A propósito del revuelo que se ha armado con el descubrimiento de que una escritora, ganadora del Premio Nobel, ha venido manteniendo
¿Puede al autor de una obra artística ser condenado al ostracismo por causa de su vida privada, supuestamente inmoral?
Sí, puede.
Es lo que se ha intentado hacer con Woody Allen, y lo que se ha hecho con algún que otro creador tras de cuya obra se ha descubierto una conducta no acorde con la moral homologada.
Por supuesto que, desde el punto de vista del consumidor de los productos artísticos, todo el mundo está en su derecho de repudiar a su escritor favorito, por ejemplo, si de repente descubre que la vida privada de este se opone a sus propios principios morales.
El problema es que, si se aplica ese criterio de un modo social o colectivo, toda la estructura del arte producido por la humanidad a lo largo de los siglos amenaza con venirse abajo.
Todo el mundo sabe de la mala conducta que tuvo Rousseau con sus hijos, o la que, al parecer, tuvo Neruda con su hija. Pero casi nadie conoce el comportamiento real, casero, de sus ídolos de las artes y las letras.
Y sin embargo, es fácil deducirlo. En efecto, conociendo un poco la naturaleza humana, podemos aventurar que un 80 por ciento aproximadamente de esos ídolos ofrece un perfil ético impresentable.
¿Habremos de renunciar por ello a nuestra admiración? ¿Tendremos que expulsarlos del altar de nuestros dioses?
Nada de eso. Bueno, para empezar nunca debimos poner a la persona en un altar, sino en todo caso a la obra. Y de ahí no tenemos que moverla solo porque descubramos que su autor fue un degenerado.
Pero es que hay casos muy graves, gravísimos, incluso de auténticos asesinos.
Cierto, y pondré un ejemplo. El grandísimo pintor Caravaggio fue un asesino auténtico.
Y, ya que ha surgido el nombre, me gustaría cerrar estas breves reflexiones mías transcribiendo literalmente una líneas halladas en la Red. En ellas se encontrará, además de un sutil sentido del humor, un ejemplo de la mejor sabiduría de la mejor Iglesia católica.
Caravaggio ha pasado a la historia como arquetipo de genio del arte cuyo comportamiento personal es monstruoso. Pero las iglesias de Roma exhiben orgullosas sus maravillosas pinturas, y ni siquiera al más reaccionario de los eclesiásticos se le ha ocurrido que hubiera que retirarlas por los vicios morales del autor. (Vozpópuli: Artistas y criminales, Luis Reyes).
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