Notas crepusculares: II La última vez que vi la Rambla

 

La Rambla recreación 1Entre finales de los años 50 y  principios de los 60 del siglo pasado era yo un adolescente modosito que estudiaba derecho no sabía muy bien por qué.

De acuerdo con mi tendencia – no inquebrantable – al orden de las costumbres, los días laborables discurrían según la siguiente pauta: por las mañanas, asistencia a la facultad de derecho; por las tardes, aproximadamente entre 4 y 7, estudio, dentro del cual incluía mis intentos literarios, de hecho clandestinos y siempre frustrados. Algunos días, claro está, la rutina mencionada se rompía por circunstancias diversas relacionadas las más de las veces con mi modesta actividad social o cultural.

¿Y qué hacía yo un día “normal” a partir de las siete de la tarde? Pasear, observar y soñar. Y casi siempre en la misma dirección: la Rambla.

Situado mi domicilio – el paterno todavía, naturalmente – a cinco minutos del límite del Ensanche clásico, el paseo se iniciaba forzosamente en aquel nuestro barrio, un poco marginal, donde abundaban almacenes, garages y empresas de transporte.

A aquella hora de la tarde, todo estaba vacío y en silencio. Daba un poco de miedo. Por eso, al doblar enseguida por la calle Sicilia y tomar Ausias March en dirección al centro, resultaba en cierto modo tranquilizadora la aparición de la mole de un cuartel de la guardia civil, con su garita de vigilancia y su guardia mosquetón en mano, ello no obstante constituir (para mí y para unos cuantos que iba conociendo), un símbolo odioso de la represión político-social.

Después de cruzar el Paseo San Juan (Passeig Sant Joan), entonces árido desierto, ahora animado boulevard de moda, poblado de jóvenes y turistas, alcanzada la plaza Urquinaona, me adentraba en la ciudad traspasando en la imaginación la última muralla, derribada un siglo atrás,  y en unos minutos aparecía en la parte alta de la Rambla.

Mi itinerario por el famoso paseo solía ser siempre el mismo: Ramblas abajo hasta el monumento a Colón y vuelta arriba hasta el punto, indeterminado, en que giraba a la derecha con destino al nido familiar donde me esperaría una cena siempre apetecible y el cambio de impresiones con padres, hermanos y hermana (según la época) nunca problemático.

Durante ese itinerario me detenía ante algunos quioscos de prensa, a veces compraba algún periódico de la tarde (sí, entonces existían), visitaba en ocasiones alguno de los numerosos bares, raramente me sentaba en una terraza y, si algo bebía, era invariablemente una caña o botellín de cerveza.

Recuerdo algunos de sus nombres, la mayoría todavía vivos, aunque con el alma cambiada: Nuria, Baviera, Moka, donde conocí la existencia de los sandwiches llamados «bikinis», el Café de la Ópera, con su terraza encarada a la fachada del Liceo y su interior obstinadamente antiguo. Y algunos más. Pero no logro recordar el nombre de uno de ambiente andaluz, situado al final de la Rambla (izquierda frente al mar) donde se podía degustar uno finos de jerez o de chiclana deliciosos y donde inicié mi conocimiento de las «patatas bravas» (Sanlúcar, quizá).

Y solo, siempre solo. Más adelante, no. Más adelante hubo amigos, amigas, grupos, novias, esposa, hijo. Mientras la Rambla entera parecía cambiar de alma.

Fue desde mitad de los 70 hasta principios de los 80. El gran vuelco que promovió la muerte del dictador se manifestó, a veces violentamente, en los puntos más sensibles de la sociedad barcelonesa (universidades, grandes fábricas), asumiendo la Rambla el papel de escaparate de la nueva dinámica de enfrentamiento ideológico y social.

Durante aquellos años, aventurarse por la Rambla a última hora de la tarde, comportaba un riesgo evidente. Grupos de manifestantes, en su mayoría anarquistas o de extrema izquierda en general, atizados en ocasiones por algún agitador profesional, ocupaban el paseo, hasta que aparecía la policía antidisturbios y se empleaba a fondo con sus palos de ciego y sus proyectiles antidisturbios, sin la menor discriminación de los objetivos, incluidos ancianos y minusválidos. Durante unas horas, el antiguo y hermoso paseo de las flores, los pájaros, los libros y los curiosos personajes que atraían la curiosidad popular, desde la antigua moños hasta el reciente sheriff, se convertía en un campo de batalla que las personas sensatas procuraban evitar. Pero no solo el conflicto político o social se exhibía en el gran escaparate de la Rambla. También se produjo un resurgimiento del antiguo esplendor popular y costumbrista, cuya muestra más vistosa la encabezaba el pintor Ocaña con sus procesiones libertarias o blasfemas, según el punto de vista del observador.

Todo aquello se apagó no recuerdo cómo. Y la Rambla volvió a ser un poco lo de siempre: el paseo más bonito del mundo, según expresión atribuida al escritor Somerset Maugham.

Desde hace tiempo paso muy  poco por la Rambla. He oído o leído que el ayuntamiento de la ciudad va a emprender una remodelación a fondo del paseo («Dios nos coja confesados», se suele decir en estos casos), y que las obras durarán dos años y medio. Dada mi edad, es posible que no vea el final.

En todo caso es seguro que nunca sabré cuándo fue o será la última vez que vi o veré la Rambla.

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