Con frecuencia esas personas sienten la necesidad de ventilar esos recuerdos exponiéndolos a la consideración de amigos y conocidos. Es natural. Lo malo es que, cuando eso que es tan natural pasa de cierto límite, convierte al sujeto en cuestión en el típico batallitas insoportable.
Pero de una manera u otra, con una intensidad u otra, todos recordamos. Y es que, de hecho, no recordar es no haber vivido. Todo lo trascurrido desde el nacimiento hasta el momento actual no tiene otra realidad que su recuerdo.
¿Y las obras, físicas o intelectuales? ¿No constituyen una realidad clara y distinta de la del recuerdo? argüirá el polemista siempre dispuesto a reventar una buena teoría.
Sí, cierto. Reconozco que las obras, físicas o intelectuales, que el individuo pueda haber dejado a lo largo de su existencia, son más sólidas, duraderas y en cierto modo indiscutibles que el recuerdo puramente mental y subjetivo. Y es que aquí está el meollo de la cuestión: la naturaleza subjetiva del recuerdo.
La memoria no es de fiar. La memoria no es inocente. Está manipulada por el interés casi siempre inconsciente del individuo. Lo dice un personaje de uno de mis relatos, científico heterodoxo, con la contundencia con que hablan los que se han salido del rebaño:
La mente humana no es una cámara fotográfica que hace clic y guarda en la memoria un suceso determinado. No, lo que la memoria guarda de ese suceso es una determinada impresión, autoelaborada en la forma que conviene al interés vital del individuo. La memoria no es un almacén de escenas o acontecimientos, es un mecanismo que tritura y prepara las experiencias vividas para que el sujeto pueda digerirlas y seguir adelante.
Dejando aparte el posicionamiento radical del ficticio doctor Kusev, lo cierto es que debemos ser muy precavidos ante las trampas de la memoria. Y sobre todo, en ningún caso hemos de intentar ponerla a prueba, extraer de ella la realidad del hecho recordado.
¿Pero es esto posible – intentar la restauración del hecho recordado?
Sí, lamentablemente sí. Hay personas que revisitan determinado paisaje para respirar de nuevo el aroma de antaño. Imposible: ese aroma ya no existe, o quizá nunca existió. Las hay que buscan el reencuentro con la persona en su tiempo amada y lo que consiguen es la aparición de un ser irreconocible, casi siempre con aspecto de haber sido maltratado por la vida.
Y es que eso no se puede hacer. Los recuerdos no están ahí para que investiguemos o juguemos con ellos, como el niño insolente con el cadáver del abuelo. Están para recordar. Y punto.
Los recuerdos no se tocan, nene.
Antonio, me encanta tu blog tan lúcido y mesurado, lo elevado del contenido y la claridad de tu estilo; lo estoy leyendo entero y no hallo nada que objetar y sí mucho que admirar.
Sólo echo de menos alguna mención sobre nombres de peso, cual Boccaccio, Spinoza, Heine, Rilke, Hesse o Proust. Gracias cordiales.
Gracias, Elio, por tus amables palabras. En cuanto a los nombres que no se mencionan, piensa que hay mucho gigante en el mundo de la cultura y que nunca ha sido mi intención abarcarlos a todos.