Archivo mensual: marzo 2013

La invención de la realidad

Ya es curioso que, en su origen, inventar significase encontrar (del latín, invenire), como si nada se pudiese «inventar» inventos copenhagueque no estuviese previamente ahí, en algún lugar de la geografía o de la mente. Los científicos y, más que estos, los tecnólogos, dirán que eso no es cierto, que hay cosas radicalmente nuevas, en absoluto existentes antes de que se inventasen. Y estoy por darles la razón. Pero es que yo no pensaba en científicos o tecnólogos, sino en escritores o poetas.

Y ahora utilicemos la palabra en su acepción común o habitual y dejémonos de pasatiempos etimológicos. Una de las actividades principales del escritor creativo es inventar, es decir, presentar como verdaderos acontecimientos falsos. A veces inventa un país, casi siempre inventa una historia, unas situaciones, unos personajes, unos hechos, unos sentimientos. Todo es invención, o sea, mentira.

¿Con qué fin? Preguntádselo y es posible que os responda con bellas frases y agudos argumentos. Pero la verdad, la pura verdad, es que no lo sabe. El pobre no lo sabe. Escribe, inventa, respondiendo a un instinto que no todos los seres humanos tienen, pero sí todos los escritores que inventan.

Y sin embargo, parece que en esas regiones de la escritura cada vez se inventa menos, cada vez se recurre más a lo vivido a lo «basado en un hecho real», como en tantas películas. Esto es algo que ya le tenía preocupado a Oscar Wilde, quien en la Decadencia de la mentira se quejaba de la falta de imaginación imperante, de la afición al «realismo» de tantos dramaturgos, realismo que, según él, nada tenía de artístico, sino que consistía (¿consiste?) en tomar la realidad cruda y presentarla sin cocinar.

En arte, la invención es necesaria. Incluso cuando se parte de un hecho real. Y, además, las interrelaciones entre invención y realidad pueden tener efectos sorprendentes, a veces mágicos. Por ejemplo, se ha dicho hasta la saciedad que toda novela tiene algo de autobiografía, cuando menos de una manera, diríamos, inconsciente. Pero lo bueno, quiero decir,  lo mágico, se da cuando el novelista pone retazos de verdadera autobiografía y le sale algo totalmente inventado. O al revés, cuando inventa conscientemente y le sale pura autobiografía. Y siempre con ese aroma de irrealidad que en esos casos respira el conjunto.                                                                                                                     

Aunque lo realmente mágico es cuando el resultado del invento del autor pertenece a la biografía del lector, como, por ejemplo, cuando habla de la infancia del personaje y de cierta bolera abandonada del Paseo San Juan, bolera que, en la adolescencia del lector estaba abierta y fue escenario de viejas emociones nuevas.

No debe de ser cosa fácil construir una irrealidad poética  a base de una mezcla de realidades y ficciones previamente agitadas. En realidad, no sé si eso es bueno o es malo, ni si es conveniente o inconveniente para el devenir del arte y de la humanidad. Y por no saber, ni siquiera sé lo que estoy diciendo. Esto me pasa por seguir leyendo a Vila-Matas.

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Il gran rifiuto

El hermano Angelo me puso al corriente de los tristes detalles de la reciente historia del papado. Dijo que, cuando hacía siete años, fue designado Pietro del Morrone para ocupar la silla de San Pedro, pareció como si el Cielo se abriese y fuesen a descender los ángeles para traer la virtud y la paz a la Iglesia y al mundo. También yo, desde Florencia, había participado de esta especie de emoción sagrada: finalmente el espíritu de amor desciende sobre los ministros del Señor para purificar al mundo con la humildad y la pobreza que Cristo predicó.

Pietro era un anciano hermano que vivía retirado con su comunidad en un lugar agreste de los Abruzzos. Los que fueron a buscarle tuvieron sus dificultades para hacerle entender que él era el nuevo vicario de Cristo y que, en adelante, su lugar sería Roma y su misión, apacentar la grey cristiana. Consagrado papa con el nombre de Celestino, Pietro siguió sin entender gran cosa. Aquel espíritu de amor ignoraba por completo el código de la fría guerra que siempre está vigente en las altas instancias del poder, de cualquier poder. A todo, y a todos, decía que sí. Al rey francés, que le dictaba los nombres de los nuevos cardenales; al secretario Caetani, que le ahondaba la fosa donde, al cabo, había de enterrarle.

Duró menos de cuatro meses. Agobiado por multitud de problemas, que no entendía; enloquecido por voces de ultratumba (dicen que salidas de Caetani), que le urgían a abandonar, finalmente abdicó. Pero no para retirarse de nuevo a sus montañas, sino para acabar sus días en la cárcel que le tenía preparada su flamante sucesor, el cardenal Benedetto Caetani, convertido en Bonifacio VIII. Esta era la triste historia del papa Celestino, el hombre de los espirituales, que había de regenerar la Iglesia corrompida; historia que yo conocía, como todo el mundo, en sus trazos generales, pero que me complació y dolió- recordar en las palabras, teñidas de amarga ironía, del hermano Angelo.

Dicen que el papa Celestino fue un santo. Yo lo niego. En todo caso afirmo que no fue un seguidor completo de Cristo. Sabía poner la otra mejilla, virtud fácil en los hombres de sangre tibia, pero no supo empuñar el látigo para expulsar del templo a los mercaderes. La pusilanimidad, la cobardía puede ser un gran pecado, que quizá se pague con la condenación eterna.

( De La alta fantasía)

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