
La última excepción se titula Tasmania y es obra de Paolo Giordano. Trata del mundo de un periodista científico de mediana edad, obsesionado, como de alguna manera todos sus amigos y conocidos, por la destrucción acelerada del planeta. Destrucción que tuvo su pistoletazo de salida en los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, cuyos detalles, diríamos, más morbosos, tienen atrapado el interés del narrador-protagonista. No falta, además, la amenaza del terrorismo yihadista, presente en esos años tan recientes (2015…), con ciertos detalles que cautivan a uno de los personajes, como el ritual con que los terroristas seccionan el cuello a «sus» condenados.
Por lo demás, las vidas de los personajes de la novela, todos dentro de la misma franja de edad y casi todos de formación científica, se parecen asombrosamente a las vidas de carne y hueso que pueblan cierto tipo de sociedad y de ambiente muy actuales: matrimonios inestables, en ocasiones con algún hijo no común, tensiones que suben y bajan en las relaciones de pareja, nostalgias o ansias de no se sabe qué, inseguridad. Todo muy moderno y actual, tanto que uno tiene la impresión de hallarse ante una de esas novelitas o series televisivas pobladas de personajes tan prescindibles e intercambiables como los que nos ofrece la mismísima realidad, con lo cual la posibilidad del bostezo está asegurada.
Pero, bueno, se dirá. Aparte de lo inminente, esto siempre ha sido así. Desde el principio del vivir y del pensar, ¿no ha sido todo nacimiento anuncio seguro de una extinción? ¿O es la coincidencia del gran número y del mismo momento lo que amplifica las dimensiones de la tragedia?
Hay un dato que desapareja las situaciones, es cierto. Y es la posibilidad que existía en otros tiempos de recurrir a la fe religiosa o a alguna idea de trascendencia.
También los artistas tenían – y siguen teniendo, si son artistas de verdad – la posibilidad de producir en nuestro ánimo el milagro de una momentánea redención de la miseria humana, la catarsis de la que ya en su tiempo nos habló Aristóteles.
No ha sido este el caso.
Interesante y creo que buena sugerencia!