OVIDIO Y WILDE, DOS VIDAS PARALELAS (1)

Entre mis obras no publicadas en papel está un ensayo que a continuación reproduzco íntegro en mi blog. Lo iré publicando en forma de serie, dos veces por semana, enlazando cada entrega con la siguiente mediante el CONTINÚA final. Fácil. Y espero que interesante  para los lectores atraídos por las curiosas relaciones que a veces se establecen entre vida, arte y poder. Iré anunciando en Facebook la aparición de cada una de las entregas.

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN: ARTE Y PODER

EL PRÍNCIPE Y EL POETA

  1. El joven poeta.

  2. La obra.

  3. La caída.

  4. La vida después.

  5. Justicia poética.

EL ARTISTA Y LA SOCIEDAD 

  1. El joven artista.

  2. La obra.

  3. Quos deus vult perdere

  4. La caída.

  5. La vida después.

  6. Justicia poética.

INTRODUCCIÓN: ARTE Y PODER

No es necesario recurrir a viejas filosofías que hablan de la repetición de los ciclos o del eterno retorno para advertir que en la historia de la humanidad y – para el caso – en las distintas vidas de sus individuos, suelen repetirse acontecimientos y situaciones, a veces en los contextos más alejados. La razón de este fenómeno ha de estar por fuerza en la similitud de condiciones que lo hace posible, no obstante la distancia de siglos y la disparidad sociedades.

Y es que las sociedades, por mucho que difieran entre sí, no pueden ser tan dispares como para no conservar determinadas constantes que en cierto modo las asemejan. Una de estas, que siempre se ha dado y siempre se dará – por lo menos en lo que se ha venido entendiendo como civilización occidental- consiste en la relación que se establece de hecho entre el artista y el poder. Y cuando digo “artista”, me refiero al creador y en especial al escritor-poeta. Y cuando digo “poder” me refiero a la instancia suprema – humana – que controla la actividad de los individuos, llámese príncipe, monarca absoluto, comité revolucionario, dictadura, estado de derecho o establishment.

Las relaciones entre el artista y el poder nunca han sido tranquilas. O el vasallaje o el enfrentamiento. En determinadas épocas y sociedades el artista era una especie de criado, un criado honorable que hacía su trabajo bajo la sombra o protección de los grandes; en otras sociedades más modernas también hay artistas que hacen de criados, pero fingiendo que son libres, es decir, de una manera nada honorable. Cuando no es o no hace de criado, el artista es un verdadero incordio para el poder. Y no porque se lo proponga – los que se lo proponen no suelen llegar a la categoría de artista -, sino porque hay algo consustancial en la naturaleza del arte: molestar a quien no puede controlarlo como controla los demás aspectos de la vida social.

Está además el problema de la incomprensión. Y no me refiero al tópico romántico del artista “incomprendido”. Sino a la verdad empíricamente demostrada de que el ámbito del poder es incapaz de comprender lo que alienta en el ámbito del arte. Es verdad que en muchas ocasiones lo utiliza, y se viste con sus galas para deslumbrar al propio pueblo o al del vecino, porque tiene comprobado que el verdadero arte da prestigio y enaltece cualquier obra humana. Pero no lo comprende, es decir, no llega a entender en qué consiste esa extraña cualidad, de la que, sin embargo, si es astuto, sabe muy bien aprovecharse.

Una cosa está clara: arte y poder han nacido para no entenderse. Cierto que, en ocasiones, van de la mano y hasta parece que se sonríen como discretos enamorados. Pero se trata de una apariencia falsa. En el fondo, el poder solo piensa en cómo utilizar al arte o, por lo menos, cómo controlarlo. Y éste solo aspira a desembarazarse de ese abrazo que aprieta hasta la asfixia, para poder desplegarse en plena libertad.

Este enfrentamiento radical tiene su explicación en la misma naturaleza y actividad de una y otra instancia.

La actividad del artista consiste en captar la realidad profunda de las cosas, materiales e inmateriales (las famosas Ideas), y reelaborarla de manera que, en forma de obra de arte, pueda ser recibida y disfrutada por las personas que necesitan algo más que lo que proporciona la vulgar visión utilitaria. Y es que, mediante el goce del arte, el individuo se olvida por unos momentos de que es un ser de necesidades para sentirse en un mundo de libertad en comunión con la esencia misma del universo.

La actividad del poderoso (sea hombre, sistema o monstruo), consiste por encima de todo en mantenerse en el poder, es decir, en ejercer, a ser posible indefinidamente, su dominio sobre personas y sociedades sin permitir el más leve respiro de lo que podría ponerlo en peligro. El poderoso todo lo supedita a esos fines. Para él el universo no tiene otra esencia ni otro sentido que el de permitir el despliegue de su poder, y los seres humanos no son más que piezas sin alma, oscuros peones de un juego despiadado.

Visto el panorama, lo normal es que la pugna sea continua, sin más descanso que las fases de aparente entendimiento mutuo a que antes he aludido. Y como en toda lucha, siempre hay uno que gana y otro que pierde. A corto plazo, vence siempre el poder (debido a su fuerza física, por supuesto), pero a la larga es la fuerza del arte lo que se impone, aunque por entonces el artista haya perdido toda materialidad corpórea. Victoria póstuma.

Entre la infinidad de casos que en la historia del arte y de la política pueden encontrarse, he elegido dos. Dos artistas cuyas vidas, separadas por diecinueve siglos, guardan similitudes sorprendentes. No así las sociedades respectivas, no así la clase de poder que en una y otra gobernaba. En la más antigua, una sola persona ostentaba el poder supremo; en la más reciente, ese poder, igualmente férreo y despiadado, lo detentaba la cúpula de la sociedad y se ejercía a través de una serie de gestores sabiamente coordinados. Pero la historia es la misma. Por eso se puede decir que las vidas de los dos artistas aludidos corren paralelas. Basta repasarlas para comprobarlo.

EL PRÍNCIPE Y EL POETA

EL JOVEN POETA

Publio Ovidio Nasón (43 a.C.- 18 d.C.) vivió en una de las épocas más tranquilas y felices de la historia de la humanidad. De la humanidad mediterránea y socialmente acomodada, se entiende. Es verdad que, en el mismo año en que nació, los nuevos triunviros (Octavio, Antonio y Lépido) se dedicaban a cortar las cabezas de sus opositores (y no en el sentido figurado que en la política actual se da a la expresión) y que aún había de transcurrir más de diez años para que el primero de los tres afianzase su poder único y exclusivo, inaugurando así un período de paz tan largo como nunca había conocido Roma, pero no es menos cierto que, cuando el pequeño Publio llegó al uso de razón, todo a su alrededor parecía haber alcanzado ya esa paz y armonía duraderas.

Los historiadores han buscado y barajado toda clase de razones para explicar el fenómeno de ese largo período de calma de la historia de Roma. Para mí, la más sugestiva es la que adujo uno de los primeros teólogos cristianos. El hombre alegaba que aquello lo había dispuesto así la divina Providencia para que la existencia humana del Hijo de Dios, nacido en plena paz augústea, y la difusión de su mensaje gozasen de las mejores condiciones posibles (unidad política y casi lingüística, paz social, inexistencia de fronteras, facilidad de comunicaciones…). ¿Quién, que se diga creyente, puede rebatir estas razones? En cuanto a los no creyentes, les recomiendo que abandonen al momento la lectura de este librito y se dediquen a las matemáticas puras (si es que no se necesita también algo de fe para manejar cosas que no existen).

Perteneciente a una rica familia del orden ecuestre (especie de alta burguesía de la época), Ovidio se vio empujado por su padre a estudiar gramática, retórica y cuantas disciplinas se consideraban imprescindibles para poder brillar en el foro o en las magistraturas, para ser, en fin, un hombre de provecho. Pero su tendencia natural iba por otro lado. No es que no pusiese interés en el asunto, ni que quisiese desairar a su buen padre; es que todo lo que intentaba escribir en prosa le salía en verso. Ésta era, por lo menos, la razón que daba para dejar claro que estaba marcado por un destino muy diferente del que le señalaba la tradición familiar. Su hermano, un año mayor que él, sí que emprendió con ganas la carrera de los honores, pero tampoco llegó a ser un hombre de provecho. Y es que a los veinte años se murió.

Larga vida le esperaba a nuestro Publio y, según todos los indicios, plenamente dichosa o, al menos – ya sabemos que la felicidad perfecta no existe -, con toda la dicha que puede mantener una persona que no se plantea cuestiones insolubles, que carece de ambiciones sociales o políticas y que se deja llevar por un tranquilo temperamento artístico.

Como todo hijo de buena familia, finalizado los estudios, emprendió el Grand Tour por Grecia y Asia Menor. Y ya se me dispensará el apelativo anacrónico, pero es que la idea y finalidad de aquel viaje de iniciación cultural de los jóvenes romanos no eran diferentes de las que siglos después llevarían a los jóvenes británicos y norteamericanos acomodados a recorrer el viejo continente europeo. Pero Ovidio estuvo también en Egipto y pasó una larga temporada en Sicilia, dato a tener en cuenta, sobre todos por quienes han detectado la influencia de cierta corriente filosófica en sus escritos de los últimos tiempos.

La verdad es que, por aquellos años, aún no cumplidos los veinte, poco le importaban a Ovidio las corrientes filosóficas y los rostros severos de sus maestros. Por no decir, nada. Alternaba con la buena sociedad, que era la que le correspondía por nacimiento y fortuna, especialmente con gente dedicada a las letras como el mecenas Mesala Corvino (al auténtico Mecenas apenas lo trató) y el poeta Tibulo, del que en cierto modo se consideraba continuador. También conoció a Horacio y a Propercio y, un poco, a Virgilio, que era como el poeta oficial de la corte de Octavio Augusto.

Tampoco la pompa oficial y cortesana interesaba a nuestro joven poeta, y mucho menos las intrigas del poder. Vivía en medio de un mundo culto, bello y refinado, y su arte poética gustaba de emplearse en los aspectos que más le atraían de ese mundo: las bellas mujeres y el amor. Se cree que hacia los dieciocho años empezó a escribir su primer libro de poemas (Amores), el cual no se empezaría a copiar y distribuir hasta bastantes años después, luego de pasar el casi obligado trámite de las lecturas públicas (en pequeños círculos) y las consecuentes modificaciones que que iba introduciendo el autor.

LA OBRA

Amores es un conjunto de poemas, repartidos en tres partes, en los que el narrador, el poeta, nos cuenta las penas y alegrías de su pasión por una joven hermosa, a la que llama Corina. A ella se dirige la mayoría de los poemas, de manera que el lector se convierte en una especie de observador privilegiado de una historia casi íntima. Y digo “casi”, porque todo aparece envuelto en un medio social de rasgos bien definidos: la cena elegante donde el poeta sufre ante la visión de la amada acompañada de su marido; la descripción de una alcahueta; las ideas y venidas de una esclava con cartas amorosas; el disgusto del amante ante el cambio de color del cabello de la amada; los ruegos al portero para que no le impida verla; las infidelidades de ella; las infidelidades de él con una esclava de ella, negadas por el poeta ante Corina y a continuación confesadas por él mismo dirigiéndose a la esclava…

Hacia el final lo conflictivo va ganando espacio. Se plantea el tema de la posibilidad de amar a dos personas a la vez, las infidelidades no cesan y el narrador-poeta se pregunta si las penas compensan las alegrías del amor, si es posible en la pasión sustraerse de la dualidad amor-odio. Pregunta que no tiene respuesta. Pero que inevitablemente remite a otro poeta.

En toda la historia de la poesía no hay expresión más certera y concisa de la confusión de sentimientos que comporta el amor-pasión como en los breves versos de Catulo: Odi et amo…Odio y amo. No hay duda de que Ovidio los tenía presentes en sus propias reflexiones poéticas, como es evidente que tenía presente el pajarillo de Lesbia cuando nos habla del papagayo de Corina. Y ya que ha salido el tema, no estará de más una pequeña digresión.

Siendo Catulo y Ovidio dos grandes poetas, un enorme abismo los separa. Ovidio es un artista que elige un tema y que, con actitud distanciada y hasta humorística, lo va desarrollando con la ayuda de toda su habilidad retórica y literaria. Pero siempre – en su obra antes del exilio – tenemos la sensación de que estamos ante un juego, por profundas que sean algunas de sus reflexiones. Cierto que vemos sufrir al amante de Corina, al poeta-narrador, pero no de otro modo que vemos sufrir a un actor en escena, sabiendo que es mera representación. No ocurre lo mismo con Catulo. Este poeta, que murió hacia los treinta años de edad, una década antes de que naciese Ovidio, es uno de los raros prodigios de la literatura, uno de los pocos casos de creación poética en que el arte se confunde con la vida. Me explico.

Es sabido que el arte es sobre todo artificio, es decir, composición artesanal y sabia de un producto que, partiendo de una visión o experiencia particular, ha de tener validez universal. Por esta razón los “románticos” ingenuos, los que piensan que basta trasladar a la escritura con total sinceridad los más íntimos sentimientos y emociones, fracasan sin más. Porque ese intento de captar y expresar la realidad inmediata de manera “objetiva” nada tiene que ver con el arte. El arte es juego, técnica y transformación. Alquimia. Por un lado está la vida, por otro el artista, que toma cuantos materiales se le antoja de la vida o de la imaginación y construye con ellos un artefacto totalmente autónomo, por completo independiente de la “realidad”. Dicho de otra manera, la “sinceridad” artística nada tiene que ver con la sinceridad que puede darse en la vida social.

Catulo es uno de los pocos artistas que consigue ofrecernos una obra en la que la sinceridad vital brilla a la misma altura que la perfección artística. En sus versos vemos gozar y penar de verdad, hasta el extremo de que ya no nos importa si el hombre y la mujer sujetos de esos sentimientos existieron o no: son auténticos. Cosa que no se puede decir en el mismo grado de la obra Ovidio ni de la de casi ningún otro autor.

De todos modos, he de hacer constar que las consideraciones expresadas en los dos párrafos anteriores las he deducido de la lectura directa de las obras, sin la intermediación de aparato crítico alguno. Por consiguiente, faltas del oportuno soporte erudito, es posible que no estén a la altura de las elaboradas construcciones de los profesionales de la disección literaria. No pasa nada.

Pero tampoco nos podemos llamar a engaño ante la aparente frivolidad, ante el proclamado hedonismo de Ovidio. Quiero decir que, pese a las apariencias, no nos hallamos ante una persona insustancial, sino ante un hombre, un poeta que ha decidido cultivar los aspectos amables de la vida, es decir, los amorosos con todas sus implicaciones, a veces nada amables. Pero no por ello pierde de vista las razones fundamentales de la existencia y de su arte: escribe para ser inmortal, para que su fama sobreviva a su vida, de manera que, cuando muera, “gran parte de mi ser permanecerá”. Y advierte que el goce del placer epidérmico y sensual ligado a la belleza humana, no ha de hacernos olvidar el cultivo de la sabiduría. Y es que, si es cierto que “pronto vendrán las arrugas que surcarán tu cuerpo” (Iam venient rugae, quae tibi corpus arent), debes trabajar el espíritu (molire animum), “lo único que permanecerá hasta el último momento”.

Si Amores es un conjunto de escenas y “experiencias” de la vida erótica de la sociedad romana, El arte de amar (Ars amatoria) tiene un contenido explícitamente didáctico, ya anunciado en la declaración programática con que se inicia la obra. “Si alguien en este país no conoce el arte de amar, lea esto y, leído el poema, ame instruido”. Compuesto también por tres libros, en los dos primeros da consejos para conquistar y retener a las mujeres, y en el último se dirige a las mujeres que quieran hacer lo mismo con los hombres. Acabada la lectura, puede dar la impresión de que se ha olvidado de un aspecto muy importante. ¿Qué ocurre cuando el amor se ha convertido en una obsesión insoportable, cuando no sabemos librarnos de una pasión que, contra nuestra voluntad, nos convierte en esclavos?

No, no lo olvida. Simplemente, aplaza el tratamiento. Y es que la respuesta a esas preguntas se halla en el librito que escribe a continuación: Remedia amoris (Remedios del amor), donde, para acabar con el amor que se ha convertido en un tormento de la mente, da una serie de consejos que, sin duda, aprobará cualquier psicólogo sensato de nuestros días. Unos ejemplos: huye de la ociosidad, porque el amor retrocede ante la actividad; viaja, marcha muy lejos y no tengas prisa en volver hasta que no estés curado; evita los lugares cómplices (“aquí estuvimos”); recuerda las malas pasadas de tu amada; ten presente sus defectos físicos e incluso exagéralos: si es llenita, recuérdala gorda, si bajita, enana, etc.; procura verla por la mañana cuando aún no se ha arreglado, o haciendo sus necesidades; busca otras amigas, porque todo amor es vencido por un nuevo amor; no hables del asunto ni te vanaglories de tus progresos, porque quien dice muchas veces “no amo” es que ama. Y sobre todo, es decir, el que me parece más sutil y efectivo, actúa como si no la amases, pues quien puede fingirse sano, sanará (qui poterit sanum fingere, sanus erit).

Si bien reflejan con fidelidad los usos y costumbres de la sociedad real de la época, estas obras de Ovidio resultaban radicalmente subversivas, tanto en la forma como en el fondo (ya alguien dijo que la verdad es revolucionaria). En la forma, porque constituyen una parodia burlesca de la literatura didáctica: los métodos que se usaban para enseñar cosas tan serias como la retórica, la astronomía o la agricultura, sirven aquí para conquistar, retener u olvidar amores más o menos frívolos. Y hay que apuntar, de paso, que todo amor se tenía por frívolo entre los romanos, excepto el que se debían marido y mujer.

Y en el fondo. Porque el poeta no tiene empacho en poner alegremente sobre el papel todo ese mundo real de maridos celosos o tolerantes igualmente engañados, mujeres y hombres que juran en falso ante los dioses (unos dioses que, si existiesen, no lo permitirían), abortos decididos y cometidos por la mujer por su propia cuenta y todas esas cosas que ocurrían, pero que alguien, muy poderoso, se obstinaba en negar. Y es que, mientras los versos ovidianos triunfaban en los salones, y aseguraban al autor una existencia de fama y placeres, alguien, situado arriba de todo, fruncía el ceño. ¿Quién era ese alguien? Retrocedamos.

(CONTINÚA)

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