VIEJO MUNDO NUESTRO III

VALLDOREIX

El niño que yo era en Valldoreix poco tenía que ver con el niño que yo era en el Colegio. Como si un viento sagrado se hubiera llevado inhibiciones, timideces, retraimientos, aparecía tan ágil, tan ligero, tan niño como todo niño debe ser en verano y en el campo.

La verdad es que Valldoreix no era exactamente «el campo», aunque lo era mucho más que ahora. Ahora es un arrabal de la ciudad, con pretensiones de lujo. Entonces era una urbanización en ciernes que, poco a poco, le iba ganando terreno al desorden de la tierra. Ese desorden que era el campo de batalla sobre el que nosotros jugábamos y vivíamos.

La Torre

Poco después de que yo naciese, es decir, hacia 1940, mi padre decidió que había que mejorar la calidad del aire que respiraban nuestros pulmones, y decidió comprar una casa con jardín en Valldoreix, con cierta pena por parte de mi madre, que la hubiera preferido en la playa.

La «torre», que así se llamaban aquellos chalets de veraneo, había sido construida cinco años antes, dentro de un estilo, bastante corriente en la época y en la zona, entre noucentista y chinesco. Poco después de comprarla, mi padre amplió el jardín adquiriendo un terreno contiguo. Y unos quince años más tarde amplió la casa añadiendo dos habitaciones en la parte trasera, sostenidas por unos arcos o bóveda, que crearon un porche de magnífico efecto estético, a lo que, además, obligaba la fuerte inclinación del terreno.

La distribución general de la finca, idea original de mi padre, se mantuvo en la racionalidad, armonía y belleza por él pensadas mientras su propio pensamiento se mantuvo en pie. Luego, con la debacle mental y la entrada en juego de las decisiones de otro elemento familiar, todo dejó de ser lo que era.

Con la fachada orientada hacia el sur, la parte delantera del jardín, estaba ocupada por una serie de árboles (de la familia de los arces, creo) simétricamente distribuidos que, en pleno verano, no permitían la entrada de una gota de sol. Por los lados, con el terreno descendente, seguían algunos árboles.

La parte inmediatamente posterior a la casa la ocupaban unos parterres poblados en su mayoría por distintas clases de rosales y que dibujaban unos caminos aptos para circular por ellos las pequeñas bicicletas de los pequeños. Separaba esta zona de la siguiente una valla baja hecha de ladrillos y tejas artísticamente colocadas, en el centro de la cual se abría un paso flanqueado por dos tilos que llegaron a ser enormes.

Traspasado el umbral, había a la izquierda una piscina de reducidas dimensiones (mi padre quería asegurarse de que nadie se ahogaría bañándose), en contra de lo que hubiera deseado mi madre, perfecta nadadora. Y allí, precisamente, tras la entrada entre los tilos, se iniciaba un pasillo en el que a derecha e izquierda una serie de árboles frutales se encaraban perfectamente emparejados: dos ciruelos, dos palosantos, dos cerezos de importantes dimensiones, dos albaricoqueros, dos melocotoneros, o más o menos.

El pasillo finalizaba en una especie de glorieta ocupada en su centro por una gran mesa circular de piedra y que, a la derecha, se prolongaba en un espacio emparrado en lo alto con vides blancas y negras, y a la izquierda por una pequeña zona vacía donde estuvo al principio el animal de la tartana de mi más lejana infancia y luego fue pista provisional de hockey sobre patines.

Toda esa zona finalizaba en una larga valla, también de ladrillos artísticamente colocados que configuraban una especie de palco o mirador orientado hacia el magnífico paisaje del norte: antiguas masías, tierras de cultivo sobre todo de cereales y de vid, riachuelos y, como último decorado a lo lejos, en frente Sant Llorenç del Munt, hacia la izquierda Montserrat y hacia la derecha una serie colinas sin nombre (al menos, para mí). 

En el centro mismo de la larga valla se abría un espacio ocupado por unas amplias escaleras que descendían hasta la última zona de la finca: el huerto. Con la ayuda de algún jardinero, mi padre había sabido crear un huerto perfectamente organizado en el que crecían toda clase de hortalizas: judías, tomates, berenjenas, pimientos, etc. en cuyo mantenimiento teníamos que colaborar los pequeños: recuerdo la mágica operación de desplazar con la azada la tierra que cerraba el paso de una acequia para que el agua pasase a correr por la siguiente. También había árboles frutales: almendros, manzanos, higueras, perales, granados y, al final de todo, junto a la valla que cerraba la finca por el norte, un antiguo pozo, del que habíamos llegado a beber una agua fresquísima y cuya profundidad considerábamos insondable por el tiempo que tardaba, la piedrecita que lanzábamos, en chocar finalmente con el agua.

Vida social y el misterio de la viña 

La vida en Valldoreix tenia lugar en verano. Cuatro meses largos los primeros años; tres meses durante la infancia y primera adolescencia y una especie de veraneo intermitente cuando ya mayorcitos (16 – 23 años de los míos, condicionados los últimos veranos por el servicio militar). De la primera etapa poco recuerdo. Embutidos todo el día en nuestras granotas (especie de monos infantiles), los tres hermanos jugábamos a nuestro aire de la mañana a la noche, que es como deben jugar los niños, y es que, amparados en el número, no necesitábamos más personal, si bien, como es natural, pronto aparecieron nuevas amistades infantiles hasta llegar a formarse verdaderos ejércitos que propiciaron las guerras que años después estallaron.

Pero la vida social verdadera era la que pronto llevaron los padres y en la que nosotros, en muchas ocasiones, no teníamos más remedio que participar en calidad de niños modositos y educados. Y lo curioso es que los participantes en aquella vida social eran personajes realmente atípicos, nada que ver con las amistades – que ni siquiera recuerdo – que supongo que los padres tendrían en la ciudad.

Estaba por ejemplo el señor no sé qué Alonso -siempre había que anteponer el «señor»-, alto funcionario de Hacienda, condición que tenía muy interesado a mi padre, y su esposa Pilar, en apariencia de más edad, aunque quizás ello se debiera a su interés exagerado en parecer más joven. Muy cerca de estos, vivían tres hermanas ya mayores, solteras ( solteronas, se decían en estos casos), cubanas y muy distinguidas: las Blanchet. Y entre el matrimonio y las cubanas residía Kalinik Gousev, pintor ruso, junto con su esposa, alemana, cuyo nombre no recuerdo, y la hija Luba, de pocos años más que nosotros, ambas pianistas. Por cierto, cada una de las tres casas respectivas era, es, una maravilla de la arquitectura noucentista.

Con estas personas y con alguna más que no recuerdo, los padres practicaban la llamada vida de sociedad, que consistía en reunirse algunas tardes para tomar pastelitos y café, o té, o qué se yo, y a veces, si era en casa de Gousev, escuchar las bellas interpretaciones pianísticas de Luba, mientras me revolcaba en la mullida moqueta de la sala, cosa que, por lo visto, nos estaba permitido.

En cuanto a lo que se hablaba en aquellos encuentros, la verdad es que no lo recuerdo. Sí recuerdo en cambio un tema del que apenas se hablaba, pero del que de algún modo estaba tan presente que hasta unos niños inocentes como nosotros se enteraban enseguida: el pintor Gousev le ponía los cuernos al señor Alonso, o sea que el ansia de rejuvenecerse de Pilar, señora de Alonso, tenía razones más bien extramaritales. Pero creo que hago mal hablando de estas cosas, sucedidas cuando no tenía edad para comprender el fondo ni mucho menos los detalles del asunto. Unos siete años, quizás.

A veces, con algunas de las personas mencionadas o con alguna otra, íbamos «de excursión», lo cual consistía por lo general en una caminata de unos dos kilómetros escasos hasta Can Gatxet, fuente bucólica y escondida, donde desplegábamos nuestra breve y casi simbólica merienda.

Otras veces íbamos solo la familia (padre, madre, niños, criada) a visitar «la viña», un poco más lejos que Can Gatxet, donde, a finales del verano se mostraban unos racimos esplendorosos. En esas ocasiones, los pequeños solíamos preguntar al padre cómo era que, teniéndonos prohibido que cogiésemos los frutos ajenos, de aquella viña no solo nos llevábamos alguna muestra sino que llenábamos capazos de uva dorada. Y el padre contestaba que la viña era de un amigo suyo, y que tenía su permiso.

Muchos años después, tantos que el padre no estaba ya en condiciones de aclarar nada, supimos que ese «amigo» no existía, que era él mismo el propietario, es decir, el que había comprado la viña, poniéndola a nombre de su esposa, nuestra madre. Y es que el padre era muy precavido y no le gustaba nada que la gente pensase que tenía más dinero que el que tenía; en otras palabras, que parecía el típico representante de la clase media de la inmediata posguerra, más laboriosa y temerosa que de derechas o de izquierdas. 

De amor y de guerra

Si me preguntasen cuál ha sido el período más feliz de mi vida respondería sin ninguna duda: el comprendido entre los 11 y los 19 años. Es verdad que antes, en la infancia, la felicidad era más serena y luminosa, pero también más inconsciente, y que después, sobre, todo en la edad avanzada, es – cuando la hay – más concreta y plena de realizaciones. Pero nada, ni antes ni después, es comparable a la formidable explosión de experiencias y de sentimientos que suponen, en la adolescencia, los grandes descubrimientos sobre el mundo y sobre uno mismo.

A veces pienso que solo empecé a ser yo cuando conocí el amor. Tenía 11 años y ella 8. Era la prima de unos niños que residían casi enfrente mismo de nuestra casa. Vivía en Tortosa, pero solía pasar parte del verano con sus primos de Valldoreix. Al conocerla, un sentimiento nuevo se apoderó de mí. Mi primera ilusión al despertarme todas las mañanas era poder verla cuanto antes, y que los juegos de cada día me permitiesen estar cerca de ella. Muchas veces me he preguntado de qué me viene la manía de elegir siempre el amarillo para los juegos de mesa y similares. Y revolviendo estos recuerdos, lo he encontrado: no sé por qué, este era el color que en el parchís me permitía estar a su lado, y ¡qué delicia cuando una de sus fichas «mataba» a una de las mías!

No hace falta aclarar que este sentimiento – por mi parte, por la de ella no lo sé exactamente – era solo espiritual, por mucho que hundiese sus raíces en la naturaleza más necesaria, entre otras cosas porque a esa edad lo ignoraba absolutamente todo de la mecánica sexual. Y sin embargo, era muy consciente de que aquella experiencia interior me apartaba de lo común de los niños de mi edad. Y no solo yo, cualquier mirada observadora también lo veía: «mirad al poeta», dijo la tía de la niña señalando mi comportamiento. Y a partir de ese momento supe algo de lo que significa la poesía. Gracias, señora Pou.Estos enamoramientos – porque hubo algún otro que apenas recuerdo – ocurrían siempre en los veranos de Valldoreix. Y es que en la vida reglada de la ciudad resultaban en la práctica imposible: ni en el colegio, ni en el mundo extra colegial había seres del otro sexo. Así, que durante los largos inviernos, el niño supuestamente serio y estudioso se alimentaba de la nostalgia del luminoso mundo estival. 

Y muy pronto al amor se unió la guerra. Enseguida, el número de niños compañeros de juego – en abanico que iba de los nueve a los catorce años, aproximadamente – se hizo importante. En casi todas las casas de nuestra calle y de algunas próximas había niños y niñas dispuestas a organizarse más o menos en ciertos juegos bastante imaginativos. Unas veces éramos una banda de música sin más instrumentos que unos palos, otras organizábamos una especie de casino en el que se practicaba el juego, otras formábamos un senado – influencia mía, imagino – para debatir los asuntos comunes; se fabricaban monedas, leyes y títulos nobiliarios. Porque hubo un momento en que aquella sociedad se constituyó en reino.

El rey era mi hermano mayor y la reina Carmen P., de nueve años, perteneciente a una poderosa familia de la vecindad: cinco entre niños y niñas, aunque solo los tres mayores contaban; la madre, de familia aristocrática auténtica y el padre, abogado del Estado, condición que, como en el otro caso, tenía muy interesado a mi padre, siempre temeroso de que nuestros juegos derivasen en rupturas irreparables.

El caso es que la pareja real no se llevaba nada bien. Y sucedió lo inevitable. Se separaron. Y con el matrimonio se escindió el reino. Y con el reino se escindió mi alma romántica y peliculera. Porque resulta que yo, que era el primer ministro del reino que con mano de hierro dirigía mi hermano, estaba secretamente enamorado de la reina y, al dividirse el reino en dos estados enemigos, ya no era solo el enamorado secreto de la reina y esposa de mi hermano, sino de la soberana del nuevo país enemigo. ¿Cómo compaginar semejante lío de lealtades? Como pude. Para empezar, asumiendo personalmente las embajadas que se dirigían al nuevo país, solo por verla y hablar con ella. Pero la guerra era inevitable. Y la última semana de julio de 1952 estalló sin remedio.

Fue entonces cuando más claramente se desencadenó un mundo paralelo al de los libros, tebeos y películas de aventuras. Un mundo emocionante, fascinante, mágico. No faltaba nada: las armas (inofensivos proyectiles y espadas de madera), las batallas a campo abierto, los asedios de fortalezas, las carreras, las detenciones, las huidas, los tratados de paz, las traiciones, los espías, las ejecuciones, y hasta la relación de los hechos, que escribía un niño de doce años, ese niño que, siendo el segundo del reino que dirigía su hermano mayor, no podía evitar estar enamorado de la reina enemiga, sin traicionar la lealtad debida.

¡Juego de armas y guerras! ¡Desastre de educación! quizás diga el pedagogo de hoy. Lo que decía el de entonces no lo sé. Lo único que sé es que esas preocupaciones no estaban en el ambiente. El juego era el juego y a nadie con dos dedos de frente (mucho menos a los propios niños) se le ocurría confundirlo con la realidad. El juego es un arte y los niños son los artistas más grandes del mundo. Saben crear la ficción, saben representar su papel como perfectos actores y saben quitarse la máscara y dejarla a un lado cuando se ha de interrumpir la batalla porque es la hora de la merienda. No guardo recuerdos más felices que los de aquellos juegos infantiles. Puede decirse que el arte, con su poderoso efecto catártico, lo creábamos y lo consumíamos nosotros mismos. 

La bicicleta y el guateque

Con el tiempo, que entonces avanzaba muy despacio, los reinos y las batallas se fueron desvaneciendo. La vida se hizo un poco más gris. Es curioso que, cuando dejábamos de imitar a los mayores (los de los tebeos y películas de aventuras) nos encaminábamos en la senda de su imitación real.

La época que siguió a la de las guerras fue, por una parte y en su aspecto individual, la de las bicicletas y, por otra y en su aspecto social, la del inicio de las relaciones adultas. Las bicicletas siempre habían estado con nosotros, desde las minúsculas de tres ruedas que serpenteaban entre los parterres del jardín de atrás hasta los grandes y ágiles artefactos casi de competición.

Hacia los quince años ya hacía tiempo que circulábamos en bicis como Dios manda. Cito esta edad porque creo que fue por entonces cuando con más fuerza se manifestó la voluntad de practicar ese deporte, que tanto podía ser solitario como de grupo. En solitario, uno podía dedicarse a descubrir rincones inéditos de Valldoreix, donde, quién sabe si aguardaba la razón de su vida. En compañía, podías atreverte a devorar kilómetros por territorios desconocidos, que pronto ya no lo serían tanto.

A las escapadas solitarias, que no iban más allá de ciertas poblaciones cercanas, se añadían otras en compañía, de amigos o hermanos, a destinos más remotos, como El Papiol o Molins de Rei. ¡Cuánto me gustaría encontrar aquella foto de dos ciclistas adolescentes junto al magnífico puente de Carlos III sobre el Llobregat, arrasado años después por las aguas! Y al mismo tiempo, el cambio tenia lugar por la otra vía. Las fiestas, primero tan infantiles, de santos y de cumpleaños, fueron los primeros pasos de los niños encaminados en la senda real de los adultos. Ahí ya no llevábamos las máscaras del juego, sino que, como los mayores, intentábamos portar con dignidad la máscara social elegida, es decir, nuestra manera intransferible y única de estar con los otros.

Al principio organizadas y tuteladas por los mayores, poco a poco dejaron de necesitar tutela. Ni festividad justificativa. En cualquier momento, en cualquier jardín de cualquiera de aquellas casas de veraneo, se organizaba un guateque (nombre, por cierto, que nunca se utilizó entonces entre nosotros), que consistía en una reunión de chicos y chicas, alguna bebida y un pequeño tocadiscos que bramaba lo que podía. El baile era casi siempre lento (lentorro), ¡qué menos que aquellos adolescentes, siempre acosados ​​por todos los controles sociales y religiosos, pudiesen experimentar el contacto casi íntimo con la pareja eventualmente elegida al son de melodías como Come prima o Only you! Muchas experiencias nuevas nos reservaba aún la vida, pero, como aquella, muy pocas.

https://youtu.be/usWFcKTe2YQ

Por cierto, que en aquella misma época de las bicicletas, me destapé como practicante de otro deporte. Increíble, el jovencito que en el Colegio se manifestaba como alérgico a cualquier participación deportiva, destacaba como ágil delantero en el equipo de hockey sobre patines de Valldoreix. Por eso y por cosas parecidas apunté que el niño que yo era en Valldoreix apenas tenía que ver con el niño que era en el Colegio.

Sí, en los últimos años (desde mis 15, quizás) formamos un equipo de hockey que compitió con otros de las localidades próximas. Lo triste del asunto, según se mire, es que el padre se avino a sacrificar gran parte del huerto para construir la pista y el frontón, ¡qué lejos iba quedando la infancia! ¡cómo empezaba a cambiar el decorado!

El veraneo intermitente y la sombra avanzada de Werther

El cambio más drástico se produjo por entonces, cuando el padre pensó que unos hijos tan mayorcitos como los suyos no podían pasarse todo el verano sin pegar golpe. Así que todas las semanas permaneceríamos en Barcelona hasta el jueves incluido, con la obligación – más bien teórica – de echar una mano en la empresa familiar. Y el resto de la semana volveríamos a residir en Valldoreix, como si tal cosa.

Aquellos largos fines de semana estaban plenos de actividades de todas las clases y, sobre todo, de amistades, algunas ya antiguas, otras recientes, que ya no se limitaban a Valldoreix sino que a veces se extendían a la temporada invernal en la ciudad. Pero Valldoreix seguía siendo el centro del verano.

Reuniones a la hora del café en una u otra casa; reuniones con tocadiscos y a ver con quién bailo esta tarde; largos paseos, excursiones por el campo, unas veces hacia el territorio entonces aún existente de las viñas, otras hacia los bosques de La Floresta, otras hacia la montaña de Puig Madrona, en el camino de cuya cima, desde donde se contempla gran parte del valle del Llobregat, se halla la ermita románica de La Salut.

Fue por entonces cuando se inició la costumbre de las «excursiones a la Luna», que consistía en caminar por la noche la treintena de jóvenes más o menos que nos reuníamos, bajo la Luna llena de julio, hasta la cima del Puig Madrona.

Entre las amistades de aquella época se encontraban algunas de las muy antiguas – de la era de las guerras, diríamos -, a las que se habían sumado otras más recientes. Entre éstas quiero recordar la gente maravillosa que formaba una familia singular.

Los U. estaban integrados por el padre, abogado de una asociación empresarial de Sabadell, muy católico y conservador, pero no caído en la banda extrema; la madre, sus labores, y diez (luego hubo uno más) entre hijos e hijas de edades comprendidas entre los 18 y los 0 años. En nuestro grupo naturalmente participaban solo tres de los mayores: MJ, la mayor de todos, de mi edad, Ernesto y Santi. De los pequeños, recuerdo en especial a una preciosa niñita rubia de cinco años que atendía por Lolín y que hoy es una muy acreditada traductora literaria, de nombre Dolors.  

Entrar en aquel jardín a ciertas horas era una experiencia casi onírica. Aquel universo ofrecía un aspecto piramidal. Los mayores cuidaban de los pequeños a la hora de la comida, de los estudios, etc., y estos de los más pequeños.  Y por encima de todos reinaba MJ, igual que Carlota en la obra de Goethe, que yo aún no conocía. Quiero decir que, lo mismo que el protagonista de la novela, me enamoré; bueno, quizás no tanto. Y, como ya era habitual en estos casos, la historia no terminó bien para mí. O quizás sí.

Tanto de Ernesto como de Santi conservo un recuerdo imborrable. Del primero, en especial de su etapa de experiencias místicas y de compromiso social que le condujo a ingresar en una orden religiosa, aspecto que suele omitirse en las biografías sucintas del luego famoso periodista, muerto por accidente a los 59 años. De Santi, desaparecido también hace años, recuerdo nuestra breve  pero intensa comunicación intelectual y vital que, en parte, fue la responsable de su obstinado viaje hacia la izquierda infinita.

Disolución, muerte y transfiguración de Valldoreix 

Decir que Valldoreix, a mis 21 o 22 años, no era lo que había sido para mí a los 11 o 12, es una obviedad imperdonable. Todo cambia, pero lo peor es cuando la nostalgia se instala en los mismos lugares que no dejas de habitar. Quiero decir que a esa edad de joven postadolescente cada cambio de decorado, normalmente a peor, lo sentía como una herida incurable.

Mientras la arteriosclerosis minaba la mente de mi padre, mi tío, su hermano (legalmente eran copropietarios de todo), hacía construir una nueva casa invadiendo (destruyendo) el pasillo de los frutales… Pero, no. Eso fue tiempo después, a mis 25 años, que es el límite máximo de edad que he puesto a estos recuerdos.  

La edad antes indicada (21,22) era la de la disolución. La edad de observar un poco atónito cómo se combinaba el viejo Valldoreix con el nuevo mundo de la carrera ya terminándose y del servicio militar también intermitente.

En aquellos años, los principios de mis veinte, el centro de la vida veraniega de Valldoreix era el Hotel Rusiñol. Allá, de donde conservaba vagos recuerdos de cuando había sido Casino de veraneantes – risas de payasos, bailes de mayores observados desde una clandestina curiosidad infantil -, allá nos reuníamos entonces para charlar, beber, bailar y, en fin, para consumir las horas de un veraneo ya sin sentido.

Fue allá mismo donde conocí a K y donde iniciamos una especie de noviazgo casi convencional. Hija del farmacéutico de Valldoreix, K era una de esas personas que nunca pierden de vista los nobles propósitos que deben presidir la vida.

Nuestra relación duró una primavera. La ruptura fue consecuencia de la última verbena de San Juan digna de este nombre. Es cierto que bebí mucho; me recuerdo a altas horas de la madrugada dialogando sin parar con un amigo, de pie, en la pista de hockey que en aquel momento era de baile, mientras empuñaba un largo vaso colmado de algún líquido y de un espeso magma de confeti. Dos días después, ella daba por terminada nuestra relación. Resulta que yo no era la persona digna que imaginaba, sino un tipo vulgar, sobre todo cuando estaba en compañía de tipos vulgares, o sea, entendí yo, de personas corrientes. Se lo agradecí.

Aquel San Juan de 1962 se ha convertido para mí en la puerta simbólica que cierra el mundo de Valldoreix. Nada de aquello existe ya. Nada, excepto la casa.

La Torre, sí. Desprendida de gran parte de su terreno, hoy alberga vida nueva: hijo, nuera y nietos mantienen el fuego encendido mientras, en el piso de la ciudad, acompañado por la compañera de mi vida, yo sigo soñando con aquel mundo perdido.

 

Próximamente: Capítulo IV, LA UNIVERSIDAD 

2 comentarios

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2 Respuestas a “VIEJO MUNDO NUESTRO III

  1. Tu alucinas con mis escritos, yo con los tuyos, por tu poesía y tu visión nostálgica en la cual coincido. Esos veranos en los que que yo correteaba detrás vuestro sin saber exactamente qué hacía, pero disfrutando sin parar.

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