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Por qué Schopenhauer I

ajedrezHay una novela corta, escrita a mediados del siglo pasado, donde se cuenta lo siguiente. En cierto país, sojuzgado por una dictadura, es detenido un hombre. Se trata de un intelectual, un hombre de letras. La policía quiere obtener de él una información y para ello le somete a interrogatorios sucesivos. En su celda, el hombre está privado de todo alimento…intelectual. No hay una sola letra a su alcance para leer, y esto es para él el mayor de los tormentos, y sus carceleros lo saben. Pero en cierta ocasión, en uno de los traslados del lugar del interrogatorio a la celda, consigue hacerse con un librito abandonado por ahí, sin que sus guardianes lo adviertan.

Ya en la celda, comprueba con desilusión que se trata de un tratado de ajedrez, de un largo comentario de una sola jugada. De ajedrez, nuestro hombre solo tiene ligeras nociones. Da igual. Con verdadero entusiasmo se sumerge en el librito, en el estudio de la jugada. Tiempo después, ya libre, durante una larga travesía en barco, observa cómo dos pasajeros están disputando una partida de ajedrez, rodeados de curiosos. Uno de los jugadores es un maestro y parece que tiene al otro acorralado. Nuestro hombre, tras examinar unos segundos el tablero exclama: tengo la solución. Los dos jugadores le miran perplejos. El que ya se considera derrotado le cede gustosamente su puesto. Y nuestro hombre, en unos pocos movimientos, derrota al maestro. Felicitaciones y alabanzas. “Usted es un genio del ajedrez”, dice alguien. “No, responde, yo no sé jugar al ajedrez. Sólo conozco una jugada, que es ésta”. Y es que, casualmente, aquella era la jugada que él había estudiado en sus largos días de cárcel.

En estos momentos me encuentro en situación parecida al hombre de la novela. Estoy hablando a filósofos y aajedr zweig aprendices de filósofos, que esperarán oir algo de filosofía. Pero yo no sé filosofía. Conozco sólo una jugada, que se llama Schopenhauer. ¿Por qué Schopenhauer?

Pero antes de proseguir, debo hacer una aclaración. En la novelita de Stefan Zweig a la que acabo de aludir, la historia no es exactamente como la he contado, hace poco lo comprobé, pero yo la recordaba así, y así era como mejor se adecuaba para iniciar mi intervención. No me disculpo por ello. Este tipo de mixtificaciones son inherentes al oficio de escritor. (Continuará)

Fragmento inicial de la conferencia pronunciada en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona el 12 de diciembre de 2007.

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Stefan Zweig y la pérdida de la inocencia

Zweig escribió su primera novela corta hacia 1910. Con ella, a los veintinueve años, se revela ya como un maestro en la introspección de los personajes, en el dibujo de las sensaciones, las dudas, los temores, de los seres humanos que van poblando sus relatos. Se titula Ardiente secreto y narra el episodio vivido entre una viuda aún joven, su hijo aún no púber y un fino galanteador (o sea, un hombre que va de caza). La mujer, de manera casi inconfesada, está sedienta de nuevas sensaciones, de abandonarse a una voluptuosidad que el matrimonio formal tal vez no le deparó. El hombre divisa enseguida la presa y para acercarse a ella respetando las formas (estamos entre la buena sociedad de hace cien años) utiliza al niño ofreciéndole su amistad. El pequeño se siente halagado y emocionado por la importancia que cree merecer de un hombre mayor tan distinguido. Pero cuando el hombre ya está alcanzando su objetivo, el instrumento pierde todo interés para él y lo aparta a un lado con desprecio absoluto. El niño, profundamente herido, no entiende nada. Comprende que ha sido utilizado, ¿pero en qué consiste ese secreto, ese ardiente secreto, del que participan el desconocido y su propia madre, que parece justificar el cruel juego de que ha sido víctima?

En otros de sus relatos, La Institutriz, Zweig insiste en el tema desde otra perspectiva. Aquí son dos niñas cuya amable institutriz, va a ser despedida por algún oscuro motivo que ellas no pueden entender (está embarazada). Y ven cómo sus padres bondadosos utilizan la más fría crueldad con un ser para ellas tan querido. El mundo de las certezas infantiles se desmorona; sus padres ya no son aquellos seres perfectos que imaginaban. Y las niñas lloran desconsoladas, pero…”ya no lloran por la señorita, ni por los padres que consideran perdidos; el horror que las sacude se extiende a todo: a lo que sucederá en este mundo desconocido que hoy han visto por primera vez, asombradas”.

El tema de fondo de ambos relatos no es sólo la inocencia, la ignorancia infantil de lo sexual y su traumática superación (tema que hoy sería imposible), es sobre todo el despertar amargo de unos seres ingenuos y confiados al mundo de mentira, maldad e hipocresía que los mayores han consagrado. Y quizá su simbolismo vaya más allá. La insistencia de Zweig en este asunto me lleva a pensar que era algo muy importante para él. Quizá no tanto como niño, sino como persona, como persona básicamente buena, a la que cuesta siempre imaginar la maldad del mundo “adulto”, interesado, cruel, hipócrita.

(De Del suicidio considerado como una de las bellas artes)

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