería en ella más que un ingenuo utopismo, que señala un fin sin precisar ningún medio. “El socialismo, el comunismo, o como quiera que uno quiera llamarlo, al convertir la propiedad privada en riqueza pública y reemplazar la competencia por la cooperación, restaurará la sociedad en su verdadera condición de organismo sano y asegurará el bienestar material de todos los miembros de la comunidad. Es decir, dará a la vida su base apropiada y su entorno adecuado”. Utopía, en efecto, tal como la historia reciente se obstina en confirmar.
Wilde utópico, sí, pero no ciego, sino más bien clarividente. Porque al mismo tiempo que nos propone el cielo nos previene de un infierno en el que pocos pensaban entonces: “Si el socialismo fuese autoritario, si los gobiernos se armasen con el poder económico como ya lo están con el político, en una palabra, si hubiésemos de tener tiranías industriales, en ese caso, la situación final del hombre sería aún peor que la actual”. ¡Escrito treinta años antes del inicio del comunismo soviético!
La función principal del socialismo wildeano es la de posibilitar el desarrollo completo del individuo humano, cuya realización perfecta es el artista. Pero, además de las miserias cotidianas, que el socialismo se encargaría de resolver, el principal escollo para esa realización es el poder. Su mera existencia. “Toda autoridad es absolutamente degradante. Degrada a los que la ejercen, y degrada a aquellos sobre los cuales se ejerce. Cuando se emplea de un modo violento, brutal y cruel, produce un efecto positivo, al generar o en todo caso despertar el espíritu de rebeldía y de individualismo que acabará con ella. Pero cuando se emplea con cierta suavidad, y se acompaña con dádivas y recompensas, es terriblemente desmoralizadora. Pues la gente, entonces, es menos consciente de la horrible presión que se ejerce sobre ella, y continúa viviendo en una especie de bienestar grosero, como animales domésticos, sin comprender que probablemente están pensando con ideas ajenas, viviendo con arreglo a las pautas de otros, llevando, por así decirlo, ropa de segunda mano, y no siendo ellos mismos ni un solo instante.” Donde vemos que, si sus esperanzas y deseos pueden parecer trasnochados, este apunte sobre la realidad social asombra por su vigencia.
Esto en lo que se refiere a la sociedad y el poder, temas que toca de paso, pero es en el asunto central de su interés donde el ingenio y una profundidad cubierta con los velos de la ironía brillan con luz propia: el arte. El arte es superior a la vida: “No busquemos en la vida nuestra realización o nuestra experiencia. La vida es una cosa limitada por las circunstancias, incoherente en sus manifestaciones y sin esa correcta correspondencia entre forma y espíritu que es lo único que puede satisfacer al temperamento artístico y crítico.” El arte es mucho más importante y decisivo de lo que imaginan los profanos y casi todos los demás, porque “la vida imita al arte mucho más que el arte imita a la vida”. ¡Qué ejemplo tan claro de esto tenemos en los pistoleros mafiosos de la realidad, que imitan a los de las películas (Saviano dixit) mucho más que los de éstas se basan en los reales! Teoría que Wilde lleva hasta el límite al afirmar que la famosa niebla de Londres solo pudo ser vista cuando los ojos se hubieron acostumbrado a la pintura impresionista.
Y es que el arte no copia la realidad, sino que la crea. Y nada de artísticos tienen esos autores de novelas “realistas” que “encuentran la vida cruda y la dejan sin hacer” (they find life crude, and leave it raw) . La naturaleza no es nuestra madre. “Es creación nuestra. Es en nuestro cerebro donde cobra vida. Las cosas son porque las vemos, y lo que vemos y cómo lo vemos, depende de las artes que nos han influido”. Innegable. Esto se ha hecho totalmente explícito con la difusión de un arte tan popular como el cine, cuyos personajes ficticios han servido de modelo y hasta han dado vida a varias generaciones de personas supuestamente reales. El artista está por encima del hombre de acción, porque cualquiera puede vivir y actuar, tan desordenadamente como permiten las circunstancias, pero sólo el artista-poeta puede dar auténtica realidad y hasta sentido a esas vivencias. Y es que “cuando el hombre actúa es una marioneta. Cuando describe es un poeta”. (CONTINÚA)