OVIDIO Y WILDE, DOS VIDAS PARALELAS (8)

Oxford University Press - Wikipedia

En 1878 su etapa de Oxford concluye tan brillantemente como se ha desarrollado. Termina la carrera con sobresaliente en Bachelor Arts, al mismo tiempo que obtiene el Premio Newdigate por el poema Ravenna, con lo que su nombre suena por primera vez en la sociedad literaria. A continuación se instala en Londres, con medios escasos, pero con el convencimiento sobrado de que conquistará el mundo.

Y es que, aunque artista por naturaleza, quizá más que en la sociedad literaria, le interesa triunfar en la sociedad distinguida, en la buena sociedad, cuanto más aristocrática mejor. Se ha acostumbrado a los elogios, que con tanta facilidad cosecha, no dirigidos a su obra, que aún no existe, sino a su talento de brillante conversador, a sus maneras exquisitas. Su natural propensión a halagar sin medida las cosas y las personas en general, junto con la rara virtud, en un espíritu ingenioso, de no expresar jamás una malevolencia personal, le granjean la simpatía de todo el mundo. Frecuenta todos los salones, besa todas las manos enguantadas, asombra en todas las recepciones con su ingenio y buen humor, hasta que se convierte en invitado imprescindible. Y naturalmente asiste a todos los estrenos y procura estar siempre presente en cualquier evento destacado de la buena sociedad londinense. Se produce entonces el extraño fenómeno – hoy nada extraño, por cierto – de convertirse en una celebridad, en un famoso, antes de aportar nada concreto. El de Oscar Wilde quizá sea el único caso en la historia de la literatura (la de verdad) en el que la fama precede a la obra.

Pero la fama no le da para vivir, sino que al contrario supone más gastos de los que comportaría una vida discreta. Así que, a su modesta herencia, tiene que añadir alguna actividad lucrativa. Y empieza por dedicarse al periodismo…Y acaba casándose con una rica heredera. Pero esto viene más tarde. De momento, estamos en 1879.

A diferencia de su hermano Willie, nuestro artista no encaja en el periodismo, y es que tiene la mala costumbre – para medrar en la prensa, se entiende – de dirigirse al lector culto e inteligente. Por otra parte, pone todas sus ilusiones en la publicación del libro de poemas que está reuniendo. El librito, muy bellamente editado, aparece en 1881 y es un éxito de público y un fracaso ante la crítica. Y es que el público que se apresura a comprarlo lo hace sobre todo motivado por la curiosidad y el fetichismo de tener en sus manos una obra de personalidad tan célebre y excéntrica, como hoy se lanza a comprar cualquier cosa que publica un autor “mediático”, mientras que la crítica, precisamente ante esas circunstancias, aplica la lupa y encuentra en la obra lo que parece bastante evidente: falta de originalidad y de auténtico vigor poético.

Y sin embargo, resulta extraño que ese aliento poético que, según la crítica, falta en sus poemas, sea tan claro e indiscutible en los cuentos que poco después había de escribir. Basta pensar en El ruiseñor y la rosa o El gigante egoísta. Uno de tantos misterios de la literatura: que un espíritu poético no sepa expresarse adecuadamente con los medios que la poesía formal ofrece (versos de cualquier clase o medida), sino que tenga que recurrir a otros, como, en el caso de Wilde, el cuento y hasta el teatro (Salomé). Y sin embargo, también él llegaría a brillar en el campo de la poesía estricta con una obra preciosa y emocionante. Pero antes tenían que pasar algunas cosas terribles.

En enero de 1882 Oscar Wilde se fue a Estados Unidos dispuesto a dar una gira por el país. La fama que aplicadamente él mismo se había forjado y que incluso le había valido ser parodiado en una opereta (Patience), de Gilbert y Sullivan, fueron base suficiente para presentarse en Nueva York y ganarse el patrocinio de un empresario, que le montó la gira. La inició con una conferencia sobre el renacimiento del arte en Inglaterra. Y fue un éxito. Más que la conferencia, el conferenciante, con sus pantalones cortos, medias de seda, larga cabellera y girasol en la mano. Por fin América conocía un producto nuevo típicamente europeo: el esteta.

Recorrió gran parte del país anunciando su buena nueva en las ciudades principales y en lugares tan curiosos y pintorescos como la población minera de Leadville (Colorado). De este viaje se han contado cantidad de anécdotas, algunas apócrifas y quizá alguna inventada por el propio viajero. Todo el mundo ha oído hablar del cartel que vio sobre el piano de un saloon: “Por favor, no disparen contra el pianista. Hace lo que puede”. Casi tan famosa es la siguiente anécdota. Dirigiéndose a un grupo de rudos mineros, les hablaba de la importancia de los metales que extraían, con frecuencia materia prima de las creaciones de grandes artistas como el famoso orfebre Benvenuto Cellini. “¿Por qué no lo traes a ese Cellini? Nos gustaría conocerlo”, dijo uno. “Imposible, contestó Wilde, murió”. “¿Quién le disparó?”, preguntó otro.

Y es que, por uno de esos raros caprichos del destino, dos leyendas en formación, que nada tienen que ver entre sí, entran fugazmente en contacto: la leyenda del Oeste Americano y la leyenda de Oscar Wilde.

Después de unos meses de estancia en París, donde conoce a algunos de los grandes de las letras francesas (Victor Hugo, Paul Bourget, Verlaine), regresa a Londres dispuesto a dar una base segura a su vida social. Y el 29 de mayo de 1884 se casa con Constance Lloyd, una buena, bella y adinerada mujer, hija de un jurista de prestigio. El matrimonio se establece, vive y recibe en una elegante, aunque no lujosa, casa de Tite Street, en el barrio de Chelsea. Pronto tienen dos hijos, a cuya existencia y al tierno cariño que el padre siente por ellos debemos algunos de los cuentos infantiles más deliciosos y originales, – quiero decir, no extraídos de la tradición – de la literatura europea. Porque Wilde amaba a sus hijos, igual que amaba a su mujer. Pero ocurre que, a veces, en la vida de cada cual emergen fuerzas oscuras capaces de arrasar el más delicioso idilio doméstico. De momento, nada parecía anunciar la tormenta. O quizá sí.

La fama social de Wilde seguía su marcha ascendente y, como hasta entonces, sin una base sólida en obras que la justificase. Escribía en algunas revistas y durante dos años fue director de la publicación para mujeres Woman’s World, lo que le permitió mantener intensos contactos con la crema de la sociedad femenina. Pero no fue de ahí de donde le vino el impulso más decisivo para su creciente éxito social, sino de otro grupo… mejor reproduzco las palabras de Frank Harris, uno de sus más fieles amigos: “… una pequeña banda de admiradores apasionados lo aclamó, lo rodeó. Estos constituyen el factor constante de su elevación progresiva”… “al apoyo apasionado de esa gente debió Oscar su notoriedad y primeros triunfos”…”la perversión sexual es la escala de Jacob de la mayor parte de los triunfos del Londres de nuestros tiempos”. Palabras que constituyen una denuncia en regla de lo que hoy llamarían algunos “la mafia rosa”. Pero lo curioso del caso es que no había nada en su obra – entonces escasa, es cierto – que justificase la actitud de sus especiales adoradores. Y sin embargo, ya desde la época de Oxford daban por sentado que él era “uno de los suyos”. Y no solo ellos. La afectación y el exceso de refinamiento de sus modales daba pábulo a la propagación del rumor, al principio en voz baja, de que el esteta irlandés era un pervertido más. Es decir, que a la vez que los unos le aupaban, los otros, sin dejar de reírle de momento las gracias, empezaban a cavarle la fosa, tarea siempre gozosa para los enterradores de turno

Algunos biógrafos parecen muy interesados en precisar la fecha exacta en que Wilde se entregó a las prácticas homosexuales. Y otros muchos, biógrafos o no, no se acaban de explicar que un hombre que era capaz de enamorarse de mujeres, que amaba a su esposa y que idolatraba a sus hijos fuese capaz de estar también o de pasarse definitivamente al lado “rosa”. Y hablan entonces del matrimonio como “tapadera” y cosas por el estilo. Tanta perplejidad no existiría si contemplásemos la sociedad y las personas con la mentalidad del antiguo romano, por ejemplo, para quien no había una linea divisoria entre lo que hoy llamamos hetero y homosexual, ya que esto aludiría en todo caso a conductas concretas, sin comportar el etiquetado de las personas.

Es evidente que Oscar Wilde no hubiese tenido por este asunto ningún problema en la antigua Roma. Pero también parece claro que podía haber vivido muy tranquilo en la Inglaterra donde le tocó vivir, ya que la incómoda circunstancia que le distinguía la compartía con millares de ingleses que nunca fueron molestados. La tragedia wildeana tuvo una doble raíz: la extraña adoración que sentía el escritor por la gente de la aristocracia y la aparición de un bello muchacho de lo más selecto de esta clase: Lord Alfred Douglas, hijo del marqués de Queensberry. Ello sin olvidar el constante motivo de fondo: el odio eterno del poder hacia el arte que no puede controlar.

Pero hagamos un alto y pasemos a la obra. No nos ocurra como a aquel célebre cineasta: que se olvidó de que Oscar Wilde había sido, sobre todo, un gran escritor.       (CONTINÚA )                           

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